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- No sé, eso me da mucho miedo.
- No
mienta Bertrand, usted no tiene sentimientos, ya me lo dijo recién. A usted
nada le hace nada. Usted no es bondadoso, tampoco egoísta ni maligno. Usted
es un muerto, acéptelo de una vez. Sus días en la tierra se terminaron.
-
Está bien, tiene razón. Pero sabe que si me desconecta, habrá cometido un
delito grave. Si lo atrapan, lo pagará con la vida. Matar a un muerto es un
delito casi tan brutal como la vegetofagia. Podrá matar a mil hombres que
nadie lo va a acusar de nada. Pero matar a un muerto, es algo que alguien
hace solamente una vez en la vida.
- No
me importa, estoy dispuesto a correr el riesgo. Pero no lo haré sin su
consentimiento. Vamos, Bertrand, ¡Decídase!
-
Está bien, hágalo. Habrá que aceptar que todo termina alguna vez. A veces
quiero salir de este encierro, aunque eso signifique pasar a una oscuridad
y un vacío sin fin. Quizá ese vació sea mejor que este presente. Y lo mío
es siempre presente, sin futuro y, lo que es peor, sin pasado. Aunque usted
no lo crea, el pasado también se desvanece y llega a tener una presencia
tan incierta como el futuro. En mi situación, no tengo opciones. Esta
elección no es por Angelina, es más que nada por mí mismo.
-
Sabía que usted iba a aceptar. Gracias, Bertrand, usted es una buena
persona. Lamento lo que voy a hacerle, aunque usted lo justifique, pero lo
hago por Angelina. Déme la contraseña.
ADELMAR X. tomó nota del código de seguridad. Lo marcó en
el teclado y se abrió una caseta en la parte inferior de la tumba. Quedaron
a la vista todos los circuitos del sistema de control del cadáver. ADELMAR
X. conocía bastante a esos circuitos, así que no tuvo problemas en
identificar los cables a cortar. Sacó la cortaplumas y realizó el trabajo.
Desenroscó los tornillos de la carcasa, tomó la máquina y la arrojó a una
fuente de agua gris cercana. Enseguida, la pantalla se oscureció. La tierra
sobre la tumba comenzó a temblar, y la vibración fue tal que ADELMAR X.
tuvo que pararse y dar un salto atrás para no caer con el movimiento de la
tierra.
- Adiós Bertrand, y hasta siempre.
Algunas personas que pasaban por allí miraban con terror
lo que ADELMAR X. estaba haciendo. Nunca habían visto algo así. Nunca
habían imaginado semejante sacrilegio realizado por un demente, nunca
pensaron que alguien tuviera una locura tal como para desconectar a un
muerto y que éste pase al olvido eternamente.
ADELMAR X. se quedó parado allí hasta que la tumba
detuvo su vibración. Luego, como un fantasma, corrió entre los arbustos. La
sirena de la policía comenzaba a sonar, pero no lo iban a atrapar. Algo de
Bertrand se iba con él. Estaba enloqueciendo.
"Estoy saturado de mí mismo", pensó,
mientras corría entre los pasillos del cementerio, aturdido por una música
que llegaba en trazos discontinuos a través de unos parlantes colocados
entre las criptas. Llegó al hall principal, donde grupos de jóvenes
bailaban y jugaban pelota. Pasó entre medio de ellos y se confundió con la
multitud.
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