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ADELMAR X. entró al departamento de Angelina y la
encontró allí con la vecina amante de las plantas, en medio de una muy
entretenida charla.
- ¡ADELMAR X.! - Dijo la vecina - ¡Qué sorpresa
que nos encontremos aquí!.
- Pasá ADELMAR X. - dijo Angelina, visiblemente de
mucho mejor semblante que la noche anterior - Ocurre que cuando salía de tu
casa, me encontré con esta amable señora, tu vecina, y como estábamos de
buen ánimo y sin nada que hacer de momento, la invité a tomar un café
sintético a mi departamento. Ella me ha hablado muy bien de vos, se ve que
te aprecia mucho. ¿Querés un café?
- Bueno, gracias.
- Mirá - Angelina sacó un portarretratos - aquí
estamos Bertrand y yo, de vacaciones en Malasia -
- ¡Malasia! - exclamó la vecina - Qué lugar tan
especial, recuerdo haber estado allí en mi juventud. Era todo tan... tan...
frondoso. Frondoso y pacífico. Las plantas rodeaban toda presencia humana.
Es un espectáculo difícil de describir sin verlo. Y no había otros animales
hostiles más que el hombre mismo. He pasado allí momentos inolvidables.
¿Estuviste en Malasia, ADELMAR X.?
- Sí, varias veces. No recuerdo algún año en que
no haya viajado hasta allí. Pero qué coincidencia, ya que todos estuvimos
en ese lugar, y ahora estamos todos acá, finalmente pareciera ser que la
posición geográfica es totalmente casual para nosotros.
La mañana transcurría mientras las tres personas
reunidas en Arual 647, segundo A, bebían café y charlaban animadamente. A
nadie se le pasaba por la mente el verdadero infierno que era todo lo que
le estaba pasando a ADELMAR X.. El drama no tenía que ver ni con la
invasión de ratas y babosas, ni con el ataque sistemático del gobierno a la
población civil con bombas que controlaban el estado de ánimo de la gente,
ni con otras situaciones extrañas e inéditas que se iban desarrollando y
acrecentando poco a poco, de manera imperceptible.
El abuso de las bombas anímicas había modificado
el comportamiento de la población. Ya era evidente que la psiquis colectiva
era otra muy distinta comparada con la de años anteriores, ahora no se
hablaba ni se actuaba de forma individual, sino que las personas habían
adquirido una conciencia de grupo que antes no existía. Algunos
investigadores atribuían este cambio al ejemplo de las ratas y las babosas,
que eran prácticamente una unidad, pero otros estaban convencidos que eso
era consecuencia exclusiva del uso excesivo de las bombas anímicas. El
gobierno lanzaba todos los domingos por la mañana bombas de felicidad que
estallaban a mil metros de altura y dispersaban partículas de ácido anímico
activado en un radio de 150 kilómetros. Estas partículas, inhaladas por la
gente, les causaban un eufórico estado de alegría. No era una droga, sino
una sustancia que actuaba directamente en las centrales nerviosas del
cerebro sin dejar secuelas en el organismo. No eran adictivas ni provocaban
daños colaterales. Luego, casi todos los martes eran disparadas bombas de
angustia. Esto causaba una fuerte depresión, que muchas veces, en casos
extremos, desembocaba en suicidios, pero cuando esto parecía estar fuera de
control en un área determinada de la ciudad, el efecto de las bombas de
angustia era contrarrestado con explosivos personales de autoestima. Los
viernes, por ejemplo, acostumbraban lanzar bombas de ansiedad y al día
siguiente modificaban la conducta de la gente con bombas de melancolía y de
nostalgia.
La antigua ciencia denominada psicoanálisis era
considerada sacrílega y tabú y estaba prohibida su práctica por parte de la
población común. Pero esta técnica, que desde sus comienzos había sido
rechazada y repudiada por el poder, al punto de tratar de brujos diabólicos
a los que la practicaban, había sido la piedra fundamental de la
organización social actual. En sus comienzos, los psicoanalistas eran
perseguidos y ejecutados de inmediato en donde se los encontrara, ante la
mínima prueba (en muchos casos no la había) de que ejercían o intentaban
ejercer dicha profesión. Estos hombres y mujeres, que sin saberlo iban a
ser los precursores del actual control poblacional y del equilibrio del
poder global, originalmente se ocultaban en sótanos o sitios apartados
donde llevar adelante su hechicería. Tiempo después, el estudio de la mente
humana comenzó a dar sus frutos, a demostrar su potencial, hasta
convertirse en un asunto de estado.
Se desarrollaron las primeras sustancias
sintetizadas que producían efectos tales como el miedo, la angustia, la
alegría y el buen ánimo. Actualmente hasta se creía que ya existían
sustancias que provocaba profundos complejos de Edipo y narcisismo en las
personas, pero aún no habían sido probada con humanos, aunque sí con
animales, con los que se habían logrado efectos satisfactorios.
Las primeras pruebas de uso de sustancias de
impacto anímico se habían hecho con ratas, babosas y plantas. Se eligieron
a estas especies ya que por una parte mostraban una alta resistencia y
buena adaptación a nuevos entornos (eran muy similares al ser humano en
este aspecto) y una rápida asimilación y respuesta a una nueva sustancia en
el organismo. Los resultados iniciales fueron más que alentadores; las
ratas fueron sometidas a ataques intensivos de angustia y paranoia,
produciendo en ellas un efecto llamativo: los individuos sometidos al
experimento, al principio no hacían más que esconderse o acurrucarse en un
rincón oscuro, habían perdido las ganas de liberarse de su encierro y hasta
parecían sentirse confortables cuanto más encerradas estuvieran. Sus
rostros evidenciaban una fuerte labor mental para generar más y más
sufrimiento en sí mismas. Sin embargo, al poco tiempo se comenzó a percibir
una especie de fortaleza anímica en las ratas de prueba. Comenzaron a
mostrarse más agresivas y decididas, parecían esgrimir la idea de
"peor que ahora no puedo estar, así que nada me importa". Sus
cuerpos comenzaron a modificarse, al igual que las babosas, creciendo en
tamaño y en habilidades. Finalmente, habían desarrollado una fuerte
inmunidad hacia la angustia y, por otro lado una gran seguridad en sí
mismas. Esto se debió aparentemente al excesivo sometimiento al que habían
sido expuestas. A las babosas, evidentemente mucho menos expresivas, se las
atacó con bombas primitivas de ansiedad. Esto las hizo mucho más activas y
arriesgadas, de su natural pasividad pasaron a un estado de ánimo agresivo,
eufórico. Disminuyó su expectativa de vida; si embargo, crecieron en tamaño
y en movilidad, y hasta desarrollaron una especie de lenguaje telepático
para comunicarse entre sí.
En las plantas, por otro lado, se aplicaron bombas
anímicas de felicidad y alegría. Las plantas, de naturaleza estática, poco
a poco fueron ganando una autoestima tal que las llevó a desarrollar
habilidades hasta el momento insospechadas. Por ejemplo, pudieron modificar
su metabolismo, pasando de la simpleza de la fotosíntesis (que no obstante
seguían necesitando) a digestiones más complejas. Ellas mismas se
plantearon más necesidades, tanto físicas como intelectuales, y su
crecimiento demandó nuevos conocimientos y desarrollos físicos y psíquicos.
Así lograron efectos motrices que las colocaron en un mundo prácticamente
nuevo para sus poca desarrollada psiquis. Aprendieron a caminar, a
relacionarse entre sí y con los seres humanos, y a recibir y cumplir
órdenes básicas.
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