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Novelas > Amor a la madrynense
Pedro

Ilustración: José Artiedasl partido se estaba poniendo un poco áspero. Jugaban el clásico barrial en la cancha del Brown y la comisión directiva del club había designado a 10 policías para cuidar el orden y evitar un enfrentamiento entre las hinchadas. Allá estaba Pedro Cardozo, que tenía el grado de cabo después de tres años de servir a las fuerzas del orden. Él y otros compañeros suyos estaban a cargo de mantener la paz en la cancha caliente.
Todo estaba bárbaro, iban cero a cero y faltaba poco para terminar el partido e irse tranquilamente, cuando al referí se le ocurre cobrar un penal a favor del Alumni y expulsar al 2 de Ferro. Esto desató la debacle. Entre gritos guturales y puteadas infinitas se la agarraron primero con el árbitro, pero ante los cánticos burlones de los 100 o 150 hinchas del Alumni, algunos fanáticos del equipo contrario entraron decididamente al campo e intentaron apalear al árbitro, a los jugadores del Alumni o a cualquiera que se les cruzara.
Entonces tuvo que intervenir apresuradamente la policía. Con los cascos puestos al estilo de las brigadas de la Capital y unos bastones duros y pesados salieron a intentar reprimir el ataque desordenado de los hinchas. Alfredo Vásquez, uno de los compañeros de Pedro, que era bastante violento y utilizaba su investidura para dar rienda suelta a su agresividad injustificada, le pega un bastonazo en la espalda a un gordito de remera que cae de boca al suelo. Enseguida se prenden en la golpiza un par de agentes más, que le dan con todo al pobre gordo que quizá estaba huyendo de la batahola. Sangraba por todos lados, esto sirvió para que los canas, exacerbados, le dieran aún más, y para que el resto calmara un poco los ánimos al ver el cruento espectáculo. Luego la policía se arremolinó alrededor de los hinchas que parecían más activos y que estaban previamente identificados como agitadores y acorralándolos contra el alambrado se los llevaron y los subieron a empujones al celular. El gordo fue derecho al hospital en una ambulancia Rambler que no le entraba la primera.
Pedro no tuvo más remedio que participar en la represión, pero tuvo cuidado de no golpear al gordito. Vio como miraba con ojos lastimosos mientras era masacrado y esa imagen no se le iba a ir fácilmente de la cabeza.
Entonces se unió al resto de los agentes que trataban de contener a los barras brava más enconados y ayudó a subirlos al celular y llevárselos detenidos. Allá iban personajes bastante conocidos del ambiente del bajo mundo del pueblo, tipos violentos y desaliñados que seguían insultando y riéndose a carcajadas mientras subían al camión policial.
De vuelta en la comisaría, se sienta frente a una máquina de escribir para hacer el informe. Viene Alfredo, que está lleno de dicha y satisfecho por la masacre del gordo. Está tranquilo y ya satisfizo su cuota de violencia por el momento.
- Viste cómo lo dejé al gordo ese, lo recagué a machetazos. Ahora sí se le van a ir las ganas de hacer quilombo.
Pedro lo escucha y no lo mira, sigue tecleando en la vieja máquina, luchando para que no se le trabe la “A” que siempre queda pegada al papel, y para mejor es la letra que más se usa. Hace un paréntesis en el informe, el ruido de las teclas cesa por un momento.
- Mirá Alfredo, me parece que ese pibe no tenía nada que ver.
- Siempre sos el mismo blando vos, no ves que son todos iguales, son todos una mierda y hay que cagarlos bien a palos!.
Alfredo se levanta molesto y sale a comentar su hazaña con otros socios más comprensivos y compañeros. Mientras tanto Pedro retoma el informe. Cuando va por la parte del gordo que aparentemente se llama Vega de apellido, según le dijo alguien en la cancha, lo invade una tristeza inaudita, un remordimiento por el pobre pibe inocente golpeado que se mezcla con su propio pasado lastimoso.
Había nacido en un pueblito del lejano y desierto interior de la provincia del Chubut. A los ponchazos pudo terminar la primaria para luego meterse de lleno como peón de obra. Allí pasó los mejores años de su juventud mientras las manos se le llenaban de callos, el cerebro se le embotaba cada vez más y su madre envejecía rápidamente. Sin padre y sin hermanos, era el único sustento para la pobre vieja que encorvada y gastada de años de campo salvaje y clima hostil, ya no podía más.
Con la plata que ganaba en las esporádicas changas como peón de albañil no alcanzaba ni para los puchos, así que un día decidió probar suerte en Madryn, una ciudad más populosa y quizá con más oportunidades que su pueblo natal, lleno de tierra y viento incesante.
Entonces juntó sus pilchas, su madre viejita y se fue en el micro de línea que pasaba cada dos días, sin saber bien adónde ir a parar pero con la convicción de abandonar para siempre ese pueblo salido de una canción de Serrat.
Atrás quedaba su pasado insulso, los caminos de piedra bocha y una chinita a la que le había jurado amor eterno pero que ella rechazó por irse también quién sabe a qué lejano paraje con un viajante que vendía fertilizante para campos.
El recuerdo de su novia lejana seguía latente pero desdibujado por las necesidades más imperiosas del presente. El micro avanzaba atravesando leguas infinitas de tierra ruidosa y tan finita que se metía por todos los recovecos del micro, provocando una tos interminable en todos los pasajeros. Con los párpados resecos y tapados de polvo sintió una especie de sensación placentera cuando el ómnibus pisó el asfalto, unos 80 kilómetros después de la partida, y arrullado por un movimiento más suave se durmió junto a su vieja, que ya venía dormida desde el momento mismo de la partida.
Cuando se despertó abrió los ojos y pudo ver desde arriba de la meseta la imponente estampa de la ciudad portuaria, visión mágica y maravillosa para un muchacho que nunca había salido de su pueblucho perdido en el desierto.
Ni bien llegó al pueblo con unos pocos billetes que tenía alquiló una piecita con cocina y baño al fondo de una casa en el Barrio Oeste, donde acomodó a su vieja y a sus pocos pertrechos. Enseguida salió con emoción a conocer su nuevo lugar y a buscar trabajo.


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