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Llegando a la esquina de Roca y Belgrano, Farfisa
se acomodó el sobretodo. Subió el cuello hasta el extremo superior de las
orejas, a fin de combatir con armas textiles el golpe de la ola polar. La
playa estaba completamente desierta a esa hora de la tarde. Estaba casi en
penumbras. Al pasar por una construcción sin terminar, lo sacudió una
ráfaga de viento frío que se filtraba entre las chapas que reemplazaban a
la puerta ausente.
En la esquina, rodeando al cordón de la vereda,
una película de hielo reflejaba las luces. Farfisa aminoró la marcha, el
riesgo de patinar era elevado. En estas condiciones, la ciudad se le
antojaba una gran heladera, es decir, se le antojaba eso pero no lo iba a
poder tener nunca, nadie es dueño de la ciudad, menos él, que apenas si
tenía una heladera.
Enfrente, un par de hombres charlaba
desanimadamente, sería por el frío, pero lo casi probable era que uno de
ellos le hablaba al otro, al tiempo que hacía unas horribles señas con los
dedos índice y mayor de ambas manos, queriendo representar que lo que decía
era entre comillas. Si era entre comillas, pensó Farfisa, mejor no decirlo,
porque lo que se dice entre comillas no es lo que se quiere decir, o, al
menos no exactamente. En esos casos, lo mejor es hacer tres señalamiento
con el dedo índice de una mano cualquiera, extendiendo dicho dedo mientras
los otros se cierran en forma de puño, queriendo simbolizar los puntos
suspensivos, es decir, no decir nada pero sugerir un vacío que puede ser
llenado con lo que el receptor del mensaje quiera. O mejor aún (que el
lamentable gesto de "entre comillas") sería ahuecar los brazos a
cada lado del cuerpo, para sugerir que lo que se dice es entre paréntesis.
Pero no. Lo que estaba de moda era el gesto "entre comillas", y
la gente utilizaba eso, no otro gesto. Pero para él era un gesto ridículo,
no como aquella histórica inclinación de cabeza de los bailes de antaño,
utilizada para sacar a bailar a una dama. Ese sí que era un gesto como la
gente.
Farfisa continuó, sin mover nada más que las
piernas, hacia el cruce de Roca y Gales. El frío no permitía hacer otro
movimiento, el clima no permitía otra decisión que no fuera no moverse o
bien moverse mucho. Iba a llegar y se iba a quedar esperando a María. Así,
a la intemperie. Caminaba y cantaba "Jelp, anid sombare" en un
claro intento de reminiscencia beatlemaníaca.
Llegó, y se apoyó contra una pared a esperar a
María.
Al cabo de un tiempo, cuando la noche llegaba a su
principio, María llegó.
"Hola Far, te quedaste esperando a pesar del
frío, amor mío. Qué feliz que soy, lo tuyo es loable. Yo te loo, y te loaré
siempre. Y no me va a importar que otras te loen, aunque te loaren, porque
mi loa será con el corazón."
"¿De veras lo harás, amada mía?"
"Sí. Te loaré."
"¿Y cuándo me lo harás?"
"Ahora mismo"
El resto de la charla no tuvo la suficiente
trascendencia como para ser reflejada en este artículo. Luego, la vida
continuó de la manera que ya todos sabemos, es decir, para adelante en el
tiempo y para los costados en el espacio. Pero mientras caminaban hacia el
café de la esquina, conversaron un poco más, María era muy amena, a pesar
de todo esto.
Quizá una charla entre dos no sea muy importante
para nadie, no se conocen demasiadas charlas entre dos personas que
hubieran tenido el peso suficiente como para torcer el rumbo de los
hombres; en cambio, sí se podría enumerar una infinidad de casos en los que
la decisión unilateral de uno solo, la decisión arbitraria de un solo rey o
dictador o presidente o emperador, hasta de un solo Dios, fue demasiado
importante para la humanidad.
Sin embargo, el hombre, y en este caso tanto María
como Farfisa, prefieren la comunión de hablarse y escucharse mutuamente a
la soledad de hablar sólo y tener que escucharse al mismo tiempo en que se
habla, con el consiguiente doble esfuerzo mental, a menos que uno se hable
solo pero no se preste atención, con lo que la comunicación consigo mismo,
desde un principio anodina, finalmente no exista y sea un elemento
contributivo más al concierto general de ruidos callejeros.
Por eso Farfisa prefería hablar con María, además
del hecho no desdeñable de que ella era bastante linda.
"María, no creas que esta espera fue algo
doloroso. No deberás loarme por ello. Al contrario, esperar a alguien en
una esquina a pesar del frío y el viento habla mejor del esperador que del
esperando. Podría argumentarse que la persona que espera es fiel a sus
compromisos, es responsable y no le importa perder parte de su tiempo en
una actividad en apariencia tediosa, a fin de lograr su objetivo que no es
más que seguir esperando hasta que el otro llegue (siendo el otro, bien una
persona, bien un evento, lo que sea: todo es esperable). En definitiva, el
que espera es una persona en la que se puede confiar. Quizá, en la
intimidad de sus pensamientos, el que espera desea solapadamente que el
otro nunca llegue, para que su espera sea algo más que una demostración de
hombría de bien, algo más que una simple buena acción: que sea la obra
cumbre de su honestidad. Que esa espera merezca mucho más que loas, mucho
más; que sea un ejemplo. Es probable que el que espera, bajo una incipiente
noche de frío polar y viento, desee algo más: por ejemplo, que llueva o
nieve, que el clima se haga insoportable a la intemperie. Pero no nos
confundamos: nunca nadie da algo por nada, ni nada por nada. El esperador
no es una excepción. Aunque el otro nunca llegue y la espera llegue a su
fin sin resultados positivos, ya sea por vencerse el plazo de gracia
establecido por el esperador, o bien por desmayo o muerte del mismo, la
espera nunca está de más, nunca se podría decir que la espera no sirvió
para nada. Al contrario, el fracaso de la espera no es tal en estos casos;
es justamente en ellos en los que la espera podría considerarse un éxito
rotundo. Un observador, un tercero que estuviera mirando al esperador
esperar, equivocadamente le tendría lástima o compasión, pensaría 'pobre,
lo dejaron plantado'. Nada más alejado de la realidad: el esperador ya
ganó, si de competir se trata, y cuanto más pasa el tiempo en estado
latente, apoyado contra una pared vacía de gestos y frente a una calle
gris, más se incrementa el resultado a su favor. Pero no conforme con eso,
el esperador espera que cuando el era esperado llegue, se disculpe por la tardanza,
elogie el comportamiento del primero por haberse quedado 'tanto tiempo
esperando por ella'. El esperador espera esto como un premio adicional del
que ya tuvo, del importante, que había sido la satisfacción personal de
llevar a la espera hasta las últimas consecuencias, llevarla hasta el fin y
lograr el objetivo con éxito. Como bien sabe el esperador, esto no ocurre
muchas veces en la vida. Por eso, María, creo ser merecedor de tus loas, y
me siento una buena persona. Pero tú, en tu condición de alguien que se
retrasó unos instantes, no te sientas mal, seguramente habrás tenido tus
razones, que por supuesto no voy a solicitarte".
Pasaron nuevamente por el lugar donde hacía un
rato estaban los dos hombres conversando. Ya no estaban allí, ahora se habían
metido en la confitería de la esquina. Uno de ellos, envuelto en una
bufanda marrón, seguía hablando y gesticulando. Ya no podía hacer el gesto
de "entre comillas", no tenía espacio para levantar los brazos,
tan pequeño era el espacio que los separaba de las otras personas sentadas
en mesas adyacentes. El de la bufanda hasta parecía vociferar, aunque
Farfisa no percibía las palabras desde afuera del local. El vidrio se
empañaba, formando un círculo brumoso alrededor del rostro del parroquiano
parlante, a cada aparente grito del mismo. La bufanda flameaba bajo los
movimientos de cuello que acompañaban, para enfatizarlos, a los gritos del
hombre. Al mismo tiempo, dos tazas de café humeaban sobre la mesa.
"¿Los conocés a esos dos, María?"
"No, aunque creo que el de la bufanda tiene
un hotel a unas cuadras de aquí. El otro creo que es el hijo o algún
pariente cercano, aunque, a decir verdad, no lo reconozco bien. Digo
solamente 'creo' que es un pariente cercano del hotelero, pero puede que no
lo sea en absoluto, que nada más sea alguien con quien el hotelero disfruta
gritándole o reprochándole algo, sin que nada lo justifique, porque bien
podría no tratarse de su hijo o algún pariente cercano, en tal caso es
obvio que un razonamiento simple no justifica el reproche. En definitiva,
Farfisa, no conozco al otro, solamente puedo inferir que se trata de algún
ser querido, por la forma en que lo trata. Al fin de cuentas, ahora dudo de
que el de la bufanda sea el hotelero, más bien se me ocurre que no lo es.
Lo siento, no puedo responder a tu pregunta, el vidrio está muy empañado y
no se puede ver nada en el interior del local, salvo un farol amarillento
que ilumina de soslayo a una máquina de café express."
"A mi me parece que puede tratarse del hotelero,
sin embargo, dejará de interesarme el tema en cuanto crucemos la calle y
perdamos de vista a la cafetería. Me hubiera gustado invitarte a entrar,
beber un café irlandés y de paso evitar el frío, pero ya ves, no puedo
detenerme en una situación así. Prefiero que vayamos a otro lado, si así te
parece también a ti. Hay un buen lugar doblando la esquina, donde sirven
unas deliciosas tortas galesas. Podríamos pasar a tomar un café con leche o
una leche chocolatada."
"De acuerdo, Far. Creo que será una buena
oportunidad para que hablemos tranquilos, aquí afuera no se puede."
“No. Mejor entremos sin hablar”.
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