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amantha
y Lucy llegan al hospital. Atraviesan la puerta principal y por
un momento Lucy se pone seria, rápido apaga el cigarrillo
en un fuentón con arena que parecería que fuera un
cenicero. Se sumergen en una muchedumbre donde se mezclan guardapolvos
blancos, uniformes celestes, rosas y gente con ropa muy gastada
que en su mayoría sentados sufren una interminable espera
de un turno que los sane, al menos de la espera.
Samantha se acerca a una ventanilla y le pregunta a una señora
de uniforme rosa por su amiga, Susana Mouriño, si mal no
recuerda ese es su apellido. La señora mira en unas hojas
media ajadas con un sinfín de nombres y números. Levanta
la vista hacia las visitantes y con un dejo de desprecio balbucea:
- Segundo piso, cama 22. Y les recuerdo que el horario de visita
es hasta las 17 horas.
- Gracias - dice la morena y se van a la escalera que está
bastante lejos, al fondo. Algunos médicos y otros residentes
miran con picardía a las dos mujeres que aunque quieran no
pueden ocultar su condición, sobre todo Lucy, que le gusta
mucho llamar la atención y para eso se pone ropas bien llamativas
y provocativas como esa minifalda angostita y ese par de medias
de rayas horizontales con colores vivos que le llega hasta unos
10 cm por arriba de la rodilla, medias que se puso nada más
que para llevarle la contra a su amiga que antes de salir le insistió
en que se ponga algo más sobrio y delicado.
- Qué querés, que me vista como una monja? Quién
te dice que saliendo así no consiga algún cliente?
- le había dicho jocosamente antes de salir.
Al llegar al segundo piso son interceptadas por un enfermero que
se ofrece a indicarles el camino a la cama 22.
- Las puedo llevar a la cama? - preguntó con ironía.
- No gracias - dijo la brasilera, que ya estaba podrida de estos
galanes de cuarta que la hostigaban por todos lados.
Siguieron el rumbo las dos solas, asomándose en cada pieza
para verificar el número de cama. Por todos lados se veían
pacientes acostados tomando el té de la tarde, entre rostros
de familiares preocupados que les hacían compañia.
Al asomarse a una de las piezas, Samantha ve a un muchacho acostado
con los dos ojos negros, los labios hinchados y un vendaje que le
rodeaba el tórax. A su lado había otro muchacho con
cara aindiada y pelo duro, pajoso y negro. Estaba parado frente
al paciente, era bastante alto y no hablaba mucho.
Cuando Samantha entró casi intempestivamente, Pedro alzó
un poco la mirada tímidamente y después, como hechizado,
no pudo apartar sus ojos de esa figura de ébano lustrado.
Samantha, ya acostumbrada a esas cosas, no le dio importancia al
tipo y se acercó un poco a ver el número de cama.
- Perdón, permiso - Dijo, inclinando el cuerpo hacia adelante,
mientras Pedro trataba de apartar la vista infructuosamente.
- No, debe ser en la habitación de al lado - Le dijo a Lucy
que estaba en la puerta y que sí miraba a Pedro sonriente.
Pero él no se percató de ello, seguía en el
limbo y el horizonte eran solamente los dos ojos negros de ese rostro
más negro envuelto en pelo más negro y como virulana.
Samantha volvió a la puerta y antes de desaparecer como en
un tic nervioso dirigió la vista por un instante al tipo
parado, que ahora en un esfuerzo sobrehumano estaba mirando al costado.
Vio esos ojos buenazos y adivinó en él un alma virgen
y bondadosa, propia de los más humildes y desprotegidos,
como ella. Pero este pensamiento pasó como una ráfaga,
lo importante era visitar a su amiga y nada más. En el cabaret
tenía muchísimos hombres que morían por ella,
con más plata y en algunos casos más atractivos que
el poligrillo ése.
Al fin dan con la habitación de Susi. Está recostada
en el respaldo de la cama mirando la televisión. Su cara
se transforma en un gesto de alegría cuando ve a sus amigas
queridas. Ya está bastante recuperada y espera salir pronto,
quizá esa misma tarde o al otro día, para retomar
sus actividades de copera en el cabaret.
- Ese hijo de puta de Cacho me dio con todo esta vez.
- Pero si sabés que tenés que darle la mitad de la
plata, para qué te metés en líos.
- Porque estoy podrida de todo, quién se cree que es ese
vividor para sacarnos la guita a nosotras, porqué no pondrá
el culo él.
- Tenés razón, pero por ahora hay que aguantar si
no querés aparecer tirada en un zanjón.
Enseguida interviene Lucy en la charla, que se transforma en un
montón de chistes y risotadas, hasta que logran que un señor
de barba con estetoscopio las chiste desde la puerta.
Después de un rato alegre, se despiden hasta mañana,
día en que le van a dar el alta a Susi. Contentas por verla
casi recuperada, salen del hospital sonrientes y a paso tendido.
Cuando llegan a la esquina ven que enfrente, tapado por una nube
de polvo que levantó un interno de la línea Benítez
que acaba de pasar a toda velocidad, está de nuevo el tipo
alto de la pieza de al lado, tratando de encender un cigarrillo
de espaldas al viento que ahora empieza a soplar.
Samantha lo ve y sin pensar y sin querer reduce el paso. Lucy se
da cuenta que algo pasa.
- Te gusta, eh?.
- Pero qué decís, voce está loca!
Vuelve a caminar rápido tomando fuertemente del brazo a Lucy
que no para de reirse. Cruzan la calle y dejan atrás al hombre,
que ahora ya con el cigarrillo encendido levanta la cabeza y ve
la espalda recta y los glúteos duros enfundados en unos vaqueros
apretadísimos de Samantha. Pero Pedro no mira su cuerpo,
trata de mirar más adentro, pero el viento sopla fuerte y
ahora hay mucha tierra. Las sigue con la vista hasta que desaparecen
en la cuadra siguiente. Con resignación sabe que puede enamorarse
perdidamente de esa morena imponente. Pero esa no es mujer para
él, ella nunca se va a fijar en un triste cabo de provincia.
Trata de olvidarla en el bar Entraiga, con unos vasos de vino y
un guitarrero que en la otra mesa castiga a las cuerdas y entona
una desafinada pero sentimental zamba.
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