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Angelina y ADELMAR X. fueron a la cocina. ADELMAR
X. encendió el fuego de una de las hornallas. Angelina, mientras tanto,
jugaba con la bola táctil. Los gritos y disparos de la calle se iban
apagando poco a poco. Las babosas y los hombres sobrevivientes se
dispersaban lentamente. Una conjunción viscosa de huesos, carne y
cartílagos, como una gran gelatina, cubría por completo la calle. Pronto
las hordas de ratas y los carros recolectores de desechos orgánicos
dejarían todo en condiciones óptimas, todo preparado para un nuevo lunes de
rutina. La ciudad, vista desde la pequeña ventana de la cocina, parecía
indiferente a la tragedia de cada domingo, como si no le importara en
absoluto, o como si ya se hubiera acostumbrado a todo esto.
ADELMAR X. se sentía acompañado, no obstante el
gris semblante de Angelina, que reprobaba su modo de actuar. Bebieron el té
de csalis en silencio. ADELMAR X. encendió la radio y lo primero que
escuchó fue la FM Bajo Simpson en amplitud duplicada. Demasiado nítido,
dijo, y buscó una señal de alguna emisora transoceánica, con mucha
interferencia. Angelina dejó a un lado la bola táctil, se puso de pie y se
entretuvo por un momento mirando unos cuadros colgados en la pared. Una de
las pinturas, titulada “Herencia y legado”, era completamente negra, pero a
medida que el observador se acercaba a ella o modificaba el ángulo de
observación hacia la izquierda, el cuadro cobraba vida e iba mutando los
matices, hasta transformarse en un paisaje de campo. Hacia los laterales se
veían, como en una nebulosa, dos grupos de árboles altos y frondosos cuyas
sombras se proyectaban hasta prácticamente el centro del cuadro en la parte
inferior. Sobre la izquierda del cuadro se encontraba un carro cargado de
paja y hacia la derecha, una cabra comiendo pasto. El centro de la pintura
mostraba una gran claridad, como si fuera una mañana muy soleada, y un
arroyo atravesaba toda la tierra y se perdía en el horizonte. El cielo era
azul y muy luminoso. Angelina pudo escuchar, muy lejos, a alguien silbando
una canción campesina, parecía ser la misma que la niña había cantado
momentos antes de la invasión de babosas, en la calle. Angelina se movió
luego hacia la derecha y el cuadro, que parecía seguirla, como esos
retratos que dan la sensación de que siempre están mirando al que observa,
iba cambiando sus matices, y de repente el arroyo ahora se convertía en un
río de lava roja e incandescente, rodeado de rocas filosas. En el fondo, lo
que antes era el cielo azul, ahora era una cortina de humo ceniciento y oscuro.
Angelina escuchó el retumbar sórdido de la lava contra las piedras.
- Conviene mirarlo siempre desde la izquierda - Le
dijo ADELMAR X., sacándola de su ensoñación.
- No sé, son distintos puntos de vista, y todos
son válidos. Yo prefiero mirarlo de ambos lados, para no perderme nada de
lo que el objeto me ofrece.
- Es que a la izquierda está el lado bueno, el
lado apacible. A la derecha, en cambio, está la desolación y el caos.
- Pero a mi no me interesa que el objeto sea lo
que yo deseo o lo que a mi me guste. Quiero que el objeto sea lo que él
quiera ser. Y este cuadro es ambas cosas, la paz y la destrucción. Una
mañana soleada o un río de lava en una noche de tormenta. Y es bueno que no
oculte ninguno de los dos estados. Pero hay un tercer estado, que es cuando
lo miramos de frente: una lámina completamente negra. Sin vida, inerte. Sin
brillo. Quizá ese sea su mejor estado, y por eso es el primero que muestra.
Un cuadro así, absolutamente negro, seguro no le puede interesar a nadie.
Sin embargo, así nos encontramos todos en la mayor parte de nuestras vidas:
completamente inertes y neutrales: una imagen negra, sin matices. Nuestra
existencia pasa, en su mayor parte, sin que afectemos en casi nada al
entorno, ni para bien ni para mal. Sin embargo, un pequeño giro nos puede
conducir a alguno de los dos flancos, casi sin darnos cuenta. Y así, al
menos, ser algo.
ADELMAR X. se acercó a Angelina. La miró
largamente a los ojos, y la besó en la boca. Angelina no respondió al beso.
Se quedó estática, mirándolo sin pestañear. Afuera se escuchaban los
chillidos de las ratas que se llevaban a los últimos cadáveres. También se
oía desde unos altoparlantes instalados en las esquinas, una voz que le
sugería a la población no salir a la calle en ese momento, hasta que la
zona estuviera desinfectada y fuera nuevamente segura y transitable.
- Veamos qué dice la televisión -
ADELMAR X. encendió el aparato y le aplicó, como
de costumbre, unos golpes para que mejorara la sintonía. Se sentó a mirar
una película en blanco y negro. Angelina, sin decir nada, se fue al
dormitorio. El mendigo azul yacía de costado, dormido, apoyando su cuerpo
sobre el brazo derecho estirado. La poca circulación de sangre en el brazo,
dada la presión que ejercía el torso del mendigo sobre la extremidad, hizo
que ésta virara levemente al celeste claro.
Afuera todo estaba en silencio. "Seguramente
la vecina ya sacó las plantas, para aprovechar el rocío de la noche"
pensó ADELMAR X.
Poco después salió a dormir a la terraza, pero los
cadáveres ya no estaban en la calle, se había hecho demasiado tarde.
Asimismo, se recostó en un sillón plegable y miró por un rato al cielo
negro y despoblado de estrellas. En esa posición y en ese lugar, parecía
como si el mundo no existiera, como si ADELMAR X. estuviera flotando en el
espacio infinito, y todo fuera vacío. Como un Dios antes de la Creación, se
sentía dueño de todo y de nada al mismo tiempo. Todo se resumía en un
maravilloso y oscuro vacío, ideal para dormir.
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