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cuerpo esbelto, como trabajado lentamente por un escultor experto
de la negra Samantha, yacía tranquilamente en la cama con
colchón de agua. Las sábanas de raso negro copiaban
su figura resaltando unas caderas perfectamente delineadas y unas
piernas largas y fibrosas.
Ya eran como las once de la mañana y recién se estaba
despertando.
En ese momento de soñolencia y pesadez, sin todavía
dominar mucho sus movimientos, gira un poco hacia la izquierda apartando
las ahora molestas y pegajosas sábanas y al tocar una masa
blanda a su lado con su brazo aparta bruscamente el codo y abre
grande los ojos. Ahora se acuerda que anoche este gordo fofo y sudoroso
se la llevó al hotel por unos pocos pesos.
Piensa en el dinero infame y salta de la cama para agarrar su cartera
sobre la cómoda y verificar que la plata todavía está
allí. Mientras tanto el gordo sigue durmiendo un sueño
feliz y apacible después de una noche de placeres rentados,
pero placeres al fin.
La negra, de pie frente a la cama y sin ropa, muestra a los espejos
todo el esplendor de su figura llamativa. El bronce de su piel rebota
contra los vidrios espejados y brilla hasta herir las pupilas de
mucho de ojos que sólo existen en su imaginación,
pero que ayer eran tan reales como las maderas del escenario improvisado
del cabaret donde se desnudaba para los hombres.
Esto le provoca un escalofrío que inmediatamente le hace
buscar a tientas su ropa interior tirada probablemente debajo de
la cama bajo la claridad de una mañana caliente de verano.
Al fin encuentra la bombacha, el corpiño y una remera blanca
con palabras en inglés que no entendía y se va para
el baño. Se ducha con desesperación, tratando de eliminar
de su cuerpo todo vestigio de la noche pasada, del gordo babeante
y jadeante encima de ella y del contacto con esa asquerosa piel
llena de pelos y granitos sobre sus pechos redondos y puntiagudos.
Una y otra vez pasa jabón a la esponja y la friega y refriega
por toda la piel. El conocido golpeteo de la ducha fuerte de ese
hotel de mala muerte sobre el piso se mezcla con el ronquido del
gordo que ahora, puesto boca arriba, parece ahogarse en cada trago
violento de aire.
Cierra la canilla de la ducha y se seca con una toalla que tiene
dos corazones rojos bordados. Antes que el gordo se despierte se
viste, arrebata la cartera y sale a la luz del día. Al salir
a la puerta del hotel entrecierra los ojos protegiéndolos
del sol, ojos negros que no se acostumbran a mirar de día,
ojos de un ave nocturna que revolotea en la oscuridad en busca de
la carroña que la alimente.
En la puerta del hotel toma un taxi blanco de pueblo que la llevará
a su pensión. Llega y dentro del albergue está todo
muy callado, sus compañeras, mujeres también de la
noche y cansadas de la noche duermen o reposan despiertas tiradas
sobre los pobres colchones de gomaespuma vieja y manchada.
Abre sigilosamente la puerta de su pieza, que comparte con Lucy,
su mejor amiga de momento, que la saluda al entrar. Lucy está
sentada en la cama apoyada contra el respaldo de hierro y la mira
llegar sonriente mientras fuma un Marlboro que se quema después
de tres pitadas ansiosas seguidas.
- Qué hacés negra, te fue bien anoche.
- Más o menos, hice 100.
Samantha, que venía bastante triste y seria pensando en su
destino incierto y por lo menos desafortunado, se ríe y se
alegra un poco con la felicidad simple de su amiga, que siempre
está con una sonrisa a flor de labios en cualquier momento,
no sólo en el cabaret donde reírse es parte del trabajo.
Lucy tira las cenizas de lejos errándole al cenicero de plástico
con la propaganda de cerveza Quilmes. Las cenizas caen sobre la
colcha pero son apartadas con certeros y desesperados manotazos.
- Tenés suerte, yo tenía a un viejito en el buche
pero a último momento arrugó, tenía miedo que
lo retaran en casa y se fue.
- No sé si es suerte, aguantar a viejos borrachos y malolientes
en un cabaret piojoso o en un motel de media estrella. Y por dos
pesos con cincuenta.
- Peor es estar en cana, o en la calle, o en el hospital bien cagada
a palos, como la Susi.
- Sí, pero ella se lo buscó, no le quiso pagar la
parte a Cacho y todas sabemos que es bastante peligroso cuando descubre
que lo pasan.
Samantha se mira una vez más al espejo. Las ojeras ennegracidas
se confunden con el negro brillante de su rostro, ojeras trabajadas
durante años de noches negras en cabarets colmados de machos
en celo y alcoholizados y años de otras noches blancas sin
poder conciliar el sueño mirando el cielorraso deforme de
cartón y maderitas de pensiones de cuarta.
Sale a la calle de nuevo a comprar un poco de fiambre y pan que
va a compartir con Lucy, que hoy no tiene un centavo. Camina entre
gente indiferente, algunos oficinistas de corbata y saco que la
miran unas veces con desprecio y otras con ojos libidinosos, camioneros
que le gritan guarangadas desde la calle y mujeres rollizas que
no la miran pero que la presienten tras un manto de envidia provocado
por su figura atractiva y sus caderas bamboleantes.
Mientras camina recuerda con amargura su pasado, cuando no era Samantha
sino una morenita alegre de una favela de Río de Janeiro,
jugando con sus hermanos en los morros tan peligrosos como pintorescos.
Recuerda el día en que cumplió 13 años y su
padre, sacando plata quién sabe de dónde le regaló
un vestido nuevo, limpio y liviano. Y de cuando ese día mientras
mostraba despreocupadamente su flamante regalo fuera atrapada por
unos vagos que drogados y borrachos la violaron una y otra vez,
sin importarles las lágrimas perladas que le caían
a mares e inundaban sus pupilas ni su mirada inocente y desesperada
de niña que todavía no era mujer, pero que estaba
destinada a crecer de golpe. Y recuerda de cómo fue encontrada
luego por la policía, tirada en un yuyal entre bolsas de
bausra plásticas y latas de cerveza con el vestido nuevo
hecho harapos y le preguntaron cómo se llamaba, quién
era, dónde vivía pero
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