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En un punto determinado de la ciudad, equidistante
de la parrilla y del consultorio, Farfisa y la importante se encuentran por
primera vez. O quizá no, partiendo de la premisa de que el mundo es un
pañuelo, quizá se hubieran cruzado infinidad de veces anteriores a ahora
pero no se vieron, lo cierto es que ahora, solamente ahora hasta ahora, se
cruzan y se ven. Al llegar al punto Farfisa primero la mira, tal como había
mirado a una docena de mujeres antes que a ella en el trayecto iniciado en
la última masticada de choripán, dada la necesidad de mujeres del sexo
opuesto explicitada por él mismo anteriormente en un acto de estúpida
redundancia. Había mirado a doce y había hablado con catorce. En última
instancia, como ninguna le prestaba atención, optó por hablarle a dos sin
mirarlas, o mirándolas de espaldas, pero tampoco le llevaron el apunte. En
cambio con esta mujer que acaba de encontrarse, la cual es sumamente
importante, Farfisa sentía en su interior que la cosa no era igual, que
esta mujer no era igual a las otras que había conocido en el camino, no,
ella irradiaba algo personal, algo difícil de explicar y de definir y que
para evitar dificultades de descripción y de lectura vamos a omitir por
ahora. Para dar una idea razonable de lo que irradiaba, digamos que Farfisa
sintió de inmediato amor. Fue como un amor a primera vista, pero para ser
más exactos voy a decir que fue a segunda vista, ya que la primera vez que
la vio sinceramente le pareció bastante fea. La segunda vez, a una
distancia de ella tan pequeña que podía oler su perfume y ante las
palpitaciones que se iban acelerando por orden de su aparato genital, se
enamoró, por supuesto.
A ella le pasó algo parecido, pero no igual. Lo de
ella casualmente fue un amor a tercera vista. Fue así porque era un poco
chicata y usaba unos anteojos que con la humedad ambiente, muy frecuente en
estas ciudades humedecidas por el ingreso de agua en distintos formatos y
desde distintos puntos del cielo, se le iban empañando hasta llegar a ver
las cosas nubladas, es decir, de la misma manera que las veía cuando no
usaba anteojos. Por lo que en estas noches de calor y humedad no tenía
ningún sentido llevarlos puestos salvo que cumplieran la función de un
elemento decorativo del rostro. Primero vio un bulto que se acercaba y no
se enamoró. Después vio un bulto que se detenía y se ponía al lado de ella
y tampoco. Recién a la tercera vez que levantó la vista pudo percibir que
su perfume (el de ella) se mezclaba con un extraño olor a choripán, se
acercó un poco más y vio un bulto mucho más grande y cercano, y ahí se
enamoró.
- Hola, ¿solita? - dijo Farfisa.
- En realidad sí, hasta hace un rato - dijo la
importante
- ¿Cómo te llamás? -
- María - dijo la importante María
- ¿Por qué? -
- Es un poco difícil de explicar para mí, que no
estaba en el momento en que mi madre, mi padre o ambos decidieron nombrarme
por mi nombre. Creo que por la virgen -
- Yo me llamo Farfisa Asecas, tampoco se bien por
qué, pero ya estoy acostumbrado -
- Hola Farfisa - Estas dos últimas palabras de
cuatro y siete letras sonaron no como cuatro y siete letras comunes y
corrientes sino como once suspiros con un suspirado silencio en el medio.
- ¿De dónde venís, adónde vas, vamos a tomar algo?
- preguntó Farfisa sin respirar entre medio.
- Pará, pará, que te creés, que yo soy así de
fácil. Vamos por partes. Despacio, que te voy a responder a cosas que
probablemente ya sepas. Vengo de allá como habrás inferido por la dirección
de mis pasos. Si querés saber algo más, vengo del dentista -
- ¿Y a qué fuiste? -
- No, a nada, no sé, estaba aburrida y me dije
"voy a ir a algún lado" así que sin pensarlo al rato estaba en lo
del dentista, ya que estaba ahí me hice arreglar una caries o dos. Después
me puse a charlar con una señora en la sala de espera, pero eso no tiene
importancia -
- ¿Quién, la señora? -
- No, la charla, la señora puede que sea o no
importante, depende de cómo se la mire o de cuál sea el grado de cercanía,
parental o amistosa, de la persona que la esté calificando. Además, por su
vestimenta clásica pero llamativa parecía bastante importante -
Luego de esta breve explicación de la charla entre
ella, que es importante y la señora sin importancia, María no contestó a
las dos preguntas que restaban, siendo considerado por él este acto como un
olvido y por ella como una forma de demostrar que no era nada fácil, que no
iba a ser para él pedir, por ejemplo, ir a tomar algo y ella lo iba a
aceptar sin reticencias, qué esperanza, no le iba a allanar el camino tan
fácilmente.
Se tomaron del brazo y ambos fueron a tomar algo.
Por unos instantes Farfisa olvidó que, como
siempre, llevaba la moneda de un peso en la palma de la mano izquierda.
En el pub hablaron de cosas, cosas como las que
siempre se hablan en una primera cita en la que, como nunca antes se habían
hablado ambos entre sí, tienen un montón de cosas para decir. Claro que
esto se da a veces, otras veces no se dicen nada de nada ya sea por timidez
o por respeto. En ambos casos estas parejas incipientes siempre fracasan.
Ellos, para no ser la excepción, hablaron. De la
vida, del costo de la vida, del valor de la vida, con las palabras debidas
dijeron frases de poco interés que les permitiera irse conociendo
mutuamente, lo cual fue facilitado por estas frases sin interés porque
ambos eran dos seres poco interesantes. Pero desinteresados.
Cuando Farfisa se puso a disertar sobre la vida de
los egipcios mientras hacía malabarismo con tres aceitunas de la picada que
previamente habían adquirido, arrojando una al aire y conservando una en
cada mano, intercambiando una con otra las tres, María lo miró y quedó
perpleja. "Este va a ser el padre de mis hijos" se dijo, y esta
vez esta autodicción, a diferencia de la de Farfisa que fue insulsa y egoísta,
tenía mucho más sentido, decirse esto a sí misma sí valió la pena, pues era
algo dicho sin pensarlo previamente, y es gracias a esto que los animales
viven así, en estado silvestre.
Mientras esto sucedía en el bar, una señora poco
importante mantenía la boca abierta sentada en un sillón de dentista con un
cuerpo extraño a su organismo haciéndole palanca en la mandíbula inferior.
Farfisa tenía una aparente molestia en su cadera,
en el costado más alejado de María, lo cual lo obligaba a reacomodarse en
el sillón del pub en que se encontraba sentado, esto lo llevaba cada vez
más cerca de María al punto tal que su aliento tibio empañaba notoriamente
los anteojos de ésta. Por lo tanto le era muy dificultoso a María verlo
acercarse, dificultad que se acrecentaba con la casi penumbra del interior
del restaurante, pero sí podía percibir que su fortuita pareja se le estaba
viniendo encima, ya que ahora era mucho más notoria la fragancia tan
particular generada por la combinación de su Charlie etiqueta azul y el
olor del choripán asado.
Los genitales de Farfisa cantaron a coro, el
izquierdo una tercera por encima del derecho. La tercera era menor a veces,
mayor en otros casos, dependiendo de cuál acorde debía cantarse y de la
posición de dicho acorde dentro de la escala de la armonía. Y todo esto
para no desentonar.
- Este... María, voy a intentar decirte algo -
- Bueno, hacelo - María trataba de identificar la
boca de la que salían las palabras y los choripanes en estado gaseoso, pero
no podía. Estaba cerca.
- La verdad es que cuando te vi, no sé, me pasó
algo, pero no... no... nada. Me da vergüenza -
- Te felicito -
- Por - Los genitales de Farfisa hicieron silencio
por un momento. Pero querían seguir cantando, estaban desesperados por
derramar muchas palabras armonizadas.
- Por haber logrado el objetivo de tu intento.
Esto demuestra que querer es poder. Vos quisiste decirme algo y ahí está,
sin preámbulos, me lo dijiste -
- ¿Y qué te dije? -
- Eso, que te pasa algo vergonzoso - dijo María
chupando sensualmente de la pajita del Martini seco.
- No, no era eso lo que intentaba decir -
- Entonces no hagas cosas que no quieras hacer. De
todas maneras, te felicito. Yo a veces no intento decir nada y eso es una
conducta demasiado pasiva y casi antisocial -
- Entonces - saltó Farfisa - tendrías que intentar
no decir nada y así lo lograrías, uno tiene que proponerse metas que sean
posibles, que estén al alcance de las posibilidades de uno y no trazarse
utopías que con seguridad luego desembocarán en frustraciones irreversibles
-
- Ahá - dijo María.
Luego se hizo un silencio absoluto que duró varios
instantes. Era un silencio apenas matizado por la música funcional del
establecimiento que estaba un poco alta, el ir y venir de dos mozos no muy
diestros en el manejo de la bandeja, unas fuertes risotadas de tres parejas
sentadas en la mesa de al lado, los gritos del diarero de la esquina, unos
automóviles que pasaban a toda velocidad por la avenida, dos colectivos con
evidentes señales de oxidación y ruptura parcial de los respectivos caños
de escape, el ruido de la pajita de María al sorber los últimos vestigios
del Martini seco, el ruido de la lengua de Farfisa intentando sacar de la
boca el cacho de chorizo que seguía apostado allí y la puerta que se abrió
para dar paso a alguien o álguienes.
- ¡María! - dijo Farfisa.
María no contestó con la voz pero sí con la
pajita.
- ¡María! - dijo Farfisa.
María contestó con los anteojos
- ¡María! - no dijo María
- ¡María! quiero besarte, acariciarte, abrazarte,
acostarme con vos, tener relaciones, casarme, ir a Brasil, tener televisor,
muebles, lavarropas, auto, sacar un crédito del banco hipotecario, tener
hijos, ser felices, pelearnos, envejecer, jubilarme, ¡morir y resucitar!
¡Decime que sí!! -
Ahora habló la cara de María:
- Querido Farfisa: a todo digo que sí, pero
besarte, por ahora no, ya que me dijo el dentista que no puedo besar a
nadie por el término de una hora y media y apenas hace una hora y cuarto
que salí del consultorio. Por lo demás no hay problema -
Ahora la pareja, abrazada, acariciada, acostada,
relacionada pero sin besarse, va rumbo a la vivienda de Farfisa. Entran y
se sacan todo. María se saca los zapatos, la ropa, los anteojos y la
pajita. Farfisa se saca los zapatos, la campera, el pulóver, los
pantalones, la camisa, la camiseta, el calzoncillo, las medias, la peluca,
la dentadura postiza, el ojo de vidrio y la pierna ortopédica. En la
oscuridad, se aman sin concesiones pero dándolo todo. También en la luz y
en la semipenumbra de la habitación. Simplemente, se aman sin pensar o pensando
en no pensar.
Después se duermen y se despiertan.
Por la mañana, Farfisa acusa un fuerte malestar
estomacal el que inmediatamente es atribuido al mal estado de los
choripanes ingeridos en la víspera y que están haciendo efecto justo ahora.
María va al baño y se percata que a raíz de la apasionada noche pasada y
contraviniendo las afirmaciones del dentista, se le ha salido el plomo de
la muela arreglada. Farfisa lleva su mano a la panza de él y se lamenta de
un agudo dolor. María lleva su mano al abdomen de él y lo consuela
"Pobrecito, ya va a pasar". A la vez, María lleva la otra mano a
su rostro, tomándose la parte de cara que cubre la muela deteriorada y se
lamenta de un grave dolor. Farfisa lleva su mano libre al rostro de María y
la acaricia. "No es nada" le dice. En esta posición la sombra de
ambos proyecta sobre la pared adyacente de la habitación un bonito florero
con abrazaderas.
Enojados, ambos se visten y van a quejarse a sus
respectivos dentistas y/o parrilleros. Quedan en encontrarse y verse ese
mismo día por la tarde, entendiendo como tarde las cinco de la tarde de
acuerdo al uso horario de la región en la que se encontraban, en cuyo caso
no podían equivocarse, ambos eran muy puntuales.
Farfisa llega primero a la parrilla, María llega
justo en el mismo momento al consultorio.
Farfisa dice con vos de agresivo:
- Buen día parrillero -
- Buen día, cómo le va -
- Mal, es decir, vengo a quejarme porque ayer
usted me a vendido unos chorizos en mal estado (o bien crudos), que me
cayeron de una forma no buena. Ahora me va mejor -
El trabajador gastronómico no percibió la sutileza
de este último comentario, asignado al hecho de que Farfisa, luego de haber
presentado su queja verbalmente y en voz alta, se sentía un poco mejor que
antes en los psicológico, mas no demasiado bien en lo físico.
- A mí no me venga con eso, se hubiera dado cuenta
antes, mi plazo de garantía ha vencido -
- Le aviso que el choripán estaba bien crudo, y
demostración de ello es que el mismo hablaba y, si mal no recuerdo, dijo
algo sobre conceptos tales como seguridad y creencia -
- Los chorizos nunca dicen semejantes cosas - dijo
el parrillero y miró de reojo a las ristras de chorizos colgados que lo
flanqueaban, que esta vez no dijeron ni mu (eran chorizos de cerdo).
- Sin embargo yo lo escuché, y ahora parece que me
está gritando desde el estómago. Además, tengo un pedacito incrustado en
una muela de las de abajo que se niega tanto a ser ingerido como escupido -
- ¡A no! ¡ahora también me va a culpar por eso!
Vaya al dentista y no me moleste más, por favor -
El dolor de estómago se agudizó y obligó a Farfisa
a salir disparado al baño de su casa, dejando trunco una vez más el diálogo
con el parrillero. Un poco más aliviado, salió de nuevo a la calle rumbo al
dentista.
María entró airadamente al consultorio a reclamar
por su muela.
- Estimado señor, doctor, aquí me tiene de nuevo.
Usted es un chapucero. Me dijo que podía besar luego de una hora y media y
mire, ¡mire! - María estiró con dedos la zona labial que obstruía la visión
de la muela cariada, detuvo la fuerza ejercida por sus dedos cuando el
labio superior estaba a punto de superponerse con su peinado y amenazaba
con invertir el sentido de la piel, dándose vuelta como una media tres
cuartos de hilo.
- Mmmm - dijo el doctor - a ver dígame, ¿a qué
hora se puso a chapar anoche? -
- Exactamente a las 11:45 PM de acuerdo a mi reloj
pulsera -
- Señorita, según mis registros usted salió de
aquí a las 10:33 PM, con lo que no respetó la restricción indicada.-
- ¿Le parece doctor? - María ya había desenroscado
el labio volviéndolo casi a la posición inicial.
- Si me parece, eso creo, pero no se preocupe,
ahora le voy a empastar la muela hasta reventar -
El profesional puso manos a la obra y en un
periquete María estaba como nueva.
- ¿Me va a quedar bien doctor? -
- ¿Que si le va a quedar bien? Mire, con este
arreglo le digo que ya mismo vaya a festejar comiéndose unos choripanes en
la fonda de la otra cuadra -
- Gracias doctor, Dios le bendiga -
María salió del edificio del consultorio y
emprendió el camino hacia la parrilla. Era sábado y no llovía.
Cerca de allí, una señora que no reviste la menor
importancia preparaba un pastel de papas con carne picada, huevo y
aceitunas, con encanto y fruición. Todo comprado en un supermercado, menos
los dos últimos ingredientes, que no se compran ni se regalan: son innatos.
Cocinar era una tarea que realizaba con amor y con mucho esmero. Ya no le
molestaba la molestia en la dentadura, si es que la tenía antes de ir al
dentista.
María iba para la parrilla. Farfisa iba para el
consultorio. Se cruzaron en el camino pero no se vieron, porque eran muy
veraces y cumplidores y se amaban mucho, entonces como habían quedado en
encontrarse y verse por la tarde, hubiera sido de muy mal gusto faltar a
esta promesa siendo que recién se conocían y comenzaba algo que parecía iba
a ser maravilloso, así que se cruzaron pero ni se encontraron ni se vieron.
Antes de llegar a su destino, Farfisa abrigaba la
esperanza de encontrarse con María allí mismo, tal era el lugar al que
había hecho referencia María antes de despedirse y como voto de confianza a
María y apostando a esta relación incipiente, Farfisa le creyó.
Lo mismo le ocurría a María, pero para no repetir
las cosas simplemente bastará que el lector reemplace en la oración
anterior el nombre "María" por "Farfisa" y viceversa
tantas veces como ocurrencias de dichos nombres existan en la misma.
Pero esto, por desgracia no ocurrió. Allí no
estaban ninguno de los dos y ni siquiera el parrillero confundió a Farfisa
con María ni el dentista a María con Farfisa. En apariencia, las
diferencias entre ambos eran notorias.
Un pastel de papas terminaba de cocinarse y el
dentista trató a Farfisa. A María también la trató el parrillero, pero en
este caso, a diferencia del primero, el parrillero le dio un trato
preferencial a María, dándole un choripán caliente, rojo y jugoso y
haciendo callar al resto de los chorizos colgados de un gancho que clamaban
por piedad y libertad, en una clara actitud revolucionaria que no venía al
caso porque nadie les había hecho nada, se quejaban de llenos.
Farfisa todavía conservaba en su cuerpo el aroma
del perfume fino de María, ahora salpicado con matices de pasta dental,
María ya no olía a perfume pero a la salida de la parrilla la acompañaba un
aterciopelado olor a chorizos asados. Cuando se encontraron, hacia las
cinco de la tarde, se tranquilizaron al ver que nada había cambiado entre
ellos, ni los rasgos, ni los sentimientos, ni el olor. Se abrazaron y se
besaron como locos y así pasaron el fin de semana.
Antes de continuar con el relato, propongo una
digresión que al menos es necesaria para no aburrir con la secuencia de
hechos lineales, aunque esto sigue en una rígida línea temporal. Si están
de acuerdo, paso a contar pequeños detalles anteriores al encuentro de
Farfisa y María. Si no, no cuento nada y seguimos con la historia central,
de esta manera jamás se van a enterar de que tanto María como Farfisa
habían nacido prácticamente de la misma manera, habían dicho las mismas
primeras palabras y habían comenzado a dar los mismos primeros pasitos de
bebé, que además eran muy parecidos uno con el otro, cada uno tenía dos
orejas, una cabeza, un torso, un cerebro y cuatro pares de zapatos. Que
ambos tenían sentimientos equivalentes, equidistantes y equiláteros y que
hablaban de la boca para afuera pero si eso es lo que quieren, quedamos así
y no les cuento nada del pasado. Además, María había tenido un novio y
Farfisa una novia, unos tales Rosualdo y Jazmín, pero no podemos afirmar a
esta altura de los acontecimientos quién era el novio/a de quién, tal es
como se han tergiversado los hechos después de tanto tiempo. Lo que sí
sabemos es que Farfisa había perdido a su novia en una de sus tantas
caminatas binarias. Estaban juntos y en una esquina a uno le salió cara y
al otro seca. Farfisa dobló a la izquierda y Jazmín a la derecha. Nunca más
se encontraron, a pesar de que Farfisa pasó meses tirando la moneda por
todas las esquinas. Se cree que Jazmín se fue con otro. Quizá la moneda de
Farfisa, sabia como pocas, determinó esta separación para hacer que Farfisa
siguiera otros rumbos, quizá la chica no le convenía, quizá fue lo que
tenía que ser. Pero no se vieron más.
Pero olvidemos el párrafo anterior.
Farfisa se levantó por la mañana y estaba solo. En
una franca decisión propia de la mañana del lunes se vistió, tomó un café
con leche, no, era un té con sacarina y salió.
Tenía que conseguir una lamparita para reemplazar
a la que se había quemado la noche anterior en el pasillo.
Ver atemporalidad 2 (página ...)
Era una multitud de gente conocida, no por Farfisa
pero sí por alguien desconocido. En la calle no estaba más solo, esa
multitud lo acompañaba. Había maestras, empleados, taxistas, comerciantes,
estudiantes, secretarias, camioneros, abogados y obreros mas una pequeña
cantidad de gente normal y otra aún menor, casi ínfima de gente común y
corriente.
Se sintió como en la calle, suelto y en libertad
pero atrapado por el musgo gris de las grandes capitales, aunque esta
ciudad no era capital de nada en particular. Trató de zafar, pero las
garras del musgo eran realmente fuertes. Optó por dejarse llevar por el
musgo, utilizando unos antiguos conceptos aplicados en las artes marciales
orientales que enseñan a utilizar la fuerza del rival en beneficio propio.
El musgo lo bamboleaba entre animales diversos y objetos en general
simétricos y rectilíneos, pero el aire fresco de la mañana lo liberaba al
punto tal que se sintió tan pero tan libre que le dio miedo y se metió en
una lencería.
Ahora ya está en el tiempo presente de la
lencería, rodeado de bodys, soutiens, baby dolls y unas cuantas palabras
extranjeras más. La vendedora, un poco sorprendida por su ingreso
intempestivo al recinto, se le acerca sin demasiada prisa pero apurada por
venderle algo. Es más, está muy apurada porque ese hombre con cara de
sacado la inquieta.
- Hola, ¿deseaba algo en particular? -
- No, nada en particular, quisiera algo en general
-
- Mire, aquí tengo unas bonitas salidas de
toilette recién importados de Perú, ¿quiere verlas? -
- Sí, of course, pero en realidad es un regalo que
quiero hacerle a mi novia que en estos momentos no se encuentra conmigo -
- Es cierto, lo noté ni bien atravesó la puerta y
se cerró tras su paso, además, usted no tiene cara de tener novia en este
momento con usted -
- ¿Y cómo sería esa cara? - preguntó Farfisa que
siempre hacía preguntas capciosas.
- Cara de novio que está con su novia en este
momento es una mezcla de cara de hombre con cara de mujer, las dos muy
cercanas - dijo la vendedora pero no muy convencida de esa afirmación.
- ¿Y ese no es mi caso? -
- No, usted tiene cara de camello -
- Veo que es muy observadora señorita. A ver, ¿me
muestra esos corpiños calados y esas trusas con broche? ¿Me las puedo
probar? Sabe, mi novia y yo tenemos prácticamente las mismas medidas -
Farfisa se introduce en el probador más cercano
con un set de corpiños en una mano y otro de bombachas en la otra.
Rápidamente se quita lo que lleva puesto y se prueba la mercadería con
esmero. El soutien le aprieta un poco al principio, pero luego de unos 50
minutos se acostumbra. "Este adminículo femenino cierto que realzará
la figura de María" se dijo una vez más a sí mismo, pero ahora no fue
en vano, ya que también lo escuchó la vendedora, que se acercó para ver si
necesitaba algo.
- No, bueno sí - dijo Farfisa - Quisiera más
corpiños pero menos bombachas. -
La tela que oficia de velo del probador se corre
unos centímetros a raíz de una tenue corriente airosa que genera la
vendedora en un movimiento relativamente rápido, con lo cual Farfisa puede
ver el corpiño de la misma cuando ésta se inclina para sacar otros corpiños
de un cajón cercano. Al mismo tiempo, la vendedora puede observar a Farfisa
con un corpiño negro puesto que no le queda nada bien y no le realza para
nada su figura.
- ¡Ese! ¡Quiero ése! - ordena Farfisa señalando la
caja torácica de la vendedora exacerbada por dos importantes rellenos
naturales del soutien.
- ¿Le parece? ¿Está seguro no? No me va a hacer
sacar todo para después nada ¿eh? -
- No se preocupe, quiteseló tranquila que ya me
decidí - Ahora Farfisa, ya en confianza con la chica luego de mostrarse las
prendas íntimas uno con otro, hace pasar a la vendedora al probador y sale
del mismo a fin de brindar comodidad a la señorita para que se quite el
corpiño en un lugar adecuado y sin pocos ojos extraños a su alrededor.
Mientras, un bullicio que hay en la calle llama la atención de Farfisa, que
se acerca a la vidriera para observar mejor. Es la Banda Municipal de la
Policía que hace un desfile patriótico. "Que raro" pensó Farfisa,
ya que las Bandas Municipales de la Policía, sean o no patrióticas, nunca
desfilan en el sentido de las agujas del reloj en este hemisferio. De
repente, la puerta del negocio se abrió dando paso a dos señoras de gesto
adusto. Farfisa, con bombacha y corpiño puestos, además la los soquetes
azules tres cuarto que no se había quitado, se encuentra en una situación
tan terminal y vergonzante que se obliga a saltar al exterior del negocio y
a esconderse tras una maniquí rubia y de ojos celestes, con el brazo
izquierdo levemente levantado. El policía de la tuba, que venía último en
la fila, lo ve y emite una nota bastante aguda y estridente por tratarse de
un instrumento netamente bajo y gutural. La banda da un giro completo al
escuchar la alteración de las negras emitidas por el tubero que modula
hacia una tonalidad lejana y deja de lado la marcha cuasimarcial para
arrancar con una polca paraguaya. Al unísono para no desentonar con la
banda, Farfisa sale corriendo como loco por entre la gente, los perros, los
autos, los colectivos y varios árboles que, como buenos vegetales, mucho
más civilizados que los auténticos seres humanos, lo ven pasar semidesnudo
y ni se mueven ni sus rostros reflejan asombro. Eran árboles franceses
transplantados.
Farfisa corre alocadamente hasta su cuadra. Al
llegar a la puerta choca con una señora que trae una bolsa del supermercado
aparentemente con compras del mismo, una salchicha envasada al vacío total
sale disparada y antes de tocar la vía pública es certeramente atrapado por
un perro que la caza al vuelo y escapa al galope. Era un perro mutante,
mitad perro, mitad pájaro y mitad caballo. La otra mitad se componía de
otra gran variedad de especies animales. Otros restos de comida precocida y
una porción de un pan flauta tipo mignon van a dar a la sucia alcantarilla
atestada de envases plásticos, diarios mojados preleídos y agua podrida
postpotable. La mujer, de bruces en el suelo, no tiene tiempo de insultarlo
en ese momento ya que Farfisa sin detenerse se mete de nuevo en su casa,
pero sí cuenta con bastante tiempo luego cuando desencadena una andanada de
improperios contra él, su madre, su hermana, su tía y su lora.
A Farfisa no le importan demasiado todos estos
insultos de bajísima calidad, pero sí a la lora que de la ventana abierta
del living le contesta a la señora cosas irrepetibles, a diferencia de todo
el vocabulario adquirido por la lora.
Este incidente, si bien en otros cuentos podría
haber revestido una inusitada trascendencia, en este no tiene ni la menor
importancia, ni el incidente ni la señora, que es a lo sumo vagamente importante.
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