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Mientras el portero entraba y cerraba la puerta
con un golpe brusco, el mendigo se movió levemente, acomodándose para
dormir. Estiro una pierna y casi toca a ADELMAR X..
El pie, descubierto de ropa y cubierto de costra,
era azul.
ADELMAR X. caminó entre los restos de residuos
orgánicos aún no recolectados.
En la esquina, alumbrados por un reflector muy
potente instalado sobre el techo de un edificio bajo, cuatro jóvenes
jugaban con un balón. Era un juego muy particular y al parecer bastante
divertido, por las carcajadas y las exclamaciones que se escuchaban.
ADELMAR X. pasó por la vereda de enfrente y los observó de soslayo. El
balón debía ser dirigido con los pies o las manos hacia una de las
alcantarillas abiertas de la calle, por donde emanaba un intenso humo
blanco a muy alta presión, en intervalos de 3 a 5 segundos. Cuando el balón
entraba en la alcantarilla se consideraba convertido el tanto, pero la
parte divertida era cuando el humo blanco expulsaba al balón y lo elevaba unos
tres metros en el aire y la pelota debía ser atrapada por los jugadores.
Este humo era expelido por unos compresores ígneos que habían sido
instalados tiempo atrás en la ciudad para combatir la invasión de ratas y
babosas gigantes que asolaban a las grandes urbes desde hacía ya un par de
años, pero que hoy tenían un exiguo efecto sobre los invasores.
ADELMAR X. pasó por el jardín donde momentos antes
la vecina regaba las flores. No había nadie y estaba todo vacío y oscuro.
Las plantas, aún húmedas, estaban quietas.
Entró a su casa y se quedó más de tres horas
esperando que aquella mujer lo llamara una vez más por teléfono. Se durmió
junto al aparato.
Cuando despertó, hacia las 7 de la mañana del
domingo, el teléfono emanaba un aroma a una fragancia conocida. En medio de
la modorra de la mañana, pudo comprender que alguien quería comunicarse
olfativamente con él. Acercó la nariz al receptor. Era la misma fragancia
de la mujer de la noche anterior. La primer reacción fue la de contestar,
para lo cual fue a buscar al dormitorio el desodorante en aerosol que
habitualmente usaba, con el fin de enviar algunas ráfagas a través del
teléfono. Pero justo en el momento en que iba a hacerlo, desistió. No
quería mostrarse demasiado ansioso con aquella mujer.
Mientras tanto, fue a la cocina y se preparó un té
de hierbas. Miró el reloj, las siete de la mañana y dos minutos. No podía
entender que había hecho todo eso en apenas dos minutos. Quería que llegara
la tarde, tenía algo planeado.
ADELMAR X. no le había dicho a nadie adónde iba a
ir esa tarde. No esperaba que alguien reparara en su ausencia, siendo ese
un domingo como cualquier otro, su día de descanso semanal, y que
generalmente los domingos los pasaba solo. Sin embargo, era muy probable
que luego, en la oficina, le preguntaran cómo le había ido el fin de
semana, pregunta a la cual él nunca sabía responder demasiado bien.
Entonces, haciendo uso de frases hechas y relatos algo confusos, hilvanaba
una historia creíble, de un fin de semana de un muchacho cualquiera. Pero
todo era una gran mentira: los fines de semana para él eran días
atormentadores. Antes, algunos años antes de ahora, solía encontrarse con
un grupo de reclutas y salían a matar babosas gigantes por los barrios
bajos. En otras ocasiones salía a la calle, siguiendo la corriente que
arrastraba a los jóvenes a clubes bailables en el cementerio interactivo,
donde intentaban relacionarse con chicas. Pero a él le costaba demasiado
comunicarse con otros, no porque fuera un joven ermitaño, o solitario, o
tímido. Al contrario. Los demás podrían caratularlo de muchas formas, de
las que la más dolorosa era imbécil, como le había dicho Lucía, luego de
tres fines de semana de salir juntos. "Sos un imbécil" le dijo en
medio de la pista de baile del ala sur del cementerio. Y se lo dijo sin
preámbulos ni advertencias. De repente, se encontró sólo una vez más, entre
las luces agudas y la música de moda, solo entre un enjambre de cuerpos
vibrantes y húmedos, sólo.
Aquella noche, mientras salía del local bailable y
caminaba por la senda protegida de la Avenida Domeq, esas tres palabras de
Lucía le seguían taladrando la cabeza. Y cada vez más, cuanto mayor era el
silencio de las calles vacías. Y esas tres palabras lo iban a acosar
siempre desde allí en adelante, impidiéndole intentar un acercamiento a
otra mujer, o al menos tomar una decisión siquiera, por miedo a
equivocarse, quedar en ridículo y una vez más, ser un imbécil.
Pero esa tarde decidió que su vida iba a cambiar.
Iba a hacer algo que hacía tiempo no practicaba: seguir a una mujer para
conquistarla. Hacía un mes que la veía pasar por la vereda de enfrente de
su casa, completamente vestida de negro y con un tul negro cubriéndole el
rostro. A veces ADELMAR X. había caminado detrás de ella, respetando una
buena distancia como para no ser detectado, y la había seguido hasta que
ella se internaba en el cementerio interactivo. Todos los domingos, entrada
la tarde, la mujer iba al cementerio interactivo, invariablemente.
Sacó de un viejo armario la máscara de teflón y se
le puso en el rostro. Poco a poco, el teflón iba tomando la forma de su
cara y corrigiendo algunos salientes de la piel estéticamente incorrectas.
Sonó el timbre.
- Cómo le va, ADELMAR X., me pregunto si tendría
un poco de clavo de olor. Es que estoy preparando una torta de aicul dulce
y hoy está todo cerrado.
- A ver... creo que me quedó algo, espere un
momento. ¿Cómo están las plantas?
- Muy bien, creo. Esta mañana las dejé que
salieran a caminar un rato, siempre por la cuadra, sin cruzar la calle. Los
gladiolos estaban felices. Las hortensias caminaban y no paraban de hablar.
Pero pronto volvieron al jardín, buscando agua una vez más. Las pequeñitas
consentidas no pueden estar más de un pequeño lapso de tiempo sin volver a
clavar sus raíces en la tierra. Pero qué dóciles son. Cambiando de tema,
¿lo atacaron las ratas últimamente?
- Por suerte no. Acá tiene clavo de olor. La
última vez fue el mes pasado, una noche que volvía a casa y fui sorprendido
por tres especímenes medianos en el porche. Parecía que me hubieran estado
esperando. Pero como siempre ando armado, enseguida saqué mi pistola de la
cremallera y maté a dos, que cayeron muertas instantáneamente. La tercera
escapó, pero en la calle fue interceptada por un carro desintegrador, que
la evaporó en un instante. Gracias al desintegrador pude deshacerme rápido
de los cadáveres, que sino, usted sabe, son muy pesados de transportar
hasta el mar.
- Por eso es que tengo siempre a mis flores bien alimentadas.
Las ratas no se acercan a los jardines, les tienen miedo, no pueden
soportar a las plantas, que emanan esencia de felicidad a través de los
pistilos. Pero no hablemos de eso hoy, vecino, que es un día tan alegre,
tan radiante. No es momento de pensar en cosas negativas, mas bien
disfrutemos este día.
- Desde luego, no pensemos - dijo ADELMAR X., no
creyendo mucho lo que decía.
- Bueno, bueno, muchas gracias y hasta luego,
ADELMAR X..
La vecina se despidió con una llamativa sonrisa.
"Y no es extraño" pensó ADELMAR X., "el domingo siempre fue
un día deprimente, pero desde que el gobierno habilitó el bombardeo
racionado a la población con bombas de ácido anímico activado, hasta yo me
siento feliz ahora, y no encuentro la razón".
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