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Novelas > Amor a la madrynense
Tarde de verano

Ilustración: José Artiedasl otro día está un poco nublado, desde la mañana que el cielo amenaza con llover. Pero Pedro se pone igual su mejor ropa, un pantalón azul marino de corderoi, una camisa blanca y almidonada que le va un poco chica, su par de zapatos viejos pero lustrados y un reloj que era del abuelo y que no usaba hacía años.
Faltaba como una hora para la cita pero él ya estaba listo para ir al encuentro de la negra. Su madre dormía una siesta interrumpida por su tos continua. Esa mañana había preparado un pastel de papas bien salado y cuando le preguntó si iba a salir y adónde iba, él le dijo que con unos amigos, le daba vergüenza confesarle que iba a salir con una mujer. Le preocupaba un poco la tos cada vez más fuerte y seguida de la vieja, pero en ese momento lo único que tenía en mente era ver a su morena.
Después del incidente de anoche, las cosas habían mejorado un poco. Al llegar a la comisaría, después de dos horas, se encontró con Alfredo y el otro cana que estaban sentados tomando mate tranquilamente. Ni bien entró estaba preparado para cualquier problema con sus colegas, pero iba tranquilo porque ellos no podían hacerle nada si no querían ser expulsados de la fuerza por usar el patrullero para salir de joda. Sin embargo no pasó nada. Alfredo lo recibió alegremente. Ya había olvidado lo ocurrido.
- Mirá que sos boludo eh? Por defender a esas dos locas te perdiste una joda bárbara. Con Néstor nos levantamos a dos minas de la Gales y las llevamos por la ruta vieja a Rawson hasta cerca del Mirador. Querés que te cuente lo que sigue?
- No, está bien, ya me lo perdí.
- Che, pero la próxima vez que te calientes no saqués el bufoso, que me vas a hacer asustar.
- Disculpame, pero me puse un poco nervioso.
Mintiendo una camaradería inexistente pero necesaria se sentó a tomar mate con sus compañeros. Escuchaba sus aventuras estúpidas y forzadas y respondía con monosílabos, mientras en el medio del escudo insignia de la policía pegado a la pared aparecía aquel rostro de carbón brillante y reluciente.

Bien peinado para atrás y perfumado con una colonia barata que inundaba todo con un aroma fuerte en diez metros a la redonda, va para la cita. En la esquina Julio, el quiosquero, sigue indiferente intentando sacar el mayor rédito posible a las golosinas y juguetitos todos chicos en cajas plásticas veladas de polvo. Parece que se viene nomás la lluvia, lo invade un temor de que la negra no venga, pero la esperanza es mayor que la incertidumbre. No puede faltar.
Llega a la esquina establecida para la cita, falta como media hora todavía, pero como en el tango, fuma y espera. Desde el colectivo le toca bocina un viejo chofer conocido. Irá a venir?

En la pensión Samantha también se prepara. Ya le contó la novedad a Lucy, su amiga y confidente, y ésta la animó para que vaya. En la pieza de al lado Susi está de nuevo discutiendo con Cacho, que precisa más plata. Susi, enojada y a riesgo de recibir otra tunda, le dice que no tiene y en cambio le recrimina su actitud de mierda, preguntándole qué le da él para pretender siempre más guita.
Es decir que la cosa está bastante normal. Acaba de pagarle el alquiler a la vieja locadora, que todos los 5 de cada mes indefectiblemente le golpea la puerta de la pieza para cobrar, así sea sábado o domingo. Mientras se acomoda la remera de algodón blanca con las iniciales de alguna extraña universidad americana, Lucy, como si fuera una madre o una hermana mayor preocupada, le da los últimos retoques al pelo de virulana que no conoce peine de Samantha.
- No te preocupes, Cacho no se va a enterar. Y si te descubre le decimos que es un cliente y le damos algo de guita.
Entre tantos preparativos ya son casi las seis. Samantha agarra su eterno bolso y sale apurada a la calle.

Son las seis y diez y Samantha no aparece. Pero Pedro sigue firme, dispuesto a quedarse dos horas más si es necesario. Justo cuando lo estaba por invadir una tristeza inaudita, ve que en la esquina se asoma la morocha. No lo puede creer, es como una aparición celestial. En remera y vaqueros, con un pullovercito en la mano y el bolso colgado del hombro viene la negra a paso rápido, seria y mirando a los costados. Se acerca a Pedro, lo toma del brazo y lo obliga a caminar a su lado.
- Vamos, para allá, que no nos vea algún conocido.
- Eee... yo vivo acá cerquita, querés que vayamos a mi casa a tomar mate.
Samantha no podía tomar mate, era una de las pocas cosas a las que no se había acostumbrado de los argentinos. Pero igual acepta la invitación, la casa de Pedro en el barrio Oeste tenía que ser un lugar seguro donde nadie la vería.
Un fuerte trueno anuncia la lluvia que se avecina. Enseguida el cielo se oscurece aunque falta mucho para que el se haga de noche y las primeras gotas, gordas y pesadas, comienzan a caer transformando en barro pegajoso a las calles de tierra y pedregullo.
Los dos caminan más rápido acosados por la lluvia, hasta llegar a correr mientras la tormenta se pone cada vez más fuerte. El kioskero Julio los ve pasar y por un momento deja de contar billetes sorprendido por la increíble compañía de Pedro. Corren y se ríen como niños hasta llegar al pasillo de tierra de la entrada de la casa que al fondo tiene la piecita con cocina comedor del cabo. La entrada está bastante oscura y Samantha, con la remera mojada redondeando sus pecho firmes, se recuesta contra la pared para tomar aliento. En un momento mágico deja de jadear un poco, mira fija a Pedro que se le acerca, lo toma de la cintura y le da un beso que tendría que durar un siglo, pero que apenas vive lo que tarda en abrirse la puerta de la casa del frente, el dueño salió a ver qué pasaba al escuchar ruidos en el pasillo. Ni bien ve a semejante mujer mojada y abrazada a Pedro mira para otro lado y se vuelve a meter adentro. Canchero el vecino.


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