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as
chicas vuelven a la pensión y se comienzan a preparar temprano
para una nueva noche de guerra. Con una ropa interior media translúcida
y bien provocativa y un top ajustado que le marca todo el cuerpo
y le disimula los rollitos, Lucy está lista para otra noche
de copas aburridas y clientes pesados pero con plata. Samantha prepara
su artillería pesada, usa una minifalda de raso plateada
que le hace juego con la peluca, mete todo en un bolso y en la puerta
toman un taxi que las lleve directo al cabaret.
En su casa, Pedro retoma la lectura de Soriano pero no puede sacarse
de la cabeza a esa negra maravillosa que lo miró por un instante,
lo miró sin cobrarle como hacía tiempo no lo miraba
una mujer. En su acostumbrada soledad, acompañado sólo
de su pobre viejita que empezaba a toser feo, casi había
olvidado la emoción de sentir aunque sea la mirada de una
mujer, había olvidado cómo late el corazón
de amor, pasión, nervios y desconsuelo ante la presencia
de una mujer que te mira pero que uno no está seguro de si
va a lograr algún acercamiento, es más, uno está
seguro que nunca va a poder acercarse. Pedro sabe que es mejor olvidarse
del asunto, pero no puede apartar esa esfinge negra de su cabeza.
Sigue con la lectura, pero ahora no presta atención, no llega
a captar ni de qué se trata el cuento.
En el cabaret ya comienzan a llegar los primeros clientes. El
viejo Castro, cuándo no, entra entre saludos a todo el mundo
y las reverencias del gorila de la puerta, se acomoda en unos sillones
que ya estaban tácitamente asignados a su inevitable presencia
y atrae hacia sí a Lucy y a otra chica, que con una sonrisa
de oreja a oreja están dispuestas a desplumar todo lo posible
al viejo libidinoso. Otro tipo al que se veía poco se acerca
a Samantha y le ofrece un trago. Por supuesto, la negra no puede
negarse y así se van a uno de los sillones oscuros del fondo
del recinto. El hombre paga otra copa y se acerca a la morena, con
todo derecho de palpar la mercancía que estaba comprando.
La toma del rostro y le zampa un beso en la boca al que Samantha
está obligada a responder, el tipo ya pagó dos copas.
Cierra los ojos y abre la boca dejando entrar la lengua desconocida
del tipo. Trata de reducir el tiempo del beso con alguna excusa,
pero sorpresivamente lo toma de la cabeza para seguir besándolo
mientras en su mente toma forma la figura del morocho del hospital
que la miró con tanta timidez y respeto, o habrá sido
con amor. Ahora puede ver claramente los dos ojos marrones y el
pelo negro exageradamente aplastado. Entra en una rara ensoñación
hasta que se percata que esa lengua blanda y babosa que recorre
sus encías no es la del morocho, sino la de este tipo desconocido
que le pagó los tragos.
De repente lo aparta un poco y le dice “Disculpame, tengo
que ir al baño”.
Se levanta de un salto de los reservados y atraviesa el local que
ahora está bastante lleno. Uno de los parroquianos intenta
meterle un manotazo en el trasero, pero es frenado en seco e increpado
duramente por la gorda Marisa, encargada del establecimiento y por
ende protectora de las chicas.
- Pará tarado, que te pensás, que vas a manosear sin
pagar acá?
Samantha la mira con un gesto agradecido y el ridículo tipo
desaparece entre el gentío antes de que la cosa se le ponga
más dura. La gorda Marisa queda al lado de Samantha, como
cuidándola. Usaba unas blusas transparentes y unas medias
negras corridas, vestigios de un pasado de mujer fatal que se resistía
a abandonar, ahora que era nada más que una vieja gorda que
por suerte tenía al menos un trabajo.
- Tratámelo bien al señor Samy, mirá que parece
que tiene plata.
En el baño se mira al espejo. Tenía el rouge un poco
corrido y los cachetes como encendidos. Entonces sale y le dice
al mozo que no le traiga más té en las copas simulando
que es whisky o champagne, que le ponga nomás unas buenas
medidas de Criadores.
Vuelve a los reservados y el tipo sigue allí, impaciente.
- Cuánto cobrás para ir al hotel?
- 100 pesos, pero antes tomemos otro trago, sí, papito?
- Como quieras, pero que sea rápido.
La negra llama al mozo con el brazo en alto. En la oscuridad brillan
como candelas sus uñas plateadas, sus dientes de marfil y
la eterna peluca con flecos plateados que hieren la vista. Al rato
tiene un vaso bien lleno de Criadores que se lo toma en dos sorbos.
El cliente está impaciente y apurado por poseerla.
- Ya vengo, me cambio y vamos.
Otra vez va para la salita del fondo que oficia de camarín.
Guarda con delicadeza la peluca en el bolso y se pone los jeans
gastados. Toma al cliente del brazo y sale.
Es muy tarde y Pedro no puede dormir. Tira a un costado el libro,
mira a la cama de al lado y ve a su vieja que paró un poco
de toser y ahora ronca plácidamente con la boca abierta y
tapada hasta el cuello. Sin hacer ruido se levanta, se calza los
zapatos viejos, la misma camisa de la tarde y un pollover con parches
en los codos. Sale a la calle y camina. Va sin rumbo calle abajo
por la Gales, son como las tres y media de la madrugada del martes
y muy pocos autos andan por la calle. Otra vez tiene tiempo, la
guardia del martes le toca recién a las cinco de la tarde.
Camina más hasta llegar al semáforo de la Juan B.
Justo. En la esquina hay una chica con zapatos altos y cartera,
todavía trabajando, buscando a esta hora no con muchas esperanzas
a algún cliente tardío que la lleve a un lugar más
cálido y le tire aunque sea unos pocos pesos. Pedro se percata
de su presencia recién cuando está por chocarla en
la esquina.
- Dónde vas, ta apurado? Por 30 pesos nos vamos juntos, querés?
Pedro camina unos pasos más sin contestar. Luego se detiene
un poco y en un movimiento inesperado busca dinero en el bolsillo
del pantalón de hilo. Tiene cinco billetes de 10 pesos, más
que suficiente para saciar su deseo con la prostituta. Pero la verdad
es que no tiene ningún deseo, en lo único que puede
pensar es en esa piel negra, caliente y acogedora. La piel de esa
morena que apenas vio pero que ya se apropió de su alma.
Ese ardor en el pecho no lo puede calmar nadie más que ella,
entonces sigue caminando buscándola instintivamente sabiendo
de antemano que no es posible encontrarla a esa hora en la calle,
sin siquiera un probable lugar de encuentro.
Sin embargo sigue avanzando, dobla en alguna calle oscura semicéntrica
y camina bajo las luces de mercurio tenues. Se acerca al centro
de la ciudad y comienzan a aparecer algunos carteles luminosos de
vez en cuando. Pero no hay nadie en la calle. En una esquina ve
a un miserable pordiosero que intenta dormir al fresco de la noche,
que por suerte es bastante templada como esas noches de verano sin
viento del puerto.
Llegando a la terminal de ómnibus ve en la esquina las luces
de colores del cabaret, camina un poco más y como si fuera
una aparición, un milagro, sale la negra de sus sueños,
sonriente y acompañada de un tipo que no la suelta. Se queda
parado mirando, sorprendido y convencido de que el destino quiso
que la encuentre, pero ella está acompañada y pronta
a subir al auto de su partenaire. Pero otra vez no puede quitarle
la vista. Al ver que el tipo le atraviesa el brazo peligrosamente
por debajo de la cintura, lo ataca un sentimiento de ira imposible
de detener, de desazón, de dolor tremendo por esa visión
agónica de la mujer imposible.
Samantha pone un pie en el auto y gira la cabeza hacia la calle.
Y ahí lo ve. Está paralizado enfrente, su boca se
mueve sin emitir sonido alguno y sus ojos muestran una tristeza
infinita. La mira como nunca nadie la había mirado hasta
entonces. Ella también se detiene por un instante imperceptible
pero el ruido del motor que arranca la hace volver en sí.
Entra al auto que sale lanzado como bólido, chillando las
ruedas traseras en el asfalto como muestra de poder y superioridad
ante un pobre diablo que no tiene plata ni para una bicicleta.
La negra va arriba, seria y obediente pero con una sensación
inquieta por dentro, quién será ese hombre, y por
qué piensa en él. No, mejor olvidarlo y seguir con
el trabajo.
El cabo Cardozo sigue ahí, parado en mitad de la vereda como
de guardia, con una desdicha que le llena los pulmones y no lo deja
respirar. Cómo puede ser que en tan poco tiempo una mujer
pueda construir y derrumbar un castillo de sentimientos así,
sin siquiera decir nada y sin remordimientos.
Con lágrimas que no salen y con ese maldito nudo en el pecho,
Pedro da media vuelta y se va, apurado hacia la Gales. Está
decidido a encontrar a la loca de la esquina y llevársela
al hotel y poseerla, en venganza de esa negra o quizá de
ese destino que le toca, triste y solitario.
Corre hasta la Juan B. Justo y busca a la mujer con el dinero preparado
en la mano. Llega a la esquina sin aliento, pero la mujer ya no
está, se debe haber ido cansada de esperar a un fortuito
cliente de un fatídico lunes a la noche. Se fue, nadie espera
a este triste agente de pueblo. Nadie espera. Nadie.
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