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Novelas > Amor a la madrynense
La playa del amor
Ilustración: José Artiedasamantha calienta agua en un hervidor con seis salchichas y tres huevos adentro, esperando el regreso de sus amigas. Mientras en la radio se escuchan las eternas cumbias domingueras y un locutor exageradamente gritón, Samantha tararea unas viejas canciones en portugués de Vinicius que años atrás sacudieran de arriba a abajo a su Río de Janeiro. El agua empieza a hervir y afuera se escucha un bullicio de risas y comentarios dichos a voz en cuello. Llegaron el resto de las chicas, contentas y con plata en el bolsillo.
Ni bien entran a la pieza Lucy agarra a la negra por la espalda y le dice al oído que hoy la esperan a las seis de la tarde, ya sabés quién. A la brasileña le resulta imposible disimular una sonrisa, pero enseguida desvía la conversación y pide que le cuenten cómo les había ido anoche.
- No sabés, negra, ese coreano no se cansaba nunca, me tuvo como loca hasta las siete de la mañana, pero le saqué 150 mangos, qué tal? - Lucy saca con orgullo los billetes de la cartera y los ventila con el brazo en alto.
Continúa la charla mientras comen alegremente. Al rato golpea Cacho, que viene por el resto de la guita, y tanto Lucy como Susi, esta vez más aplacada y con un poco de miedo a otra paliza, le dan el porcentaje correspondiente sin decir palabra ni emitir queja alguna.
Luego duermen un rato, todavía cansadas del trajín de ayer, y Samantha se empieza a preparar para la cita.
Por la tarde se encuentran de nuevo en el mismo lugar de ayer, Samantha llega a tiempo y Pedro está esperando desde hace más de media hora. Caminan por una calle de tierra con muchos terrenos baldíos y deciden ir a la playa, que está lejos pero no importa, el día está bien soleado y por la zona del Indio, pasando las cuevas de la playa y a eso de las ocho de la noche, va a ser difícil que algún conocido los encuentre.
Llegan a la costa después de una hora de caminar cruzando pocas palabras pero inevitablemente mucha gente, bastantes turistas pero también gente habitantes de la ciudad que indefectiblemente los miran. Samantha sabe que es imposible ocultar esta relación, pero casi no le importa.
Se sientan a mirar el mar en un apartado montículo de arena cerca del camping, mientras el cielo se pone rojizo y los bañistas se retiran lentamente. Pasa un rato y la oscuridad de la noche no es tanta, una luna llena y triunfal se ve arriba e ilumina toda la playa. Con la marea baja, se meten en la cueva que está debajo de la estatua del Indio, la misma que usaran los galeses hace mucho más de cien años para acampar y protegerse de la hostilidad del clima y del entorno agreste de la Patagonia, ni bien habían arribado a tierra en aquel viaje histórico en un barquito endeble llamado La Mimosa. Como para no ser menos, Samantha olvida por un momento la crueldad de su presente y también se refugia en el calor de Pedro, lo besa con pasión al abrigo de la cueva milenaria y en un segundo la ropa desaparece, hace mucho calor a pesar de que afuera corre una brisa fresca de mar, sólo se escucha el ruido de las olas golpeando contra los arrecifes de mejillones a unos metros y el respirar ansioso de Pedro.
Y de nuevo hacen el amor adentro de la cueva histórica, como homenajeando a los locos galeses y su gesta épica. Los granitos de arena rozan y raspan un poco, pero no es motivo suficiente para detener a los amantes. Al rato, agotados y dulcemente pegajosos, se visten. Pero igual quedan pegados uno contra otro por una eternidad, hasta que la sirena de un barco en el puerto lejano que se ve como una estela de luces que resplandecen solitarias delante de la masa lumínica de la ciudad, la despierta y la vuelve a la realidad, son casi las once de la noche y ella está todavía con su hombre. Debe apurarse y rajar a cambiarse a la pensión si no quiere pasarla mal con Cacho.
- Vamos Pedro, que ya es tarde.
Pedro acata a desgano el pedido, se levantan sacudiéndose la arena y casi corren por la rambla un infinito tramo de asfalto curvado. Es tarde y ya no llegarán a tiempo. La negra piensa excusas mientras camina rápido, no se le ocurre nada, pero tampoco le importa mucho. Está cansada de esta vida donde tras una apariencia libertina y de festichola continua se le prohíbe el amor. En su mente, su hijo distante la vuelve a llamar una vez más, es un muchacho negro de casi diez años que camina pidiendo limosna por las playas de arenas calientes y mar profundo y claro. La negra parece acercarse un poco más a él cuando está cerca del mismo e indiferente mar.
No hay muchas excusas que valgan para desmentir su relación, así que ni bien llega a la pieza saca un billete de 50 de un sobre escondido en un cajón de la cómoda, debajo de unas bombachas y medias de nylon. Se viste rápido y sale. En la puerta está de nuevo Cacho que la increpa una vez más, ahora más convencido de que su empleada anda en algo raro, pero los nervios se aplacan cuando Samantha le da los 50 pesos y le dice que estuvo con un cliente hasta recién. El tipo la deja ir, contento pero con la sospecha persistiendo en su limitado entender.
Otra noche de cabaret, y más marineros extranjeros que hablan idiomas ininteligibles pero que se hacen entender, unos con el lenguaje mundial del dinero y otras con el lenguaje universal del sexo.
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