| -
Esperame, ya vengo.
Samantha va hacia un teléfono público y se comunica
con la seccional. En la policía, enterados del hecho se movilizan
para darle a la anciana un velorio y un entierro lo más digno
posible. Al rato aparece Vázquez, uno de los pocos amigos
del cabo que deja de lado por un momento su personalidad agresiva
para acompañar a su amigo.
Al otro día aparecen en la sala de velatorios, una habitación
con baño y cocina llena de café y puchos y una salita
de entrada con sillones de cuerina negra y raída.
En el fondo está el cajón, carísimo elemento
que consiguieran milagrosamente a través de una pobre obra
social, una sola corona de flores con una leyenda que dice “Seccional
Primera de Puerto Madryn”, un par de muchachos, Pedro, Vázquez,
Julio, unos cuantos policías y unas vecinas del barrio con
las que no tenía mucho trato pero igual se hacen presentes
en el velorio.
Pasa el tiempo y de a poco Pedro se va quedando sólo con
su madre, ya no llora, nada más sufre en silencio. Al rato
aparecen Samantha y Lucy, esta vez sin las medias rayadas y sin
minifaldas, tiene puesto un pantalón bastante amplio y respetuoso
y no se ríe. Samantha se sienta al lado del cabo, lo toma
de la mano y se quedan así hasta que se termina el servicio
y el Fairlaine negro está preparado en la puerta para cargar
el ataúd.
En el cementerio, la viejita va a parar a un nicho de una edificación
nueva que todavía tiene olor a cemento fresco, el cura reza
despidiendo y tratando de dar un poco de consuelo a los deudos y
todo se termina.
Samantha acompaña a Pedro hasta su casa, no puede decirle
la noticia que le venía prometiendo desde la noche que salieron
del cabaret, pero sabe que esto es un hecho irreversible.
Esa noche Marisa las llamó a ella y a Lucy antes de empezar
la recorrida inicial entre los primeros clientes que iban llegando
al establecimiento. El viejo Castro ya estaba sentado en su sillón
de costumbre, con una copa larga y un líquido verde fluorescente
adentro, charlando con otro viejo adinerado como él y esperando
a las chicas.
Marisa y sus dos colaboradoras se metieron en los vestidores y allí
les dijo que la semana que viene se iban a Puerto Deseado, donde
habían inaugurado recientemente un cabaret nuevo y necesitaban
mujeres atractivas. Lucy era bastante linda y Samantha, con su color
negro exótico imposible de conseguir en las chicas locales,
su acento abrasilerado y su cuerpo sensual y brillante, eran las
indicadas para ir. Además, acá la presencia de Samantha
ya se había vuelto muy común y no llamaba la atención
como al principio, los clientes estaban mermando y existía
la necesidad de traer chicas nuevas al cabaret. De vez en cuando
siempre se daba algún recambio de estos. A las dos mujeres
no las tomó de sorpresa el anuncio, estaban acostumbradas
a deambular de pueblo en pueblo sin poder retener mucho dinero en
cada viaje, quién sabe por qué razón inaudita
cuando tenían plata se la gastaban en ropa que siempre la
pagaban cara o en cualquier otra pavada, o a veces, como en el caso
actual de Samantha, en pagar un sentimiento afectivo y poder sentir
amor sin miedo a las represalias. Samantha le pidió que las
dejara un tiempo más, a lo que Marisa, en un tono maligno
y agresivo, le espetó que si eso se debía al machito
que tenía por ahí, que si era así esa era otra
razón para que se fuera inmediatamente del pueblo y se dejara
de estupideces.
Samantha era una fuente importante de dinero para esta gente, ya
sea para Cacho, que la manejaba afuera, como para Marisa y los dueños
ocultos del cabaret, que veían crecer sus ingresos en el
cobro de entradas y copas carísimas a los muchos parroquianos
que venían a ver el show o a cosas más interesantes.
Pero en el estado en que se encontraba Pedro, después de
quedar tristemente huérfano, si le llegaba a contar esto
sabía que lo iba a destruir. Y también sabía
que le quedaba poco tiempo, la otra alternativa era irse sin avisar,
como siempre se iba de los pueblos que visitaba, dejando el tendal
de hombres pagadores y enamorados que se sorprendían al ir
al cabaret y enterarse de que la negra maravillosa ya no estaba
más. No, esto no lo iba a hacer, era imposible abandonar
así a su amor, por él, que ahora apoyaba toda su vida
y esperanza en ella, y por ella misma, que a su modo también
lo quería.
Le quedaba poco tiempo y tenía que decírselo. Igual
iba a esperar un par de días más, era muy reciente
la muerte de su madre como para atormentarlo con esta novedad y
dejarlo en total soledad. Ahora se sentía responsable por
la suerte del cabo.
Pedro no le soltaba las manos y le pedía que esa noche no
fuera al cabaret, que se quedara con él. Ella iba a ir, no
podía darse el lujo de faltar al trabajo así nomás,
aunque le corría una angustia por el pobre diablo y por ella
que le hacía olvidar por momentos hasta a su querido y desconocido
negrito brasileño.
Entonces se levantó de repente y abrió la puerta.
- Chau Pedro, mañana vengo.
Pedro la vio irse en silencio, la casita del fondo le quedaba demasiado
grande para él solo, la pieza estaba vacía y ya nadie
roncaba en ella. Fue para allí y se puso a acomodar los pocos
trapos de la vieja, guardó uno a uno los saquitos, vestidos
y otras pocas prendas en la cómoda. Sacó las sábanas
y la colchas y las colgó afuera. Puso la pava sobre la hornalla
carbonizada y se puso a hojear de nuevo a Soriano. Pero como le
venía ocurriendo desde el día en que vio a Samantha
en el hospital, no podía concentrarse. La cara de la negra
se confundía en su cabeza con la de su madre muerta y blanca
en el cajón.
Volvió a la pieza, abrió el ropero y hurgueteó
en los bolsillos de un pantalón azul de la policía
que tenía como reserva. De un bolsillo sacó una billetera
impecable de cuero marrón. Adentro tenía unos billetes
que contó dos veces consecutivas: tenía más
de mil pesos en billetes de 10 y 20 pesos, plata que ni recordaba
tener pero que iba guardando de a uno o dos billetes por mes desde
que entró a trabajar en el destacamento.
El rostro se le iluminó de pronto con una loca idea. Una
sonrisa se hizo lugar entre la mueca de angustia y sufrimiento que
no se le iba desde hacía más de dos días. Se
sentó en la cocina y mientras chupaba ansioso la bombilla
del mate pensaba y ventilaba los billetes. Y se sonreía nerviosamente.
|