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Cuando la vida se transforma en una pesadilla,
llegó la hora de despertarse
Una tarde de un viernes caluroso, terroso, vi que
en una explanada, cerca de la costa, estaban montando un circo. Era uno de
esos circos viajeros que permanecen una semana en la ciudad y luego,
agotados los recursos de atracción del público, desarman todo y emprenden
otro viaje a otra ciudad, tan terrosa quizá como este jueves.
Un grupo grande de camiones y casas rodantes
rodeaban el terreno pedroso. Eran grandes bloques de chapa pintadas de
colores vivos. Hacia el centro, poco a poco se iba armando una carpa
imponente.
En uno de los trailers, pintado de dorado y negro,
se veía una inscripción:
Berloz, ilusionista.
De la puerta salió un hombre, flaco, con una
camiseta blanca y el rostro cubierto de crema de afeitar. Dijo unas
palabras en voz alta, hablaba un castellano enrevesado, mezclado con otras
palabras en un idioma poco usual por estos lugares.
Alrededor pasaban hombres atléticos transportando
palos, cuerdas y largos cilindros de metal.
Una mujer alta, de cabellera oscura, esbelta y
elástica, bajaba de otro trailer con una valija.
De lejos yo veía este cuadro, que era como un
cuadro de la época rosa de Picasso, pero con camiones. Del otro lado,
inmune a todo, el mar.
Ese día no era un buen día para mí, me había
pasado toda la mañana buscando a Gertrudis, la ponedora que tengo en el
gallinero desde hace años, pero no podía encontrarla por ninguna parte. Ciertamente,
no era la primera vez que ocurría, Gertrudis tiene la costumbre de salir de
vez en cuando, a cambiar un poco el aire, pero luego vuelve. Asimismo, no
dejaba de preocuparme su ausencia.
La presencia del circo me sacó un poco de esos
pensamientos.
Volví nuevamente la vista hacia el trailer de
Berloz, el ilusionista. Decidí que, si no llovía, iba a ir a presenciar la
primer función.
Me preguntaba qué clase de ilusiones me podría
ofrecer este mago, no quería hacerme muchas ilusiones respecto de sus
habilidades de ilusionista para engañar ilusos, ni tampoco quería
ilusionarme con una magia nunca vista, ni tampoco quería ilusionar al mago
haciéndole creer que yo me iba a creer que lo de él no era ilusionismo,
sino que se trataban de unos pequeños trucos simplones, ilusorios trucos
para hacerme sentir a mi la ilusión de que es magia; pero en el fondo lo
que quería era ir y aplaudirlo a rabiar para transformar al engañador en
engañado, para hacerle creer que yo le creo.
Así, el va a creer que soy un estúpido, pero en
realidad es lo que le voy a hacer creer, ya que no me conoce y no posee los
datos necesarios para afirmar que soy un tonto, como por ahí sí pueden
afirmar otros que me conocen más profundamente, pero a diferencia del mago,
éstos terceros creen que soy un tarado basándose en, para ellos, aparentes
realidades; en cambio, el mago creerá que soy un estúpido pero a través de
una interpretación errónea (la que yo le voy a inducir); por lo que,
mientras los terceros dicen que soy un tonto justificadamente, el mago
pensará que soy un tonto por un error en sus conceptos. Allí radica la gran
diferencia: uno no puede darse el lujo de ser un estúpido de manera
injustificada.
Pero siempre tuve la sospecha que estos magos de
circos pobres y ambulantes, en realidad ocultan algo. Siempre creí que
estos hombres tienen algo de esotérico, algo de magia verdadera que tratan
de ocultar detrás de repetidos trucos de desapariciones de objetos y
personas, o desmembramiento a serrucho de partenaires que luego aparecen
enteras ante nuestros propios ojos.
Berloz, si de él se trataba, seguía vociferando
con la cara llena de espuma y una brocha en la mano, que de vez en cuando
levantaba en alto, como indicando alguna parte en particular de la
estructura metálica que se estaba montando.
Detrás mío, del lado del mar, un silbido agudo
hizo que me volteara para ver, pero no, no era nada, en el agua seguía todo
distinto, como siempre, por eso no le presté importancia. No sé cuánto
tiempo me llevó girar hacia el mar, mirar, y volver a girar hacia el circo,
pero lo cierto es que cuando volví mi mirada hacia él, ya estaba montada la
fachada principal de la carpa, con una imponente entrada improvisada sobre
un montículo de tierra y un cartel fileteado a mano: "Gran Circo
Berloz".
A un costado, un ventanuco de rejas iba a servir
de comunicación entre el público y la boletería. Adelante, un cartel en
blanco y negro: "Primera función: viernes 20.00 hs".
A las 19:45, entrada en mano, me encontraba
haciendo la cola para ver el prometedor espectáculo circense. Un sinnúmero
de gente se amontonaba delante y detrás mío, delineando una curva humana
que desembocaba en el acceso a la carpa. La gente se distribuía por
convención tácita una a continuación de la otra, en una cola tipo FIFO
(first in, first out).
Un viento ancestral hacía flamear, como fantasmas,
a las lonas del techo de la carpa.
Entramos y enseguida nos acomodamos sobre unas
sillas de plástico, asentadas débilmente sobre la tierra. Una hermosa
muchacha con ropa ajustada y sonriente nos acomodaba amablemente en
nuestros respectivos puestos. Compré un vaso plástico grande de pochoclo,
dispuesto a no desilusionarme con Berloz, mejor dicho, todo lo contrario,
mas bien iba en busca de una ilusión.
Una música estridente, seguida de reflectores que
giraban centralizando el enfoque hacia la pista, anunció el comienzo de la
función. A través del tiempo desfilaron payasos, trapecistas,
equilibristas, malabaristas, bailarinas.
Yo miraba y comía pochoclo.
El público sentado a mi alrededor era difícil de
distinguir, estaba oscuro.
Pero en la penumbra pude ver a un niño rubio con
alguien que quizá fuera su madre, un hombre bastante obeso con pechos
crecidos, como de matrona, una pareja abrazada, tres jóvenes amigos que le
hacían burla a otros sentados más lejos, dos señoras mayores pintadas con
gruesas pinceladas de sombreado verde en los párpados, y un hombre flaco,
con un pañuelo al cuello y cuatro niños, dos a cada lado.
De pronto, las luces se apagaron, la música
festiva se transformó en una tensión sonora lograda con la ejecución de un
coro de cuerdas en un acorde dominante de séptima, alternando con un
disminuido o bien uno acorde de séptima con la quinta bemol, pero en
realidad no le estaba prestando mucha atención a la música: todos mis
pochoclos estaban apuntando a lo que iba a pasar.
Se abrió violentamente un telón improvisado detrás
de la pista e hizo su entrada triunfal el gran Mago Berloz, que era,
efectivamente, aquél que yo había visto el día anterior en camiseta y con
crema de afeitar, sólo que ahora se ocultaba tras una gran capa negra y
roja y su rostro no tenía crema, tampoco barba.
Su mirada, profunda, hipnotizaba a todos. A su
lado, una hermosa ayudante de piernas larguísimas y brillantes, de
movimientos gráciles y agacelados, disponía los elementos del mago sobre
una mesita, mientras bailaba realizando unos pasos en donde confluían unas
pocas clases de ballet clásico con aqua-gym y algo de break-dance.
La actuación comenzó de una manera previsible, con
trucos de cartas, apariciones imprevistas de animales varios, entre ellos
una gallina bataraza de una contextura ósea y cartilaginosa similar a
Gertrudis, la ponedora que tengo en el gallinero del fondo y que había
extraviado.
Pero todo cambió cuando Berloz, misterioso y casi
místico, trajo una caja de paneles de madera ordinaria, del tamaño de dos
personas paradas, y dijo en un raro castellano "Ahora, señoras y
señores, comenzaré con mi rutina de desaparición de la materia".
De inmediato tomó una silla, abrió la caja, la
metió adentro, realizó unos conjuros bodevileanos, abrió la caja y la silla
no estaba. Luego continuó con la mesita, la galera, el bastón y otros
objetos.
Exacerbado por el silencio tenso del público que
miraba con devoción, continuó, como poseído, haciendo desaparecer todo lo
que encontraba a su alrededor. Esto se ponía extraño.
Con un movimiento premeditado pero compulsivo a la
vez, Berloz tomó a la bataraza del cogote, la mostró por un instante al
público y la hizo desaparecer.
"¡No! ¡A la ponedora no!" grité sin
pensar. Berloz me miró, esbozó una sonrisa irónica y arrojó con desidia a
la bataraza adentro de la caja, que no pudo decir ni un mísero cacareo.
Todo desaparecía de manera instantánea. En un arrebato agarró a la bailarina,
que parecía forcejear con el maligno mago quien, más fuerte y decidido, la
metió adentro de la caja para
convertirla en nada. Con los ojos desorbitados y
ante la mirada desesperada de muchos espectadores, tomó al niño rubio y a
su madre, luego al gordo de pechos afeminados, a la pareja, a los tres
amigos, que ya no se burlaban, a las señoras maquilladas, y así, uno a uno
fue haciendo desaparecer a todos. Solamente quedábamos la caja, Berloz, el
vaso de pochoclo y yo.
Berloz hizo un breve silencio, un ademán. Con la
mano extendida hacia mi y el dedo índice apuntándome me ordenó:
"¡Usted! ¡Venga!"
Me aferré a la silla de plástico con toda mi
fuerza pero el mago, de una forma inexplicable, me arrancó de un tirón y me
arrojó adentro de la caja.
Lo único de mi que quedaba en ese momento afuera,
era la copa de pochoclo.
Cerró la caja y todo se oscureció. Frente a mis
ojos, cegados, comenzó a dibujarse una espiral giratoria de colores varios
que se cerraba en el centro, como un abismo negro. La espiral giraba cada
vez más rápido y un sonido agudo más y más fuerte me taladraba los oídos.
Crudas risas del más allá sonaban por doquier, acompañadas con caras
cadavéricas que llegaban de repente y aparecían frente a mi, como en un
tenebroso tren fantasma. La velocidad de la espiral imprimía una velocidad
de vértigo, como de caída al vacío. Mientras caía, bailarinas con piernas
largas y gallinas corrían adelante, inalcanzables siempre.
Me puse a gritar como loco, totalmente fuera de
control, hasta que de repente la espiral se detuvo, el ruido cesó y se
abrieron las puertas de la caja.
Un reflector fortísimo me dio de lleno en el
rostro cuando el mago me tomó amablemente del brazo y me hizo salir. Una
multitud aplaudía de pie la actuación, entre ellos pude divisar a algunos
de los personajes del público antes mencionados. Todos miraban sonrientes y
aplaudían, como autómatas.
Volví a lo que creía era mi viejo asiento, pero el
pochoclo ya no estaba allí. En su lugar había unas pocas plumas, y una liga
negra que quizá hubiera sido de la bailarina.
Un poco mareado todavía, salí de la carpa y me
compré un pancho con ketchup, mostaza y mayonesa en un pequeño puesto
aledaño, atendido por una mujer que se parecía demasiado a la bailarina.
Un poco mareado aún, me fui del lugar.
Mientras caminaba, algo me decía que acá había
algo raro.
Todo parecía apuntar a que esto era la ciudad de
Puerto Madryn, los carteles, las construcciones, las calles, los barcos en
el muelle.
Pero no, el mar no era el mismo. Esto no era
Puerto Madryn. Este era otro lugar. Parecido, pero no el mismo.
Berloz había logrado engañarme. Me había hecho
creer lo que yo no le iba a creer, mientras que yo le hice creer lo que
realmente yo creía.
De todas formas, seguí caminando por las calles de
este lugar totalmente desconocido.
Así llegué despacio hasta mi casa.
Antes de entrar, me fui hasta el gallinero, a fin
de verificar si Gertrudis, mi bataraza ponedora, había regresado.
Felizmente así era.
Pero la bailarina de las piernas largas no
aparecía por ninguna parte.
Entonces, apagué todo y me fui a dormir.
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