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Novelas > Rebelión de uno

Capítulo 6 

 

ADELMAR X. entró volvió a su casa. Encendió el equipo de sonido y activó el distorsionador. Le gustaba escuchar la señal de radio con interferencias, como si estuviera navegando en medio del océano Pacífico en un velero pequeño y, desde allí, intentara escuchar una radio de, por ejemplo, Laos. Pero solamente se captaban radios de Malasia. En ese caso el sonido era apagado, distorsionado y no se podía entender una sola palabra de lo que se decía. Esa clase de estaciones le gustaba escuchar. Sin embargo, una vez más sonó el teléfono.

 

- Hola

 

- Hola ADELMAR X., soy yo de nuevo.

 

Otra vez percibió a través del teléfono ese perfume, esa fragancia inconfundible.

 

- ¿Quién habla? Dígame, por favor.

 

- No hace falta que te lo diga, me conocés muy bien y no entiendo cómo no te das cuenta de quién soy, ni siquiera por el timbre de mi voz. ¿Ya me olvidaste acaso?

 

 - No, no es eso, no puedo olvidar a alguien que no sé quién es. Sería como perder algo que nunca se tuvo. No se puede olvidar lo que no se conoce, así como tampoco se puede afirmar que es imposible decir que uno conoció realmente a alguien si después lo olvidó. Y a usted la tengo muy presente, créame. Todavía es muy temprano como para que se convierta en un recuerdo, y mucho más temprano aún como para que sea un olvido. Usted es mucho más que eso, usted es algo tan real, que el tiempo no puede deteriorarla, ni modificarla con nubes grises de mala memoria. Usted es lo de ahora. Usted puede ser mi salvación. Pero no sé quién es.

 

- Quizá no verme sea lo que mejor te puede pasar. Podés idealizarme como más te guste, podés pensar que soy aquella novia de la infancia, o una prima que conociste en algún viaje. O también, el presagio de alguien que vas a conocer. Podés imaginarme hermosa, de piernas largas y ojos de gata. ¿Qué más puedo pedir? ¿Qué es mejor, eso, o conocerme y saber finalmente quién soy y perder la magia de imaginarme?

 

- En general, la idealización de lo que no se conoce es agradable, pero quisiera conocerla.

 

- Ya te dije, me conocés muy bien. ¿No recordás este perfume?

 

- Si, claro que lo recuerdo.

 

- Bueno, como ayer fuiste a Arual 647, segundo A, y no me encontraste, hoy no te voy a dar ninguna dirección para que me busques. Pero por favor, buscame. Estoy sola. Como vos.

 

La tarde caía una vez más en la ciudad. El ácido anímico activado continuaba haciendo efecto en la muchedumbre que se agolpaba feliz en la esquina de Zar y Belgrano para observar a un equilibrista caminar sobre los cables de teléfono produciendo, cada tanto, fogonazos al contacto de una varilla de metal de mango aislado contra los transformadores de corriente eléctrica instalados a unos cuatro metros de altura. Cada fogonazo provocaba el grito sorprendido de la gente. ADELMAR X. miraba todo el espectáculo por la ventana, le parecía increíble que les llamara la atención semejante cursilería. Conocía perfectamente la causa, pero no entendía como él se mantenía aparte de esa alegría colectiva. Sin embargo, había algo (probablemente algún efecto colateral del ácido) que lo obligaba a seguir mirando. Entre el griterío de la multitud aparecieron más artistas callejeros, al parecer estaba todo organizado como para que al momento en que la gente comenzara a agolparse, salieran subrepticiamente de entre ellos otros artistas que, mientras realizaban sus actos, solicitaban dinero al público. De repente apareció un grotesco personaje, vestido de verde, de muy baja estatura y fuerte risotada, que incitaba a la gente a hacer palmas para acompañar a una niña de unos doce años que, trepada a un mástil de bandera de uno de los edificios cercanos, cantaba una tonada campesina, que en el coro decía:  "El otro lado no existe / no hay praderas soleadas / lo único lo único real / es lo que se ve y no lo que se vio". El hombre de verde saltaba alocadamente de un lado a otro, incitando al público a cantar. A medida que se acoplaban nuevas voces, la melodía inicial que cantaba la niña se tornaba en una especie de marcha guerrera. Mientras tanto, el equilibrista producía con su bastón más y más fogonazos, semejantes a fuegos de artificio de muy baja calidad. El cielo, ya negro y sin estrellas, era un perfecto fondo para los fuegos, de un amarillo vivo.

 

ADELMAR X. salió a la puerta para ver un poco mejor. Todo era normal, salvo que en un claro entre la muchedumbre, a lo lejos, contra una persiana metálica cerrada, estaba el mendigo azul. Esta vez se encontraba sentado con las manos en la cabeza, hablando con alguien. Se acercó un poco más. Lo sorprendió reconocer a Angelina en la mujer que estaba con el mendigo.

 

ADELMAR X. no escuchaba la conversación, pero los veía gesticular como si fuera una fuerte discusión más que una charla. Se acercaban las 9 de la noche y, como siempre ocurría los domingos, en esos momentos el ataque de las babosas gigantes era inminente. Sabiendo esto, la gente se fue dispersando de la esquina y el equilibrista bajó en silencio, inclinó el torso a modo de saludo y se retiró súbitamente. En las calles cercanas se escuchaba el ulular de los carros de defensa que patrullaban el sector.

 

En poco tiempo habían quedado solamente tres personas en la calle: Angelina, el mendigo y ADELMAR X.. El mendigo gritaba:

 

"¡Kanabos, prunos, pomos, la preter!" (2)

 

Entre los dos lo hicieron callar, aunque el ruido de los carros y del arrastrarse de las babosas era ensordecedor y no se podía escuchar otra cosa. Los gritos del mendigo se ahogaban en la garganta misma del hombre.

 


 

 

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