|
Esa misma mañana del día siguiente, María sale de
la casa que alquilaba en compañía de una amiga, una tal Lucy, rumbo a su
trabajo. Lo primero que hace en la vereda es esperar el ómnibus que la
llevaría a su habitual lugar de labores, una oficina emplazada en el centro
de la ciudad en el interior de un edificio de construcción centenaria y de
reconstrucción más vieja todavía.
Lo que hace después es encaminarse hacia la parada
del transporte público, pero ya lo está esperando desde antes de llegar. El
comportamiento de esta mujer importante es netamente instintivo y no se
escapa de los cánones habituales ni de las conductas adquiridas por las
personas y grabadas a fuego en los mismos genes de la especie, que les
ordena siempre que deben esperar algo antes de que llegue y no lo
contrario.
Mientras espera, revisa que en su cartera esté
todo bien: un lápiz labial, otro, una lima de uñas, otra, un desodorante,
un peine, unas toallas de papel suave y una pajita. Mira a la pajita que
oficiaba más como recuerdo de su amor que como elemento de utilidad
potencial en su estadía fuera de su domicilio y recuerda la noche aquella
en que había sido tan feliz, tan querida, tan amada, y balbucea en voz baja
para no ser escuchada desde lo alto "Farfisa... Amor". Cada letra
es suspirada correctamente y entre las siete primeras y las cuatro finales
exhala otro suspiro. La pajita es su tesoro más preciado, su único interés,
todo su amor se resume en esa simple paja. Esta ensoñación le hace perder
el colectivo, así que decide caminar, total estaba a una cuadra y media. En
su casa, Lucy duerme el sueño de los desocupados.
Va caminando cuando de pronto, así porque sí
nomás, se le antoja hacerle un regalo a Farfisa. Entra a una tabaquería y
le compra una caja de cigarros cubanos y una pipa. También era una pipería.
"Pipa, Farfisa". Le gusta sobremanera el inexistente juego de
palabras y se dice a sí misma (lo podía hacer ya que tenía tiempo de sobra
para perder) que a Farfisa le iba a encantar el regalo.
"Pipa, Farfisa,", "Pipa,
Papa", "Pipa, Papa, Pupa, Popó", "Pipa, Papa, Pupa,
Popó... Papá". Al pronunciar para adentro esta última palabra largó
todo, lo cual es una manera de decir, porque no soltó ni el bolso ni la
pipa ni los cigarros ni la pajita pero sí largó la necesidad de su
empleador de que asistiera en tiempo y forma al trabajo, la verdad que no
largó nada y así como estaba se autodespachó a paso vivo hacia la casa de
él. En el trayecto pensó varias veces cómo iba a decirle lo que le tenía
que decir, diciendo las cosas con una dicción que fuera bien dicente. Luego
de varias cuadras se le ocurrió una fórmula que seguro Farfisa entendería.
Ya en su vivienda, Farfisa decide salir al
encuentro de su amada. Pero primero debía vestirse de otra forma, no era
prudente salir a la calle otra vez ataviado de esa forma, principalmente
porque no sabía si ya había terminado el desfile policíaco. Se mira al
espejo del ropero y se avergüenza al verse de esa manera, se acerca un poco
y se avergüenza más, se aleja unos pasos y se avergüenza menos, pero no
podía quitar el vergonzamiento de su cerebro superior. Lo corrió al
inferior, al hemisferio derecho y luego al izquierdo, pero seguía
avergonzado. Por ende, decide que debía modificar la indumentaria. Se pone
un sombrero de paja que tenía guardado de unas lejanas vacaciones en Punta
Lara y ahora sí, más conforme, se apresta a salir.
Antes, Farfisa miró a su alrededor. Este recinto
era realmente una basura. Lo único ordenado era la jaula de la lora, que
permanecía ofendida y deshojaba girasoles. El resto, sus mínimas
pertenencias, se encontraban desparramadas a lo largo del habitáculo de
manera tal que parecían muchas más de las que realmente eran. Un reloj de
pie de madera arcaica, legado de su abuelo, daba la hora sin cesar desde
varios años ha.
Atrasaba bastante, Farfisa no podía precisar
cuánto, se trataba de un reloj muy viejo. Marcaba exactamente la hora de
hoy al tiempo de ahora, pero varios días antes, eso era lo que no se podía
precisar. El espejo manchado de una sustancia dorada en los laterales
devolvía una imagen distorsionada de Farfisa.
La sinuosidad y el relieve no plano de la
superficie bruñida no mostraban la realidad. Era un espejo falso, mentiroso
y exagerado. Vista a través de él, la realidad era un departamento feo,
chico, horrible, sucio, desordenado, habitado por un ser solitario,
desprolijo, triste y paranoico. Todas eran falsedades, porque como Farfisa
sabía, la realidad era mucho peor. A veces el espejo mostraba otra de las
múltiples realidades figuradas como las que se pueden apreciar a simple
vista cerrando los ojos. El espejo mostraba chaparrones blancos. Inmutable
decía en silencio ser el dueño de la verdad y apenas era un inquilino de la
mentira.
Así que lo siguió mirando y quiso creerle. Su
propio espejo no podía ser absorbido también por la debacle publicitaria
televisada.
Ahora, en tiempo presente, deja a un costado el
espejo, al costado visible del ropero, y va a salir.
En ese instante, cuando su mano diestra coge el
picaporte de la puerta, golpean del lado opuesto. Es María que llega
jadeante.
- ¡Farfisa! estoy... - le dice María ve el rostro
de su amado a contraluz por el resplandor que entraba del ventanal que
servía de habitáculo a la lora. Ve el lado derecho, que comienza a dibujar
una mueca de asombro. Sin embargo, el lado izquierdo dibuja una expresión
de sorpresa irreflexiva. El centro de su rostro dibuja otra cosa pero
bastante desdibujada. No contesta, está con la boca abierta y aflora a la
superficie de su semblante un viejo tic nervioso casi olvidado consistente
en guiñar el ojo derecho abriendo desmedidamente el lado izquierdo de la boca.
María se acerca y le dice al oído "te traje un regalo". "Yo
también" responde Farfisa y le muestra la lencería nueva. María saca
la pipa y los cigarros que tenía en sus manos llenas de transpiración
ocasionada por la corrida a paso vivo reciente.
- Pipa
no uso pero cigarros sí, gracias.
- Bombacha no uso pero corpiño sí, muchas gracias.
Farfisa se quita el corpiño y se lo da, no así la
bombacha, no tenía sentido por el momento y por otro lado le disimulaba
bastante bien la pierna ortopédica.
- Bueno, en ese caso, aprovecharé para utilizar la
trusa, que no me aprieta.
- Bueno, ese otro caso, aprovecharé para usar la
pipa, que tampoco.
- ¿No te parece que la lora merece también algo? -
María no podía evitar ser un alma caritativa y esto le traía penosas
consecuencias y se la miraba como a un bicho raro, más raro que la lora,
que era un bicho muy común.
- Bueno, - contesta la lógica absoluta de Farfisa
- en ese caso, voy a la ferretería a comprar unas lamparitas que se
quemaron. Ya vuelvo.
Atemporalidad 2
(Este párrafo que dura lo que dura la compra de la
lamparita puede haber ocurrido acá o antes, cuando Farfisa salió por
primera vez en el día de su casa)
En la ferretería lo atiende un dependiente del
dueño. A un costado, en la caja está el propietario, que es independiente
del dependiente.
- Deme una lamparita de 100 watts - irrumpe
Farfisa.
- Aquí tiene y no hay devolución
- ¿Cuánto es?
- Un peso - dice el dependiente
- Un peso - replica el independiente
Farfisa saca un billete de dos pesos y paga. Al
salir del negocio ve que enfrente hay otra ferretería, lo cual le despierta
una gran curiosidad. Cruza la calle, a fin de verificar si no había sido
estafado. Entra y pregunta el precio de las lamparitas de 100 watts.
"Un peso" le dice el cajero, a su lado está una señora realizando
la limpieza del piso y un poco más adentro alguien que por su apariencia
vivaz parece el encargado. Farfisa contabiliza tres personas en total, con
lo que concluye que en ese lugar le hubieran cobrado tres pesos por la
lamparita. Se retira sin comprar nada, feliz de haber hecho buenos negocios
en ambos establecimientos. Además, esta lamparita de pago doble puede tener
una doble aplicación, piensa, podría suplantar a dos lamparitas quemadas
(la del baño y la del pasillo), un día a cada una, por ejemplo. Era una
persona muy ahorrativa y no acostumbraba a malgastar el dinero en cualquier
cosa o cualquier capricho que ocurriera por ahí, llevaba una estricta
economía autoinflingida al punto tal de que jamás iba a derrochar comprando
objetos no perecederos, ya que consideraba que aquello útil era lo que se
usaba y se tiraba, no lo que se usaba y reusaba, no lo que se tiraba y se
usaba, ni lo que se estiraba ni lo que se abusaba.
Sale de la ferretería y encuentra a alguien que
parece conocido.
Fin atemporalidad 2
- María, qué casualidad, vos por acá.
- Hola Farfisa, mi amor, salí a comprar unas
lamparitas para tu vivienda.
- A ver, dejame ver... - Farfisa observa hacia el
interior de la segunda ferretería, ahora no está ni la señora de la
limpieza ni el cajero - andá a esta que te van a salir más baratas.
En otro orden de cosas, Farfisa invitó a María a
tomar algo al pub Street Corn. Quedaron en encontrarse allí.
Ver atemporalidad 1.
Pero no, mejor no ver la atemporalidad 1 porque
Farfisa en ese preciso instante arrojó la moneda al aire y al caer cayó con
la cara opuesta a cara para arriba, por lo que no fueron a ninguna parte,
por suerte.
Un momento después, salió cara y se fueron a
Street Corn. Ver atemporalidad 1.
María lo escuchaba atenta, sentada de espaldas a
la gresca, cada momento era llenado por una renovada seguridad de que
Farfisa estaba hablando, una sensación no defraudada de que salían palabras
de su boca. No entendía el relato en medio de semejante bullicio, pero
Farfisa seguía adelante. Se acomodó el corpiño e hizo un paréntesis cuando
un vaso perdido le dio de lleno en el ojo de vidrio, que afortunadamente
era de vidrio pirex, muy resistente a golpes de diversa índole y a
temperaturas extremas.
Farfisa permanecía sentado de espaldas al vidrio
de un ventanal, dado que desde hacía tiempo no podía ubicarse en ningún
lugar público de espaldas a la gente por miedo a que alguien o algo lo
atacase por la retaguardia.
Creo
que debemos hacer una visita al ginecólogo concluyó el novio.
Andá
vos solo, mi amor, a mí me da un poco de miedo. Además, aún no te dije que
estoy embarazada suplicó
María.
Es
que si no vienes tú, amada, yo solo no soy nadie, peor aún, soy alguien sin
brazos, sin cerebro, sin ojos, sin piernas.
Finalmente decidieron que más tarde irían, ahora
no era el mejor momento.
Farfisa se levantó estrepitosamente de la silla
con una torpeza tal que la misma se balanceó un poco y cayó al piso
golpeando con el respaldo su pie bueno. El otro, de carne y hueso, no se
hizo nada.
El cielo estaba despejado a pesar de la lluvia
reciente. Ellos no se mojaron mucho salvo con algo de cerveza derramada
durante la pelea. La conducta del ser humano está inequívocamente
establecida por el entorno y como tal, María no abrió el paraguas hasta que
no hubieran salido del pub, siendo que la necesidad de paraguas era adentro
y no afuera. Pensó que era un poco ridículo abrirlo adentro sin embargo no
le pareció tal cosa una vez atravesada la puerta. Caminaron abrazados sobre
la lluvia ya que dicho fenómeno ya había ocurrido y como vestigios del mismo
solamente quedaban unos charcos mojados los cuales eran pisados
sistemáticamente por la pareja.
Cantaron "Cantando bajo la lluvia" pero
al revés, de atrás para adelante, debido a las circunstancias actuales. No
es una novedad decir que la lluvia a inspirado a más de un poeta en todas
las latitudes.
El caso de Farfisa es la excepción y no se aprovecha de esas pocas
gotas en la vereda para sacar alguna frase con contenido metafórico y
romántico a la vez. Con su sensibilidad poética exacerbada al mínimo en
esos momentos lluviosos, no le acaricia el oído con palabras que hablan de
la lluvia, dichas en voz baja, impostando la voz y haciendo muecas
moderadas. No dice nada.
Mientras tanto, la fuerza de gravedad que en estas
zonas casi a nivel del mar no es ni mucha ni poca empuja con pereza a las
gotas aferradas a los vidrios del bar. El agua, por su baja viscosidad y su
escasa tensión superficial se desliza suavemente sobre la bruñida y
vertical superficie transparente.
Algo poético no le decía Farfisa a su novia
mientras iban caminando cada vez más cerca, hasta fusionarse en una sola
entidad carente de significado en estado separado. El atardecer los
encontraba así, juntos. A una distancia prudencial de este episodio, una
señora que andaba con un pequeño dolor molar sale de su casa con paraguas
abierto y apuntando hacia adelante. No es que esta dama revista demasiada
importancia pero debemos aferrarnos a la veracidad de los hechos y no
falsearlos en nombre de una redacción más efectiva.
Pero las cosas ocurrían sin esperar a los
enamorados. Todo seguía su curso normal, es decir, el curso trazado por
algo así como el destino, una extraña entidad que está presente en cada
cosa que ocurre en esta dimensión y en otras menos conocidas y muy
estudiadas por la topología.
...
Pararon en un puesto de flores. Unos transeúntes
espejaban sus zapatos en algunos charcos callejeros y debajo de la acera,
en intrincadas rutas de desagotes cloacales y pluviales, unas ratas húmedas
olfateaban la maravillosa fragancia del aire post lluvia, impregnado de
cosas húmedas.
Otras, escudadas en su coloración agrisada contra
el gris opaco de la tarde y la ciudad, hurgaban en unos tachos de basura en
un callejón a 40 metros de la pareja. La pareja no percibió este detalle,
sí las ratas que viven en un estado continuo de atención. Alrededor de todo
esto, todo parecía seguir su curso normal, al menos en lo que respectaba al
mundo y al sistema solar.
Farfisa y María, como dos almas gemelas, se
detuvieron al mismo tiempo frente a la florista que en ese momento estaba
reordenando los ramos de flores que había tenido que esconder de la lluvia
reciente y así proteger a las flores del agua para que no se les ocurra
revivir.
Estaba pensando, buenos días, deme de esas flores rojas
No
son rojas, son rosas, buenas tardes
Bueno, finalmente lo que importa no es el color sino la intención, y
mi intención es muy floreada, digamos
Las
intenciones pueden ser todo lo buenas que quiera, pero siempre deben ir
acompañadas de hechos, aunque estos últimos no sean del todo los mejores.
Si no es de hechos, puede ser de helechos, de los cuales tengo algunos muy
buenos.
No
porque se los ve demasiado verdes y le dije que mi deseo era regalarle unas
flores rojas a la señorita que me acompaña. Y no quisiera dejar pasar esta
oportunidad sin recordarle que usted, como florista, debería recomendar lo
que es la base de su sustento, es decir, el resultado de una planta
florecida
Es
cierto, le recomiendo estos gladiolos o estas magnolias, o sino, estas
hermosas flores rojas pero que son rosas
No
sé, a ver
Farfisa entabla a partir de este momento una
extenuante observación de la mercadería de la florista hasta exasperar a la
misma y también a María, pero más que todo a las flores que cada vez más se
sienten observadas, miradas, analizadas y espiadas hasta el punto de
sentirse como si fueran
simples objetos y no como realmente son, ya que se trata de objetos
compuestos de varias partes que en su conjunto generan la percepción visual
y olfativa que definen a la flor, partes componentes de un todo indiviso
hasta que llega el deshojamiento irreflexivo del otoño o de la mano del
hombre.
Hay,
no sé qué hacer, no sé cuál elegir, mejor dicho, no tengo ninguna duda de
lo que voy a hacer: voy a dudar
Porqué no se apura don
exclama aburrida la florista que mientras esperaba la decisión del
cliente se había puesto una margarita en cada oreja, cuatro en el pelo, dos
en la nariz, dos en las axilas, una en el ombligo y practicaba un llamativo
paso de baile seudo griego bajo la luz tenue y blanquecina que caía como
rocío de un farol moribundo que alumbraba parcamente el puesto. Con esta
imagen, María no habló pero pensó en lo muy feliz que era.
¿Qué
dijo que me recomendaba?
Hay
amor, me gustan esas, esas y esas, pero la verdad, no quiero nada Por primera vez en toda la
sesión de compra María había abierto la boca, lo cual sorprendió a la
florista porque no conocía el
tono de su voz y todavía hay gente que se sorprende sanamente ante lo
desconocido.
Bueno, la verdad es que sigo dudando y ahora creo que no te voy a
comprar nada dijo
Farfisa.
La
duda es el principio elemental de la invención, la seguridad es el fin
intencional de la obra
dijo un gladiolo que andaba perdido en el montón.
Salieron con cuatro docenas de flores variadas
envueltas en un popurrí de colores pastel. La lluvia había parado pero el
cielo seguía nublado, ideal para dormir la siesta, pero aún no llegaba la
tarde, eran apenas las 10 de la noche y deberían esperar unas catorce horas
más para el descanso vespertino que está tan de moda.
Así, caminando distraídamente sin más cuidado que
el de mirar a los dos lados antes de cruzar la calle, como precaución
instintiva aunque la misma fuera de mano única, llegaron a la vivienda de
Farfisa. En la esquina, una escena reiterada día a día daba su función del
día de la fecha: alguien estaba sentado al borde del mostrador del puesto
de choripanes, era el dentista que estaba degustando un par de ellos,
aderezados con un chimichurri bastante picante basado en chiles, morrones,
pimienta negra, ketchup y ají puta parió. Nadie decía nada, las mandíbulas
del odontólogo hablaban por sí mismas emitiendo apenas unos sonidos
guturales que en general pasan desapercibidos pero que en ciertas circunstancias
son perfectamente identificados por el oído humano, sobre todo cuando se
mastica con la boca abierta. Las mandíbulas decían algo sencillo,
elemental, algo en un lenguaje casi onomatopéyico, un lenguaje que podría
ser definido sin lugar a dudas como regular, dependiente del contexto y
fácilmente representable por un autómata determinístico de estados finitos.
El parrillero rompió el silencio.
Disculpe, estimado cliente, pero son las 12 y cerramos. Tenga a bien
masticar más rápido o retirarse del establecimiento llevando consigo el
comestible por usted adquirido.
Epa,
epa, epa. Momentito. La paga por usted recibida no es sólo por el choripán,
es también por el asiento y por unos minutos de permanencia mía en el
recinto. Si está apurado aguante, espere, y asuma que el suyo es un notable
error de apreciación que llama la atención en alguien que hizo del
choripán, la silla y el tiempo la fuente de su sustento.
Tiene razón, estaba equivocado y sé perder, soy un buen perdedor.
Puede quedarse unos minutos más y no le diré nada.
Es
muy importante en la vida saber perder, pero más difícil es saber ganar.
Para saber ganar primero hay que ganar, lo cual
tiene sus vericuetos. Hay que ponerse a practicar mucho, repetir una y otra
vez los esquemas que supuestamente nos llevarán al triunfo, memorizar
mental y físicamente los puntos claves que nos lleven por el buen camino,
tener una postura ganadora y un espíritu avasallante dijo un ají.
...
- ¿Querés que nos vayamos de vacaciones al mar? -
pregunta Farfisa a una María contemplativa, sentada frente a la ventana que
da al balcón del novio, viendo pasar a la humedad de la calle a través de
un vidrio empañado.
- No sé, amor mío, es que no sé nadar muy bien y
le tengo miedo al agua -
- Entonces, ¿qué te parece si nos vamos a las
montañas? -
- Es que tampoco sé esquiar y las alturas me dan
miedo, Farfisa -
- Entonces, podríamos ir unos días al mar y otros
a la montaña, cuando estemos en el mar no vas a necesitar saber esquiar por
lo que podrías utilizar esta inhabilidad tuya para no accidentarte,
mientras que en la montaña podrías acudir al no saber nadar para no temer
al deslizamiento en esquíes. Luego, como consecuencia secundaria de estos
esquemas mentales propuestos, le perderías el miedo al agua (en la montaña)
tanto como el miedo a las alturas (en el agua). -
- Es que también le tengo miedo al cambio -
La lora, aferrada al caño soporte de la jaula,
escucha atentamente todo. No habla, pero en el interior profundo de su
subconsciente va almacenando una a una las palabras vertidas. Las va
registrando para enriquecer su vocabulario el cual estallará a los oídos de
todos en el momento menos pensado, subrepticiamente.
Farfisa se acerca al balcón, en un irreflexivo
movimiento visto en alguna película hollywoodeana de los 50, pone su mirada
en el vacío de enfrente mientras que con la mano aferra un scotch.
Mira. Los edificios, en movimiento continuo y
eterno, parecen estáticos. No hay grandes cambios desde que vive en esa
casa, hace ya tres meses. Algunas pequeñas diferencias poco sustanciales
como que la señora que ayer tendía la ropa hoy no la tiende, otra
consecuencia de la lluvia que amenaza con seguir. Mañana quizá sí vuelva a
ser todo como antes, cuando salga el sol y la vecina retorne al tendido de
ropa recién lavada, pero no, ni así seguramente sería igual, la ropa es muy
probable que será otra y el agua que la humedezca, definitivamente será
otra. Esto -pensó Farfisa- es otro peldaño sin retorno en la escalera sin
fin del tiempo. Nunca nada será igual aunque los humanos sigamos creyendo
que las cosas no van a cambiar, que todo está puesto quieto aunque
comprobemos a cada paso que no hay regreso, que el tiempo se termina, que
el tiempo es una desesperada abstracción y que en el fondo de las cosas, en
el último intento por contener al universo, el tiempo tampoco existe si no
fuera por los objetos, que son los únicos elementos que acreditan su paso.
La muerte, quizá, será una manera de detener el tiempo, al menos desde el
punto de vista mezquino de un pobre ser humano, pero el nacimiento, si bien
no lo detiene, es una forma probable de extenderlo.
- ¡María! -
- ¿Ah? -
- ¡Tengamos un hijo! ¡O dos! -
- ¡Ah! No es el momento de hablar de eso ahora...
Por otra parte, de vuelta en casa, la señora
intrascendente pone a freír la carne y mientras corta la lechuga en tiras
bien finitas prende el televisor. Luego de un primer momento de zapping
compulsivo para en la señal de canal 7. Está el noticiero de la noche. El
reportero da los datos del tiempo, que parece que va a seguir lluvioso,
aunque casi siempre yerran con el pronóstico y de repente anuncia un reportaje
al presidente de la Unión Argentina de Profesionales Independientes. Por un
momento suspende el corte de lechuga y voltea la cabeza hacia el receptor,
al escuchar una voz un tanto familiar. Al ver la imagen de un tipo medio
pelado y petiso con cara de degenerado, que el reportero presenta como el
Escribano Iberlucea, se le abre súbitamente la mandíbula inferior dejando
caer un hilito de baba que le mancha el cuello de la camisa, casi se corta
un dedo con el afiladísimo Gin Su y le vuelve aquel viejo tic nervioso ya
olvidado, pero que aflora en momentos tensos como éste. Sin poder
controlarlo se le empiezan a mover las orejas de atrás hacia adelante y los
ojos le bailan arrítmicamente dentro de las órbitas tan agrandadas que
parecen dos huevos fritos a punto de reventar. Suelta el cuchillo y pone más atención a la tele. Las
orejas se siguen contrayendo y expandiendo a gusto.
En casa de Farfisa la noche pasó, la mañana
también, y al día siguiente de la noche pasada...
Ver lo que sigue.
|