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Novelas > Rebelión de uno

Capítulo 4  

 

Mientras el portero entraba y cerraba la puerta con un golpe brusco, el mendigo se movió levemente, acomodándose para dormir. Estiro una pierna y casi toca a ADELMAR X..

 

El pie, descubierto de ropa y cubierto de costra, era azul.

 

ADELMAR X. caminó entre los restos de residuos orgánicos aún no recolectados.

 

En la esquina, alumbrados por un reflector muy potente instalado sobre el techo de un edificio bajo, cuatro jóvenes jugaban con un balón. Era un juego muy particular y al parecer bastante divertido, por las carcajadas y las exclamaciones que se escuchaban. ADELMAR X. pasó por la vereda de enfrente y los observó de soslayo. El balón debía ser dirigido con los pies o las manos hacia una de las alcantarillas abiertas de la calle, por donde emanaba un intenso humo blanco a muy alta presión, en intervalos de 3 a 5 segundos. Cuando el balón entraba en la alcantarilla se consideraba convertido el tanto, pero la parte divertida era cuando el humo blanco expulsaba al balón y lo elevaba unos tres metros en el aire y la pelota debía ser atrapada por los jugadores. Este humo era expelido por unos compresores ígneos que habían sido instalados tiempo atrás en la ciudad para combatir la invasión de ratas y babosas gigantes que asolaban a las grandes urbes desde hacía ya un par de años, pero que hoy tenían un exiguo efecto sobre los invasores.

 

ADELMAR X. pasó por el jardín donde momentos antes la vecina regaba las flores. No había nadie y estaba todo vacío y oscuro. Las plantas, aún húmedas, estaban quietas.

 

Entró a su casa y se quedó más de tres horas esperando que aquella mujer lo llamara una vez más por teléfono. Se durmió junto al aparato.

 

Cuando despertó, hacia las 7 de la mañana del domingo, el teléfono emanaba un aroma a una fragancia conocida. En medio de la modorra de la mañana, pudo comprender que alguien quería comunicarse olfativamente con él. Acercó la nariz al receptor. Era la misma fragancia de la mujer de la noche anterior. La primer reacción fue la de contestar, para lo cual fue a buscar al dormitorio el desodorante en aerosol que habitualmente usaba, con el fin de enviar algunas ráfagas a través del teléfono. Pero justo en el momento en que iba a hacerlo, desistió. No quería mostrarse demasiado ansioso con aquella mujer.

 

Mientras tanto, fue a la cocina y se preparó un té de hierbas. Miró el reloj, las siete de la mañana y dos minutos. No podía entender que había hecho todo eso en apenas dos minutos. Quería que llegara la tarde, tenía algo planeado.

 

ADELMAR X. no le había dicho a nadie adónde iba a ir esa tarde. No esperaba que alguien reparara en su ausencia, siendo ese un domingo como cualquier otro, su día de descanso semanal, y que generalmente los domingos los pasaba solo. Sin embargo, era muy probable que luego, en la oficina, le preguntaran cómo le había ido el fin de semana, pregunta a la cual él nunca sabía responder demasiado bien. Entonces, haciendo uso de frases hechas y relatos algo confusos, hilvanaba una historia creíble, de un fin de semana de un muchacho cualquiera. Pero todo era una gran mentira: los fines de semana para él eran días atormentadores. Antes, algunos años antes de ahora, solía encontrarse con un grupo de reclutas y salían a matar babosas gigantes por los barrios bajos. En otras ocasiones salía a la calle, siguiendo la corriente que arrastraba a los jóvenes a clubes bailables en el cementerio interactivo, donde intentaban relacionarse con chicas. Pero a él le costaba demasiado comunicarse con otros, no porque fuera un joven ermitaño, o solitario, o tímido. Al contrario. Los demás podrían caratularlo de muchas formas, de las que la más dolorosa era imbécil, como le había dicho Lucía, luego de tres fines de semana de salir juntos. "Sos un imbécil" le dijo en medio de la pista de baile del ala sur del cementerio. Y se lo dijo sin preámbulos ni advertencias. De repente, se encontró sólo una vez más, entre las luces agudas y la música de moda, solo entre un enjambre de cuerpos vibrantes y húmedos, sólo.

 

Aquella noche, mientras salía del local bailable y caminaba por la senda protegida de la Avenida Domeq, esas tres palabras de Lucía le seguían taladrando la cabeza. Y cada vez más, cuanto mayor era el silencio de las calles vacías. Y esas tres palabras lo iban a acosar siempre desde allí en adelante, impidiéndole intentar un acercamiento a otra mujer, o al menos tomar una decisión siquiera, por miedo a equivocarse, quedar en ridículo y una vez más, ser un imbécil.

 

Pero esa tarde decidió que su vida iba a cambiar. Iba a hacer algo que hacía tiempo no practicaba: seguir a una mujer para conquistarla. Hacía un mes que la veía pasar por la vereda de enfrente de su casa, completamente vestida de negro y con un tul negro cubriéndole el rostro. A veces ADELMAR X. había caminado detrás de ella, respetando una buena distancia como para no ser detectado, y la había seguido hasta que ella se internaba en el cementerio interactivo. Todos los domingos, entrada la tarde, la mujer iba al cementerio interactivo, invariablemente.

 

Sacó de un viejo armario la máscara de teflón y se le puso en el rostro. Poco a poco, el teflón iba tomando la forma de su cara y corrigiendo algunos salientes de la piel estéticamente incorrectas. Sonó el timbre.

 

- Cómo le va, ADELMAR X., me pregunto si tendría un poco de clavo de olor. Es que estoy preparando una torta de aicul dulce y hoy está todo cerrado.

 

- A ver... creo que me quedó algo, espere un momento. ¿Cómo están las plantas?

 

- Muy bien, creo. Esta mañana las dejé que salieran a caminar un rato, siempre por la cuadra, sin cruzar la calle. Los gladiolos estaban felices. Las hortensias caminaban y no paraban de hablar. Pero pronto volvieron al jardín, buscando agua una vez más. Las pequeñitas consentidas no pueden estar más de un pequeño lapso de tiempo sin volver a clavar sus raíces en la tierra. Pero qué dóciles son. Cambiando de tema, ¿lo atacaron las ratas últimamente?

 

- Por suerte no. Acá tiene clavo de olor. La última vez fue el mes pasado, una noche que volvía a casa y fui sorprendido por tres especímenes medianos en el porche. Parecía que me hubieran estado esperando. Pero como siempre ando armado, enseguida saqué mi pistola de la cremallera y maté a dos, que cayeron muertas instantáneamente. La tercera escapó, pero en la calle fue interceptada por un carro desintegrador, que la evaporó en un instante. Gracias al desintegrador pude deshacerme rápido de los cadáveres, que sino, usted sabe, son muy pesados de transportar hasta el mar.

 

- Por eso es que tengo siempre a mis flores bien alimentadas. Las ratas no se acercan a los jardines, les tienen miedo, no pueden soportar a las plantas, que emanan esencia de felicidad a través de los pistilos. Pero no hablemos de eso hoy, vecino, que es un día tan alegre, tan radiante. No es momento de pensar en cosas negativas, mas bien disfrutemos este día.

 

- Desde luego, no pensemos - dijo ADELMAR X., no creyendo mucho lo que decía.

 

- Bueno, bueno, muchas gracias y hasta luego, ADELMAR X..

 

La vecina se despidió con una llamativa sonrisa. "Y no es extraño" pensó ADELMAR X., "el domingo siempre fue un día deprimente, pero desde que el gobierno habilitó el bombardeo racionado a la población con bombas de ácido anímico activado, hasta yo me siento feliz ahora, y no encuentro la razón".

 


 

 

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