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La poesía de alguien
que vivió hace 20 años
quedó aplastada entre cuadernos
que se apilaron en anaqueles
de una habitación de una casa
de una cuadra de un barrio
de una ciudad de un país
de un mundo
Decía
Cae la noche en el bulevar
vuelve la noche infinita
a desenterrar sombras y pasearlas por la calle
a oscurecer las cavernas de los bulevares abiertos
a repetir ritos viejos, crepusculares.
En uno de ellos
unas parteras corren con una olla de agua caliente
al interior de una habitación penumbrosa
Una mujer grita de un dolor milagroso
y las parteras salen y entran una vez más
En otro
bajo por una escalera indistinguible
hasta un subsuelo lleno de botellas
miro en el interior de una de ellas
y me voy, está lleno de gente.
Esa poesía de hace veinte años
quedó aplastada bajo el peso de mundos enteros
Al fin...
el fin de esa poesía era apilarse
y ser parte de ese peso
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