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otro día está un poco nublado, desde la mañana
que el cielo amenaza con llover. Pero Pedro se pone igual su mejor
ropa, un pantalón azul marino de corderoi, una camisa blanca
y almidonada que le va un poco chica, su par de zapatos viejos pero
lustrados y un reloj que era del abuelo y que no usaba hacía
años.
Faltaba como una hora para la cita pero él ya estaba listo
para ir al encuentro de la negra. Su madre dormía una siesta
interrumpida por su tos continua. Esa mañana había
preparado un pastel de papas bien salado y cuando le preguntó
si iba a salir y adónde iba, él le dijo que con unos
amigos, le daba vergüenza confesarle que iba a salir con una
mujer. Le preocupaba un poco la tos cada vez más fuerte y
seguida de la vieja, pero en ese momento lo único que tenía
en mente era ver a su morena.
Después del incidente de anoche, las cosas habían
mejorado un poco. Al llegar a la comisaría, después
de dos horas, se encontró con Alfredo y el otro cana que
estaban sentados tomando mate tranquilamente. Ni bien entró
estaba preparado para cualquier problema con sus colegas, pero iba
tranquilo porque ellos no podían hacerle nada si no querían
ser expulsados de la fuerza por usar el patrullero para salir de
joda. Sin embargo no pasó nada. Alfredo lo recibió
alegremente. Ya había olvidado lo ocurrido.
- Mirá que sos boludo eh? Por defender a esas dos locas te
perdiste una joda bárbara. Con Néstor nos levantamos
a dos minas de la Gales y las llevamos por la ruta vieja a Rawson
hasta cerca del Mirador. Querés que te cuente lo que sigue?
- No, está bien, ya me lo perdí.
- Che, pero la próxima vez que te calientes no saqués
el bufoso, que me vas a hacer asustar.
- Disculpame, pero me puse un poco nervioso.
Mintiendo una camaradería inexistente pero necesaria se sentó
a tomar mate con sus compañeros. Escuchaba sus aventuras
estúpidas y forzadas y respondía con monosílabos,
mientras en el medio del escudo insignia de la policía pegado
a la pared aparecía aquel rostro de carbón brillante
y reluciente.
Bien peinado para atrás y perfumado con una colonia barata
que inundaba todo con un aroma fuerte en diez metros a la redonda,
va para la cita. En la esquina Julio, el quiosquero, sigue indiferente
intentando sacar el mayor rédito posible a las golosinas
y juguetitos todos chicos en cajas plásticas veladas de polvo.
Parece que se viene nomás la lluvia, lo invade un temor de
que la negra no venga, pero la esperanza es mayor que la incertidumbre.
No puede faltar.
Llega a la esquina establecida para la cita, falta como media hora
todavía, pero como en el tango, fuma y espera. Desde el colectivo
le toca bocina un viejo chofer conocido. Irá a venir?
En la pensión Samantha también se prepara. Ya le
contó la novedad a Lucy, su amiga y confidente, y ésta
la animó para que vaya. En la pieza de al lado Susi está
de nuevo discutiendo con Cacho, que precisa más plata. Susi,
enojada y a riesgo de recibir otra tunda, le dice que no tiene y
en cambio le recrimina su actitud de mierda, preguntándole
qué le da él para pretender siempre más guita.
Es decir que la cosa está bastante normal. Acaba de pagarle
el alquiler a la vieja locadora, que todos los 5 de cada mes indefectiblemente
le golpea la puerta de la pieza para cobrar, así sea sábado
o domingo. Mientras se acomoda la remera de algodón blanca
con las iniciales de alguna extraña universidad americana,
Lucy, como si fuera una madre o una hermana mayor preocupada, le
da los últimos retoques al pelo de virulana que no conoce
peine de Samantha.
- No te preocupes, Cacho no se va a enterar. Y si te descubre le
decimos que es un cliente y le damos algo de guita.
Entre tantos preparativos ya son casi las seis. Samantha agarra
su eterno bolso y sale apurada a la calle.
Son las seis y diez y Samantha no aparece. Pero Pedro sigue firme,
dispuesto a quedarse dos horas más si es necesario. Justo
cuando lo estaba por invadir una tristeza inaudita, ve que en la
esquina se asoma la morocha. No lo puede creer, es como una aparición
celestial. En remera y vaqueros, con un pullovercito en la mano
y el bolso colgado del hombro viene la negra a paso rápido,
seria y mirando a los costados. Se acerca a Pedro, lo toma del brazo
y lo obliga a caminar a su lado.
- Vamos, para allá, que no nos vea algún conocido.
- Eee... yo vivo acá cerquita, querés que vayamos
a mi casa a tomar mate.
Samantha no podía tomar mate, era una de las pocas cosas
a las que no se había acostumbrado de los argentinos. Pero
igual acepta la invitación, la casa de Pedro en el barrio
Oeste tenía que ser un lugar seguro donde nadie la vería.
Un fuerte trueno anuncia la lluvia que se avecina. Enseguida el
cielo se oscurece aunque falta mucho para que el se haga de noche
y las primeras gotas, gordas y pesadas, comienzan a caer transformando
en barro pegajoso a las calles de tierra y pedregullo.
Los dos caminan más rápido acosados por la lluvia,
hasta llegar a correr mientras la tormenta se pone cada vez más
fuerte. El kioskero Julio los ve pasar y por un momento deja de
contar billetes sorprendido por la increíble compañía
de Pedro. Corren y se ríen como niños hasta llegar
al pasillo de tierra de la entrada de la casa que al fondo tiene
la piecita con cocina comedor del cabo. La entrada está bastante
oscura y Samantha, con la remera mojada redondeando sus pecho firmes,
se recuesta contra la pared para tomar aliento. En un momento mágico
deja de jadear un poco, mira fija a Pedro que se le acerca, lo toma
de la cintura y le da un beso que tendría que durar un siglo,
pero que apenas vive lo que tarda en abrirse la puerta de la casa
del frente, el dueño salió a ver qué pasaba
al escuchar ruidos en el pasillo. Ni bien ve a semejante mujer mojada
y abrazada a Pedro mira para otro lado y se vuelve a meter adentro.
Canchero el vecino.
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