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Novelas > Rebelión de uno

Capítulo 12 

 

ADELMAR X. salió del edificio y tomó el tranvía que lo iba a dejar cerca del trabajo. Subió y se sentó en la parte trasera, donde había menos ruido. Dos asientos más adelante, viajaba el mendigo azul, casi momificado dentro de sus envolturas de lana. El mendigo giró al verlo sentarse.

 

- Esti homo pripens in blua. Flugfolio, flugfolio. La kvartalo is amaso. (5)

 

- Lo sé buen hombre. Tenga, tome esta tableta de zarca disecada para el almuerzo. Está muy sabrosa, es de la vieja fábrica de neumáticos abandonada.

 

ADELMAR X. sentía piedad por los mendigos. Y no solamente piedad, sino también admiración. Eran individuos que vivían expuestos a las calamidades. Aún a la intemperie, el mendigo azul de seguro habría sobrevivido a cientos de ataques de babosas, y también a los carros armados de la defensa. Sin embargo, aquel color azul indicaba que alguna vez había sido contaminado por babosas. Esto lo hacía aún más repulsivo para la gente común, y a la vez más atractivo para ADELMAR X.

 

La gente común no aceptaba a personas de otro color porque estos habían sido contaminados. Ni siquiera a los soldados dados de baja, quienes habían luchado en muchas peleas contra babosas en defensa de la población, pero que al ser alcanzados por el veneno, cambiaban de color y eran dados de baja. Estos hombres y mujeres eran repudiados por todos. Así, se los veía a veces caminar en legiones. Personas, verdes, violetas, rojas y azules caminando de a cientos, tratando de aspirar el ácido anímico remanente en el aire que les diera el necesario aporte anímico, del cual ellos carecían por sí mismos.

 

ADELMAR X. entró a la oficina. "Buenas tardes", dijo, pero ninguna mujer le respondió. En realidad, ellas continuaban casi en la misma posición en que las había dejado en la mañana, concentradas en sus tareas y, como siempre, totalmente indiferentes a su presencia.

 

Se sentó, ya habían colocado la nueva máquina detectora de apócrifos. Habían dejado un papel membretado frente a su asiento que decía "Únicamente para ADELMAR X.".

 

Lo abrió y leyó detenidamente.

 

"Estimado señor ADELMAR X.: ha sido promovido a gerente del área de interpretación de grafittis. La promoción rige a partir del momento en que usted lea este documento. Felicitaciones".

 

ADELMAR X. no podía creer lo que estaba leyendo. De inmediato se sintió feliz y sonrió, aunque en el fondo sabía que esta felicidad era tan falsa como su sonrisa. No eran más que maniobras que la compañía realizaba para observar el comportamiento de sus empleados. Pero él era un caso particular, él tenía sus propias paranoias, odios y temores. Él era más humano que cualquiera de ellos. No obstante, decidió seguir jugando la farsa para que nadie sospechara nada. Llamó a una de las empleadas que hasta ese momento ni siquiera le había dirigido nunca la mirada.

 

- A ver usted, venga. Acuéstese conmigo.

 

La mujer obedeció sin ningún tipo de objeción. Tuvieron relaciones sexuales arriba del escritorio, mientras el resto continuaba con el relevamiento de citas anónimas en las paredes. Finalizado el encuentro con la empleada, sacó del cajón del escritorio un revólver calibre 22 que le habían dejado, como parte de su nuevo equipo de gerente, y le disparó tres tiros a uno de los cadetes de la sección contigua. Dos dieron en el blanco, y el cadete murió en el acto.

 

 Consideraba que con esto había cumplido satisfactoriamente con su primer día en el nuevo puesto, por lo que inmediatamente salió de la oficina. Lo siguieron dos subalternos que, con cámaras fotográficas, irían a un barrio en particular a fotografiar los nuevos grafittis.

 

 Era bastante temprano para regresar a su casa a prepararse para el encuentro con Angelina de esa noche. La tarde estaba soleada y no había demasiado para hacer, así que decidió hacer una visita a Bertrand en el cementerio interactivo. Subió al tranvía con el pase en la mano y se sentó atrás, como era su costumbre. Detrás de él subió un hombre de piel verde, que enseguida causó la repulsión del resto de los pasajeros. El hombre era un vendedor ambulante que, presentándose como un ex-combatiente de la guerra de las babosas, solicitaba ayuda a la población para poder alimentarse tanto él como su familia. Mientras caminaba iba mostrando una foto de sus hijos, 3 pequeños de los que el mayor no superaba los 10 años. ADELMAR X. observó la foto con detenimiento. El mayor tenía puesto un mameluco negro y en una de sus manos sostenía un aro imán, en cuyo  centro se mantenía suspendida una bola dorada, por obra del equilibrio magnético en el interior del aro. Por su mirada displicente parecía que dominaba a la perfección el juego. El niño que le sucedía, al menos en estatura, estaba en pantalones cortos y abrazaba a su hermano más pequeño, que era azul. El padre, tratando de vender lapiceras ergonómicas, aducía que el niño había sido una víctima inocente de las babosas, y que necesitaba dinero para su tratamiento médico. La gente que viajaba en el tranvía prácticamente ignoró al vendedor, estaban todos atentos al movimiento compulsivo que realizaba el chofer del tranvía, que con una mano accionaba con violencia una palanca que se encontraba a su derecha y con la otra golpeaba fieramente a la manivela de conducción. El tranvía iba perdiendo equilibrio y comenzaba a bambolearse. Lanzado a 200 km/h sobre la avenida Domeq García, parecía que iba a estrellarse en cualquier momento. El pasaje, indiferente a todo, fue tomando conciencia de la situación cuando notó que el chofer estaba fuera de control. Comenzaron los primeros murmullos, el tranvía se sacudió con fuerza y el vendedor verde cayó sobre ADELMAR X., que pudo atajarlo antes de que saliera lanzado por la puerta abierta. Exactamente en el portal del Cementerio Interactivo, el recorrido del tranvía iba a sufrir la catástrofe: el chofer tomó la manivela con fuerza y de pronto se sintieron los chillidos de las ruedas delanteras, un giro de 360 grados del vehículo lanzó a ADELMAR X. y al vendedor verde hacia afuera, ambos golpearon contra las protecciones de colchones de aire de las paredes del cementerio y salieron ilesos del accidente. El tranvía continuó girando a toda velocidad y expulsando personas en cada giro. Unos 200 metros más adelante, se estrelló contra uno de los edificios de la Armadora Aria, que aún estaba en construcción. Todo terminó en una fuerte explosión y una lluvia de partes metálicas.

 

ADELMAR X. se recompuso y entró al cementerio. A dos pasos de la puerta estaba el mendigo azul, recolectando anilegna, una hierba que crece habitualmente en zonas húmedas y con buen humus. La anilegna es una de las pocas plantas no móviles que aún quedaban en las ciudades, pero de todos modos estaba prohibida su cosecha. ADELMAR X. sabía eso y advirtió al mendigo que tuviera mucho cuidado, aunque el no iba a delatarlo.

 

 - Infero est nepr. Brakumi-le  tiam - (6) contestó el mendigo.

 

ADELMAR X. conocía el idioma de los infectados, que además de cambiar el color de la piel, sufrían otros trastornos tales como la pérdida del idioma materno, y a cambio desarrollaban un profundo conocimiento de otras lenguas tales como el esperanto. Parecía que estos individuos, al ser marginados, como por instinto iban formando su propia unidad tácita, utilizando un lenguaje particular, agrupándose en barrios de personas con características similares, etc. No eran perseguidos por el estado, por el momento, pero tampoco se les daba ningún tipo de ayuda. Eran poco más que las ratas y las babosas, pero no mucho más. Por otra parte, a estas dos especies se las respetaba por su poderío bélico, no así a los humanos marginados, que no hubieran podido causar demasiado daño aún en caso de conflicto.

 


 

 

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