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Novelas > Amor a la madrynense
Madrugada de verano

Ahora resignado, Pedro camina lentamente de regreso a su casa, con la esperanza de verla de nuevo en esa tarde misma.
En el hotel, Samantha no puede dormir. Entró hace un par de horas con el marinero rubio y le dieron la misma habitación con cama de agua que había usado con el gordo maloliente y transpirado del otro día, este por lo menos estaba perfumado y tenía una borrachera tal que daba la sensación que no iba a estar muy activo sexualmente esa noche.
Ni bien entran en la habitación, el hombre se tira en la cama y Samantha le quita unas botas larguísimas y lo acomoda en el colchón. Saca el whisky del bolso y llena dos copas que le había pedido al conserje antes de entrar. Se acerca al marino que trata de atraparla de los glúteos, pero sin fuerzas. De todas maneras la negra se deja agarrar y hace un poco de malabarismo para que no se le caiga el whisky, se acerca cariñosamente al tipo y le hace tomar un buen sorbo más de alcohol que a esta hora de la madrugada y con el sol ya colándose por la ventana de la pieza es peor que veneno. El marino obedece dócilmente y toma todo lo que la negra le ofrece. Instintivamente trata de abrazarla y ponerse encima de ella pero en dos o tres empujones cae redondo en la cama y se duerme instantáneamente. Samantha lo tapa un poco y le acomoda la cara en la almohada, mientras babea con la boca abierta manchando almohada y sábanas.
El tipo se durmió, pero ella queda mirando el espejo del techo y se ve a sí misma, recostada con vaqueros, remera y zapatos. La imagen del espejo ondula frente a ella y se va transformando en Pedro, se adormila un poco y sigue mirando con ojos entrecerrados a Pedro en el espejo, que trata de atravesar el vidrio y saltar a la cama, pero está cada vez más lejos. Al fin se duerme, bastante agotada luego de un día muy movido y varias horas sin dormir o de dormir a destiempo. Pedro está más cerca en su cabeza, pero no lo suficiente. Como un presagio de lo que se vendrá el cabo aparece en una pesadilla tratando de desenredarla a ella que está atrapada en unas sogas de redes de pesca,
la red está muy apretada y el cabo, con un cuchillo chiquito pero filoso trata de cortar los tramados más tensos. Cuando logra cortar uno enseguida se forma misteriosamente otro o aparecen más enredos que hasta el momento no habían sido percibidos. Después una especie de marea devastadora, una ola gigante arrastra a Pedro que desaparece entre una explosión de espuma y agua salada mientras ella grita pero nadie la escucha. La ola se hace más grande y la golpea violentamente y de súbito en el rostro.
Se despierta de un salto. La cortina gruesa del ventanal, que se encargó de cerrar bien antes de acostarse, no es suficiente para contener al sol que hoy es gigantesco. Mira el reloj pulsera, son casi las doce del mediodía. Se pregunta si el pobre Pedro habrá ido a buscarla al cabaret. Quizá no, en una de esas no es para tanto. Pero con lo poco que conoce a su amor le alcanza para estar segura de que ese hombre no es de los que olvidan rápido.
Se levanta de la cama y sacude fuertemente al rubio que ronca con un ruido gutural exacerbante.
- Que... qué pasa?
- Que nos tenemos que ir, son las doce y se acaba el turno.
- Que... qué?
- Que se acaba el turno, papito. Y me ten que pagar. La pasamos bien anoche, no?
- Qué pasó anoche?
- Cómo? Después de lo que te hice vocé me pregunta que pasó? - Samantha finge enojarse, ofendida porque el rubio supuestamente le cuestiona su trabajo.
- No, te creo, pero la verdad que no me acuerdo, todavía me dura el pedo de anoche.
El rubio estaba desnudo en la cama. Samantha se había encargado de sacarle toda la ropa antes de dormirse, así la mentira quedaba totalmente velada para el tipo, que al verse sin ropa y en un albergue transitorio se convence de que algo tuvo que haber pasado con la negra, hazaña que luego contaría con lujo de detalles en el siguiente viaje pesquero.
- Dale, vestite que nos vamos. Ah, me tenés que dar 100 pesos, como habíamos arreglado.
El hombre toma su ropa y se mete al baño. Abre la ducha y al ratito entreabre la puerta del baño y saca la mano estirando entre sus dedos un billete de 100. Samantha lo toma, lo guarda en el bolso y lo apura nuevamente para irse.
Al fin salen a la calle, ella lo despide en la puerta y camina más descansada hacia la pensión. Pasa por el almacén de Ana y compra unos huevos y unas salchichas para el mediodía. Bastante mal alimentada estaba, siempre comiendo cosas enlatadas o desnaturalizadas compradas a último momento para salir del paso. Nunca había ido a un médico salvo para el control rutinario, pero últimamente se notaba un poco débil aunque no era para preocuparse.
En la puerta de la pensión está Cacho, bastante temprano para él que tenía por costumbre levantarse siempre después del mediodía. Está recostado contra la pared esperando a que lleguen las chicas.
- Por fin llega una, che, ya son como la una de la tarde.
- Qué querés, estuve trabajando, como sabés. No sé de qué te quejás ahora.
- Que sos la primera que llega, todavía no vino ni Lucy ni Susi y ya estoy bastante podrido de esperar.
- Y bueno che, estarán en lo suyo, qué esperabas?
- No sé. Bueno, y vos? Dónde estuviste, con un cliente o con ese galán que me dijeron que tenés? Ojo eh, tené mucho cuidado con lo que hacés, no vaya a ser que te pongas de novia.
A la negra le dan ganas de agarrarlo del cogote y estrangularlo, o de salir corriendo y terminar de una vez con esa esclavitud emocional a la que la tienen sometida. Pero puede más su instinto de supervivencia.
- Estuve con un cliente, y para que veas, acá tenés los 50 pesos. Y a vos quién te dijo que tengo novio.
- Ah, no sé, lo único que te digo es que no te enamores mucho, vos estás acá para trabajar, tenelo claro.
Samantha termina la charla pasándole por al lado y dejándole oler su agua de lavanda suave que siempre la persigue a la mañana. Sin darse vuelta atraviesa el pasillo y se mete en la pieza. Domingo de verano, lindo día para ir al mar.


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