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Novelas > Rebelión de uno

Capítulo 11 

 

Todo esto estaba bastante controlado hasta que ocurrió el Sabotaje. Se cree que una célula terrorista, con importantes espías en el seno del poder, habían seguido de cerca los experimentos psíquicos hasta lograr asestar el golpe en el momento preciso. Cuando el proyecto estaba en su máximo desarrollo, un grupo comando penetró en los laboratorios y, haciendo estallar en su interior explosivos convencionales a base de pólvora, liberaron de esta manera a todas las especies sometidas a prueba. Estas personas nunca supieron la magnitud que iba a adquirir y el daño que iba a provocar en la humanidad este ataque aislado. Las ratas, babosas y plantas liberadas se reprodujeron sin control y de manera tal que en poco tiempo eran ya millones. Con los conocimientos adquiridos y en libertad en un medio ambiente favorable, no había forma de controlar el crecimiento poblacional.

 

Las ratas y babosas se internaron en la profundidad de la meseta patagónica, completamente despoblada, o en el subsuelo de las ciudades, donde se reprodujeron en miles de millones. Los vegetales, en cambio, no tuvieron necesidad de ocultarse. Su nueva condición, más humana, fue aceptada de inmediato por la personas, quienes favorecieron su reproducción. Así, las plantas felices fueron desplazando poco a poco a las antiguas estáticas. Pronto se instalaron grandes criaderos de plantas felices en distintos puntos del planeta. El desarrollo de esta industria fue tan importante, que varios países la adoptaron como su principal fuente de ingresos, sobre todo los más tropicales, que hasta entonces habían sido los más pobres. Selvas y bosques enteros cambiaban sistemáticamente de lugar, buscando mejores ofertas económicas. Malasia se había convertido en una de las principales potencias del mundo con la producción en gran escala de plantas felices. Todavía quedaban algunos reductos de plantaciones antiguas, es decir, estáticas, como la selva amazónica y la zona central de África, pero ya nadie les daba demasiada importancia: estaban librados a su propia suerte y hacía largo tiempo que nadie se interesaba por esos lugares que no eran más que millones de kilómetros cuadrados de selva impenetrable. No obstante, se creía que en el centro de esas selvas, rodeadas y protegidas por las plantas antiguas y estáticas, existían poblaciones humanas que vivían en un entorno libre del ataque de las armas anímicas, de las ratas y las babosas. Y que esta gente, salvaje y en estado muy primitivo, era vegetariana, lo cual se consideraba un sacrilegio y estaba completamente prohibido en las ciudades. Pero nadie podía asegurar su existencia. Era una especie de Utopía, una Trapalanda de la cual a veces se hablaba entre la gente, pero de una manera más bien anecdótica, como si se estuviera contando una leyenda muy antigua o un cuento de piratas. Por otra parte, en las ciudades la vegetofagia era considerada un delito de los más graves. No así la antropofagia, que era una práctica aceptada, aunque no muy difundida. El castigo a la vegetofagia era la muerte inmediata sin posibilidad de ingresar a un cementerio interactivo, o el destierro, en casos más piadosos. El vegetariano era considerado un ser desviado, un enfermo sin remedio. Prácticamente se les rendía culto a los vegetales felices y móviles y estaba absolutamente prohibido su consumo, aún por causas medicinales. 

 

 

 

ADELMAR X. era vegetariano. Hasta había engañado la noche anterior a Angelina, dándole un té de hierbas que él conseguía en el mercado negro en lugar del té de csalis que había mencionado. Angelina, por supuesto, no la había notado. Pensó que era un nuevo producto sintético, y lo bebió sin imaginar lo que realmente era.

 

Pero era uno de pocos, sino el único, con semejantes hábitos. No se podía concebir a un ser vegetariano viviendo en la ciudad, y menos aún comprender a alguien que quisiera irse, escaparse mejor dicho, del medio social integral que representaban las ciudades. ADELMAR X. Era una persona rara, pero sabía simular muy bien sus ideas y costumbres.

 

Nadie, en su sano juicio, hubiera deseado abandonar a la ciudad. Las ciudades, en apariencia alienadas y trágicas, eran el hábitat del 98% de la humanidad. Sólo unos pocos marginados y los desterrados vivían en áreas salvajes, vaya a saber de qué extraña y caótica forma. La gente se sentía feliz en las ciudades. Quizá esta felicidad era inducida, pero, al menos, las personas no eran indiferentes a este hecho. Los ataques de ratas y babosas eran ya una costumbre y nadie se quejaba, era algo natural.

 

Por otra parte, nadie se preocupaba más por su estado anímico, ya que el mismo era inducido. El estado había logrado erradicar para siempre a los psicoanalistas, que eran macabros personajes que hoy ya no existían entre el pueblo, aunque sí había varios intelectuales post-psicoanalíticos  que trabajaban para el gobierno. Pero a éstos nunca se los había visto, nadie podía corroborar fielmente su existencia.

 

Ahora la gente sabía que su condición psíquica no era responsabilidad de ellos mismos y esperaban, mansamente, la lluvia de alegría, de angustia, de paranoia o la que fuera. Y este cambio era lo que más preocupaba al poder. El incesante bombardeo anímico había gestado una conciencia colectiva más profunda. Las personas comenzaban a comportarse como ratas o babosas, y esto podría llegar a ser catastrófico para el orden global. La unidad de semejante volumen de individuos en contra del poder podría hacer sucumbir al mismo, de manera mucho más rápida y contundente que cualquier ataque masivo de babosas o de ratas. Además, para peor, estos animales parecían casi convivir con la población civil, sobre todo en los barrios periféricos, y era cada vez más raro ver a ratas o babosas atacando a gente común. En realidad, se ensañaban directamente sobre personas uniformadas, aunque su evidentemente distinta percepción del mundo, las llevaba a veces a equivocarse y atacar a ejecutivos o médicos, por ejemplo, simplemente por tener puesto un atuendo que, desde el punto de vista de ellas, eran uniformes bélicos.

 

ADELMAR X., por alguna razón que ni siquiera él conocía, era inmune a las armas anímicas. Miraba, como un observador neutral, cómo todo el mundo reaccionaba de manera similar ante cualquier estímulo, pero el se mantenía afuera de ese círculo. Sin embargo, esto no era bueno para él, que tenía que luchar continuamente contra sus propias fobias y complejos, que eran muchos. Tenía que luchar sólo contra sus miedos, con armas precarias, sin ningún apoyo externo, mientras el resto vivía una vida en apariencia psíquicamente cómoda.

 

- ¿Querés que salgamos esta noche? - le dijo Angelina - Tengo dos pases para el cine auditorium, en el cementerio interactivo. ¿Venís conmigo?

 

- Por supuesto, pero, ¿pensaste en Bertrand?

 

- Sí, aunque como te dije, debo superarlo. Bertrand no es nada para nadie, pero para mí, aún es todo. Quisiera no pensar más en él.

 

A pesar de que apenas la conocía, ADELMAR X. notó que Angelina preservaba aún algunos rasgos de individualidad. Tenía pocas plantas felices en la casa, y aquel sentimiento por Bertrand, y este incipiente sentimiento por él mismo, denotaban que aún le quedaba algo de espíritu propio. Esto lo motivó para seguir adelante con la relación. Igualmente, disimuló su posición en presencia de la vecina, quien, de enterarse de sus verdaderas pretensiones, podría ocasionarle serios problemas.

 

- Nos vemos a las 9 de la noche, entonces. Te espero en mi casa. Dejaré la puerta abierta para que entres aunque yo no hubiera llegado. Hoy tengo mucho trabajo, debo irme. Adiós Angelina. Buenas tardes, vecina.

 

- Adiós ADELMAR X. y gracias por su presencia - contestó la vecina cortésmente.

 


 

 

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