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Todo esto estaba bastante controlado hasta que
ocurrió el Sabotaje. Se cree que una célula terrorista, con importantes
espías en el seno del poder, habían seguido de cerca los experimentos
psíquicos hasta lograr asestar el golpe en el momento preciso. Cuando el
proyecto estaba en su máximo desarrollo, un grupo comando penetró en los
laboratorios y, haciendo estallar en su interior explosivos convencionales
a base de pólvora, liberaron de esta manera a todas las especies sometidas
a prueba. Estas personas nunca supieron la magnitud que iba a adquirir y el
daño que iba a provocar en la humanidad este ataque aislado. Las ratas,
babosas y plantas liberadas se reprodujeron sin control y de manera tal que
en poco tiempo eran ya millones. Con los conocimientos adquiridos y en
libertad en un medio ambiente favorable, no había forma de controlar el
crecimiento poblacional.
Las ratas y babosas se internaron en la
profundidad de la meseta patagónica, completamente despoblada, o en el
subsuelo de las ciudades, donde se reprodujeron en miles de millones. Los
vegetales, en cambio, no tuvieron necesidad de ocultarse. Su nueva
condición, más humana, fue aceptada de inmediato por la personas, quienes
favorecieron su reproducción. Así, las plantas felices fueron desplazando poco
a poco a las antiguas estáticas. Pronto se instalaron grandes criaderos de
plantas felices en distintos puntos del planeta. El desarrollo de esta
industria fue tan importante, que varios países la adoptaron como su
principal fuente de ingresos, sobre todo los más tropicales, que hasta
entonces habían sido los más pobres. Selvas y bosques enteros cambiaban
sistemáticamente de lugar, buscando mejores ofertas económicas. Malasia se
había convertido en una de las principales potencias del mundo con la producción
en gran escala de plantas felices. Todavía quedaban algunos reductos de
plantaciones antiguas, es decir, estáticas, como la selva amazónica y la
zona central de África, pero ya nadie les daba demasiada importancia:
estaban librados a su propia suerte y hacía largo tiempo que nadie se
interesaba por esos lugares que no eran más que millones de kilómetros
cuadrados de selva impenetrable. No obstante, se creía que en el centro de
esas selvas, rodeadas y protegidas por las plantas antiguas y estáticas, existían
poblaciones humanas que vivían en un entorno libre del ataque de las armas
anímicas, de las ratas y las babosas. Y que esta gente, salvaje y en estado
muy primitivo, era vegetariana, lo cual se consideraba un sacrilegio y
estaba completamente prohibido en las ciudades. Pero nadie podía asegurar
su existencia. Era una especie de Utopía, una Trapalanda de la cual a veces
se hablaba entre la gente, pero de una manera más bien anecdótica, como si
se estuviera contando una leyenda muy antigua o un cuento de piratas. Por
otra parte, en las ciudades la vegetofagia era considerada un delito de los
más graves. No así la antropofagia, que era una práctica aceptada, aunque
no muy difundida. El castigo a la vegetofagia era la muerte inmediata sin
posibilidad de ingresar a un cementerio interactivo, o el destierro, en
casos más piadosos. El vegetariano era considerado un ser desviado, un
enfermo sin remedio. Prácticamente se les rendía culto a los vegetales
felices y móviles y estaba absolutamente prohibido su consumo, aún por
causas medicinales.
ADELMAR X. era vegetariano. Hasta había engañado
la noche anterior a Angelina, dándole un té de hierbas que él conseguía en
el mercado negro en lugar del té de csalis que había mencionado. Angelina,
por supuesto, no la había notado. Pensó que era un nuevo producto
sintético, y lo bebió sin imaginar lo que realmente era.
Pero era uno de pocos, sino el único, con
semejantes hábitos. No se podía concebir a un ser vegetariano viviendo en
la ciudad, y menos aún comprender a alguien que quisiera irse, escaparse
mejor dicho, del medio social integral que representaban las ciudades.
ADELMAR X. Era una persona rara, pero sabía simular muy bien sus ideas y
costumbres.
Nadie, en su sano juicio, hubiera deseado
abandonar a la ciudad. Las ciudades, en apariencia alienadas y trágicas,
eran el hábitat del 98% de la humanidad. Sólo unos pocos marginados y los
desterrados vivían en áreas salvajes, vaya a saber de qué extraña y caótica
forma. La gente se sentía feliz en las ciudades. Quizá esta felicidad era
inducida, pero, al menos, las personas no eran indiferentes a este hecho.
Los ataques de ratas y babosas eran ya una costumbre y nadie se quejaba,
era algo natural.
Por otra parte, nadie se preocupaba más por su
estado anímico, ya que el mismo era inducido. El estado había logrado
erradicar para siempre a los psicoanalistas, que eran macabros personajes
que hoy ya no existían entre el pueblo, aunque sí había varios
intelectuales post-psicoanalíticos
que trabajaban para el gobierno. Pero a éstos nunca se los había
visto, nadie podía corroborar fielmente su existencia.
Ahora la gente sabía que su condición psíquica no
era responsabilidad de ellos mismos y esperaban, mansamente, la lluvia de
alegría, de angustia, de paranoia o la que fuera. Y este cambio era lo que
más preocupaba al poder. El incesante bombardeo anímico había gestado una
conciencia colectiva más profunda. Las personas comenzaban a comportarse
como ratas o babosas, y esto podría llegar a ser catastrófico para el orden
global. La unidad de semejante volumen de individuos en contra del poder
podría hacer sucumbir al mismo, de manera mucho más rápida y contundente
que cualquier ataque masivo de babosas o de ratas. Además, para peor, estos
animales parecían casi convivir con la población civil, sobre todo en los
barrios periféricos, y era cada vez más raro ver a ratas o babosas atacando
a gente común. En realidad, se ensañaban directamente sobre personas
uniformadas, aunque su evidentemente distinta percepción del mundo, las
llevaba a veces a equivocarse y atacar a ejecutivos o médicos, por ejemplo,
simplemente por tener puesto un atuendo que, desde el punto de vista de
ellas, eran uniformes bélicos.
ADELMAR X., por alguna razón que ni siquiera él
conocía, era inmune a las armas anímicas. Miraba, como un observador
neutral, cómo todo el mundo reaccionaba de manera similar ante cualquier
estímulo, pero el se mantenía afuera de ese círculo. Sin embargo, esto no
era bueno para él, que tenía que luchar continuamente contra sus propias
fobias y complejos, que eran muchos. Tenía que luchar sólo contra sus
miedos, con armas precarias, sin ningún apoyo externo, mientras el resto
vivía una vida en apariencia psíquicamente cómoda.
- ¿Querés que salgamos esta noche? - le dijo
Angelina - Tengo dos pases para el cine auditorium, en el cementerio
interactivo. ¿Venís conmigo?
- Por supuesto, pero, ¿pensaste en Bertrand?
- Sí, aunque como te dije, debo superarlo.
Bertrand no es nada para nadie, pero para mí, aún es todo. Quisiera no
pensar más en él.
A pesar de que apenas la conocía, ADELMAR X. notó
que Angelina preservaba aún algunos rasgos de individualidad. Tenía pocas
plantas felices en la casa, y aquel sentimiento por Bertrand, y este
incipiente sentimiento por él mismo, denotaban que aún le quedaba algo de
espíritu propio. Esto lo motivó para seguir adelante con la relación.
Igualmente, disimuló su posición en presencia de la vecina, quien, de
enterarse de sus verdaderas pretensiones, podría ocasionarle serios
problemas.
- Nos vemos a las 9 de la noche, entonces. Te
espero en mi casa. Dejaré la puerta abierta para que entres aunque yo no
hubiera llegado. Hoy tengo mucho trabajo, debo irme. Adiós Angelina. Buenas
tardes, vecina.
- Adiós ADELMAR X. y gracias por su presencia -
contestó la vecina cortésmente.
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