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ADELMAR X. colgó con tranquilidad, al menos ahora
tenía la dirección donde debía ir. La televisión seguía emitiendo su
quejido electrostático. Los fogonazos blancos se reflejaban contra la
oscuridad de la pared opuesta, en penumbras. Tomó el control remoto e
inició un zapping frenético. Se detuvo de pronto en la propaganda de un
aparato hidráulico para adelgazar. Mientras una joven muy bella y un
muchacho con los músculos del abdomen excesivamente marcados hacían
gimnasia, una voz en off decía "aproveche el momento de la lluvia de
autoestima para modelar su silueta".
ADELMAR X. fue hasta la cocina, el ruido en el
interior de la alacena había disminuido. Ahora era apenas un golpeteo
esporádico, algo así como una ventana que, sometida a la agitación por el
viento, choca azarosamente contra el marco.
Entonces, como le ocurría cada vez con más
frecuencia, la mente le brindó una pequeña distorsión de la realidad, algo
así como una ensoñación: las cosas comenzaron a licuarse, a derretirse, y
ADELMAR X. Tuvo un recuerdo difuso: una prostituta que conoció en su
naciente adolescencia. Aquella mujer cuyo rostro no podía focalizar pero sí
imaginar, un rostro redondo y oscuro, con sus ojos brillando en la
oscuridad de la habitación, su espalda encorvada y su mirada ausente, iba
acercándose a él con un recipiente de agua en sus manos... Le vino a la
memoria esa imagen como una ráfaga, y de la misma manera se esfumó entre la
espiral de colores ocres que dominaba su visión.
El llamado de alguien a su puerta lo devolvió a la
realidad. Se quedó en silencio por un momento, fingiendo que no había
nadie. Alguien volvió a golpear la puerta, lo hacía en tresillos sobre un
ritmo de 4X4 algo lento. ADELMAR X. estaba esperando esa presencia, sabía
que iba a ocurrir. Miró el reloj de la pared de la cocina: las 12 en punto.
Aplastó su cuerpo contra la heladera y se quedó paralizado, casi sin
respirar. Con los oídos agudizados, escuchó detrás de la puerta unos pasos
que se alejaban. Entonces se tranquilizó, el sujeto se había ido. Estaba
seguro de que se trataba de una rata, que acostumbraban atacar a la
población haciéndose pasar por personas. Se puso la campera amarilla y
salió a la calle, no sin antes mirar a derecha e izquierda con el fin de
verificar que no había peligro alguno.
Caminó unos pasos hacia la avenida Gales. Una
vecina, en plena noche, estaba regando las plantas del frente.
- Hola vecino, ¿se va de paseo?
- Sí, pero no en realidad. Voy a encontrarme con
alguien, y ya se me está haciendo un poco tarde.
- Bueno, en ese caso, no lo molesto. Lo único que
le pido es que, mientras esté usted aquí, parado frente a mi casa, se
coloque un poco más hacia la derecha, así no obstruye el acceso del agua a
las plantas más lejanas. Y no quiero molestar a mis pequeñas para que se
acerquen, a esta hora las pobres están durmiendo y no quisiera
despertarlas. Ya sé que no es asunto mío, pero no puedo dejar de mostrar
curiosidad acerca de ese alguien a quien usted hace referencia. No tiene
nada que ver con un interés personal, no crea que a mi me interesan
demasiado sus cosas, y dicho esto en el buen sentido, pero sí me parece un
poco extraño que usted sea citado a esta hora, cuando la noche es casi
madrugada y cuando ya la lluvia de ansiedad no tiene prácticamente efecto. Claro,
usted se preguntará y entonces qué hago yo, a esta hora, regando las
plantas. Bueno, exactamente eso: riego las plantas. No hay horario para un
acto de amor.
- Eso mismo digo yo, no hay horarios, no hay
tiempo. Todo es una repetición de lo mismo, hasta el infinito. Pero es
difícil de entender lo que digo, hasta para mí mismo.
- Es cierto, cuando uno es reflexivo y se comporta
como tal, es muy difícil que pueda entenderse a sí mismo. Los psicólogos
llenaron libros durante años con esto, pero ni en los días previos a su
eliminación pudieron ponerse de acuerdo, ni siquiera en el siguiente punto:
¿es la mirada introspectiva un acto narcisista?. Yo creo que algo tiene de
eso. Aquel que se esconde de los otros y se justifica en el hecho, conocido
solamente por él, de que nadie puede entenderlo, ya que nadie está a la
altura de su inteligencia, o de su vuelo intelectual, no es más que un
narcisista lamentable. Estas personas creen que, aparte de él, los otros
genios ya están muertos o bien sólo existen en lugares muy lejanos, en
países recónditos de los que nos llega una información manipulada. Pero
jamás van a aceptar que esas personas son tan estúpidas como cualquiera de
nosotros, o como él mismo. Ahora discúlpeme, lo molesto una vez más,
quisiera regar los gladiolos. Pero no sé para qué le hablo de esto, es
sábado a la noche y usted seguramente desea encontrarse con alguien, y yo
le hago perder el tiempo justo aquí, en la penumbra de mi jardín.
- No se preocupe, todavía es temprano para mí, se
trata de un encuentro prácticamente atemporal. Debo ir a Arual 647, segundo
A, tengo que encontrarme con alguien, pero, a decir verdad, no recuerdo de
quién se trata. Sé que es una mujer, al menos por la voz. Hablé por
teléfono con ella hace apenas un rato.
- Esa mujer es una caja de sorpresas. ¿Habló con
usted sin presentarse?. Pero... ¿se suponía que usted hubiera debido
conocerla por el sonido de su voz o por su olor? Seguramente se trata de
alguien muy conocido por usted. Lo que sí puedo asegurar es que ella a usted
lo conoce. Pero vaya, hombre, no pierda más tiempo, corra a su encuentro ya
mismo. Arual queda a doce cuadras de aquí. ¡Apúrese!
- Está bien. Adiós.
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