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ADELMAR X. entró volvió a su casa. Encendió el
equipo de sonido y activó el distorsionador. Le gustaba escuchar la señal
de radio con interferencias, como si estuviera navegando en medio del
océano Pacífico en un velero pequeño y, desde allí, intentara escuchar una
radio de, por ejemplo, Laos. Pero solamente se captaban radios de Malasia.
En ese caso el sonido era apagado, distorsionado y no se podía entender una
sola palabra de lo que se decía. Esa clase de estaciones le gustaba
escuchar. Sin embargo, una vez más sonó el teléfono.
- Hola
- Hola ADELMAR X., soy yo de nuevo.
Otra vez percibió a través del teléfono ese
perfume, esa fragancia inconfundible.
- ¿Quién habla? Dígame, por favor.
- No hace falta que te lo diga, me conocés muy
bien y no entiendo cómo no te das cuenta de quién soy, ni siquiera por el
timbre de mi voz. ¿Ya me olvidaste acaso?
- No,
no es eso, no puedo olvidar a alguien que no sé quién es. Sería como perder
algo que nunca se tuvo. No se puede olvidar lo que no se conoce, así como
tampoco se puede afirmar que es imposible decir que uno conoció realmente a
alguien si después lo olvidó. Y a usted la tengo muy presente, créame.
Todavía es muy temprano como para que se convierta en un recuerdo, y mucho
más temprano aún como para que sea un olvido. Usted es mucho más que eso,
usted es algo tan real, que el tiempo no puede deteriorarla, ni modificarla
con nubes grises de mala memoria. Usted es lo de ahora. Usted puede ser mi
salvación. Pero no sé quién es.
- Quizá no verme sea lo que mejor te puede pasar.
Podés idealizarme como más te guste, podés pensar que soy aquella novia de
la infancia, o una prima que conociste en algún viaje. O también, el
presagio de alguien que vas a conocer. Podés imaginarme hermosa, de piernas
largas y ojos de gata. ¿Qué más puedo pedir? ¿Qué es mejor, eso, o
conocerme y saber finalmente quién soy y perder la magia de imaginarme?
- En general, la idealización de lo que no se
conoce es agradable, pero quisiera conocerla.
- Ya te dije, me conocés muy bien. ¿No recordás
este perfume?
- Si, claro que lo recuerdo.
- Bueno, como ayer fuiste a Arual 647, segundo A,
y no me encontraste, hoy no te voy a dar ninguna dirección para que me
busques. Pero por favor, buscame. Estoy sola. Como vos.
La tarde caía una vez más en la ciudad. El ácido
anímico activado continuaba haciendo efecto en la muchedumbre que se agolpaba
feliz en la esquina de Zar y Belgrano para observar a un equilibrista
caminar sobre los cables de teléfono produciendo, cada tanto, fogonazos al
contacto de una varilla de metal de mango aislado contra los
transformadores de corriente eléctrica instalados a unos cuatro metros de
altura. Cada fogonazo provocaba el grito sorprendido de la gente. ADELMAR
X. miraba todo el espectáculo por la ventana, le parecía increíble que les
llamara la atención semejante cursilería. Conocía perfectamente la causa,
pero no entendía como él se mantenía aparte de esa alegría colectiva. Sin
embargo, había algo (probablemente algún efecto colateral del ácido) que lo
obligaba a seguir mirando. Entre el griterío de la multitud aparecieron más
artistas callejeros, al parecer estaba todo organizado como para que al
momento en que la gente comenzara a agolparse, salieran subrepticiamente de
entre ellos otros artistas que, mientras realizaban sus actos, solicitaban
dinero al público. De repente apareció un grotesco personaje, vestido de
verde, de muy baja estatura y fuerte risotada, que incitaba a la gente a
hacer palmas para acompañar a una niña de unos doce años que, trepada a un
mástil de bandera de uno de los edificios cercanos, cantaba una tonada
campesina, que en el coro decía: "El otro lado no existe / no hay praderas soleadas /
lo único lo único real / es lo que se ve y no lo que se vio". El
hombre de verde saltaba alocadamente de un lado a otro, incitando al
público a cantar. A medida que se acoplaban nuevas voces, la melodía
inicial que cantaba la niña se tornaba en una especie de marcha guerrera.
Mientras tanto, el equilibrista producía con su bastón más y más fogonazos,
semejantes a fuegos de artificio de muy baja calidad. El cielo, ya negro y
sin estrellas, era un perfecto fondo para los fuegos, de un amarillo vivo.
ADELMAR X. salió a la puerta para ver un poco
mejor. Todo era normal, salvo que en un claro entre la muchedumbre, a lo
lejos, contra una persiana metálica cerrada, estaba el mendigo azul. Esta
vez se encontraba sentado con las manos en la cabeza, hablando con alguien.
Se acercó un poco más. Lo sorprendió reconocer a Angelina en la mujer que
estaba con el mendigo.
ADELMAR X. no escuchaba la conversación, pero los
veía gesticular como si fuera una fuerte discusión más que una charla. Se
acercaban las 9 de la noche y, como siempre ocurría los domingos, en esos
momentos el ataque de las babosas gigantes era inminente. Sabiendo esto, la
gente se fue dispersando de la esquina y el equilibrista bajó en silencio,
inclinó el torso a modo de saludo y se retiró súbitamente. En las calles
cercanas se escuchaba el ulular de los carros de defensa que patrullaban el
sector.
En poco tiempo habían quedado solamente tres
personas en la calle: Angelina, el mendigo y ADELMAR X.. El mendigo
gritaba:
"¡Kanabos, prunos, pomos, la preter!"
(2)
Entre los dos lo hicieron callar, aunque el ruido
de los carros y del arrastrarse de las babosas era ensordecedor y no se
podía escuchar otra cosa. Los gritos del mendigo se ahogaban en la garganta
misma del hombre.
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