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Novelas > Amor a la madrynense
Tiempo de cambios

Ilustración: José Artiedasasan los días y podríamos decir que Samantha es feliz. Es una felicidad nerviosa y arriesgada, posiblemente efímera pero esperanzada. Entre clientes exigentes, salidas furtivas con su enamorado, Lucy que la apoya y el recuerdo de su hijo extrañado, se van sucediendo los días velozmente.
No se preocupa mucho por Cacho, no hay dudas que él sabe que sale con el cabo, lo cual no le gusta en absoluto pero por el momento lo calma dándole sus pocos ahorros como cuotas eventuales para comprar su amor. Ella que pasó toda su vida de adulta vendiendo noches de amor a los hombres, ahora se encontraba pagando su propia dicha. Veía como lentamente el sobre escondido se hacía cada vez más flaco, pero seguía aportándole plata a Cacho como autómata.
A Cacho le parecía excelente que la negra le diera dinero extra, no obstante ya la había amenazado con que si llegaba a agarrar al tipo lo iba a moler a palos, por más milico que sea. Ni siquiera la cana tenía derecho a quitarle a sus mujeres, mucho menos un cabito insignificante como éste.
En la comisaría estaba todo bastante tranquilo, de vez en cuando aparecía Vázquez con algún borracho que entraban a sacudones al calabozo para canalizar un poco la violencia reprimida. Últimamente Vázquez y su agresivo colega estaban bastante más tranquilos, junto a Pedro hacían las rondas y guardias rutinarias sin muchos sobresaltos. Hasta había defendido valientemente a Pedro una noche en que mientras cuidaban el orden en el Gigante del Golfo, un club bailantero que los sábados se llenaba de hombres y mujeres ávidos de moverse al ritmo de la cumbia y tomar vino y cerveza sin parar, lo arrinconaron entre cuatro tipos en una esquina del salón. Los tipos, totalmente ebrios, decidieron atacar a Pedro nada más que porque estaba vestido de milico. No le dieron tiempo a reaccionar y lo empujaron contra la pared entre insultos y amenazas. Antes que le dieran la primer piña se acercó Vázquez corriendo y por la espalda le pegó un bastonazo en los hombros a uno de los flacos que quedó encorvado en el piso. Los otros se le fueron al humo, pero el policía logró retroceder un poco lanzándole otro bastonazo al que estaba más cerca y el arma, al rozarle la cara al tipo, arrastró una cadenita que tenía colgada en el cuello y literalmente le abrió un tajo por debajo de una de las mejillas, que le hizo saltar sangre a borbotones. Pedro también intervino en la lucha madrugando a los otros dos y tirándolos hacia un costado de un empujón fortísimo. Al ver a uno de sus compañeros tendido y desmayado en el piso y al otro con el rostro totalmente ensangrentado aunque la herida no era muy profunda, salieron corriendo.
Alzaron a los dos heridos y se dispusieron a llevarlos a la comisaría. Con la ayuda del tercer policía los subieron al patrullero y enfilaron por la Yrigoyen hasta la seccional. Al pasar por la puerta del cabaret ven a Samantha que sale asomándose a la calle.
Vázquez dobla un poco ocultando el patrullero en la esquina y se detiene.
- Andá Pedro, tomate la noche que nosotros nos encargamos de estos dos.
Pedro no se hace rogar. Deja el patrullero y sale ansioso hacia donde está Samantha.
- Hola amor, estás libre?
- Sí, qué vas a hacer.
- Esperame acá, hoy no tengo cliente así que me voy con vos, querés?
- Sí - Pedro se acerca como para besarla.
- No, acá no, esperá.
Al rato vuelve con la ropa de calle. El verano se va aunque todavía hace calor.
- Vamos a casa, mamá hace rato que se debe haber dormido - le propone Pedro.
- Está bon, porque tengo que hablar con vos. Es muy importante.
Pedro, en el taxi, insiste en que le adelante algo, la ansiedad lo supera, pero la negra con la cara triste lo tranquiliza y le dice que espere a llegar a la casa.
Bajan en la puerta, Pedro paga el taxi y cruzan el pasillo oscuro. La casita del fondo está en silencio pero iluminada. La puerta de adelante está entreabierta, raro para esta hora de la noche. En la cocina una pava chilla y larga vapor con los últimos vestigios de agua hirviendo que le queda.
Pedro se apura a entrar, con un presentimiento macabro empuja la puerta de la pieza y ahí está la viejita, tirada de costado en el piso. Ya no tose ni ronca, murió hace apenas unas horas. El cabo no sabe qué hacer ni qué decir, la negra entra en ese instante también a la pieza, Pedro se da vuelta y la mira con los ojos inundados de lágrimas. Al ver a la anciana tendida en el piso intenta abrazarlo, pero el hombre no tiene consuelo. Se culpa a sí mismo por descuidarla, busca alguna forma de ablandar el dolor con excusas inservibles y llora contra Samantha.
Con mucha suavidad se aparta de la negra, mira nuevamente a su viejita tirada en el piso de losa de la precaria habitación y se agacha torpemente para levantarla. La retiene un momento en sus brazos y luego la acuesta delicadamente sobre la cama sin hacer.
Después se sienta a un costado, ve a Samantha parada frente a él mirándolo fijo y sin decir nada, mira en la pared mal iluminada unas fotos viejas de su padre, que no llegó a conocer, con un sombrero negro y bigotes tupidos, un cuadro de abuelos también desconocidos en el que brilla a contraluz una capa fina de polvo, el ropero desvencijado y una radio que hace tiempo que no anda.
Va hasta la cómoda y encuentra ropa vieja de su mamá, un vestido floreado, último recuerdo que tenía la vieja para no olvidarse que alguna vez había sido joven y que ahora aparecía como vestigio único de su pasado, pieza de incalculable valor para ella.
Pasa un rato adentro de la pieza, en silencio, mientras Samantha trata de disminuir su dolor reacomodando las cosas en la cocina. Golpe duro para el cabo, a pesar de que el final estaba anunciándose lentamente desde hacía tiempo, pero todavía le quedaba algo por qué vivir, en la cocina se mueve la morocha querida. Pedro se levanta, atraviesa la puerta de la pieza y la abraza de nuevo. Samantha se queda quieta y lo aprieta vigorosamente con los brazos. Lo hace sentar a Pedro en una de las dos sillas de la cocina, frente a su preciada heladera.


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