|
- Vengan - les gritó ADELMAR X. - Vamos a mi casa.
Allí estaremos protegidos.
Los tres se apresuraron a llegar. Entraron y lo
primero que hizo ADELMAR X. fue descolgar el teléfono (tenía muy buenas
razones para hacerlo). Por la mirilla de la puerta vio que la vecina
entraba a toda velocidad las plantas del jardín, que eran muy vulnerables a
las babosas gigantes. Las primeras explosiones comenzaron a escucharse
afuera. Era una lucha sin tregua que ya llevaba más de dos años. Por
suerte, las babosas y las ratas no estaban organizadas entre sí. Las ratas
provocaban ataques compulsivos y sin planificación, pero en el caso de las
babosas estos ataques eran predecibles: siempre los domingos a las 9 hs PM.
Los ataques de las ratas eran completamente aleatorios y en grupos
reducidos. Como contrapartida, las babosas atacaban en masa, millones de
individuos invadían todo, envenenando el agua y cualquier materia orgánica
que encontraran a su paso. Por su lado, las ratas atacaban de manera
sorpresiva y en poca cantidad, a veces un sólo individuo generaba el
conflicto. Lo suyo era una especie de guerrilla urbana. ADELMAR X. había
pensado largamente en irse a vivir al campo, donde (imaginaba) no existían
todos estos problemas y riesgos, sino que la vida transcurría apacible, en
una arboleda cercana a un arrollo de agua clara. “Una arboleda quieta” soñó
ADELMAR X.
La puerta del frente de la casa era empujada por
unas cuantas babosas que habían sido cercadas por un carro lanzallamas.
Antes de que pudieran romperla y entrar, fueron carbonizadas por una lengua
de fuego. Las babosas morían en silencio, dejando un charco viscoso en el
piso como única huella de que alguna vez habían existido.
Los hombres no, eran mucho más temerosos a la
muerte. Este temor los llevaba quizá a protegerse y a conservar objetos que
de alguna manera los inmortalizaran. Hasta después de la muerte, se le
ofrecía al ser humano la posibilidad de seguir comunicándose con sus seres
queridos, por medio del cementerio interactivo. Esta inmortalidad de la imagen
y no del cuerpo, el que en poco tiempo se convertía en putrefacción, era
muy cuestionada por algunos pensadores e intelectuales que consideraban que
la idealización virtual de las personas solamente conducía a un estado de
fantasía muy lejano a la realidad y que, por consiguiente, hacía que los
deudos perdieran de vista la verdadera vida para sumergirse en mundos
irreales. Sin embargo, el cementerio interactivo había alcanzado gran
popularidad entre la población y prácticamente nadie se oponía a su funcionamiento.
Debido al éxito, se habían instalado en ellos todo tipos de negocios y
lugares de esparcimiento, desde locales bailables hasta restaurantes de
comida rápida y hermosos paseos de compras.
- No sé qué estoy haciendo acá - Dijo de repente
Angelina, visiblemente disgustada.
El mendigo azul, en silencio y con mucha
parsimonia, fue a recostarse contra una de las paredes del living, la menos
iluminada. La pared tenía como único ornamento la casilla del timbre de
calle, sobre uno de los ángulos superiores. La penumbra del rincón y la
pintura, rosa pálida, se combinaban a la perfección con el azul del cuerpo
del mendigo y le daban a su silueta un entorno casi artístico. En este
entorno, el mendigo parecía actuar un papel decadente y hermoso.
- No sé qué estoy haciendo acá - Repitió Angelina.
- No debería usted quejarse tanto, Angelina. -
dijo ADELMAR X. - Aquí está protegida del ataque de las babosas, y además
tiene todo a su disposición. Me llama la atención, no obstante, que
conociendo la inminencia de la batalla, usted se quedara tan tranquila
hablando con el mendigo en la calle como si nada fuera a ocurrir. A esa
hora, tanto usted como toda esa gente que se estaba divirtiendo en la
esquina, deberían estar encerradas en algún sótano, lo más alejadas posible
del aire libre. Pero claro, el ácido cumple su función, y todos están
alegres a pesar del peligro al que se exponen. Todavía no entiendo por qué
obtusa razón el gobierno dispara esos rayos de alegría justo el día en que,
como todos sabemos, se va a producir la invasión de babosas.
- Usted no sabe nada. Para usted la alegría es
nada más que un estado de ánimo, y nada puede estar más alejado de la
verdad. La alegría, en todo caso, puede ser un estado del alma, pero no del
ánimo. Por ejemplo yo, cada vez que voy al cementerio, vuelvo con alegría.
Y no tengo ningún motivo para sentirme así. Se trata simplemente de que mi
alma me conduce siempre por un camino feliz. No tiene sentido sonreír, ni
siquiera reírse a carcajadas, si esa risa va a ser efímera. Para eso, es
mucho mejor llorar, ya que el llanto también es efímero y, por ende, la
tristeza también durará un breve momento. No hay forma de eternizar ninguna
de las dos cosas. Yo sí sé porqué los pájaros enjaulados cantan.
- Usted cree saberlo, Angelina, pero yo también lo
creo, y no coincido con su concepción. Mire a las babosas, o a las ratas,
esos seres que nos parecen tan despreciables. Ellos actúan casi por
instinto, aunque no del todo. Pero una cosa tienen muy clara, y la profesan
a cada instante: ellos saben que lo importante es el momento, el ahora. Por
eso dejan la vida en cada cruce con las patrullas sin importarles demasiado
el después. He visto babosas dar la vida, sacrificarse en silencio por la
integridad del grupo. En cambio, a nosotros, el después nos retiene, nos
demora, nos hace tan conservadores que perdemos de vista la alegría del hoy
y el respeto y la cooperación con nuestros congéneres. Entonces, ¿sabe
porqué cantan los pájaros encerrados? Porque ese cantar les da un ínfimo
momento de alegría en medio de su existencia amarga. Nada más que por eso.
- No quiero entrar en una discusión filosófica con
usted. No tengo interés. Usted cree saber mucho, cree en la filosofía de
las babosas. Pero, por el contrario, permanece encerrado y no solamente no
se les une a ellas, sino que tampoco las enfrenta. Usted solamente se defiende cuando el
agredido es usted mismo. Usted es neutral, y ese es el escalón previo a la
traición.
- Soy un ser humano, nada más. Igual que usted.
Pero quisiera tener en mis genes algo de esa filosofía. Aunque tiene usted
razón, no discutamos más. Venga, la invito a tomar un té de csalis a la
cocina. Usted sabe que me atrae y quizá sea por ese sentimiento que podría
olvidar mi neutralidad.
- Está bien, pero no siga, por favor, insistiendo
con su atracción hacia mí. Bertrand jamás me lo perdonaría, si yo lo
aceptara a usted como pareja.
- Pero Bertrand está muerto.
- El estado de Bertrand es cosa de él, no mía. Soy
yo quien tiene que superar al estado de Bertrand. Pero no puedo. Cada vez
que hablo con él, me siento más y más culpable de su estado. Yo lo maté, es
cierto, pero, ¿me convierte ese acto en una persona tan vil que no puede
cambiar su propia desdicha, aunque sí pudo cambiar la dicha de Bertrand?
- No se preocupe, no piense más, por favor. Venga,
tomemos un té y luego quédese a pernoctar aquí. Le ofrezco mi dormitorio.
Yo dormiré en la terraza. Me gusta mirar, en la oscuridad de la noche,
antes que las ratas se los lleven, a los cadáveres de humanos y babosas en
la calle, confundidos en un abrazo póstumo, como si fueran hermanos.
- Brosxuro cxe papero. Trinki, ne drinki per
favora - (3) exclamó el mendigo, como saliendo de un letargo antiguo.
- Sí, a usted también le prepararé algo antes de
dormir. Y puede quedarse en el living, hay lugar para todos.
|