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Farfisa calculó a toda velocidad y mentalmente los
días que llevaba frecuentando a María, efectivamente era probable que fuera
suyo, si es que basamos a la probabilidad no en el liso cálculo estadístico
que con métodos sumamente exactos podría probar fácilmente que la
probabilidad de que el o los hijos de María, por lo menos el o los que en
ese momento estaba gestando, fueran o no de Farfisa. Esta probabilidad
sería infinitamente pequeña dada la gran cantidad de hombres potencialmente
padres que deambulan por esta populosa ciudad de la que María no salió al
menos en los últimos meses y que María, como madre, hay una sola. Luego la
relación uno a muchos que se da entre María y los potenciales padres de los
hijos de María dejaría a Farfisa casi con la misma posibilidad de ser el
padre como un espermatozoide de Farfisa la tendría de ovular si Farfisa
fuera efectivamente el padre. Pero hablar de un espermatozoide de Farfisa
en particular sería entrar en un terreno
infinitamente improbable desde el momento en que
ya es improbable que Farfisa fuera el padre. En este caso estaríamos ante
un probabilidad infinitesimal que bien podríamos resumirla como cero.
Ahora bien, descartando de todos estos hombres de
la muestra a aquellos que no pasaron ni cerca de María, entonces sí se
incrementa la probabilidad. Si consideramos a M como María, n a la cantidad
de padres potenciales que hay en la ciudad, s la cantidad de veces que
Farfisa y María tuvieron relaciones sexuales, E[f] a la cantidad de
espermatozoides media eyaculada por Farfisa en un coito, E[n] a las cantidades eyaculadas por todos
los potenciales padres y C[n] a la cantidad de relaciones sexuales
extramatrimoniales mantenidas por los mismos en los últimos meses, podremos
calcular P(hF) (la probabilidad de que el hijo de María fuera de Farfisa)
de la siguiente manera:
P(hF) = ( E[f] * s / ( ( E[n] / C[n] ) * n) ) * M
Luego, considerando que E[n] / C[n] equivale al
promedio de los volúmenes eyaculados por todos los potenciales padres y
suponiendo que Farfisa es un padre potencial, tal como fuera asumido en la
hipótesis, podemos suponer:
E[f] = E[n] / C[n]
y cambiar la ecuación a la siguiente:
P(hF) = ( E[f] * s / E[f] * n ) * M
Siendo que s es, en este caso, mayor o igual a 1
pero no mayor que 7 (las veces que María y Farfisa se relacionaron
sexualmente, según recuerda Farfisa como máximo, pero no puede determinar
el mínimo, aunque sí sabe que es por lo menos 1), el límite de P(hF) tiende
a cero cuanto más grande es n, pero si restringimos el valor de n a la
cantidad de hombres con las que tuvo relaciones María en los últimos meses,
este valor es 1, es decir que n = Farfisa = 1. Esto si le creemos (si y
solo si) a María que jura y perjura que solamente anda con Farfisa.
Entonces, si reemplazamos en la ecuación a n por 1 y a s por 1 (el límite
inferior de s, condición necesaria y suficiente para la demostración),
tenemos:
P(hF) = (E[f] * 1 / E[f] * 1) * M
Como fue mencionado en párrafos anteriores, no hay
razones aparentes para suponer que hay más de una María, si fueran varias
Marías estaríamos ante un complejo problema de probabilidades múltiples
combinadas. Si hubieran habido dos Marías, por ejemplo, Farfisa bien
hubiera podido embarazar a ambas, con lo que entonces sería padre en ambos
casos aunque haya embarazado en primer lugar a la primer María y en segundo
a la segunda o viceversa, ya que el orden de los embarazos no altera la
paternidad.
Tampoco hay evidencias de que hubieran habido dos
Farfisas; si así fuera deberíamos establecer por convención que el bebé de
María es mitad de uno y mitad del otro, originándose de esta manera una
correspondencia inyectiva pero no sobreyectiva entre el embarazador y el
embarazando (Teoría sexual de conjuntos, Laurentz - Schweitzewscky, pag.
235, Addison - Wesley, Glasgow 1971, 2da. edición).
Pero, como dijimos antes, al menos en este caso,
María hay una sola y Farfisa también hay uno solo, con lo que la ecuación
se simplifica sustancialmente.
P(hF) = (E[f] * 1 / E[f] * 1) * M ==> P(hF) =
(E[f] * 1 / E[f] * 1) * 1 ==>
P(hF) = E[f] * 1 / E[f] * 1 ==> P(hF) = E[f] /
E[f] ==>
P(hF) = 1
¡Es uno!, ¡la probabilidad es uno! - gritó
contento Farfisa - ¡El hache de efe es uno! - volvió a gritar Farfisa ante
la mirada tónita de María, que en un instante se transformó en atónita
cuando quien suscribe, Nacher Carlos Alberto, el cronista de esta historia,
se dio cuenta que esa palabra estaba mal escrita y no tenía como corregirla
sin imprimir de nuevo la hoja que la contenía y se había quedado sin tinta
en el cartucho de la impresora, y ya que tenía que salir a comprar un
cartucho nuevo para imprimir esa página, aprovechó y le encajó un montón
más de palabras que necesitaba para estirar el cuento y que alcance con
este y no tener que ponerse a escribir otros para rellenar.
¡Es uno! - y dale con "es uno", Farfisa
se estaba poniendo pesado y no era para menos, había comprobado que, si le
creía a María, el hijo era suyo exactamente.
- Puede que sean mellizos, Far - dijo María,
aplicando toda su intuición de madre primeriza.
Esta suposición confundió un poco más a Farfisa,
que intentó retomar los cálculos anteriores pero aplicando la ecuación a
dos haches de efes (una compleja extensión del teorema polinomial de la
paternidad de Laurentz - Schweitzewscky), mas enseguida desistió porque no
tenía ni lápiz ni papel a su alcance. Aunque luego, más tarde, se decidió a
verificar a través del cálculo si realmente esos dos bebés eran suyos, eso
en el caso de que fueran dos. Pero dada la complejidad extrema de la
demostración, preferimos no ponerla en este punto del relato para no
alterar la secuencialidad del mismo yéndonos por las ramas.
En realidad, Farfisa recurrió al viejo método de
inducción matemática a partir de la reciente demostración, que establece
unívocamente que "Si Farfisa es el padre de 1 hijo de María (lo cual
ya fue comprobado) y se demuestra que también es el padre de n+1 hijos de
María, entonces Farfisa es el padre de n hijos de María, para todo n dentro
del conjunto N de los números naturales, considerándose, en consecuencia,
como naturales a todos los hijos que tenga María con Farfisa. Luego, en
caso de que ambos decidieran realizar una adopción, bastaría con definir a
n no dentro del conjunto de los números naturales sino dentro del conjunto
de los números adoptivos, con lo cual el teorema podría aplicarse sin
inconvenientes, de la misma manera que en el caso anterior" (Laurentz
- Schweitzewscky, "200 ejercicios de álgebra sexual", pag. 24,
Ediciones Anastasia, Kiev 1977)
Cabe aclarar que este método no es aplicable en el
caso de que se efectuara una fecundación in vitro o con madre subrogante.
En ambas situaciones caeríamos en un error, ya que partiendo de las
siguientes premisas:
"Todos los hijos subrogados de María tienen
padre"
"Todos los hijos in vitro de María tienen
padre"
"Farfisa es un padre"
concluiríamos en la siguiente tautología falsa
(por Ponendo Ponens de la tercer premisa en la primera y la segunda):
"Farfisa es el padre de todos los hijos in
vitro y/o subrogados de todas las Marías"
y en la siguiente inversión de la prueba (por Tollendo
Tollens de la cuarta en la primera y segunda):
"No todos los hijos in vitro o subrogados de
Farfisa son de mujeres llamadas Marías"
Ambas afirmaciones son, evidentemente una falacia
(ver "Refutación de la lógica sexual aristotélica extendida la la
lógica estoica", Laurentz - Schweitzewscky, edición del autor, Oslo
1969, pag.380, caso 231: "[No [los No hijos de Farfisa No son de las
No [No mujeres] No llamadas María] o [No [No Farfisa]]] : un error común en
la lógica sexual precristiana, ya que si María hubiera dicho 'No Farfisa',
Farfisa no hubiera tenido ni SubFarfisas ni SubMarías provenientes de
Marías, cualquiera sea la entidad femenina procreadora que hemos dado en
llamar de manera arbitraria María").
Pero detengámonos aquí. Todo lector que esté
interesado en la demostración de la veracidad o la falacia de la afirmación
"Farfisa es el padre tanto de uno como de dos o más hijos de María,
independientemente del método de concepción", puede consultar el libro
"Cálculo sexual infinitesimal y sus derivadas polidimensionales"
(Addison-Wesley, Boston University, 1974) de los mencionados autores.
Pero por el momento Farfisa se pone contento con
la noticia. No sabe bien cómo expresar el grado de alegría que le producía
la novedad, así que se decide por esbozar una sonrisa y correr como loco a
abrazar fuertemente a su amada, que la tiene al lado y tomada de la mano.
Así, Farfisa logra llegar a una determinación
científica de su paternidad, pero ésta aún no lo satisface.
Farfisa, a pesar de haberlo comprobado, decide
recurrir a su infalible artilugio: arrojar la moneda. La tira al aire, la
moneda da varias vueltas de 360 grados (independientemente si se tratan de
grados Celcius o Kelvin, igual hace calor). Gira sobre su eje imaginario,
su punto de gravedad, hasta ser atrapada audazmente por la mano derecha de
Farfisa. Al tomar la moneda, Farfisa eleva la mano derecha con la palma
hacia arriba y abierta, mientras prepara el dorso de la izquierda unos 20
cm por debajo de la derecha. Gira la mano derecha 180 grados aprisionando a
la moneda en la palma por obra de la inercia del envión dado hacia arriba a
dicha mano en momentos previos. Antes de que la fuerza de gravedad venza a
la de la inercia, Farfisa ya tiene a la moneda golpeando de plano sobre el
dorso de la mano izquierda. Queda ahí, quietita. Farfisa descorre la
derecha y acerca la cara (de él, no de la moneda) a la izquierda (estaba un
poco oscuro). Mira.
Sale cara.
¡¡Es mío, es mío!! Grita Farfisa, totalmente
enamorado de María a esta altura de la vida.
Sin embargo, no logra sacar la vista de los
vigilantes con crema pastelera, aunque en verdad no tenía hambre.
María, mientras tanto, no sabe qué es lo que está
pensando. Solamente sabía que pensaba Farfisa cuando contaba de 20 a -20 en
secuencia descendente, método que utilizaba Farfisa cada vez que se
encontraba con algún problema o pseudo-problema que no tenía solución
aparente.
- Deberíamos ir al ginecólogo - dijo María,
instantes después de ser liberada por Farfisa de un abrazo que podría haber
provocado la muerte de María si Farfisa no hubiera controlado a último
momento su alegría disminuyendo la intensidad del abrazo. Vale decir que su
subconsciente generó instintivamente una pequeña dosis de tristeza que fue
transmitida como una orden cerebral que a través del sistema nervioso llegó
a los brazos de Farfisa ordenándoles aflojar un poco.
- Si sale cara – concluyó Farfisa.
Fueron al ginecólogo, quien se dispuso a
revisarlos uno por uno y a los dos juntos.
Usted no está embarazado
¿Está seguro?
Sí.
Esto se ve ampliamente confirmado por el hecho de que usted no tiene útero,
por lo tanto el bebé no es suyo
- Y si no es mío, ¿de quién es?. Mire, yo no voy a
andar perdiendo el tiempo con usted, que yo soy el padre de mi hijo ya está
perfectamente comprobado, no me venga con pavadas ahora.
- Tiene razón, señor. Solamente el padre sabe
realmente quién es el padre. A veces lo sabe también la madre, pero no
siempre. Pero si usted lo dice, no hay ninguna necesidad de revisar a su
esposa.
- Novia
- ¿Novia?. A, no. No voy a andar revisando a gente
que no está casada como corresponde. Lo siento mucho, pero les debo
solicitar que abandonen el recinto a la brevedad posible.
Se van. Farfisa piensa, como siempre.
“Ni siquiera los adelantos tecnológicos más
adelantados de la ciencia nos dan las suficientes respuestas para abolir
estas inquietudes segregacionistas enquistadas en lo más profundo de
algunos conciencias de inconscientes.”
Observemos un poco el paisaje para tratar de
establecer mentalmente la imagen de esta situación:
Enfrente, coreanos venden ropa en un shopping
inaugurado hace un par de años. Un poco más allá, para el lado del mar,
pero a la vuelta de la esquina, unos chicos se amontonan en la puerta de
una casa de juegos de video. En las esquinas, carteles con fechas
memorables: 28 de Julio y 25 de Mayo, que sirven para recordar la historia
de esta pequeña parte del planeta y, a la vez, como complemento para tratar
de denominar de alguna manera a las calles que dichos carteles representan.
Luego, negocios con inclinación turística redundan en toda la cuadra,
salpicados con breves kioscos y en la esquina, un edificio nuevo: será otro
shopping pero más paquete.
Cruzando apenas la avenida, se desata un inmenso
manto líquido azul, que para nosotros, por lo menos, es el mar. Bajo este
manto, una gran variedad de peces, algas, moluscos vivalbos y cetáceos de
gran porte, luchan por la supervivencia.
En este contexto, digamos sobre el mar, a un par
de metros sobre el nivel de éste y a unos 300 metros de la orilla ahora que
hay marea alta, Farfisa camina con María, tomados de la mano.
Se siente atraído por la mujer, pero intuye a lo
lejos que esta atracción puede tener sus consecuencias, sobre todo en lo
respectivo a la moneda. Farfisa es una persona que desde muy chico decidió
encaminar su vida a lo que una moneda le aconsejara. Así, antes de tomar
una decisión, tiraba la moneda al aire.
A partir de esta actitud se lo puede acusar con
razón de inseguridad, de indecisión, de no asumir las responsabilidades y
ocultar sus miedos detrás de la azaroza tirada de una moneda. Pero para él,
esto es mucho más que ocultar defectos: es un modo de vida, un buey of
laif, un estilo. Gracias a la moneda, pudo hacer cosas que nunca se hubiera
animado de otra forma. También hay que reconocer que perdió oportunidades
únicas, cuando tiraba y salía seca. Pero esto no lo hace ni más ni menos
que nadie, todos perdemos oportunidades en la vida, de alguna u otra
manera, y todos alguna vez ganamos algo, aunque no nos acordemos.
Pero ahora, se plantea para él una situación
inédita, que no se esfuma ni contando varias veces de 20 a -20: iba a tener
al menos un hijo.
¿Será el momento de dejar de usar esa moneda
angustiante y liberadora a la vez? ¿Será ahora?
En la vida, dicen, a casi todos les llega el
momento de sentar cabeza, de tomar decisiones más prácticas y que nos
encaminen hacia una paz socio-económica que nos permita asegurar a medias
el futuro nuestro y de nuestros hijos.
Farfisa Asecas piensa de nuevo. Se imagina
correteando por las playas del golfo con su descendencia, sonriendo en el
umbral de una casa de dos pisos y bonito jardín mientras María llega del
shopping en un auto flamante.
Mira alrededor. La panza de María va creciendo, es
tangible.
De inmediato, se decide. Va a guardar la moneda
para siempre. De ahora en más su vida será signada por pasos firmes y
analizados, formará una familia tipo. Basta de monedas, se acabó la timba.
Todo concluye al fin, nada puede escapar. ¿Y porqué? Porque todo tiene un
final, todo termina.
Pero todo final inevitablemente da lugar a un
nuevo comienzo, a un nuevo principio. Cada fin de carrera significa el
inicio de otra. Así, nos vemos corriendo siempre detrás de algo. Pero sin
doblar en las esquinas, siempre hacia adelante.
Pasaron los años, y las cosas fueron cambiando,
menos para las bardas eternas que se levantan en silencio majestuoso frente
a las costas del Golfo Nuevo, que ni envejecen ni rejuvenecen; que están
más allá del mezquino destino del humano: son inmortales.
Y así fue pasando el tiempo, hoy María y Farfisa
tienen una familia de buen tamaño, digamos estándar, y cada uno un empleo
que les permite vivir de una manera cómoda aunque no libertina.
Los niños van a la escuela, estudian inglés y
hacen deportes. Y tiene dos perros.
Qué le vamos a hacer, así es la vida. Farfisa, con
los años, se aburguesó. Y se hamburguesó también, ya que ahora pesa 25
kilos más que en épocas anteriores, cuando tiraba la moneda y doblaba en
cada esquina para cualquier lado, sin importarle, o mejor dicho, muy
curioso de lo que se iba a encontrar detrás de cada esquina misteriosa.
Ahora, los hijos están grandes, sanos, tiene una
familia feliz. Él también está feliz y es una persona responsable.
Sin embargo, cuando está solo, cuando nadie lo ve,
se va hasta la playa, una solitaria playa del Golfo Nuevo. En medio de esa
planicie amarilla rodeada de mar y bardas, muy a escondidas, cierra los
ojos y cuenta de 20 a -20, decrementando en uno a cada paso de la
secuencia, luego abre los ojos y todo desaparece, al menos por un momento.
Saca una vieja moneda de un peso acuñada quién
sabe cuando, la pone plana sobre el pulgar de la mano derecha, doblado y en
tensión sostenida por la base del índice.
Mira para todos lados, se asegura de que nadie lo
vea, estira al pulgar como un látigo y la moneda sale girando hacia el
cielo. Y queda suspendida en el aire, no se cae nunca más.
FIN
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