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El golpe con la mano plana sobre un costado del
televisor mejoró la señal. Ahora las imágenes eran más reconocibles, aunque
aún algo borrosas. ADELMAR X. se sentó en el sillón y se puso a jugar con
la bola táctil. Tomó el jarro con cerveza, apoyó la cabeza contra uno de
los apoyabrazos, levantó los pies y los puso encima del otro apoyabrazos.
En ese mismo instante la señal televisiva comenzó
a fallar de nuevo, convirtiendo a la pantalla en una lluvia de serpentinas
eléctricas.
"Las 12 de la noche del sábado", pensó,
y se secó el sudor de la cara con el dorso de la mano. La lluvia de
ansiedad inducida en la noche anterior iba perdiendo efecto en las
personas. Terminó la cerveza y se puso de pie. Un ruido al menos extraño le
llamó la atención desde la cocina. Era algo así como un cosquilleo, como si
algún animal (¿sería una rata?) estuviera hurgando en una de las alacenas.
Luego, otro sonido de la calle, quizá algún automóvil en marcha, acompañaba
al chillido monótono de la televisión. Hacía mucho calor para ser todavía
agosto. Pensó en ir a pasear a la rambla, a imaginar el mar a través de la
Gran Empalizada "28 de Julio", una construcción de hormigón de 8
metros de altura que cercaba al mar en toda la ciudad, desde el extremo sur
en Punta Ninfas, hasta la playa Las Grutas al norte.
Fue hasta la ventana y observó la calle. Un auto
importado de Malasia con las luces encendidas aguardaba en la esquina de
Zar y Belgrano. Una mujer salió desde uno de los edificios y se metió
apurada en el auto. En un instante, con un sonido profundo y grave, el
automóvil emprendió la marcha, dejando una huella convexa en el
asfalto-espuma, que pronto volvería a su forma original.
Solamente las luces de neón coloreaban el gris
opaco del entorno de edificios. Cerca, en la esquina recién abandonada por
el auto importado, dos perros buscaban restos de alimento sintético en unas
bolsas negras de basura. Quedaban pocos perros en el mundo, y los pocos que
aún sobrevivían estaban condenados a la irremediable extinción.
Aquella escena de los perros contrastaba de tal
modo con la del automóvil, que no pudo evitar un estremecimiento.
En ese momento sonó el teléfono. Como era su
costumbre, ADELMAR X. lo dejó sonar durante unos segundos antes de atender.
El auricular olía a perfume francés. Después de cuatro timbrazos, atendió.
- Hola
- Hola ADELMAR X., estoy sola en casa, ¿venís?
- Sí, enseguida voy para allá.
Apenas colgó se dio cuenta que no sabía con quién
había estado hablando. La voz le era familiar, pero no podía determinar a la
persona, aunque los sonidos que salían del auricular tenían también algo de
mecánico. Sonaba casi como la voz de una antigua novia de su adolescencia,
de la cual hacía tiempo no sabía nada. "Se casó y tiene tres hijos.
Vive en España, creo que en Vigo, o en Mallorca" le había comentado un
amigo tiempo atrás. Recordando esto, ADELMAR X. descartó la posibilidad de
que fuera aquella mujer. Fue hasta el dormitorio para vestirse. Mientras se
calzaba el último zapato, pensó que podría tratarse de alguna compañera de
la oficina. De ellas sí que conocía todos los nombres, eran unas chicas
adorables, siempre bien vestidas y arregladas, yendo con papeles y carpetas
de aquí para allá todo el tiempo, atendiendo teléfonos que no paraban de
sonar, siempre con una sonrisa en la boca y los ojos plenos de vitalidad.
Sí, era probable que fuera una de ellas, pero no sabía cuál. En realidad no
podía ser alguna de ellas, era seguro, dado el evidente desinterés de ellas
hacia él, que ni sabían de su presencia en la oficina.
Mientras se dirigía al baño a darle los últimos
retoques a su cabello, el teléfono sonó nuevamente. Esperó al cuarto
timbrazo y atendió.
- Hola
- Hola, ¿ADELMAR X.?
- Sí, él habla.
- Soy yo, de nuevo, apurate, son casi las 2 de la
mañana.
- Bueno, pero... ¿me das la dirección, por favor?
- Te espero en casa, Arual 647, segundo A.
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