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Novelas > Rebelión de uno

Capítulo 8 

 

Angelina y ADELMAR X. fueron a la cocina. ADELMAR X. encendió el fuego de una de las hornallas. Angelina, mientras tanto, jugaba con la bola táctil. Los gritos y disparos de la calle se iban apagando poco a poco. Las babosas y los hombres sobrevivientes se dispersaban lentamente. Una conjunción viscosa de huesos, carne y cartílagos, como una gran gelatina, cubría por completo la calle. Pronto las hordas de ratas y los carros recolectores de desechos orgánicos dejarían todo en condiciones óptimas, todo preparado para un nuevo lunes de rutina. La ciudad, vista desde la pequeña ventana de la cocina, parecía indiferente a la tragedia de cada domingo, como si no le importara en absoluto, o como si ya se hubiera acostumbrado a todo esto.

 

ADELMAR X. se sentía acompañado, no obstante el gris semblante de Angelina, que reprobaba su modo de actuar. Bebieron el té de csalis en silencio. ADELMAR X. encendió la radio y lo primero que escuchó fue la FM Bajo Simpson en amplitud duplicada. Demasiado nítido, dijo, y buscó una señal de alguna emisora transoceánica, con mucha interferencia. Angelina dejó a un lado la bola táctil, se puso de pie y se entretuvo por un momento mirando unos cuadros colgados en la pared. Una de las pinturas, titulada “Herencia y legado”, era completamente negra, pero a medida que el observador se acercaba a ella o modificaba el ángulo de observación hacia la izquierda, el cuadro cobraba vida e iba mutando los matices, hasta transformarse en un paisaje de campo. Hacia los laterales se veían, como en una nebulosa, dos grupos de árboles altos y frondosos cuyas sombras se proyectaban hasta prácticamente el centro del cuadro en la parte inferior. Sobre la izquierda del cuadro se encontraba un carro cargado de paja y hacia la derecha, una cabra comiendo pasto. El centro de la pintura mostraba una gran claridad, como si fuera una mañana muy soleada, y un arroyo atravesaba toda la tierra y se perdía en el horizonte. El cielo era azul y muy luminoso. Angelina pudo escuchar, muy lejos, a alguien silbando una canción campesina, parecía ser la misma que la niña había cantado momentos antes de la invasión de babosas, en la calle. Angelina se movió luego hacia la derecha y el cuadro, que parecía seguirla, como esos retratos que dan la sensación de que siempre están mirando al que observa, iba cambiando sus matices, y de repente el arroyo ahora se convertía en un río de lava roja e incandescente, rodeado de rocas filosas. En el fondo, lo que antes era el cielo azul, ahora era una cortina de humo ceniciento y oscuro. Angelina escuchó el retumbar sórdido de la lava contra las piedras.

 

- Conviene mirarlo siempre desde la izquierda - Le dijo ADELMAR X., sacándola de su ensoñación.

 

- No sé, son distintos puntos de vista, y todos son válidos. Yo prefiero mirarlo de ambos lados, para no perderme nada de lo que el objeto me ofrece.

 

- Es que a la izquierda está el lado bueno, el lado apacible. A la derecha, en cambio, está la desolación y el caos.

 

- Pero a mi no me interesa que el objeto sea lo que yo deseo o lo que a mi me guste. Quiero que el objeto sea lo que él quiera ser. Y este cuadro es ambas cosas, la paz y la destrucción. Una mañana soleada o un río de lava en una noche de tormenta. Y es bueno que no oculte ninguno de los dos estados. Pero hay un tercer estado, que es cuando lo miramos de frente: una lámina completamente negra. Sin vida, inerte. Sin brillo. Quizá ese sea su mejor estado, y por eso es el primero que muestra. Un cuadro así, absolutamente negro, seguro no le puede interesar a nadie. Sin embargo, así nos encontramos todos en la mayor parte de nuestras vidas: completamente inertes y neutrales: una imagen negra, sin matices. Nuestra existencia pasa, en su mayor parte, sin que afectemos en casi nada al entorno, ni para bien ni para mal. Sin embargo, un pequeño giro nos puede conducir a alguno de los dos flancos, casi sin darnos cuenta. Y así, al menos, ser algo.

 

ADELMAR X. se acercó a Angelina. La miró largamente a los ojos, y la besó en la boca. Angelina no respondió al beso. Se quedó estática, mirándolo sin pestañear. Afuera se escuchaban los chillidos de las ratas que se llevaban a los últimos cadáveres. También se oía desde unos altoparlantes instalados en las esquinas, una voz que le sugería a la población no salir a la calle en ese momento, hasta que la zona estuviera desinfectada y fuera nuevamente segura y transitable.

 

- Veamos qué dice la televisión -

 

ADELMAR X. encendió el aparato y le aplicó, como de costumbre, unos golpes para que mejorara la sintonía. Se sentó a mirar una película en blanco y negro. Angelina, sin decir nada, se fue al dormitorio. El mendigo azul yacía de costado, dormido, apoyando su cuerpo sobre el brazo derecho estirado. La poca circulación de sangre en el brazo, dada la presión que ejercía el torso del mendigo sobre la extremidad, hizo que ésta virara levemente al celeste claro.

 

Afuera todo estaba en silencio. "Seguramente la vecina ya sacó las plantas, para aprovechar el rocío de la noche" pensó ADELMAR X.

 

Poco después salió a dormir a la terraza, pero los cadáveres ya no estaban en la calle, se había hecho demasiado tarde. Asimismo, se recostó en un sillón plegable y miró por un rato al cielo negro y despoblado de estrellas. En esa posición y en ese lugar, parecía como si el mundo no existiera, como si ADELMAR X. estuviera flotando en el espacio infinito, y todo fuera vacío. Como un Dios antes de la Creación, se sentía dueño de todo y de nada al mismo tiempo. Todo se resumía en un maravilloso y oscuro vacío, ideal para dormir. 

 


 

 

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