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astante
actividad había esa noche en el cabaret. Lucy y Susi tenían
cocinados a dos marineros coreanos que no las soltaban ni para dejarlas
ir al baño. Las muchas copas vacías manchadas de rouge
en la mesita ratona frente a los sillones indicaban que les estaban
haciendo gastar bastante plata a los pobres orientales. Los coreanos
no cobraban demasiado, pero cuando hacían sus esporádicas
visitas al cabaret venían bien forrados y no dudaban en pagar
lo que sea a cambio de tener cerca a alguna de estas muchachas,
que aunque en general no eran demasiado bellas, para los marinos
eran como diosas paganas después de tres meses pescando sin
ver la costa y continuamente acribillados por películas porno
en cada noche de alta mar.
Por su lado, Samantha estaba acompañada por un flaco rubio
de barba y con la cara picada de viruela, que parecía salido
de una novela de corsarios del siglo pasado y que por su porte y
el respeto que le profesaba el resto de sus colegas debía
tener algún rango importante en el barco. El tipo tenía
una borrachera insostenible, había bebido demasiado en exceso
y se la pasaba abrazado a la negra de la cintura y dándole
besos en el cuello mientras les gritaba estupideces que pretendían
ser graciosas a los otros marinos que pasaban de casualidad cerca.
Después de un rato se le acercó el mozo con la cuenta,
el rubio se puso más apocado y pagó las copas respetuosamente,
eso era inevitable dentro del cabaret por más mamado que
estuviera, y se llevó a Samantha para afuera. Eran las cuatro
y pico de la madrugada del sábado y ya había cumplido
con sus dos actos de streap tease afro-americano rutinarios de todas
las noches. Luego se había calzado sus vaqueros y salió
seria y rápido con el rubio, que le había prometido
una buena propina además del pago normal de la tarifa correspondiente.
Antes de alcanzar la calle Samantha manoteó una botella más
de whisky a medio vaciar que se guardó disimuladamente en
el bolso.
Mientras tanto Pedro estaba en la cocina mirando películas
en su canal de cable. La vieja se había dormido hacía
rato, últimamente dormía mucho y tosía con
una tos seca sobre todo al ratito de dormirse y antes de levantarse.
Decidió llevarla al hospital al otro día.
Mira la hora y trata de imaginar qué estará haciendo
Samantha en ese momento. Le corre una angustia que lo llega a doblar
en la silla, una ansiedad por ver a la morocha y una ira impotente
de saber que seguramente está en el trabajo. Tapa a la vieja
con una frazada como si fuera un niño, la mamá se
pone de costado, tose una vez más y sigue durmiendo. Sin
calzarse los zapatos lustrados, sale corriendo en alpargatas a la
calle.
La España es una nube de polvillo fino que se pierde en el
horizonte y se mezcla con el azul oscuro del cielo estrellado de
la noche y el negro del mar al fondo, alumbrado por algunos esporádicos
reflectores de barcos de langostinos. Ni un auto pasa a esta hora.
Pero a lo lejos se escucha el rugido que seguro es un interno de
la línea Benítez. En la parada de taxis de la esquina
no hay nadie. Pedro se corre hacia la esquina y se queda esperando,
intuitivamente sabe que el Benítez, aunque tarde un poco
en llegar, lo acercará más rápido al centro
que si va caminando. Efectivamente llega el colectivo pronto, el
cabo se sube y paga el boleto único.
El chofer, con cara de recién levantado, pelo mojado, olor
a colonia fuerte y bronca por el madrugón del domingo, mira
para adelante y mueve la cabeza como un muñequito al compás
de los saltos del colectivo. A lo lejos se empieza a percibir una
claridad nublada que antecede al alba. Las luces de los barcos se
hacen más tenues y el mar se pone casi blanco.
Está casi vacío, salvo por un par de mujeres gordas
con delantal blanco, gorro blanco y botas de hule que van temprano
a trabajar a las pesqueras, mujeres condenadas al frío de
la cámara refrigerante y a permanecer mojadas, húmedas,
olorosas y manejando peligrosamente afilados cuchillos fileteros
todo el santo día por una paga desvergonzadamente magra.
Pedro mira por la ventana y agradece calladamente que no le haya
tocado a él ese destino de esclavo, al menos tenía
un trabajo bastante razonable, un uniforme limpio y un arma. Y una
mujer.
El colectivo baja la pendiente de la España, llega al asfalto
y la nube de polvo se disipa. Afuera está un poco fresco
a pesar de ser verano, no hay casi nadie caminando pero por la avenida
pasan algunos autos deportivos a toda velocidad. En el fondo, llegando
a la Roca, se escuchan unos chillidos de frenos pisados con desesperación.
En algunas esquinas hay unos pocos perros vagabundos revisando y
despanzurrando unas bolsas de basura plástica que alguna
vez sirvieron para transportar comida de La Anónima. En la
San Martín y Gales divisa a un barrendero de anaranjado fluorescente
que charla con un vendedor de diarios. Dos cuadras más y
baja, cerquita, en la otra esquina, está el cabaret.
El cartel de la entrada, que tiene una chica y unas copas delineadas
con tubitos de luz roja está apagado. Parece que ya es tarde,
salen los últimos clientes y un par de tipos en la puerta
los apuran sutilmente para cerrar de una vez por todas. El sol ya
está arriba y pega fuerte. Pedro mira desde afuera, los tipos
de la puerta lo ven pero por el momento no le dicen nada. De repente
la ve salir a Lucy del brazo de un coreano de ojos chiquititos y
sonriente. Ella lo ve y lo llama.
- Samantha se fue hace rato, pero me pidió que si venías
te dijera que te espera mañana en el mismo lugar.
- A las seis de la tarde, también?
- Y... creo que sí.
- Gracias, pero... adónde se fue?
- A trabajar, nada más.
El sol calienta sin tregua, a Pedro le brotan pequeñas gotitas
de la frente y la camisa se le empieza a pegotear al cuerpo. Camina
sin rumbo, mira para todos lados esperando encontrar a Samantha
como por arte de magia en alguna esquina. A lo lejos el brillo del
sol contra el mar lastima la vista. Vuelve la cabeza una y otra
vez, se mete en la terminal de ómnibus sin darse cuenta,
mira a algunos mochileros que fuman en un banco de afuera, las seis
de la mañana y los pibes fuman como si nada. Sigilosamente
se le acerca Felcho, el loco de la terminal, que le pide un cigarrillo.
Pedro al principio se sorprende por el avance silencioso del personaje,
pero luego busca en el bolsillo de arriba de la camisa un atado
de Marlboro medio aplastado. Lo abre un poco con los dedos y ve
que le quedan dos, le da uno a Felcho y se lleva el otro a la boca.
Lo encienden y dando las gracias el loco se va echando humo como
chimenea, a apostarse de nuevo en un rincón medio sucio de
la terminal.
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