|
Lo despertó el brillo del sol naciente que tornaba
rojo al cielo. Se levantó y fue enseguida al baño, tenía que ducharse para
ir al trabajo. Se quitó la ropa y abrió la ducha. El agua hoy era casi
transparente, apenas con unos pocos tonos pardos. "La planta
purificadora hoy funciona bastante bien", se dijo, y se metió encima
de la ducha. Del grifo abierto en el piso de la bañera salía un chorro
refrescante de agua gris. Se secó, se vistió y se asomó al dormitorio. Allí
estaba Angelina, todavía durmiendo. ADELMAR X. salió sin hacer ruido. En el
living ya lo aguardaba, despierto y con el café sintético preparado, el
mendigo azul. ADELMAR X. le agradeció, tomó el café y juntos salieron a la
calle. Estaba todo limpio, las calles, los muros, y el sol le daba una
inusual vida a los edificios aledaños. Las plantas de la vecina caminaban
alegres por el jardín, buscando la mejor ubicación para absorber la luz
solar.
ADELMAR X. llegó al edificio de oficinas donde
trabajaba, frente a la empalizada costera, saludó brevemente a sus colegas
y se sentó en la silla de su escritorio. Enseguida se puso a ordenar unos
papeles y a planificar la jornada, cuando sonó el teléfono.
- Hola - ADELMAR X. olió el perfume conocido y
sintió una especie de temor - ¿Qué quiere?
- Hola ADELMAR X.. No me trates así. Si querés, no
te llamo más y listo.
- No, no, por favor. Me encanta olerla, y
escucharla. No se lo tome así. Es que me pone algo nervioso no saber
exactamente quién es usted.
- Yo soy todas y no soy ninguna, ADELMAR X.. Pero
esto es un secreto. Por lo pronto, creo que no te intereso. No me estás
buscando.
- ¿Cómo que no? El sábado fui a Arual 647, segundo
A, y usted no estaba. Y el domingo no me dijo dónde buscarla. No sé qué
hacer. Sin embargo, usted parece divertirse con este misterio. Usted me
hace dudar.
- ¿Te parece? Bueno, siendo así, lo siento. Chau,
luego nos vemos.
La mujer colgó, y ADELMAR X., casi por instinto,
también. Se puso de pie y observó a sus compañeros más cercanos. No, la
llamada no parecía provenir de esa oficina. Varias empleadas, vestidas con
un estilo elegante pero frugal, sumamente maquilladas y muy sensuales,
caminaban de aquí para allá con una sonrisa fijada en el rostro. Ninguna lo
miraba. Ninguna parecía percibir su presencia. ADELMAR X. tosió, apartó un
poco la máquina detectora de apócrifos que tenía a su cargo y gritó lo más
fuerte que pudo. Un colega suyo, a pocos metros, fue el único que percibió
el grito, ADELMAR X. lo notó porque giró un poco el cuello, pero sin llegar
a mirarlo, y enseguida volvió al trabajo. ADELMAR X. continuó con su tarea,
y tiró todos los papeles por la ventana que daba a la calle. Después,
arrojó también la máquina detectora de apócrifos, junto con todas las
lapiceras ergonómicas que tenía a su alcance. Tomó un portapapeles bien
filoso y se lo incrustó entre dos costillas al colega que lo había mirado
de soslayo. Sin dejar de gritar, arrojó a su compañero por la ventana (buen
alimento para las ratas, se dijo). De inmediato, sin mirar ni saludar a
nadie, salió de la oficina. Las empleadas, enfrascadas en sus labores y en
sus charlas, no notaron nada de esto, como era previsible, ni tampoco
percibieron que ADELMAR X. se retiraba. Bajó por el ascensor y se acomodó
la corbata, que con todo aquel alboroto se le había corrido un poco y le
daba un aspecto muy desalineado.
En la puerta encontró al mendigo azul, que al
parecer estaba instalado allí desde temprano, esperándolo.
- Mastro, la esxafodo esti sxargxi. Pren te - (4)
le dijo, y le entregó un manojo de papeles de los que ADELMAR X. había
arrojado recién.
- Gracias -
Miró el encabezado del primer papel. En letras de
imprenta grandes y a manera de título decía: "No leer este memorandum
y arrojarlo a la brevedad al incinerador". Él no acostumbraba ser
demasiado transgresor, al menos era lo que aparentaba. Sabía que un acto de
rebeldía como el que estaba por llevar a cabo podía costarle el puesto. Sin
embargo, estaba afuera de la oficina en ese momento y las normas internas,
que él siempre respetó, no tenían vigencia puertas afuera. Entonces
continuó leyendo: "...posteriormente el proceso de cálculo del nuevo
paradigma, será reasignado al mismo de manera que parezca un análisis
novedoso de una cuestión ya perimida, pero, al modificarse la fecha de
generación del documento, el lector no notará la falta absoluta de verdad,
y creerá todo lo escrito ciegamente. Así se construye el inconsciente
colectivo..." ADELMAR X. no siguió leyendo. Estaba cansado, había sido
una mañana rutinaria, pero igualmente agitada.
Se subió al primer tranvía que pasó por la
avenida. La cabeza le daba vueltas y se sentía en un remolino gris de
trajes y portafolios. El tranvía se movía demasiado, viajaba a 200
kilómetros por hora pero, al mismo tiempo, parecía demasiado lento.
Demasiado calor, se dijo. Gotas de sudor le
perlaban el rostro y le humedecían la solapa del saco. A su alrededor,
rostros sin ojos ni boca viajaban en silencio, inclinando la cabeza en cada
curva y moviendo cuello y hombros en cada sacudida. Era como si estuvieran
practicando, todos juntos, una especie de danza arrítmica. Afuera, las
casas y edificios pasaban a una velocidad tal que era imposible pensar que
se trataba de una ciudad. Mas bien era un caleidoscopio gigantesco que
embotaba de colores y formas al observador. La sirena del tranvía sonó
anunciando la llegada a la parada de la Avenida J.B.Justo. Bajó de un salto
y en ese momento percibió la presencia de ratas carroñeras cerca. Se
agazapó detrás de un automóvil estacionado y permaneció así unos segundos.
En efecto, por la vereda venían dos ratas gigantescas, una de ellas con una
babosa muerta y un tanto putrefacta, y la otra con dos brazos humanos en la
boca. Todavía no habían completado la limpieza del domingo. Cuando
desaparecieron, ADELMAR X. salió de su escondite y se dirigió a Arual 647.
Tocó el timbre del segundo A.
- Hola, ¿Quién es?
- Soy yo, ADELMAR X.. ¿Habla Angelina?
- Sí. Pasá.
|