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Novelas > Rebelión de uno

Capítulo 7 

 

- Vengan - les gritó ADELMAR X. - Vamos a mi casa. Allí estaremos protegidos.

 

Los tres se apresuraron a llegar. Entraron y lo primero que hizo ADELMAR X. fue descolgar el teléfono (tenía muy buenas razones para hacerlo). Por la mirilla de la puerta vio que la vecina entraba a toda velocidad las plantas del jardín, que eran muy vulnerables a las babosas gigantes. Las primeras explosiones comenzaron a escucharse afuera. Era una lucha sin tregua que ya llevaba más de dos años. Por suerte, las babosas y las ratas no estaban organizadas entre sí. Las ratas provocaban ataques compulsivos y sin planificación, pero en el caso de las babosas estos ataques eran predecibles: siempre los domingos a las 9 hs PM. Los ataques de las ratas eran completamente aleatorios y en grupos reducidos. Como contrapartida, las babosas atacaban en masa, millones de individuos invadían todo, envenenando el agua y cualquier materia orgánica que encontraran a su paso. Por su lado, las ratas atacaban de manera sorpresiva y en poca cantidad, a veces un sólo individuo generaba el conflicto. Lo suyo era una especie de guerrilla urbana. ADELMAR X. había pensado largamente en irse a vivir al campo, donde (imaginaba) no existían todos estos problemas y riesgos, sino que la vida transcurría apacible, en una arboleda cercana a un arrollo de agua clara. “Una arboleda quieta” soñó ADELMAR X.

 

La puerta del frente de la casa era empujada por unas cuantas babosas que habían sido cercadas por un carro lanzallamas. Antes de que pudieran romperla y entrar, fueron carbonizadas por una lengua de fuego. Las babosas morían en silencio, dejando un charco viscoso en el piso como única huella de que alguna vez habían existido.

 

Los hombres no, eran mucho más temerosos a la muerte. Este temor los llevaba quizá a protegerse y a conservar objetos que de alguna manera los inmortalizaran. Hasta después de la muerte, se le ofrecía al ser humano la posibilidad de seguir comunicándose con sus seres queridos, por medio del cementerio interactivo. Esta inmortalidad de la imagen y no del cuerpo, el que en poco tiempo se convertía en putrefacción, era muy cuestionada por algunos pensadores e intelectuales que consideraban que la idealización virtual de las personas solamente conducía a un estado de fantasía muy lejano a la realidad y que, por consiguiente, hacía que los deudos perdieran de vista la verdadera vida para sumergirse en mundos irreales. Sin embargo, el cementerio interactivo había alcanzado gran popularidad entre la población y prácticamente nadie se oponía a su funcionamiento. Debido al éxito, se habían instalado en ellos todo tipos de negocios y lugares de esparcimiento, desde locales bailables hasta restaurantes de comida rápida y hermosos paseos de compras.

 

- No sé qué estoy haciendo acá - Dijo de repente Angelina, visiblemente disgustada.

 

El mendigo azul, en silencio y con mucha parsimonia, fue a recostarse contra una de las paredes del living, la menos iluminada. La pared tenía como único ornamento la casilla del timbre de calle, sobre uno de los ángulos superiores. La penumbra del rincón y la pintura, rosa pálida, se combinaban a la perfección con el azul del cuerpo del mendigo y le daban a su silueta un entorno casi artístico. En este entorno, el mendigo parecía actuar un papel decadente y hermoso.

 

- No sé qué estoy haciendo acá - Repitió Angelina.

 

- No debería usted quejarse tanto, Angelina. - dijo ADELMAR X. - Aquí está protegida del ataque de las babosas, y además tiene todo a su disposición. Me llama la atención, no obstante, que conociendo la inminencia de la batalla, usted se quedara tan tranquila hablando con el mendigo en la calle como si nada fuera a ocurrir. A esa hora, tanto usted como toda esa gente que se estaba divirtiendo en la esquina, deberían estar encerradas en algún sótano, lo más alejadas posible del aire libre. Pero claro, el ácido cumple su función, y todos están alegres a pesar del peligro al que se exponen. Todavía no entiendo por qué obtusa razón el gobierno dispara esos rayos de alegría justo el día en que, como todos sabemos, se va a producir la invasión de babosas.

 

- Usted no sabe nada. Para usted la alegría es nada más que un estado de ánimo, y nada puede estar más alejado de la verdad. La alegría, en todo caso, puede ser un estado del alma, pero no del ánimo. Por ejemplo yo, cada vez que voy al cementerio, vuelvo con alegría. Y no tengo ningún motivo para sentirme así. Se trata simplemente de que mi alma me conduce siempre por un camino feliz. No tiene sentido sonreír, ni siquiera reírse a carcajadas, si esa risa va a ser efímera. Para eso, es mucho mejor llorar, ya que el llanto también es efímero y, por ende, la tristeza también durará un breve momento. No hay forma de eternizar ninguna de las dos cosas. Yo sí sé porqué los pájaros enjaulados cantan.

 

- Usted cree saberlo, Angelina, pero yo también lo creo, y no coincido con su concepción. Mire a las babosas, o a las ratas, esos seres que nos parecen tan despreciables. Ellos actúan casi por instinto, aunque no del todo. Pero una cosa tienen muy clara, y la profesan a cada instante: ellos saben que lo importante es el momento, el ahora. Por eso dejan la vida en cada cruce con las patrullas sin importarles demasiado el después. He visto babosas dar la vida, sacrificarse en silencio por la integridad del grupo. En cambio, a nosotros, el después nos retiene, nos demora, nos hace tan conservadores que perdemos de vista la alegría del hoy y el respeto y la cooperación con nuestros congéneres. Entonces, ¿sabe porqué cantan los pájaros encerrados? Porque ese cantar les da un ínfimo momento de alegría en medio de su existencia amarga. Nada más que por eso.

 

- No quiero entrar en una discusión filosófica con usted. No tengo interés. Usted cree saber mucho, cree en la filosofía de las babosas. Pero, por el contrario, permanece encerrado y no solamente no se les une a ellas, sino que tampoco las enfrenta. Usted  solamente se defiende cuando el agredido es usted mismo. Usted es neutral, y ese es el escalón previo a la traición.

 

- Soy un ser humano, nada más. Igual que usted. Pero quisiera tener en mis genes algo de esa filosofía. Aunque tiene usted razón, no discutamos más. Venga, la invito a tomar un té de csalis a la cocina. Usted sabe que me atrae y quizá sea por ese sentimiento que podría olvidar mi neutralidad.

 

- Está bien, pero no siga, por favor, insistiendo con su atracción hacia mí. Bertrand jamás me lo perdonaría, si yo lo aceptara a usted como pareja.

 

- Pero Bertrand está muerto.

 

- El estado de Bertrand es cosa de él, no mía. Soy yo quien tiene que superar al estado de Bertrand. Pero no puedo. Cada vez que hablo con él, me siento más y más culpable de su estado. Yo lo maté, es cierto, pero, ¿me convierte ese acto en una persona tan vil que no puede cambiar su propia desdicha, aunque sí pudo cambiar la dicha de Bertrand?

 

- No se preocupe, no piense más, por favor. Venga, tomemos un té y luego quédese a pernoctar aquí. Le ofrezco mi dormitorio. Yo dormiré en la terraza. Me gusta mirar, en la oscuridad de la noche, antes que las ratas se los lleven, a los cadáveres de humanos y babosas en la calle, confundidos en un abrazo póstumo, como si fueran hermanos.

 

- Brosxuro cxe papero. Trinki, ne drinki per favora - (3) exclamó el mendigo, como saliendo de un letargo antiguo.

 

- Sí, a usted también le prepararé algo antes de dormir. Y puede quedarse en el living, hay lugar para todos.

 


 

 

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