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noche Pedro no pudo dormir. Pensaba una y otra vez en su estrategia
y veía un mundo que increíblemente podía serle
favorable de ahora en más. La muerte triste de la vieja,
que lo había tenido tan apesadumbrado, le daba otra posibilidad
y otro vuelco a su vida. Parecía como si la viejita se hubiera
sacrificado por la felicidad de su hijo, ella no podía sostenerse
sola y necesitaba de la ayuda constante de Pedro para poder vivir,
lo que limitaba el futuro, el accionar y las decisiones de Pedro
mismo. Al cabo le dolía en el fondo alegrarse con esto, pero
era una clara alternativa para salir de la rutina aplastante y solitaria
de su vida.
Mientras tanto, Samantha fue esa noche, como siempre, al cabaret.
Se cambió en el vestuario y mientras daba un último
retoque a las pestañas postizas y se acomodaba la peluca
brillante, entró Marisa airadamente.
- Vamos negra, andá a bailar que hoy tenés una buena
concurrencia. Ah, y se adelantó el viaje che, se van pasado
mañana bien temprano, en el micro de La Puntual.
Lucy y Samantha se miran asombradas.
- Mañana? Pero si todavía ni hicimos las valijas!
- Qué valijas ni qué valijas, por las dos porquerías
que tienen?. Hoy, ni bien salen del cabaret, se van derecho a la
pensión y preparan todo.
Samantha da un grito seco y empuja todo lo que tenía arriba
de la mesita, cayendo todo al piso.
- Basta, gorda asquerosa, me ten pudrida. Me voy ahora y si voce
quer, póngase en bolas vocé.
Marisa, con la boca abierta y con miedo al ver que la negra echaba
chispas por los ojos, se quedó paralizada y muda. Samantha
se sacó violentamente un arreglo de plumas que usaba en el
primer show de la noche, se calzó la remera, el vaquero y
las zapatillas. Sin tiempo de abrocharse el vaquero salió
disparada del cabaret, corriendo hasta la puerta. Los clientes la
vieron pasar dejando un tendal de guarangadas y burlas groseras
a su paso.
Llegó a la pensión, entró a la pieza y del
bolso sacó la foto de Paulinho. Se acostó vestida
en la cama y se durmió con la imagen del niño sobre
su pecho.
A eso de las diez de la mañana, golpean apuradamente la
puerta de la pensión. Sale la dueña y abre rápido,
un hombre vestido con el uniforme de la policía esperaba
afuera.
- Por favor llame a Samantha.
Corriendo va la señora, escoba en mano, a buscar a la negra.
- Samantha, te busca la policía!
Samantha se despereza un poco, guarda la foto de Paulinho en el
bolso y así como está sale. Sonríe un poco.
Es Pedro.
- Hola Pedro, eeee... eu ten que decirte algo importante.
- No, yo te tengo que decir algo primero. Mirá, acá
tengo más de mil pesos que nos alcanzan para irnos hasta
tu pueblo, allá en Brasil. Vámonos ya mismo, acá
tengo mi bolso, vamos a la terminal y nos tomamos el primer colectivo
a Buenos Aires.
Samantha, sorprendida, piensa rápido. Después de 10
años en esta tierra no había obtenido nada más
que tristezas y algunas pocas amigas efímeras. La habían
maltratado bastante y ya estaba resignada a perder a su crío.
Qué podía perder si esto no funcionaba, casi nada.
Y Pedro la miraba ansioso, con ojos grandes y locuaces que le decían
cuánto la quería.
- Sí, vamos.
Pedro la abraza y le da un beso que casi la ahoga.
Samantha abre un poco los ojos y ve venir en la esquina a Cacho,
que cuando la ve abrazada al policía se enfurece y encara
ciego hacia la pareja. Samantha se estremece y Pedro, que conoce
al vividor, la aparta un poco y lo enfrenta.
- Así que vos sos el noviecito, tomátela ya, o te
mato.
- Si me voy, me voy con ella -
Pedro se prepara para la pelea inminente, pero no tiene tiempo a
contrarrestar la furia de su rival. El hombre había ganado
fama de cuchillero y pendenciero, fama que lo hacía temido
por el resto y nunca nadie se había atrevido a arrebatarle
una de sus mujeres. No obstante Pedro, con el coraje que le daba
su amor, lo enfrentaba.
Entonces Cacho, rápido, saca un cortaplumas y apretando un
botón hace saltar una navaja filosa y larguísima que
en sus manos parece volar. Se abalanza sobre Pedro que no está
bien parado. Forcejean un poco, y el primer navajazo le abre un
surco en el uniforme y en el brazo derecho, cerca del hombro. La
sangre comienza a manar, Pedro intenta defenderse con sus manos
pero es inútil, el enemigo es muy hábil y rápido.
Luego de un empujón queda el cabo contra la pared y Cacho
le ensarta la navaja en el abdomen hasta el mango. Los dos quedan
inmóviles por un momento, Pedro gime de dolor, mete la mano
en la cintura buscando la pistola reglamentaria. Poco a poco las
fuerzas lo abandonan, va cayendo mientras las primeras gotas de
sangre mojan la vereda. Samantha mira la acción con el rostro
desencajado. Los gritos de la morena sirvieron para que algunos
vecinos se asomaran a la ventana y sin salir de la casa ni atinar
a hacer nada para evitar la masacre, solamente miraron atónitos
y en silencio. Nadie pasó por la calle, mágicamente
desaparecieron los transeúntes habituales.
Mientras va cayendo, cae con Pedro una billetera llena de plata.
Un disparo se siente entre los cuerpos entremezclados de los dos
y varias bandadas de pájaros salen volando al unísono
de los árboles cercanos. Pedro cae agonizando y Cacho también
cae a su lado, con una herida entre las costillas, dolorosas pero
no letal.
Con los dos hombres tirados en la vereda entre un charco de sangre,
Samantha se acerca temblando a su amado, mientras el otro gime y
le implora ayuda. Toma a Pedro del cuello y trata de hacerlo reaccionar,
pero es inútil, ya está muerto y no tienen tiempo
ni siquiera para despedirse.
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