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A raíz de una de sus tantas caminatas binarias,
Farfisa llega a la esquina de un bar.
El solo de saxo se esfuma por la puerta de
cristal. Hay un grupo de personas que hablan animadamente recostados sobre
la barra.
El vértigo de la calle no deja pensar mucho.
Farfisa Asecas está allí, parado en la vereda con una moneda en la mano
derecha, sin saber si tirarla al aire o no.
Tiene que tomar una decisión difícil, y la única
alternativa que le queda es la moneda de un peso. "Si sale cara,
entro", piensa y ve pasar un micro de larga distancia color amarillo y
rojo que pasa cargado de gente y equipaje.
Hay mucha humedad y el calor agobia. Antes de
tirar la moneda, Farfisa decide volver a su casa, pero aún no hay nada
decidido (sin la moneda).
Esa mujer que pasó anoche por la esquina, ¿sería
rubia?.
Hay muchas alternativas de decisión en una ciudad,
una sola moneda no alcanza para nada. Farfisa sabe que las monedas, cuanto
más se las tiran al aire, más tienden a caer siempre del mismo lado. Y
entonces las leyes del azar se quiebran y el tirador sabe o intuye qué va a
salir; entonces el destino está fijo, no se lo puede cambiar. Es
ingobernable a pesar de la sabia decisión de una moneda tirada al aire.
Además, indefectiblemente hay cosas que no se
pueden resolver con el azar, hay cosas que dependen del azar de otros...
Enfrente, una plaza simula descansar.
Las estatuas se mecen suavemente con el viento. El
busto de San Martín mira con metálica seriedad a un punto imaginario del
espacio que lo entorna, su entorno espacial cercano. Un grupo de jóvenes
toca la guitarra, de a uno por vez. El que toca canta, porque sabe (a
través de un difícil entramado de nervios, venas y señales auditivas y
táctiles internas y externas) cuál acorde hay que hacer en el momento exacto
o casi exacto en que debe inflexar la voz para lograr una tonalidad acorde
con el acorde hecho.
Farfisa los mira de lejos, con la moneda en la
mano.
Se pregunta ¿será el momento de tirar por última
vez la moneda al aire y dejarla caer al piso sin mirar qué salió, y
entonces hacer lo que realmente uno quiere o debe hacer de una vez por
todas?
Este pensamiento denota que Farfisa Asecas se está
poniendo grande, maduro, viejo.
En ese preciso instante, un trueno trona en el
horizonte, segundos después, casi por azar, un relámpago relampaguea en
exactamente el mismo horizonte.
Por la plaza viene una mujer y se le acerca con
cara desesperante. Al llegar a un metro de distancia de Farfisa, le dice:
"¡Vos sos el culpable!".
Farfisa la mira, apenas balbucea "María, qué
hacés vos por acá".
Farfisa piensa, continuamente piensa, no pasa ni
un minuto de su vida sin que esté pensando en algo, a pesar de que la
moneda al aire lo ayuda un poco a no pensar tanto. Piensa: "Qué me
habrá querido decir María con eso de culpable... Tal vez esto se pueda
arreglar contando mentalmente desde 20 a menos 20 decrementando en uno cada
valor... A ver... 20, 19, 18, 17, 16, 15, 14..."
- ¡Estoy embarazada!
- ¿Quién? ¿Vos? ¡Pero si apenas nos conocemos hace
un año! (13, 12, 11, 10...)
- ¡Pará de contar, por favor!
- ¿Cómo sabés que estoy contando con el
pensamiento?
- Porque te conozco desde hace un año.
Las luces neónicas de la 28 de Julio comienzan a
encenderse. Cae la tarde suavemente, sin golpear a nada ni a nadie. Farfisa
y María siguen charlando, pero lo que dicen se esfuma tras la acelerada de
un interno de la línea Benítez, creo que era el 12. Sin embargo, Farfisa ya
va por el -8, -9, -10 y el problema no desaparece. Llega al -20, a duras
penas, tratando de atender lo que María le va diciendo y a la vez sin
soltar la moneda de la mano izquierda, guardada en el bolsillo del saco.
Pero María no desaparece. Sí desaparece el
Benítez, el busto de San Martín, los árboles, la plaza, el bar, la
municipalidad y todos los edificios de alrededor.
Se quedan solos. Los dos solos, María sola y
Farfisa solo. Terrible es la soledad, pero más terrible es la soledad
compartida...
Deciden caminar juntos, a raíz de una tirada de
moneda que salió cara.
¿Siempre va a salir cara con esta moneda?.
Farfisa se detiene frente a la vidriera de una
panadería, la toma a María del brazo para que no siga caminando, y se queda
mirando una fuente de vigilantes con crema pastelera y otra de bolas de
fraile con dulce de leche de repostería recién salidas del horno.
Este momento de reflexión es aprovechado por
Farfisa Asecas para tratar de establecer si realmente él es el padre del
niño/a que María menciona.
Para ello recurre a sus viejos conocimientos de
álgebra lineal y teoría de polinomios, aprendidos en antiguas aulas con un
olor particular que hoy no puede recordar. Aplica entonces el conocido
teorema de Laurentz - Schweitzewscky para el Cálculo Polinomial de la
Paternidad.
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