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ADELMAR X. salió del edificio y tomó el tranvía
que lo iba a dejar cerca del trabajo. Subió y se sentó en la parte trasera,
donde había menos ruido. Dos asientos más adelante, viajaba el mendigo
azul, casi momificado dentro de sus envolturas de lana. El mendigo giró al
verlo sentarse.
- Esti homo pripens in blua. Flugfolio, flugfolio. La kvartalo is
amaso. (5)
- Lo sé buen hombre. Tenga, tome esta tableta de
zarca disecada para el almuerzo. Está muy sabrosa, es de la vieja fábrica
de neumáticos abandonada.
ADELMAR X. sentía piedad por los mendigos. Y no
solamente piedad, sino también admiración. Eran individuos que vivían
expuestos a las calamidades. Aún a la intemperie, el mendigo azul de seguro
habría sobrevivido a cientos de ataques de babosas, y también a los carros
armados de la defensa. Sin embargo, aquel color azul indicaba que alguna
vez había sido contaminado por babosas. Esto lo hacía aún más repulsivo
para la gente común, y a la vez más atractivo para ADELMAR X.
La gente común no aceptaba a personas de otro
color porque estos habían sido contaminados. Ni siquiera a los soldados
dados de baja, quienes habían luchado en muchas peleas contra babosas en
defensa de la población, pero que al ser alcanzados por el veneno,
cambiaban de color y eran dados de baja. Estos hombres y mujeres eran
repudiados por todos. Así, se los veía a veces caminar en legiones.
Personas, verdes, violetas, rojas y azules caminando de a cientos, tratando
de aspirar el ácido anímico remanente en el aire que les diera el necesario
aporte anímico, del cual ellos carecían por sí mismos.
ADELMAR X. entró a la oficina. "Buenas
tardes", dijo, pero ninguna mujer le respondió. En realidad, ellas
continuaban casi en la misma posición en que las había dejado en la mañana,
concentradas en sus tareas y, como siempre, totalmente indiferentes a su
presencia.
Se sentó, ya habían colocado la nueva máquina
detectora de apócrifos. Habían dejado un papel membretado frente a su
asiento que decía "Únicamente para ADELMAR X.".
Lo abrió y leyó detenidamente.
"Estimado señor ADELMAR X.: ha sido promovido
a gerente del área de interpretación de grafittis. La promoción rige a
partir del momento en que usted lea este documento. Felicitaciones".
ADELMAR X. no podía creer lo que estaba leyendo.
De inmediato se sintió feliz y sonrió, aunque en el fondo sabía que esta
felicidad era tan falsa como su sonrisa. No eran más que maniobras que la
compañía realizaba para observar el comportamiento de sus empleados. Pero
él era un caso particular, él tenía sus propias paranoias, odios y temores.
Él era más humano que cualquiera de ellos. No obstante, decidió seguir
jugando la farsa para que nadie sospechara nada. Llamó a una de las
empleadas que hasta ese momento ni siquiera le había dirigido nunca la mirada.
- A ver usted, venga. Acuéstese conmigo.
La mujer obedeció sin ningún tipo de objeción.
Tuvieron relaciones sexuales arriba del escritorio, mientras el resto
continuaba con el relevamiento de citas anónimas en las paredes. Finalizado
el encuentro con la empleada, sacó del cajón del escritorio un revólver
calibre 22 que le habían dejado, como parte de su nuevo equipo de gerente,
y le disparó tres tiros a uno de los cadetes de la sección contigua. Dos
dieron en el blanco, y el cadete murió en el acto.
Consideraba que con esto había cumplido satisfactoriamente
con su primer día en el nuevo puesto, por lo que inmediatamente salió de la
oficina. Lo siguieron dos subalternos que, con cámaras fotográficas, irían
a un barrio en particular a fotografiar los nuevos grafittis.
Era
bastante temprano para regresar a su casa a prepararse para el encuentro
con Angelina de esa noche. La tarde estaba soleada y no había demasiado
para hacer, así que decidió hacer una visita a Bertrand en el cementerio
interactivo. Subió al tranvía con el pase en la mano y se sentó atrás, como
era su costumbre. Detrás de él subió un hombre de piel verde, que enseguida
causó la repulsión del resto de los pasajeros. El hombre era un vendedor
ambulante que, presentándose como un ex-combatiente de la guerra de las
babosas, solicitaba ayuda a la población para poder alimentarse tanto él
como su familia. Mientras caminaba iba mostrando una foto de sus hijos, 3
pequeños de los que el mayor no superaba los 10 años. ADELMAR X. observó la
foto con detenimiento. El mayor tenía puesto un mameluco negro y en una de
sus manos sostenía un aro imán, en cuyo centro se mantenía suspendida una bola dorada, por obra
del equilibrio magnético en el interior del aro. Por su mirada displicente
parecía que dominaba a la perfección el juego. El niño que le sucedía, al
menos en estatura, estaba en pantalones cortos y abrazaba a su hermano más
pequeño, que era azul. El padre, tratando de vender lapiceras ergonómicas,
aducía que el niño había sido una víctima inocente de las babosas, y que
necesitaba dinero para su tratamiento médico. La gente que viajaba en el
tranvía prácticamente ignoró al vendedor, estaban todos atentos al
movimiento compulsivo que realizaba el chofer del tranvía, que con una mano
accionaba con violencia una palanca que se encontraba a su derecha y con la
otra golpeaba fieramente a la manivela de conducción. El tranvía iba
perdiendo equilibrio y comenzaba a bambolearse. Lanzado a 200 km/h sobre la
avenida Domeq García, parecía que iba a estrellarse en cualquier momento.
El pasaje, indiferente a todo, fue tomando conciencia de la situación
cuando notó que el chofer estaba fuera de control. Comenzaron los primeros
murmullos, el tranvía se sacudió con fuerza y el vendedor verde cayó sobre
ADELMAR X., que pudo atajarlo antes de que saliera lanzado por la puerta
abierta. Exactamente en el portal del Cementerio Interactivo, el recorrido
del tranvía iba a sufrir la catástrofe: el chofer tomó la manivela con
fuerza y de pronto se sintieron los chillidos de las ruedas delanteras, un
giro de 360 grados del vehículo lanzó a ADELMAR X. y al vendedor verde
hacia afuera, ambos golpearon contra las protecciones de colchones de aire
de las paredes del cementerio y salieron ilesos del accidente. El tranvía
continuó girando a toda velocidad y expulsando personas en cada giro. Unos
200 metros más adelante, se estrelló contra uno de los edificios de la
Armadora Aria, que aún estaba en construcción. Todo terminó en una fuerte
explosión y una lluvia de partes metálicas.
ADELMAR X. se recompuso y entró al cementerio. A
dos pasos de la puerta estaba el mendigo azul, recolectando anilegna, una
hierba que crece habitualmente en zonas húmedas y con buen humus. La
anilegna es una de las pocas plantas no móviles que aún quedaban en las
ciudades, pero de todos modos estaba prohibida su cosecha. ADELMAR X. sabía
eso y advirtió al mendigo que tuviera mucho cuidado, aunque el no iba a
delatarlo.
- Infero est nepr. Brakumi-le
tiam - (6) contestó el mendigo.
ADELMAR X. conocía el idioma de los infectados,
que además de cambiar el color de la piel, sufrían otros trastornos tales
como la pérdida del idioma materno, y a cambio desarrollaban un profundo
conocimiento de otras lenguas tales como el esperanto. Parecía que estos
individuos, al ser marginados, como por instinto iban formando su propia
unidad tácita, utilizando un lenguaje particular, agrupándose en barrios de
personas con características similares, etc. No eran perseguidos por el
estado, por el momento, pero tampoco se les daba ningún tipo de ayuda. Eran
poco más que las ratas y las babosas, pero no mucho más. Por otra parte, a
estas dos especies se las respetaba por su poderío bélico, no así a los
humanos marginados, que no hubieran podido causar demasiado daño aún en
caso de conflicto.
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