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a la madrynense |
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 amantha
calienta agua en un hervidor con seis salchichas y tres huevos adentro,
esperando el regreso de sus amigas. Mientras en la radio se escuchan
las eternas cumbias domingueras y un locutor exageradamente gritón,
Samantha tararea unas viejas canciones en portugués de Vinicius
que años atrás sacudieran de arriba a abajo a su Río
de Janeiro. El agua empieza a hervir y afuera se escucha un bullicio
de risas y comentarios dichos a voz en cuello. Llegaron el resto de
las chicas, contentas y con plata en el bolsillo.
Ni bien entran a la pieza Lucy agarra a la negra por la espalda y
le dice al oído que hoy la esperan a las seis de la tarde,
ya sabés quién. A la brasileña le resulta imposible
disimular una sonrisa, pero enseguida desvía la conversación
y pide que le cuenten cómo les había ido anoche.
- No sabés, negra, ese coreano no se cansaba nunca, me tuvo
como loca hasta las siete de la mañana, pero le saqué
150 mangos, qué tal? - Lucy saca con orgullo los billetes de
la cartera y los ventila con el brazo en alto.
Continúa la charla mientras comen alegremente. Al rato golpea
Cacho, que viene por el resto de la guita, y tanto Lucy como Susi,
esta vez más aplacada y con un poco de miedo a otra paliza,
le dan el porcentaje correspondiente sin decir palabra ni emitir queja
alguna.
Luego duermen un rato, todavía cansadas del trajín de
ayer, y Samantha se empieza a preparar para la cita.
Por la tarde se encuentran de nuevo en el mismo lugar de ayer, Samantha
llega a tiempo y Pedro está esperando desde hace más
de media hora. Caminan por una calle de tierra con muchos terrenos
baldíos y deciden ir a la playa, que está lejos pero
no importa, el día está bien soleado y por la zona del
Indio, pasando las cuevas de la playa y a eso de las ocho de la noche,
va a ser difícil que algún conocido los encuentre.
Llegan a la costa después de una hora de caminar cruzando pocas
palabras pero inevitablemente mucha gente, bastantes turistas pero
también gente habitantes de la ciudad que indefectiblemente
los miran. Samantha sabe que es imposible ocultar esta relación,
pero casi no le importa.
Se sientan a mirar el mar en un apartado montículo de arena
cerca del camping, mientras el cielo se pone rojizo y los bañistas
se retiran lentamente. Pasa un rato y la oscuridad de la noche no
es tanta, una luna llena y triunfal se ve arriba e ilumina toda la
playa. Con la marea baja, se meten en la cueva que está debajo
de la estatua del Indio, la misma que usaran los galeses hace mucho
más de cien años para acampar y protegerse de la hostilidad
del clima y del entorno agreste de la Patagonia, ni bien habían
arribado a tierra en aquel viaje histórico en un barquito endeble
llamado La Mimosa. Como para no ser menos, Samantha olvida por un
momento la crueldad de su presente y también se refugia en
el calor de Pedro, lo besa con pasión al abrigo de la cueva
milenaria y en un segundo la ropa desaparece, hace mucho calor a pesar
de que afuera corre una brisa fresca de mar, sólo se escucha
el ruido de las olas golpeando contra los arrecifes de mejillones
a unos metros y el respirar ansioso de Pedro.
Y de nuevo hacen el amor adentro de la cueva histórica, como
homenajeando a los locos galeses y su gesta épica. Los granitos
de arena rozan y raspan un poco, pero no es motivo suficiente para
detener a los amantes. Al rato, agotados y dulcemente pegajosos, se
visten. Pero igual quedan pegados uno contra otro por una eternidad,
hasta que la sirena de un barco en el puerto lejano que se ve como
una estela de luces que resplandecen solitarias delante de la masa
lumínica de la ciudad, la despierta y la vuelve a la realidad,
son casi las once de la noche y ella está todavía con
su hombre. Debe apurarse y rajar a cambiarse a la pensión si
no quiere pasarla mal con Cacho.
- Vamos Pedro, que ya es tarde.
Pedro acata a desgano el pedido, se levantan sacudiéndose la
arena y casi corren por la rambla un infinito tramo de asfalto curvado.
Es tarde y ya no llegarán a tiempo. La negra piensa excusas
mientras camina rápido, no se le ocurre nada, pero tampoco
le importa mucho. Está cansada de esta vida donde tras una
apariencia libertina y de festichola continua se le prohíbe
el amor. En su mente, su hijo distante la vuelve a llamar una vez
más, es un muchacho negro de casi diez años que camina
pidiendo limosna por las playas de arenas calientes y mar profundo
y claro. La negra parece acercarse un poco más a él
cuando está cerca del mismo e indiferente mar.
No hay muchas excusas que valgan para desmentir su relación,
así que ni bien llega a la pieza saca un billete de 50 de un
sobre escondido en un cajón de la cómoda, debajo de
unas bombachas y medias de nylon. Se viste rápido y sale. En
la puerta está de nuevo Cacho que la increpa una vez más,
ahora más convencido de que su empleada anda en algo raro,
pero los nervios se aplacan cuando Samantha le da los 50 pesos y le
dice que estuvo con un cliente hasta recién. El tipo la deja
ir, contento pero con la sospecha persistiendo en su limitado entender.
Otra noche de cabaret, y más marineros extranjeros que hablan
idiomas ininteligibles pero que se hacen entender, unos con el lenguaje
mundial del dinero y otras con el lenguaje universal del sexo. |
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