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partido se estaba poniendo un poco áspero. Jugaban el clásico
barrial en la cancha del Brown y la comisión directiva del
club había designado a 10 policías para cuidar el
orden y evitar un enfrentamiento entre las hinchadas. Allá
estaba Pedro Cardozo, que tenía el grado de cabo después
de tres años de servir a las fuerzas del orden. Él
y otros compañeros suyos estaban a cargo de mantener la paz
en la cancha caliente.
Todo estaba bárbaro, iban cero a cero y faltaba poco para
terminar el partido e irse tranquilamente, cuando al referí
se le ocurre cobrar un penal a favor del Alumni y expulsar al 2
de Ferro. Esto desató la debacle. Entre gritos guturales
y puteadas infinitas se la agarraron primero con el árbitro,
pero ante los cánticos burlones de los 100 o 150 hinchas
del Alumni, algunos fanáticos del equipo contrario entraron
decididamente al campo e intentaron apalear al árbitro, a
los jugadores del Alumni o a cualquiera que se les cruzara.
Entonces tuvo que intervenir apresuradamente la policía.
Con los cascos puestos al estilo de las brigadas de la Capital y
unos bastones duros y pesados salieron a intentar reprimir el ataque
desordenado de los hinchas. Alfredo Vásquez, uno de los compañeros
de Pedro, que era bastante violento y utilizaba su investidura para
dar rienda suelta a su agresividad injustificada, le pega un bastonazo
en la espalda a un gordito de remera que cae de boca al suelo. Enseguida
se prenden en la golpiza un par de agentes más, que le dan
con todo al pobre gordo que quizá estaba huyendo de la batahola.
Sangraba por todos lados, esto sirvió para que los canas,
exacerbados, le dieran aún más, y para que el resto
calmara un poco los ánimos al ver el cruento espectáculo.
Luego la policía se arremolinó alrededor de los hinchas
que parecían más activos y que estaban previamente
identificados como agitadores y acorralándolos contra el
alambrado se los llevaron y los subieron a empujones al celular.
El gordo fue derecho al hospital en una ambulancia Rambler que no
le entraba la primera.
Pedro no tuvo más remedio que participar en la represión,
pero tuvo cuidado de no golpear al gordito. Vio como miraba con
ojos lastimosos mientras era masacrado y esa imagen no se le iba
a ir fácilmente de la cabeza.
Entonces se unió al resto de los agentes que trataban de
contener a los barras brava más enconados y ayudó
a subirlos al celular y llevárselos detenidos. Allá
iban personajes bastante conocidos del ambiente del bajo mundo del
pueblo, tipos violentos y desaliñados que seguían
insultando y riéndose a carcajadas mientras subían
al camión policial.
De vuelta en la comisaría, se sienta frente a una máquina
de escribir para hacer el informe. Viene Alfredo, que está
lleno de dicha y satisfecho por la masacre del gordo. Está
tranquilo y ya satisfizo su cuota de violencia por el momento.
- Viste cómo lo dejé al gordo ese, lo recagué
a machetazos. Ahora sí se le van a ir las ganas de hacer
quilombo.
Pedro lo escucha y no lo mira, sigue tecleando en la vieja máquina,
luchando para que no se le trabe la “A” que siempre
queda pegada al papel, y para mejor es la letra que más se
usa. Hace un paréntesis en el informe, el ruido de las teclas
cesa por un momento.
- Mirá Alfredo, me parece que ese pibe no tenía nada
que ver.
- Siempre sos el mismo blando vos, no ves que son todos iguales,
son todos una mierda y hay que cagarlos bien a palos!.
Alfredo se levanta molesto y sale a comentar su hazaña con
otros socios más comprensivos y compañeros. Mientras
tanto Pedro retoma el informe. Cuando va por la parte del gordo
que aparentemente se llama Vega de apellido, según le dijo
alguien en la cancha, lo invade una tristeza inaudita, un remordimiento
por el pobre pibe inocente golpeado que se mezcla con su propio
pasado lastimoso.
Había nacido en un pueblito del lejano y desierto interior
de la provincia del Chubut. A los ponchazos pudo terminar la primaria
para luego meterse de lleno como peón de obra. Allí
pasó los mejores años de su juventud mientras las
manos se le llenaban de callos, el cerebro se le embotaba cada vez
más y su madre envejecía rápidamente. Sin padre
y sin hermanos, era el único sustento para la pobre vieja
que encorvada y gastada de años de campo salvaje y clima
hostil, ya no podía más.
Con la plata que ganaba en las esporádicas changas como peón
de albañil no alcanzaba ni para los puchos, así que
un día decidió probar suerte en Madryn, una ciudad
más populosa y quizá con más oportunidades
que su pueblo natal, lleno de tierra y viento incesante.
Entonces juntó sus pilchas, su madre viejita y se fue en
el micro de línea que pasaba cada dos días, sin saber
bien adónde ir a parar pero con la convicción de abandonar
para siempre ese pueblo salido de una canción de Serrat.
Atrás quedaba su pasado insulso, los caminos de piedra bocha
y una chinita a la que le había jurado amor eterno pero que
ella rechazó por irse también quién sabe a
qué lejano paraje con un viajante que vendía fertilizante
para campos.
El recuerdo de su novia lejana seguía latente pero desdibujado
por las necesidades más imperiosas del presente. El micro
avanzaba atravesando leguas infinitas de tierra ruidosa y tan finita
que se metía por todos los recovecos del micro, provocando
una tos interminable en todos los pasajeros. Con los párpados
resecos y tapados de polvo sintió una especie de sensación
placentera cuando el ómnibus pisó el asfalto, unos
80 kilómetros después de la partida, y arrullado por
un movimiento más suave se durmió junto a su vieja,
que ya venía dormida desde el momento mismo de la partida.
Cuando se despertó abrió los ojos y pudo ver desde
arriba de la meseta la imponente estampa de la ciudad portuaria,
visión mágica y maravillosa para un muchacho que nunca
había salido de su pueblucho perdido en el desierto.
Ni bien llegó al pueblo con unos pocos billetes que tenía
alquiló una piecita con cocina y baño al fondo de
una casa en el Barrio Oeste, donde acomodó a su vieja y a
sus pocos pertrechos. Enseguida salió con emoción
a conocer su nuevo lugar y a buscar trabajo.
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