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Atemporalidad 1
Este tramo de La historia podría decir que
comienza con la irrupción de Farfisa Asecas en el pub Street Corn, atestado
de gente, ingresando en el momento mismo en que se desata una batahola
generada por un grupúsculo de inadaptados jóvenes que insultan al mozo por
una inapropiada demora de éste en la entrega del pedido realizado varios
momentos antes por dicha gente, consistente en dos cocas y un agua mineral
de la que no podemos determinar ahora si era con o sin gas, pero de todas
maneras no viene al caso. Ante esta deliberada tardanza de parte del
garzón, la pandilla entabla o mejor dicho, destabla unas sillas que a la
sazón estaban aledañas a la mesa en la que se encontraban alojados y las
revolea contra los parroquianos más cercanos. Estos, ni lerdos ni perezosos
y con el fin de evitar ser acertados por alguno de los maderos, responden a
la agresión arrojando en el sentido inverso más pedazos de sillas distintas
y alguna que otra botella de aperitivos previamente degustados, levantando en
alto el erróneo concepto de que a la violencia se la reprime con más
violencia. El propietario del establecimiento, que en ese instante se
encuentra del lado opuesto del mostrador, como corresponde, saca de abajo
una escopeta recortada y arroja varios disparos contra el techo del recinto
con la inequívoca intención de asustar y no de hacer carambola con la
mampostería y la humanidad de los revoltosos.
Fin de atemporalidad 1
En este enjambre de violencia gratuita podría
haber entrado Farfisa al bar pero no fue así. Por lo tanto, aunque
podríamos, no vamos a decir que la historia empieza aquí sino más bien que
esta parte corresponde a otro capítulo, ya que es menester confesar a esta
altura baja del relato, para no crear falsas expectativas, que la narración
que nos convoca y que aquí se evoca mantiene una línea estrictamente
temporal en donde ninguna cosa dicha pasará por alto o no le dará
importancia a la sucesión sucesiva de los espacios de tiempo tal como se lo
conoce al pasaje del tiempo en líneas generales, vale decir, para adelante.
Por lo tanto, como esto ocurrió mucho después de
ahora, diremos que ocurrirá más adelante ya que es un hecho menor y
transversal al meollo del cuento y el hecho de contarla antes no alterará
el interés del lector por saber qué es lo que va a pasar después de ahora.
No es que el desorden originado en el bar mencionado responda a una
caprichosa gana del autor, sino que tiene mucho que ver con la trama que la
va a anteceder y será la inevitable conclusión, no de toda la historia,
sino de una parte ínfima e intrascendente de uno de los capítulos, que va a
ser cuando Farfisa entre a ese bar a encontrarse con María sin saber lo que
este inocente encuentro cargado de afectividad y pasión le iba a deparar. A
decir verdad, una gresca monumental en un bar podría haber sido un final
absoluto para el relato. Y muy bueno, un "gran finale", ya que
generalmente muchos libros y películas terminan con una escena de estas
características en donde los protagonistas la mayoría de las veces salen
airosos. Hubiera sido lindo, a los efectos de poder comercializar un poco
mejor este libro, terminar directamente el cuento con una colosal batalla
en la que Farfisa luego de sortear los más disímiles obstáculos y golpear a
varios enemigos sale airoso y con la chica, en este caso María, del brazo.
Pero la verdad es que Farfisa no le pega a nadie,
al contrario, por el contrario, es muy pacífico y a su vez un activo
pacifista. Por lo tanto terminar el cuento así no conduciría a nada de
nada, si es que alguien piensa que de otra manera puede llevarlo a alguna
parte, aunque algo de verdad tendría este final ya que Farfisa la llevaría
a María del brazo y esto sí que podría tener sentido, siendo que María
tiene no uno sino dos brazos estructuralmente normales. En una de esas, el
cuento puede llegar a terminar así. Pero no, sería como contar el final de
entrada y todos sabemos que en estos casos uno corre serios riesgos de ser
rechazado abiertamente por los amigos.
Por lo tanto Farfisa no va a entrar al bar, al
menos por ahora. Tiró la moneda y salió seca, con lo que se verá impedido
de ingresar al recinto. Para no mezclar los tantos, diremos que este hecho
de violencia ocurrió, sí, pero después, o sea que ocurrió luego y no
ocurrirá ni ahora ni antes de ahora.
Farfisa en el preciso instante en el que comienza
el relato, se encuentra leyendo un libro plácidamente tirado en el sofá
cama del living de su vivienda de varios ambientes, contando en la planta
baja y única de su casa con un
balcón al frente de una calle cercana a una importante avenida, una arteria
de gran actividad vehicular y comercial de la ciudad. Parece que lo lee
porque su mente impone a los glóbulos oculares recorrer en sentido
horizontal los ilusorios trazos rectos no trazados pero sí inferidos por
algún sector de la masa cerebral que delimita los renglones en la base de
cada uno de ellos. Pero en realidad no está leyendo nada porque está
pensando en otra cosa, que tiene hambre y va a ir a la parrilla de la
esquina a comprarse dos choripanes con vino que en ese negocio están a la
venta a un muy buen precio de contado (si es que la moneda así lo decide,
sino comerá unos fideos que aún permanecen intactos en la alacena). En
realidad no podemos decir si es él quien está pensando en los choripanes,
ya que generalmente el hambre, así como otras necesidades corporales,
responden a estímulos producidos por distintos trozos de cuerpo que emanan
secreciones internas y generan la necesidad y el deseo en la mente. Pero no
corresponde, me parece, decir que uno piensa deliberadamente en choripanes
porque sí. Entonces no sabemos en qué está pensando Farfisa en este momento
y eso sí que es verdad: uno no puede saber en qué piensa la gente a menos
que sea uno mismo, y hasta por ahí nomás.
Pero igual, al parecer por la reacción que
continúa, parece que está pensando en los chorizos asados y empanados, ya
que se levanta, deja el libro en una pequeña mesa de su propiedad y sale
rápidamente a la calle. Una vez en ella, encamina sus pasos en dirección
directa a la parrilla esquinera, de donde fluye un aire viciado de un
atractivo olor a asado. Entra (cara).
Al llegar dice buenas y llama la atención del
parrilla-man.
- Buenas -
- Buenas noches - dice el de la parrilla
- Deme dos choripanes y un vaso de vino - dice
Farfisa
- Como diga, pero acaso, espera a alguien, es de
mucho comer o no tiene sed -
- Por qué me lo pregunta -
- Porque usted me pide dos choripanes y un vino y
no sé porqué no quiere uno y uno, o dos y dos y por qué somos todos tan
rebuscados hasta en el momento mismo de realizar un simple acto, tan
primitivo e instintivo como es comer -
- Es cierto señor - dice Farfisa - Deme uno y uno
entonces -
- ¿Algo más? - dice el parrillero
Farfisa analiza la cuestión a fin de evaluar si el
pedido respondía sin error a lo requerido por él.
- Sí, nada más, es decir no, nada menos o bien no,
nada más. Como le dije recién, lo repito, quiero uno y uno. Y después me
trae otro por favor -
- Cómo no - dice el parrillero
- No. Como - dice Farfisa
- Cómo no como, para qué vino entonces - dice el
parrillero
- Para comer, cómo no – dice Farfisa
- Entonces va a comer, ¿no? - dice el parrillero
- Si, eso creo - dice Farfisa
- Cree o está seguro - dice el parrillero
- ¿Seguro de comer o seguro de creer? - dice
Farfisa
- La seguridad es un estado de ánimo - dice el
parrillero
- ¿Y? - dice Farfisa
- Digo si está seguro de todo, no de algo
específico - dice el parrillero
- Y, a ver... no sé, no estoy muy seguro de responderle
a eso - dice Farfisa
- ¿Uno y uno entonces? - dice el parrillero
- Sí, y después otro de otro - dice Farfisa
- Así lo creo - dice el parrillero
- Uno nunca está seguro hasta que no lo cree -
dice el chorizo.
Esta conversación, completamente trivial en
apariencia, en verdad aparentaba lo que era. Sin embargo, era muchísimo más
trivial para aquellas personas que pasaban por la puerta de la parrilla y
que, al estar ésta entreabierta, involuntariamente escuchaban fracciones
pequeñas de la charla de adentro, pero no tan infinitamente trivial como
para aquellos que no escucharon la charla.
Farfisa no lo pensó, pero cabía la posibilidad de
que esta conversación tuviera un significado importante en el desarrollo de
la historia.
Quizá no tan importante fuera esto como la
presencia en otro lugar pero en el mismo momento de una mujer que
específicamente estaba sentada en un sillón de la sala de espera del
consultorio de un dentista de fama relativa que atendía cerca, a unas pocas
cuadras de allí. Esta mujer no reviste ninguna trascendencia para la trama,
debo confesar, pero sí lo es otra mujer que está siendo atendida por el
profesional odontólogo, la cual no puede por el momento mantener una
charla, importante o no, con el dentista ya que se encuentra con la boca
abierta y el brazo terminal de un torno incursionando en su estructura
dental.
Mientras, en la parrilla las cosas no están
mejores. Es decir, siguen igual que hace un rato, con la salvedad que la
charla se ha interrumpido debido a que el parrillero ha ido al baño.
Farfisa se encuentra comiendo el choripán y éste desgraciadamente ya no
puede hablar. Es cierto que debemos considerar al segundo choripán
solicitado por Farfisa, que está recostado sobre un plato de cerámica blanca
a pocos decímetros de él, pero tampoco habla, quizá de miedo.
El parrillero vuelve del baño pero la
conversación, como ya dijimos unos renglones arriba, se ha interrumpido y
seguirá en este estado hasta dentro de unas horas, hasta la hora exacta en
que Farfisa vuelva a entrar a la parrilla pero no precisamente a comer
choripanes, ya van a ver. Cuando esto ocurra, los choripanes sobrevivientes
hablarán de nuevo, o quizá no, pero estarán con la tranquilidad que da
saberse a salvo.
Farfisa termina de comer la mitad inicial del
segundo choripán y se va.
Ya en la calle, iluminada por fuertes neones de
color blanco, se dijo a sí mismo "necesito una mujer", lo que fue
una verdadera pérdida de tiempo, ya que decirse eso o cualquier otra cosa a
sí mismo es una redundancia desde el punto de vista que uno ya sabe de
antemano lo que se va a decir y si no lo sabe, mejor que se calle, ya que
el silencio es mucho más saludable que andar diciendo cosas sin saber.
Ahora camina en la dirección correcta para que se
hiciera realidad esta historia ya que, aunque sin saberlo, enfila para el
lado donde quedaba el consultorio del dentista, aunque unas cuadras mas
allá. Va silbando una tonada autóctona que le sale un poco desafinada por
la presencia rebelde de un resto de lo que tiempo antes había sido un
chancho y que ahora, luego de una serie de procesamientos y de
casualidades, había venido a alojarse entre dos muelas de la mandíbula
superior del lado izquierdo.
Mientras tanto, la mujer importante sale del
consultorio del dentista sin emitir un solo sonido que denotara dolor, paz,
sosiego o molestia. Pero un rictus desagradable en la cara de la misma
informa que le dolió bastante la curación dental. Esto llama la atención de
la mujer sin importancia que la mira, la ve, la observa, la otea, la ojea,
la campanea, la atisba, la mira, la soslaya y le dice:
- Le dolió mucho parece -
- Sí y no - contesta la importante
- Perdón, no le entiendo - dijo la otra
- Que me dolió, pero no mucho, un poco nada más -
dijo la una
- Entonces, ¿qué hago, entro o me voy? - pregunta
como suplicando la mujer sin importancia.
- ¿Le duele? -
- Sí, no, no sé, pero tengo miedo -
- Si le duele, le aconsejo que entre, dado que
lógicamente, si bien existe la probabilidad de que el dentista le haga doler,
de ser así no afectará a su estado actual y todo quedará igual. Por otra
parte, si no le duele, sugiero que entre también, porque en ese caso seguro
que no tiene nada y entonces el dentista no le va a hacer nada y va a
seguir como hasta ahora. Si no sabe si le duele o no, entre tranquila, es
casi seguro que le realizarán una revisión general de las piezas dentales a
fin de verificar si existe o no alguna evidencia de que haya una parte de
la dentadura o su entorno que le haga doler, luego, si el dentista descubre
alguna parte afectada, es seguro que le duele, entonces estamos en el
primer caso. De lo contrario, pasamos al segundo caso que hemos planteado,
que es el mejor de todos porque no duele. En ambas situaciones volvemos a
encontrarnos con que todo seguirá igual. Por supuesto que, analizando todo
esto en su conjunto, usted no debería entrar al consultorio ya que no tiene
sentido, como hemos demostrado, porque nada va a cambiar. Por lo tanto
primero hágalo pero después no lo haga. -
Como acontece generalmente en estos casos en que
alguien espera en la sala de espera de un consultorio de cualquier
especialidad médica, luego de un lapso de tiempo reiteradamente largo, la
mujer desechable para este relato entró. La otra, que ya había salido al
momento de entrar la primera, salió y se fue. El dentista permaneció
adentro del consultorio, según se cree, al menos durante todo el tiempo en
que le llevó atender a la importante y esperar a la sin importancia.
Ya en la calle, la mujer ya atendida, referida en
párrafos anteriores unas veces como la otra y otras como la una, camina en
sentido diametralmente opuesto a como lo viene haciendo Farfisa, vale
decir, a su encuentro. Si bien se tratará de un encuentro fortuito, casual,
inesperado, se tratará de algo de vital trascendencia para la historia,
aunque probablemente no sea lo principal, acaso si no se hubieran cruzado
cada uno en el camino del otro no hubiera tenido sentido seguir leyendo
hasta acá, ahora que se van a encontrar, las cosas cobran mucho más
interés, son importantes, lo mismo que la llegada a la luna por el hombre,
hecho que antes de acontecer no tenía ninguna trascendencia porque no
existía por sí mismo sino en el deseo de muchos pero que al momento de
producirse se transforma en un hecho consumado y consumido por toda la
humanidad y el resto de la gente, aunque no sea parte del primer mundo.
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