Regresar a la página inicial.Los cuentos de NacherLa Poesía de NacherLas NovelasDiscografía - MP3 - DownloadsLista de correo - SuscripcionesBiografía - CV - FotosPida desde aquí los productos de Nacher.Contacto - E-mail - Correo
Novelas > Amor a la madrynense
Tarde de verano -continuación-

Pero esta interrupción sirve para que se despeguen un poco y caminen el tramo que falta para llegar a la pieza.
- Pasá Samantha, mi mamá está durmiendo.
Samantha entra despacito y ve entre penumbras a una vieja acostada boca arriba y roncando.La ve y le envidia su suerte, la de una madre siempre acompañada por su hijo hasta bien viejita, no como ella que está condenada a sufrir en silencio y a veces con culpa el abandono de su negrito.
Pedro se salía de la vaina por contarle a alguien su dicha naciente, su mamá no le iba a entender mucho pero se lo tenía que decir, sin embargo por el momento prefería no despertarla y seguir chapando con Samantha.
Ni bien cerró la puerta, sin dejarle ni dejar el bolso sobre la mesa, empuja a Samantha contra la mesadita de la cocina y se vuelven a besar, esta vez sin nadie que los moleste. La negra besa con pasión, como besaba a ese malvado novio correntino, pero más. No los besos comprados que siempre trataba de evitar aunque a veces estaba obligada a darlos, esos en los que resignada dejaba que el tipo de turno la babeara mientras cerraba los ojos tratando de pensar en cosas triviales y volando con la mente a otra parte. Ahora también imaginaba cosas mientras Pedro la besaba. También cerró los ojos pero esta vez le vino a la mente la imagen de su Río de la infancia, cuando su padre, todavía feliz, la llevaba en sus hombros a ver los ensayos de la escola do samba de su favela, y ahí no paraba de asombrarse frente a esos vestidos luminosos, esas plumas y esas carrozas gigantescas con personajes salidos de cuentos, esa música de tambores rítmica que obligaba a mover el cuerpo, y esa niña de dientes grandes blanquísimos riendo a carcajadas mientras se aferraba al cuello transpirado y grueso de su pai.
Abrió un poco los ojos y adelante seguía Pedro abocado a su faena sin ninguna intención de ambas partes de despegarse. La negra piensa que por primera vez besaba a alguien. No será para tanto, pero así son los sentimientos. La apretada no se detiene y poco a poco se van deslizando peligrosamente hacia la pava que hierve. En el primer contacto de la cola de Samantha con el metal caliente, da un empujón hacia adelante y apoya todo su cuerpo en el del cabo que sin machete y sin la reglamentaria que moleste siente que frente a él y contra su pecho tiene absolutamente todo lo que necesita en su vida.
La negra no lo suelta ni por un momento, un ruido de la pieza lo hace girar la cabeza y vé que la viejita se acomoda de costado para seguir durmiendo. En un segundo se despega de la negra suavemente y cierra despacito la puerta de la pieza, apaga el fuego de la hornalla y retoma la acción. Cualquier lugar es bueno para el amor, piensa el cabo y se juega al riesgo de que su madre los vea y acomoda a Samantha arriba de la mesada. Misteriosamente la morocha tiene el vaquero desabrochado y la bragueta baja. Se siguen besando y como pueden se quitan la mínima ropa indispensable para sentir el contacto de la piel de uno contra la piel del otro.
Samantha se prepara para recibirlo, en la cabeza sigue sonando la vieja batucada de la Portela y un montón de negritos juegan corriendo por la calle. Siente que Pedro la penetra y se entrega como nunca se había entregado antes a ningún cliente, por mucha plata que le paguen. Afuera las gotas de lluvia siguen golpeando el techo de chapa de la cocina.
El agua de la pava ya está tibia, casi fría, pero nadie tiene intención de tomar mate. Continúan los besos hasta que se oye una voz ronca desde la pieza.
- Pedro, sos vos? - pregunta semidormida la viejita.
- Sí mama, quédese tranquila.
Samantha se acomoda la ropa a toda velocidad. Pedor, con el pantalón todavía desprendido, trata de subírselo y abrocharse el cinturón mientras va a atender a su madre. Abre la puerta y con una mano sobre los ojos para protegerlos de la claridad de la cocina la madre le pregunta:
- Con quién estás Pedro?
- Con... una amiga. Querés que te prepare un mate?
- Bué, yo ya me levanto.
La madre vuelve a toser y trata de encontrar las chancletas al costado de la cama.
- Ya me voy, Pedro - dice Samantha.
- No, esperá, quedate un rato más.
- No, es tarde, otro día nos vemos, te lo prometo.
- Te voy a ir a buscar al cabaret, te lo juro Samantha.
- Me llamo Lucila - dice la morocha, y con un beso apasionado se despide del cabo, que la ve irse corriendo bajo la lluvia sin darse vuelta.
Hacía tiempo que Samantha no le decía a nadie su verdadero nombre. Salvo a ese mal recordado novio de sus inicios en Corrientes y al empleado de la oficina de sanidad, cuando tenía que hacerse el rutinario control médico. Nadie, ni Cacho, ni Lucy, ni Marisa sabían su nombre real.
Corre un par de cuadras hasta llegar a la parada de taxis, aburrido y cansado de esperar hay un tipo arriba de un Duna blanco que parece estar a disposición de la negra. Ya son como las ocho y media, hora de cenar e ir preparándose para el show de esta noche. Es sábado y por la mañana acaba de atracar en el puerto un barco con marineros que hace varios días no pisan tierra. Es plata fácil, los marineros siempre vienen bien forrados y los despachan rápido.
Pedro, en su casa, atiende a la madre. Le ceba mate amargo y le prepara unos panes con manteca, un pedazo de Sancor que tenía guardada en su heladera. Le gustaba sacar comida de la heladera, cada vez que abría la puerta y el frío le pegaba en las mejillas se sentía orgulloso de su pertenencia.
Mientras la vieja se pone a planchar algo, porque siempre hay algo para planchar, el mira sin prestar atención la tele, hojea su libro de Soriano aunque no se acuerda en qué página lo había dejado el día anterior. Y piensa en su amor. Se siente feliz y preocupado al mismo tiempo. En su poca experiencia en las cosas del amor tiene pánico de que se le escape, que se le vaya de las manos como el agua. Será posible que nunca vaya a tener un momento completo de felicidad.
Samantha llega a la pensión. Con una curiosidad descontrolada la espera en la puerta Lucy. Ni bien la ve le exige que le cuente todo. Samantha todavía tiene el gusto salado de Pedro en la boca y en los hombros. Entran sin parar de hablar y mientras Lucy se entera de los sucesos vuelven a la rutina del maquillaje y la ropa provocativa. La noche va a ser larga.


<< anterior 1 - 2  
Subir

Copyright © 1998|2002 - Carlos Alberto Nacher
Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción total o parcial de este sitio
ni su tratamiento o transmisión por cualquier medio o método sin autorización escrita del autor.
Diseño: Dukal - Hosting: Madryn.Com

Home | Cuentos | Poemas | Novelas | Música | La Barda | El autor | Ventas | E-mail