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Novelas > Amor a la madrynense
La despedida

Ilustración: José Artiedassa noche Pedro no pudo dormir. Pensaba una y otra vez en su estrategia y veía un mundo que increíblemente podía serle favorable de ahora en más. La muerte triste de la vieja, que lo había tenido tan apesadumbrado, le daba otra posibilidad y otro vuelco a su vida. Parecía como si la viejita se hubiera sacrificado por la felicidad de su hijo, ella no podía sostenerse sola y necesitaba de la ayuda constante de Pedro para poder vivir, lo que limitaba el futuro, el accionar y las decisiones de Pedro mismo. Al cabo le dolía en el fondo alegrarse con esto, pero era una clara alternativa para salir de la rutina aplastante y solitaria de su vida.
Mientras tanto, Samantha fue esa noche, como siempre, al cabaret. Se cambió en el vestuario y mientras daba un último retoque a las pestañas postizas y se acomodaba la peluca brillante, entró Marisa airadamente.
- Vamos negra, andá a bailar que hoy tenés una buena concurrencia. Ah, y se adelantó el viaje che, se van pasado mañana bien temprano, en el micro de La Puntual.
Lucy y Samantha se miran asombradas.
- Mañana? Pero si todavía ni hicimos las valijas!
- Qué valijas ni qué valijas, por las dos porquerías que tienen?. Hoy, ni bien salen del cabaret, se van derecho a la pensión y preparan todo.
Samantha da un grito seco y empuja todo lo que tenía arriba de la mesita, cayendo todo al piso.
- Basta, gorda asquerosa, me ten pudrida. Me voy ahora y si voce quer, póngase en bolas vocé.
Marisa, con la boca abierta y con miedo al ver que la negra echaba chispas por los ojos, se quedó paralizada y muda. Samantha se sacó violentamente un arreglo de plumas que usaba en el primer show de la noche, se calzó la remera, el vaquero y las zapatillas. Sin tiempo de abrocharse el vaquero salió disparada del cabaret, corriendo hasta la puerta. Los clientes la vieron pasar dejando un tendal de guarangadas y burlas groseras a su paso.
Llegó a la pensión, entró a la pieza y del bolso sacó la foto de Paulinho. Se acostó vestida en la cama y se durmió con la imagen del niño sobre su pecho.

A eso de las diez de la mañana, golpean apuradamente la puerta de la pensión. Sale la dueña y abre rápido, un hombre vestido con el uniforme de la policía esperaba afuera.
- Por favor llame a Samantha.
Corriendo va la señora, escoba en mano, a buscar a la negra.
- Samantha, te busca la policía!
Samantha se despereza un poco, guarda la foto de Paulinho en el bolso y así como está sale. Sonríe un poco. Es Pedro.
- Hola Pedro, eeee... eu ten que decirte algo importante.
- No, yo te tengo que decir algo primero. Mirá, acá tengo más de mil pesos que nos alcanzan para irnos hasta tu pueblo, allá en Brasil. Vámonos ya mismo, acá tengo mi bolso, vamos a la terminal y nos tomamos el primer colectivo a Buenos Aires.
Samantha, sorprendida, piensa rápido. Después de 10 años en esta tierra no había obtenido nada más que tristezas y algunas pocas amigas efímeras. La habían maltratado bastante y ya estaba resignada a perder a su crío. Qué podía perder si esto no funcionaba, casi nada. Y Pedro la miraba ansioso, con ojos grandes y locuaces que le decían cuánto la quería.
- Sí, vamos.
Pedro la abraza y le da un beso que casi la ahoga.
Samantha abre un poco los ojos y ve venir en la esquina a Cacho, que cuando la ve abrazada al policía se enfurece y encara ciego hacia la pareja. Samantha se estremece y Pedro, que conoce al vividor, la aparta un poco y lo enfrenta.
- Así que vos sos el noviecito, tomátela ya, o te mato.
- Si me voy, me voy con ella -
Pedro se prepara para la pelea inminente, pero no tiene tiempo a contrarrestar la furia de su rival. El hombre había ganado fama de cuchillero y pendenciero, fama que lo hacía temido por el resto y nunca nadie se había atrevido a arrebatarle una de sus mujeres. No obstante Pedro, con el coraje que le daba su amor, lo enfrentaba.
Entonces Cacho, rápido, saca un cortaplumas y apretando un botón hace saltar una navaja filosa y larguísima que en sus manos parece volar. Se abalanza sobre Pedro que no está bien parado. Forcejean un poco, y el primer navajazo le abre un surco en el uniforme y en el brazo derecho, cerca del hombro. La sangre comienza a manar, Pedro intenta defenderse con sus manos pero es inútil, el enemigo es muy hábil y rápido. Luego de un empujón queda el cabo contra la pared y Cacho le ensarta la navaja en el abdomen hasta el mango. Los dos quedan inmóviles por un momento, Pedro gime de dolor, mete la mano en la cintura buscando la pistola reglamentaria. Poco a poco las fuerzas lo abandonan, va cayendo mientras las primeras gotas de sangre mojan la vereda. Samantha mira la acción con el rostro desencajado. Los gritos de la morena sirvieron para que algunos vecinos se asomaran a la ventana y sin salir de la casa ni atinar a hacer nada para evitar la masacre, solamente miraron atónitos y en silencio. Nadie pasó por la calle, mágicamente desaparecieron los transeúntes habituales.
Mientras va cayendo, cae con Pedro una billetera llena de plata. Un disparo se siente entre los cuerpos entremezclados de los dos y varias bandadas de pájaros salen volando al unísono de los árboles cercanos. Pedro cae agonizando y Cacho también cae a su lado, con una herida entre las costillas, dolorosas pero no letal.
Con los dos hombres tirados en la vereda entre un charco de sangre, Samantha se acerca temblando a su amado, mientras el otro gime y le implora ayuda. Toma a Pedro del cuello y trata de hacerlo reaccionar, pero es inútil, ya está muerto y no tienen tiempo ni siquiera para despedirse.


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