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Después de cambiarse la ropa, sucia y con un
fuerte olor a sudor seco, lo primero que hizo fue alquilar un automóvil.
Eso y llegar a Arual 647, segundo A, fueron una sola acción.
Angelina lo atendió. Estaba lista, con las valijas
en el hall de entrada al departamento. Tenía una tristeza infinita,
resabios de la reciente dispersión de partículas de la angustia. Pero
sonreía con sinceridad. Aunque la tristeza era profunda, una sensación
desde su interior la aplacaba en gran parte: estaba enamorada de ADELMAR X.
Algo inusitado ocurría afuera: el estado estaba
bombardeando ahora con bombas anímicas de paranoia, la última arma
psicoanalítica. La gente había desaparecido de las calles. Se escondían en
cada sótano. Las catacumbas y los pasadizos subterráneos de la ciudad
estaban colmados de personas. Se podría decir que en ese momento habían
desplazado a las ratas que, atemorizadas por esta invasión inesperada,
habían huido hacia el mar por pasadizos subterráneos que atravesaban los
cimientos de la Gran Empalizada. A su vez, la televisión transmitía lo
habitual, pero la pantalla flameaba como si una gran interferencia de ondas
electromagnéticas obstruyera la emisión de la imagen.
- Vamos Angelina – la abrazó - Yo te amo.
- Yo también te amo, pero ahora te tengo un poco
de miedo. No sé que me pasa. Nunca sé exactamente qué me pasa.
- Por eso es que podés recuperarte. Si supieras lo
que te pasa, ya no tendrías remedio. Tenemos que salir de aquí ya mismo.
Desde las lomas externas a la ciudad, pobladas por
millones de babosas, bajaba un murmullo apenas perceptible. Era como una
efervescencia, un crepitar de burbujas en una olla de agua hirviendo.
ADELMAR X. arrastró a Angelina y la subió al auto,
en medio de un terrible caos, evidenciado por el vacío absoluto de las
calles, el sonido sordo de las babosas y una excesiva normalidad. ADELMAR
X. aceleró a una velocidad inusual para la zona urbana y se colocó detrás
de un tranvía que hacía su viaje nocturno completamente vacío. Angelina
traía su teléfono celular. De pronto comenzó a sonar y ADELMAR X. percibió
el aroma del perfume francés. Le arrebató el aparato a Angelina y lo arrojó
por la ventana. De repente, con el vehículo lanzado por las calles de la
ciudad y el rostro perlado de sudor, pensó en aquella mujer que en su
lejana adolescencia lo había introducido en el mundo adulto casi sin darle
tiempo a reflexionar el hecho. La mujer, entre penumbras, se acercaba a él,
que estaba recostado en la cama, vestido, con un recipiente de agua tibia.
El agua era clara, no gris como la de ahora, y eso le resultaba muy raro.
Al pasar por la esquina de Gales y Roca, pudieron
ver la silueta del mendigo azul, aferrado con las manos al poste de un
semáforo y con los pies en el aire, haciendo una especie de bandera humanoide.
El mendigo gritó con toda sus fuerzas:
- sxtupo, uniformo, ¡kunigi! ¡akcio! ¡Gxis! (9)
ADELMAR X. lo vio, pero no tuvo tiempo de
saludarlo. Hordas de ratas aprovechaban la ausencia de personas para salir
al exterior desde los desagües. Un carro recolector de residuos plásticos,
sin chofer, casi se estrella contra el automóvil de ADELMAR X., quien pudo
esquivarlo apenas. Retomó la Avenida Roca y llegó, siguiendo su trazado
casi recto, hasta el cruce de Cerro Avanzado. Era una zona muy concurrida,
y debido a que el efecto de la paranoia global se había esfumado (eran
bombas aún experimentales y funcionaban incidiendo en la psiquis de las
personas por un tiempo muy breve), mucha gente de colores vivos comenzaba a
deambular por las calles. Resaltaban sus tintes fosforescentes en la
oscuridad reinante. ADELMAR X. seguía el camino sin mirarlos, y dio un giro
de 90 grados hacia el oeste cuando llegó al cruce del Cerro Avanzado.
A partir de allí, el paisaje urbano cambió. Nunca
habían estado en ese lugar, y los dos, asombrados, veían a través de las
ventanillas un espectáculo y un escenario que nunca habían imaginado. En
una esquina, alumbrada por un farol de luz tenue, 4 babosas y dos hombres
de colores vivos estaban reunidos. Los cuerpos de las personas de colores
vivos parecían como fusionarse con las babosas, en una danza de movimientos
bruscos. “Gelatinosos”, pensó ADELMAR X.
Los edificios parecían contorsionarse. Eran muy
maleables y cambiaban sus formas constantemente. A medida que avanzaban
entre los edificios espectrales y deformes, parecía que iban retrocediendo,
como en aquellas pesadillas donde el soñador, cuanto más corre, menos puede
escapar. El automóvil comenzó a patinar en el asfalto, que también se
volvió gelatinoso. Se detuvo, y en medio de la desesperación, ADELMAR X.
besó con pasión a Angelina, que lo abrazaba. Las chapas del techo del
vehículo comenzaban a torcerse, y los dos se dieron cuenta de que no había
escapatoria. Los colores se fueron fusionando como en un caleidoscopio a
gran velocidad, hasta que todo fue pardo.
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