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Novelas > Rebelión de uno

Capítulo 15  

 

Cuando llegó a su casa, el mendigo azul lo esperaba. Estaba colgado de uno de los árboles artificiales del frente, con la cabeza hacia abajo, sostenido a una rama que parecía a punto de quebrarse, doblando las rodillas hacia adentro para hacer una suerte de gancho con sus piernas, y así aferrarse a la rama como un trapecista que cuelga del trapecio, pendulando en espera del lanzamiento al vacío de su pareja para atraparla en vuelo.

 

- La Poluso sin tusxi. Ankaux voli havi unu gamaso -  (7) le dijo en un susurro el mendigo, ni bien lo vio llegar.

 

ADELMAR X. ignoró el comentario. Estaba demasiado alterado con los sucesos recientes. El cielo del atardecer se iba enrojeciendo y comenzaban los primeros destellos de las explosiones de angustia. El horizonte se coloreaba suavemente y enseguida volvía a su tonalidad roja. Inmediatamente se comenzaron a notar los primeros efectos en la población. Varias persianas y ventanas se cerraron, las luces de los departamentos de edificios se iban apagando poco a poco. La angustia colmaba los corazones, algunos lloraban desconsolados. Otros, se encerraban en sus cuartos con la luz apagada. En casos extremos había algunos intentos de suicidios, pero no eran demasiado habituales. De todas maneras, las ratas se alistaban en los desagües y sótanos para intentar hacerse de una ración extra de alimentos.

 

Antes de que pudiera entrar a su casa, ADELMAR X. vio a la vecina, llorando en el jardín.

 

- Tranquila, vecina, no se preocupe, que esto para mañana se le va a pasar, y todo volverá a ser como antes.

 

- No entiendo, vecino, cómo puede usted estar tan tranquilo con todo lo que está pasando. Mire a mis plantas, pobres, si apenas quieren caminar. Ya no tienen ganas de vivir siquiera. Pero alguien tiene que detener esto.

 

- Yo lo voy a detener hoy mismo. Al menos, en lo que a mí, en particular, concierne.

 

- Estoy muy triste, ¿sabe? ¿Qué me va a pasar? ¿Y a mis plantas?

 

- No se preocupe más. Usted está así simplemente por el ataque aéreo de angustia. Usted es una víctima más del uso desenfrenado de las armas psicológicas. Sé cómo se siente, aunque a mi estas partículas anímicas no me hacen ningún efecto. Pero créame, esto es peor. Mis angustias son verdaderas, no como las suyas. A mi nadie me impone angustiarme, sin embargo, es un estado natural en mi vida. Y la única forma de salir de él es haciendo lo que voy a hacer hoy mismo.

 

- ¿Qué va a hacer?

 

- No se lo diré, por supuesto. No quiero comprometerla ni hacerla parte de mis problemas. Usted es un espíritu simple, libre a su manera. Usted es el ideal de ser humano, un modelo casi perfecto. Y no pienso corromperlo con mis ideas. Mis ideas son la causa de mis sufrimientos. Mis ideas, mis análisis, me conducen nada más que al padecimiento. No me hacen feliz ni por un segundo. A veces sí, me encuentro descubriendo algo que creo que pocos o quizá nadie sabe, y disfruto el momento. Pero dura un instante. Enseguida, eso pasa a formar parte del pasado. Y el pasado, como me dijo hace poco un hombre sabio, es tan efímero como el presente, si se quiere. Por eso que respeto profundamente a los hombres comunes. Ellos tienen la suficiente sabiduría como para abstenerse de pensar. Si los que estamos de alguna manera del otro lado, y nos pasamos la vida lucubrando maravillas, creyendo que somos inteligentes y, quizá, mejores que ellos, adoptáramos un poco la cultura de ellos, podríamos mejorar nuestras condiciones de vida. Tanto en lo personal, en el interior de cada uno, como la vida social. Pero, en mi caso, yo soy un sujeto antisocial, aunque, debo confesarlo, finjo muy bien que estoy integrado. Los que me ven desde afuera, creen que soy un hombre como todos, con su trabajo, sus momentos de esparcimiento, sus pequeños deslices y grandes responsabilidades. Sin embargo, no es así. En el fondo, soy mucho peor que todo eso. Y no creo tener más cabida en este mundo. Debo hacer algo hoy mismo. No me retenga más, vecina. Usted está sufriendo, está angustiada, lo sé, pero es lo natural en la tarde de este lunes. Yo también estoy angustiado, pero no es lo natural.

 

- ¿Es todo lo que me va a decir?

 

- No. Además, acabo de matar a un difunto. Acabo de modificar el presente.

 

El mendigo azul, que había escuchado todo colgado en el árbol, gritó "¡Eparkio, eparkio!". (8)

 


 

 

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