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apoya de nuevo la cabeza en la acera y la negra, estupefacta, se
acurruca contra la puerta de la pensión, abrazándose
sola con los brazos y apoyando la cara negra contra el marco de
la puerta también negra. Y así se queda, como si estuviera
atada por fuertes y tensas sogas de redes de pescadores hasta que
llega la policía y detrás de ellos la ambulancia que
algún vecino de buen corazón llamó.
Los dos hombres van en la ambulancia, uno para el hospital, con
una herida grande pero por suerte la bala atravesó los tejidos
y no quedó adentro del cuerpo, el otro para la morgue. Y
una pobre negra que queda en la vereda mirando el cuerpo tapado
completamente con una manta blanca sobre una camilla con el mismo
olor a desinfectante que en el hospital, herida de una muerte más
lenta y más terrible, que sólo sanará su propia
muerte física.
- Tiene que venir a declarar - le dice un agente a la negra, que
no puede pararse, está acuclillada y con la cara deformada
de dolor, aunque sin lágrimas. Lentamente se levanta y sube
a un patrullero flamante. Poco le pueden sacar en la comisaría,
la mujer no puede ni quiere hablar, aunque de repente se le acerca
el cabo Vázquez y le grita: “Todo esto es por tu culpa,
negra de mierda”.
A empujones la sacan de la seccional. Mira el cielo de la calle,
la iglesia, la plaza y camina despacio hasta la pensión,
no queda nadie que la acompañe ni que le haga creer que la
vida sirve para algo.
Al otro día, bien temprano, está las dos, Samantha
y Lucy, sentadas en un banco de la Terminal de ómnibus. Felcho,
un loco que vive por ahí y que está siempre viendo
partir a los micros y mirando las despedidas tristes y las llegadas
felices de los pasajeros, entre abrazos, risas, lágrimas
y besos, como si aguardara que alguien se apiade de él y
también se lo lleve a algún mundo de colores más
vivos y de sueños más alegres, se les acerca tímidamente.
- Uuu uuu... me dá un cigarrillo!
- Lucy, que no deja de abrazar a su amiga que mira al piso, le extiende
un atado con tres o cuatro Marlboro.
- Gracias señora - le dice Felcho con una alegría
infinita.
Samantha lo mira de costado.
- Esperá - le dice y sacando del bolso una billetera de cuero
marrón media manchada con sangre seca y con un fajo gordo
de billetes adentro se la entrega.
Felcho la mira y no comprende muy bien para qué sirve eso
que le dio la mujer oscura, pero igual le sonríe con el único
diente que le queda, se la guarda y se va.
Desde la avenida se oye el ruido de un bocinazo y un motor potente
que indica que llegó el micro que las llevará a Puerto
Deseado. El verano se termina en Madryn, la locura de turistas y
calor da lugar a noches largas de frío y calles desiertas.
Las dos amigas acomodan las valijas en las cajas inferiores del
micro, suben, le entregan los pasajes al chofer y se acomodan en
un asiento cercano a la cola. Samantha se pone del lado de la ventanilla,
mirando a Felcho que sigue tratando de determinar para qué
sirve lo que le dieron mientras se fuma un cigarrillo en tres pitadas.
Algunas manos extendidas saludan a los cinco o seis pasajeros que
subieron con ellas, Lucy se acomoda contra el hombro de la negra
y se duerme al instante. Samantha sigue mirando a la ciudad por
última vez, mientras el micro avanza lentamente entre las
calles y avenidas estrechas, esquivando la rutina de los peatones
mañaneros.
Cada vez más rápido, ganan la Gales y salen a la Ruta
3. Samantha sigue mirando hasta que la ciudad desaparece tras la
estepa milenaria. Acomoda un poco a Lucy, que sigue dormida profundamente
y pasa su brazo por encima del hombro de ella. Con una mano juega
con el flequillo de su amiga teñido de rubio. Con la otra
busca en su bolso algo con nerviosismo. Entre cosméticos,
lápices labiales y preservativos encuentra un sobrecito de
plástico y lo palpa. Más tranquila, percibe con el
tacto que allí está la foto de su lejano Paulinho,
sonriendo con dientes increíblemente blancos y una cara gorda
y oscura llena de picardía. Y a su lado, ahora lo acompaña
un recorte del diario de hoy, con una foto de un muchacho morochito
con el pelo bien rapado cerca de las orejas que parecen pantallas,
los pelos como paja encima de la frente y una mirada triste e ingenua.
Y una inscripción que dice: “Pedro Cardozo, q.e.p.d.
La Policía de Puerto Madryn, Seccional Primera, participa
el fallecimiento de este hombre honesto que murió en cumplimiento
de su deber”.
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