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ADELMAR X. apuró el paso y en pocos minutos estaba
en el frente del edificio sito en Arual 647. Un mendigo, tirado en un
costado de la puerta de acceso, pedía limosna lastimosamente extendiendo la
mano. Evidentemente había sido víctima de algún ataque de babosas, porque
la mano extendida, al igual que el resto visible de su cuerpo, tenía una
fuerte coloración azul marina. Las uñas estaban completamente negras, y la
piel corroída por años de suciedad e intemperie. Estaba cubierto de una
infinidad de trapos parecidos a bufandas, con los que envolvía el tronco y
prácticamente todas las extremidades. El cuello también permanecía
cubierto, hasta la mandíbula inferior. Su cabeza estaba protegida con una
especie de casco de motociclista, y no se les veían los pies, recogidos
debajo de sus nalgas, en posición de buda. Apenas se le veía una estrecha
parte del tórax, los pies y la mano derecha extendida, azul y callosa.
ADELMAR X. sacó una moneda y se la entregó. El
mendigo hizo un leve movimiento con la cabeza, una reverencia sutil: una
demostración de agradecimiento pero no de obsecuencia. El casco reflejó la
luz de neón, emitiendo un brillo que molestó apenas a ADELMAR X..
El mendigo habló, con la voz debilitada con el
esfuerzo de hablar:
- Dank'al sinjoro. Zorgi la senco kaj kulturi la
kialo. La birdo cantin (1)
- De nada. Yo también sé porqué los pájaros
enjaulados igual siguen cantando. No se preocupe, ellos no lo saben.
Dicho esto, ADELMAR X. le quitó la vista de encima
y se olvidó inmediatamente de su presencia. Por la calle se acercaba una
máquina recolectora de plástico, haciendo su rutina de despejar el lugar de
todo plástico que fuera desechable. Más tarde, pasaría la máquina
recolectora de papeles y cartones, y detrás la de residuos orgánicos, si es
que esa noche había tiempo. A ADELMAR X. no lo molestaban estas presencias
mecánicas continuas, a pesar de que el ruido que hacían era insoportable.
Él era un ciudadano honesto y, aunque no se sentía comprometido con su
medio social, sí asumía el compromiso con sus congéneres, y sabía muy bien
que había que respetar a los que hacían la ingrata tarea de recolectar
residuos.
Tocó el timbre del portero. Un hombre, probablemente
el portero, salió a la puerta, observó de soslayo al mendigo, que se había
dormido y respiraba con dificultad, miró a ADELMAR X. y le dijo:
- ¿Sí? ¿Qué desea?
- Buenas noches. Tengo que ir a visitar a alguien
en el Segundo A. ¿Puedo pasar?
- En el segundo A no vive nadie, que yo sepa.
Aunque seguramente alguien vive. Ese departamento está en alquiler desde la
semana pasado, cuando fue dejado por un matrimonio europeo que se fue.
- Pero no puede ser, acabo de hablar con la
persona que vive allí.
- ¿Cómo se llama esa persona?
- No lo sé.
- ¿Ve? No lo sabe porque no está aquí, y usted ni
siquiera sabe con quién habló, y yo agregaría que, por su aspecto
desencajado, tampoco sabe con seguridad si habló con alguien. Pero espere,
espere, no se ofusque, no se ponga nervioso. Mire a este mendigo, aquí
tirado. Él sí que podría tener motivos para quejarse, sin embargo no lo
hace. Lo suyo, señor, comparado con este despojo, es una nimiedad
intrascendente.
- Pero debo encontrar a esa persona. ¡Era una
mujer!
- Claro, y hoy es sábado a la noche y usted anda
solo, completamente solo. Pero le voy a decir algo, usted me cae bien, y le
voy a confesar que... Le mentí, allí vive alguien, pero tengo la orden de
no mencionarlo. Allí vive...
El ruido de la máquina recolectora de papeles y
cartones que en ese momento pasaba por el frente del edificio aturdió a
ADELMAR X., que no escuchaba en absoluto lo que le decía el portero.
- ... los muertos. Vaya rápido. Es probable que
allí la encuentre.
- ¿Adónde?
- Ya se lo dije y no lo voy a repetir. Buenas
noches.
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