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Novelas > Amor a la madrynense
Madrugada de verano

Ilustración: José Artiedasastante actividad había esa noche en el cabaret. Lucy y Susi tenían cocinados a dos marineros coreanos que no las soltaban ni para dejarlas ir al baño. Las muchas copas vacías manchadas de rouge en la mesita ratona frente a los sillones indicaban que les estaban haciendo gastar bastante plata a los pobres orientales. Los coreanos no cobraban demasiado, pero cuando hacían sus esporádicas visitas al cabaret venían bien forrados y no dudaban en pagar lo que sea a cambio de tener cerca a alguna de estas muchachas, que aunque en general no eran demasiado bellas, para los marinos eran como diosas paganas después de tres meses pescando sin ver la costa y continuamente acribillados por películas porno en cada noche de alta mar.
Por su lado, Samantha estaba acompañada por un flaco rubio de barba y con la cara picada de viruela, que parecía salido de una novela de corsarios del siglo pasado y que por su porte y el respeto que le profesaba el resto de sus colegas debía tener algún rango importante en el barco. El tipo tenía una borrachera insostenible, había bebido demasiado en exceso y se la pasaba abrazado a la negra de la cintura y dándole besos en el cuello mientras les gritaba estupideces que pretendían ser graciosas a los otros marinos que pasaban de casualidad cerca. Después de un rato se le acercó el mozo con la cuenta, el rubio se puso más apocado y pagó las copas respetuosamente, eso era inevitable dentro del cabaret por más mamado que estuviera, y se llevó a Samantha para afuera. Eran las cuatro y pico de la madrugada del sábado y ya había cumplido con sus dos actos de streap tease afro-americano rutinarios de todas las noches. Luego se había calzado sus vaqueros y salió seria y rápido con el rubio, que le había prometido una buena propina además del pago normal de la tarifa correspondiente. Antes de alcanzar la calle Samantha manoteó una botella más de whisky a medio vaciar que se guardó disimuladamente en el bolso.
Mientras tanto Pedro estaba en la cocina mirando películas en su canal de cable. La vieja se había dormido hacía rato, últimamente dormía mucho y tosía con una tos seca sobre todo al ratito de dormirse y antes de levantarse. Decidió llevarla al hospital al otro día.
Mira la hora y trata de imaginar qué estará haciendo Samantha en ese momento. Le corre una angustia que lo llega a doblar en la silla, una ansiedad por ver a la morocha y una ira impotente de saber que seguramente está en el trabajo. Tapa a la vieja con una frazada como si fuera un niño, la mamá se pone de costado, tose una vez más y sigue durmiendo. Sin calzarse los zapatos lustrados, sale corriendo en alpargatas a la calle.
La España es una nube de polvillo fino que se pierde en el horizonte y se mezcla con el azul oscuro del cielo estrellado de la noche y el negro del mar al fondo, alumbrado por algunos esporádicos reflectores de barcos de langostinos. Ni un auto pasa a esta hora. Pero a lo lejos se escucha el rugido que seguro es un interno de la línea Benítez. En la parada de taxis de la esquina no hay nadie. Pedro se corre hacia la esquina y se queda esperando, intuitivamente sabe que el Benítez, aunque tarde un poco en llegar, lo acercará más rápido al centro que si va caminando. Efectivamente llega el colectivo pronto, el cabo se sube y paga el boleto único.
El chofer, con cara de recién levantado, pelo mojado, olor a colonia fuerte y bronca por el madrugón del domingo, mira para adelante y mueve la cabeza como un muñequito al compás de los saltos del colectivo. A lo lejos se empieza a percibir una claridad nublada que antecede al alba. Las luces de los barcos se hacen más tenues y el mar se pone casi blanco.
Está casi vacío, salvo por un par de mujeres gordas con delantal blanco, gorro blanco y botas de hule que van temprano a trabajar a las pesqueras, mujeres condenadas al frío de la cámara refrigerante y a permanecer mojadas, húmedas, olorosas y manejando peligrosamente afilados cuchillos fileteros todo el santo día por una paga desvergonzadamente magra.
Pedro mira por la ventana y agradece calladamente que no le haya tocado a él ese destino de esclavo, al menos tenía un trabajo bastante razonable, un uniforme limpio y un arma. Y una mujer.
El colectivo baja la pendiente de la España, llega al asfalto y la nube de polvo se disipa. Afuera está un poco fresco a pesar de ser verano, no hay casi nadie caminando pero por la avenida pasan algunos autos deportivos a toda velocidad. En el fondo, llegando a la Roca, se escuchan unos chillidos de frenos pisados con desesperación.
En algunas esquinas hay unos pocos perros vagabundos revisando y despanzurrando unas bolsas de basura plástica que alguna vez sirvieron para transportar comida de La Anónima. En la San Martín y Gales divisa a un barrendero de anaranjado fluorescente que charla con un vendedor de diarios. Dos cuadras más y baja, cerquita, en la otra esquina, está el cabaret.
El cartel de la entrada, que tiene una chica y unas copas delineadas con tubitos de luz roja está apagado. Parece que ya es tarde, salen los últimos clientes y un par de tipos en la puerta los apuran sutilmente para cerrar de una vez por todas. El sol ya está arriba y pega fuerte. Pedro mira desde afuera, los tipos de la puerta lo ven pero por el momento no le dicen nada. De repente la ve salir a Lucy del brazo de un coreano de ojos chiquititos y sonriente. Ella lo ve y lo llama.
- Samantha se fue hace rato, pero me pidió que si venías te dijera que te espera mañana en el mismo lugar.
- A las seis de la tarde, también?
- Y... creo que sí.
- Gracias, pero... adónde se fue?
- A trabajar, nada más.
El sol calienta sin tregua, a Pedro le brotan pequeñas gotitas de la frente y la camisa se le empieza a pegotear al cuerpo. Camina sin rumbo, mira para todos lados esperando encontrar a Samantha como por arte de magia en alguna esquina. A lo lejos el brillo del sol contra el mar lastima la vista. Vuelve la cabeza una y otra vez, se mete en la terminal de ómnibus sin darse cuenta, mira a algunos mochileros que fuman en un banco de afuera, las seis de la mañana y los pibes fuman como si nada. Sigilosamente se le acerca Felcho, el loco de la terminal, que le pide un cigarrillo. Pedro al principio se sorprende por el avance silencioso del personaje, pero luego busca en el bolsillo de arriba de la camisa un atado de Marlboro medio aplastado. Lo abre un poco con los dedos y ve que le quedan dos, le da uno a Felcho y se lleva el otro a la boca. Lo encienden y dando las gracias el loco se va echando humo como chimenea, a apostarse de nuevo en un rincón medio sucio de la terminal.


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