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asan
los días y podríamos decir que Samantha es feliz.
Es una felicidad nerviosa y arriesgada, posiblemente efímera
pero esperanzada. Entre clientes exigentes, salidas furtivas con
su enamorado, Lucy que la apoya y el recuerdo de su hijo extrañado,
se van sucediendo los días velozmente.
No se preocupa mucho por Cacho, no hay dudas que él sabe
que sale con el cabo, lo cual no le gusta en absoluto pero por el
momento lo calma dándole sus pocos ahorros como cuotas eventuales
para comprar su amor. Ella que pasó toda su vida de adulta
vendiendo noches de amor a los hombres, ahora se encontraba pagando
su propia dicha. Veía como lentamente el sobre escondido
se hacía cada vez más flaco, pero seguía aportándole
plata a Cacho como autómata.
A Cacho le parecía excelente que la negra le diera dinero
extra, no obstante ya la había amenazado con que si llegaba
a agarrar al tipo lo iba a moler a palos, por más milico
que sea. Ni siquiera la cana tenía derecho a quitarle a sus
mujeres, mucho menos un cabito insignificante como éste.
En la comisaría estaba todo bastante tranquilo, de vez en
cuando aparecía Vázquez con algún borracho
que entraban a sacudones al calabozo para canalizar un poco la violencia
reprimida. Últimamente Vázquez y su agresivo colega
estaban bastante más tranquilos, junto a Pedro hacían
las rondas y guardias rutinarias sin muchos sobresaltos. Hasta había
defendido valientemente a Pedro una noche en que mientras cuidaban
el orden en el Gigante del Golfo, un club bailantero que los sábados
se llenaba de hombres y mujeres ávidos de moverse al ritmo
de la cumbia y tomar vino y cerveza sin parar, lo arrinconaron entre
cuatro tipos en una esquina del salón. Los tipos, totalmente
ebrios, decidieron atacar a Pedro nada más que porque estaba
vestido de milico. No le dieron tiempo a reaccionar y lo empujaron
contra la pared entre insultos y amenazas. Antes que le dieran la
primer piña se acercó Vázquez corriendo y por
la espalda le pegó un bastonazo en los hombros a uno de los
flacos que quedó encorvado en el piso. Los otros se le fueron
al humo, pero el policía logró retroceder un poco
lanzándole otro bastonazo al que estaba más cerca
y el arma, al rozarle la cara al tipo, arrastró una cadenita
que tenía colgada en el cuello y literalmente le abrió
un tajo por debajo de una de las mejillas, que le hizo saltar sangre
a borbotones. Pedro también intervino en la lucha madrugando
a los otros dos y tirándolos hacia un costado de un empujón
fortísimo. Al ver a uno de sus compañeros tendido
y desmayado en el piso y al otro con el rostro totalmente ensangrentado
aunque la herida no era muy profunda, salieron corriendo.
Alzaron a los dos heridos y se dispusieron a llevarlos a la comisaría.
Con la ayuda del tercer policía los subieron al patrullero
y enfilaron por la Yrigoyen hasta la seccional. Al pasar por la
puerta del cabaret ven a Samantha que sale asomándose a la
calle.
Vázquez dobla un poco ocultando el patrullero en la esquina
y se detiene.
- Andá Pedro, tomate la noche que nosotros nos encargamos
de estos dos.
Pedro no se hace rogar. Deja el patrullero y sale ansioso hacia
donde está Samantha.
- Hola amor, estás libre?
- Sí, qué vas a hacer.
- Esperame acá, hoy no tengo cliente así que me voy
con vos, querés?
- Sí - Pedro se acerca como para besarla.
- No, acá no, esperá.
Al rato vuelve con la ropa de calle. El verano se va aunque todavía
hace calor.
- Vamos a casa, mamá hace rato que se debe haber dormido
- le propone Pedro.
- Está bon, porque tengo que hablar con vos. Es muy importante.
Pedro, en el taxi, insiste en que le adelante algo, la ansiedad
lo supera, pero la negra con la cara triste lo tranquiliza y le
dice que espere a llegar a la casa.
Bajan en la puerta, Pedro paga el taxi y cruzan el pasillo oscuro.
La casita del fondo está en silencio pero iluminada. La puerta
de adelante está entreabierta, raro para esta hora de la
noche. En la cocina una pava chilla y larga vapor con los últimos
vestigios de agua hirviendo que le queda.
Pedro se apura a entrar, con un presentimiento macabro empuja la
puerta de la pieza y ahí está la viejita, tirada de
costado en el piso. Ya no tose ni ronca, murió hace apenas
unas horas. El cabo no sabe qué hacer ni qué decir,
la negra entra en ese instante también a la pieza, Pedro
se da vuelta y la mira con los ojos inundados de lágrimas.
Al ver a la anciana tendida en el piso intenta abrazarlo, pero el
hombre no tiene consuelo. Se culpa a sí mismo por descuidarla,
busca alguna forma de ablandar el dolor con excusas inservibles
y llora contra Samantha.
Con mucha suavidad se aparta de la negra, mira nuevamente a su viejita
tirada en el piso de losa de la precaria habitación y se
agacha torpemente para levantarla. La retiene un momento en sus
brazos y luego la acuesta delicadamente sobre la cama sin hacer.
Después se sienta a un costado, ve a Samantha parada frente
a él mirándolo fijo y sin decir nada, mira en la pared
mal iluminada unas fotos viejas de su padre, que no llegó
a conocer, con un sombrero negro y bigotes tupidos, un cuadro de
abuelos también desconocidos en el que brilla a contraluz
una capa fina de polvo, el ropero desvencijado y una radio que hace
tiempo que no anda.
Va hasta la cómoda y encuentra ropa vieja de su mamá,
un vestido floreado, último recuerdo que tenía la
vieja para no olvidarse que alguna vez había sido joven y
que ahora aparecía como vestigio único de su pasado,
pieza de incalculable valor para ella.
Pasa un rato adentro de la pieza, en silencio, mientras Samantha
trata de disminuir su dolor reacomodando las cosas en la cocina.
Golpe duro para el cabo, a pesar de que el final estaba anunciándose
lentamente desde hacía tiempo, pero todavía le quedaba
algo por qué vivir, en la cocina se mueve la morocha querida.
Pedro se levanta, atraviesa la puerta de la pieza y la abraza de
nuevo. Samantha se queda quieta y lo aprieta vigorosamente con los
brazos. Lo hace sentar a Pedro en una de las dos sillas de la cocina,
frente a su preciada heladera.
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