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Cuando llegó a su casa, el mendigo azul lo
esperaba. Estaba colgado de uno de los árboles artificiales del frente, con
la cabeza hacia abajo, sostenido a una rama que parecía a punto de
quebrarse, doblando las rodillas hacia adentro para hacer una suerte de
gancho con sus piernas, y así aferrarse a la rama como un trapecista que
cuelga del trapecio, pendulando en espera del lanzamiento al vacío de su
pareja para atraparla en vuelo.
- La Poluso sin tusxi. Ankaux voli havi unu gamaso
- (7) le dijo en un susurro el
mendigo, ni bien lo vio llegar.
ADELMAR X. ignoró el comentario. Estaba demasiado
alterado con los sucesos recientes. El cielo del atardecer se iba
enrojeciendo y comenzaban los primeros destellos de las explosiones de
angustia. El horizonte se coloreaba suavemente y enseguida volvía a su
tonalidad roja. Inmediatamente se comenzaron a notar los primeros efectos
en la población. Varias persianas y ventanas se cerraron, las luces de los
departamentos de edificios se iban apagando poco a poco. La angustia
colmaba los corazones, algunos lloraban desconsolados. Otros, se encerraban
en sus cuartos con la luz apagada. En casos extremos había algunos intentos
de suicidios, pero no eran demasiado habituales. De todas maneras, las
ratas se alistaban en los desagües y sótanos para intentar hacerse de una
ración extra de alimentos.
Antes de que pudiera entrar a su casa, ADELMAR X.
vio a la vecina, llorando en el jardín.
- Tranquila, vecina, no se preocupe, que esto para
mañana se le va a pasar, y todo volverá a ser como antes.
- No entiendo, vecino, cómo puede usted estar tan
tranquilo con todo lo que está pasando. Mire a mis plantas, pobres, si
apenas quieren caminar. Ya no tienen ganas de vivir siquiera. Pero alguien
tiene que detener esto.
- Yo lo voy a detener hoy mismo. Al menos, en lo
que a mí, en particular, concierne.
- Estoy muy triste, ¿sabe? ¿Qué me va a pasar? ¿Y
a mis plantas?
- No se preocupe más. Usted está así simplemente
por el ataque aéreo de angustia. Usted es una víctima más del uso
desenfrenado de las armas psicológicas. Sé cómo se siente, aunque a mi
estas partículas anímicas no me hacen ningún efecto. Pero créame, esto es
peor. Mis angustias son verdaderas, no como las suyas. A mi nadie me impone
angustiarme, sin embargo, es un estado natural en mi vida. Y la única forma
de salir de él es haciendo lo que voy a hacer hoy mismo.
- ¿Qué va a hacer?
- No se lo diré, por supuesto. No quiero
comprometerla ni hacerla parte de mis problemas. Usted es un espíritu
simple, libre a su manera. Usted es el ideal de ser humano, un modelo casi
perfecto. Y no pienso corromperlo con mis ideas. Mis ideas son la causa de
mis sufrimientos. Mis ideas, mis análisis, me conducen nada más que al
padecimiento. No me hacen feliz ni por un segundo. A veces sí, me encuentro
descubriendo algo que creo que pocos o quizá nadie sabe, y disfruto el
momento. Pero dura un instante. Enseguida, eso pasa a formar parte del
pasado. Y el pasado, como me dijo hace poco un hombre sabio, es tan efímero
como el presente, si se quiere. Por eso que respeto profundamente a los
hombres comunes. Ellos tienen la suficiente sabiduría como para abstenerse
de pensar. Si los que estamos de alguna manera del otro lado, y nos pasamos
la vida lucubrando maravillas, creyendo que somos inteligentes y, quizá,
mejores que ellos, adoptáramos un poco la cultura de ellos, podríamos
mejorar nuestras condiciones de vida. Tanto en lo personal, en el interior
de cada uno, como la vida social. Pero, en mi caso, yo soy un sujeto
antisocial, aunque, debo confesarlo, finjo muy bien que estoy integrado.
Los que me ven desde afuera, creen que soy un hombre como todos, con su
trabajo, sus momentos de esparcimiento, sus pequeños deslices y grandes
responsabilidades. Sin embargo, no es así. En el fondo, soy mucho peor que
todo eso. Y no creo tener más cabida en este mundo. Debo hacer algo hoy
mismo. No me retenga más, vecina. Usted está sufriendo, está angustiada, lo
sé, pero es lo natural en la tarde de este lunes. Yo también estoy
angustiado, pero no es lo natural.
- ¿Es todo lo que me va a decir?
- No. Además, acabo de matar a un difunto. Acabo
de modificar el presente.
El mendigo azul, que había escuchado todo colgado
en el árbol, gritó "¡Eparkio, eparkio!". (8)
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