| hacerle
frente a esta realidad. Cualquier cosa era mejor que el maldito
mago.
Mientras juntaba sus vaqueros y remeras en un bolso viejo, como
pobre consuelo se juró a sí misma una y otra vez que
se iba a desquitar, que alguna vez iba a tomar venganza del degenerado
y le iba a hacer pagar todas sus culpas. Cerró el bolso y
empujada por un instinto inexplicable salió del campamento,
sola, con unos pocos billetes argentinos raros con caras de próceres
desconocidos y salió a la oscuridad de la noche, a la incertidumbre
de un mañana impredecible, pero con la decisión de
retornar a cualquier precio a su lejana Río de Janeiro y
a su pequeño y extrañado Paulinho.
Un bocinazo estridente de un colectivo que clava los frenos cuando
ella va a cruzar la calle de manera descuidada la vuelve a la realidad.
Casi se le cae la bolsa con las compras pero logra atajarla antes
de que se le escape, apura el paso y vuelve a su triste morada.
Los pasos retumban en el pasillo largo de baldosas romboidales blancas
y negras. Abre la puerta de su pieza y ahí está Lucy,
que sigue tirada en la cama escuchando la radio mientras hace un
lugarcito en el cenicero plagado de colillas manchadas con rouge
para apagar el enésimo pucho del día.
- Dejá de fumar Lucy, que te vas a morir. Levantate que vemos
a comer unos sánguches.
- A ver qué trajiste, Samy, mmm, qué buen fiambre,
con el hambre que tengo.
De una mesita plegable apartan unos vestidos y una peluca de flecos
lacios brillantes y plateados que Samantha usaba para su acto de
streap tease, peluca que le daba un aire de colombina de los años
veinte cuando bailaba un ritmo africano y sensual lleno de tambores
y contoneaba su cuerpo envaselinado ante la mirada atónita
y las bocas abiertas del público. Con un movimiento brusco
y eléctrico de caderas a veces y otras retorciéndose
como una iguana agonizante dejaba enloquecidos de amor y lascivia
a los mirones del cabaret. Esa danza, que había aprendido
de una negra mucho mayor que ella que ayudaba al mago en el circo
y que además vendía las entradas en la boletería
y bailaba, era como una forma de liberación de su pasado
oscuro y un retorno a sus desconocidas raíces africanas pero
que llevaba inevitablemente grabadas en sus genes. Pero los tipos
que la miraban no entendían nada de eso, para ellos era simplemente
una prostituta exótica que por unos cuantos mangos se podían
llevar a la cama.
Cuidadosamente Samantha acomoda la peluca en la cómoda y
se disponen a almorzar.
- Lucy, prepará vos los sánguches, yo los compré,
así que al menos hacé algo para ganarte el pan.
- Pará Samy, estoy cansada, para mejor anoche el viejo Castro
no me largó como hasta las seis de la mañana.
- Dale haragana, movete y dejá ya de fumar!
Le dice manoteándole el paquete de puchos que ya estaba por
ser abierto de nuevo por Lucy. Lucy intenta una falsa defensa que
sirve nada más que para forcejear un poco con su amiga y
es la excusa para abrazarla de espaldas entre risas. Si no fuera
por estas mujeres incondicionales y espontáneamente amigables,
que va conociendo a través de su periplo por el interior
del país, Samantha piensa que ya habría terminado
con su vida hace tiempo. Pero estas chicas, sus colegas, insisten
en hacerle ver le lado bueno de la vida, de la amistad y el apoyo
mutuo y desinteresado de mujeres que viven la misma desdicha y que
no tienen ninguna salida aparente.
Las penas se olvidan un poco mientras comen. Deciden ir esa tarde
a ver a Susi, que todavía está en el hospital aunque
creen que tiene que salir en cualquier momento. Lucy, que todavía
está en bombacha, se calza un desteñido vaquero y
salen a la calle.
En la puerta son interceptadas por Cacho, que acaba de bajarse de
un Escort y las para en seco.
- Qué tal, cómo andan?.
- Hasta ahora bien - Contesta Lucy.
- Che, Samantha, sé que te fuiste con el gordo, así
que dame mi parte.
Samantha saca un billete de 50 del bolsillo trasero del pantalón
y se lo entrega. La mitad de la tarifa era para su protector.
- 100 mangos le cobraste al cerdo? Bien, bien, veo que estás
aprendiendo. No sea cosa que te pase lo que a la tarada de Susi.
Sin mirarlo Samantha, cargada de odio, sigue su camino. Cacho intenta
atraparla para darle un beso violento como muestra de su poder,
pero ella zafa empujándolo con el brazo y sigue caminando.
- Dale, no te hagás la arisca que a vos te gusta.
Poco después un camionero les grita una guasada que quiere
parecer una invitación a algo, Samantha sigue seria mirando
hacia adelante pero Lucy se da vuelta y con total desparpajo le
larga “No digás pavadas, si querés culiar son
50 pesos, gil!”. Algo contesta el camionero para dejar bien
en claro que él es el macho y que ellas son nada más
que unas pobres minas callejeras que no merecen el menor respeto.
Pero así nomás, sin plata, no va a obtener nada de
estas mujeres.
Lucy la toma del brazo y le cuenta ironías de los tarados
que va conociendo en el pueblo, Samantha asiente a cada una de sus
ocurrencias pero su cabeza está volando por Brasil, frente
a sus ojos se dibuja la imagen borrosa de un niño moreno
y sonriente que le extiende los brazos, quiere abrazarlo y se abraza
a sí misma cruzando las manos sobre sus hombros. Otra vez
la pena ingobernable que le vuelve a cada rato, pero no la resignación.
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