Regresar a la página inicial.Los cuentos de NacherLa Poesía de NacherLas NovelasDiscografía - MP3 - DownloadsLista de correo - SuscripcionesBiografía - CV - FotosPida desde aquí los productos de Nacher.Contacto - E-mail - Correo

 

Novelas > El caminante binario

Noche de invierno  

 

Dice el caminante binario:

 

La noche clavaba sus agujas de hielo en los techos. Bien arropado salí a la calle, tenía que hacerlo aunque el calor del interior de la habitación me tiraba para adentro. Me acomodé el sobretodo en la puerta, con el cuello tapando hasta encima de la nuca y acompañé mis pasos alejándome de los alrededores de la rambla fría y ventosa. La caminata por las calles secas a las tres de la mañana en pleno invierno iba a ser corta, el poco tiempo que se necesita para recorrer las tres cuadras que separan a mi casa del quiosco más cercano abierto a esa hora. Íntimamente, esperaba que la moneda me ayudara, y que no me hiciera dar demasiadas vueltas para llegar. Iba a paso firme a pesar de que en esos momentos en que la ventisca congelada me laceraba el rostro, me preguntaba qué hacía dando vueltas de sonámbulo a esa hora y con ese frío; si era tan necesario salir a la intemperie de esta ciudad vacía nada más que para agregar un poco más de nicotina a los pulmones. Por lo menos podía aprovechar la salida para mirar tranquilo la Avenida Roca, vacía y silenciosa, la Gales con su hielo molido en los cordones y en las huellas de neumáticos de los últimos taxis de esa noche.

 

La moneda me hizo doblar en la Gales. Tuve que atravesar una vieja vereda con baldosas amarillas y rojas dispuestas alternadamente. Miré a los costados para asegurarme que nadie me veía y me puse a cruzar la vereda, tratando de pisar solamente las baldosas rojas, saltando levemente como en una rayuela imaginaria. Todo estaba vacío y quieto, ideal para esquivar baldosas, cuando siento que alguien me chista a mis espaldas.

 

Me di vuelta sorprendido y de la misma irrupción del chistido perdí el equilibrio, lo que lamentablemente me llevó a pisar una baldosa amarilla. Miré atrás y no había nadie; supuse que era nada más que el silbido del viento en las copas de los árboles y retrocedí hasta el principio de la vereda para retomar el cruce bajo las condiciones impuestas por la obligación que tengo desde hace años de no caminar a la deriva aún andando solo y sin nadie cerca.

 

Cuando al final pude atravesar la vereda, ya un poco más tranquilo, seguí adelante con mi periplo, ahora enfrentando otra vereda de cemento en la que debía evitar pisar las incontables grietas del piso, ubicadas con estúpida imperfección.

 

Siempre caminando por la Gales, ya estaba bastante alejado de la rambla y el viento había cesado. No llegaba a comprender por qué me había desviado tanto de mi meta, me había pasado dos cuadras del quiosco que atravesé sin siquiera verlo.

 

Volví sobre mis pasos con un giro instintivo, miré sin mover el cuello pero recorriendo con las pupilas todo el círculo de cada ojo, miré a todos lados, a las copas de los árboles, a las casas oscuras de enfrente. No había ni un alma cerca, ni una señal de vida tras las ventanas en su mayoría cerradas.

 

Caminé rápido hacia el quiosco, me iba acercando al mar cuando otra vez el chistido a mis espaldas me detuvo en seco por un instante ínfimo, ya que me lancé de inmediato a la carrera hacia delante. Al cruzar la primer bocacalle debí detenerme, porque me esperaba una vereda más, ésta estaba formada por baldosones grises rectangulares y no podía darme el lujo de pisar dos contiguos salvo que fuera en diagonal, puse los pies en formación, ambos paralelos debajo del cordón de la vereda, calculé el salto al baldosón más cercano y fui salteando uno a uno los bloques hasta atravesar la acera en diagonal y llegar a tocar las paredes de las casas.

 

El viento soplaba con un aullido finito y quejumbroso. El miedo ancestral y la sensación de que el chistador me perseguía a escondidas me hacían apurar el paso.

 

Como un caballo desbocado, iba a paso firme e irracional atravesando a saltos las baldosas, cada vez más rápido y con un escalofrío en la espalda. Un auto importado que cruzaba a toda velocidad la esquina de Gales y Roca me devolvió a la realidad. De nuevo había atravesado, sin verlo, al kiosco de la Gales. Me había ido tan lejos que estaba otra vez a pocos metros de la rambla y del mar negro y eterno.

 

Agotado física y mentalmente luego del esfuerzo de mis piernas y con la idea de que el perseguidor se acercaba con cautela, sensación que se acentuaba más cada vez que se alejaba el automóvil por la Roca, decidí llegar a la playa, lugar más seguro donde lo que fuera que me seguía no tendría lugar para esconderse y estaría obligado a irse o dar la cara.

 

Crucé la calle y pasé por al lado de una enigmática y macabra hélice oxidada hecha monumento.

 

La marea estaba baja y la explanada de arena debería medir cientos de metros en su anchura, el primer tramo de la playa estaba recubierto por una masa uniforme, blanda y húmeda de algas en descomposición, que emanaban un olor putrefacto que inundaba todo.

 

 

Atravesé las algas hundiendo mis piernas y mojando zapatos y pantalón hasta las rodillas, hasta que al fin pude ganar la arena más húmeda y compacta, limpia de algas. A lo lejos se veían los edificios nuevos y las luces de la rambla cerca. Un bar misteriosamente cerrado y oscuro, el edificio del hotel y atrás tres edificios de departamentos.

 

Las luces de mercurio iluminaban suavemente la playa. De la montaña de algas brotaba una sombra larga que se mezclaba con la penumbra del mar, casi exactamente en donde estaba parado yo mismo. Mi propio cuerpo emanaba también una sombra más extensa aún que se perdía en las primeras olas de la orilla.

 

En un momento en que cesó el murmullo de mar, mi corazón comenzó a latir más fuerte. Y escuché de nuevo, esta vez paralizado de terror, al silbido que me venía siguiendo desde que salí de mi casa.

 

Las luces titilaron de repente, desde el manto de algas se sintió un grito atronador y algo comenzó a erigirse de la nada. Algo entre las algas que había cobrado vida. El espanto me mantenía clavado en la arena, inmóvil. El frío se había ido, la montaña viva de algas extendió los brazos y comenzó a moverse hacia mí como una babosa gigante. Un grupo de gaviotas cercano se mantenía indiferente a este horror y seguía picoteando en las pequeñas lagunas dejadas por el agua en su descenso.

 

El monstruo de algas se acercaba. Ya estaba encima de mí y podía sentir su tufo putrefacto, el olor fétido de la muerte. Sus brazos podridos intentaban atraparme cuando la luz de un barco en el mar me sacó del ensueño dramático en que me encontraba y retrocedí unos pasos trastabillando. Me di vuelta y corrí uno metros en medio de la gran planicie de la playa.

 

A duras penas llegué a un lugar donde el paisaje cambiaba levemente, en la oscuridad vi un montículo de escombros de alguna reparación reciente de un desagüe pluvial. Me acerqué y aferré con mis manos un duro pedazo de madera, una tabla fuerte y pesada.

 

La monstruosa aparición no dejaba de seguirme arrastrando a su paso las algas muertas, gritando y agitando al cielo sus extremidades, de donde brotaba un extraño brillo cristalino. Saqué fuerzas del pánico, la esperé junto a los escombros y cuando la tuve cerca, prácticamente a un paso de distancia, con toda la fuerza de mis brazos le apliqué un certero golpe con la tabla en lo que sería la mitad de su cuerpo amorfo. La masa de algas se encorvó un poco y gritó, lo que aproveché para darle otro palazo en la espalda. Los gritos se transformaron entonces en gemidos y, embravecido y con el frenesí del instinto, quebré la madera en su cabeza. La montaña cayó en la arena retorciéndose, de las piedras tomé un trozo de ladrillo, me arrodillé frente a ella y asiendo el cascote con ambas manos golpeé una y otra vez su cabeza, hasta que un ruido a vidrios rotos me detuvo, jadeando y bañado en sudor. Me puse de pie, me alejé unos pasos y el monstruo de algas se desvaneció en medio de sus hermanas marinas, pasando a formar parte una vez más de aquel cementerio vegetal.

 

No escuché más sus gemidos y, ya seguro de estar a salvo, volví corriendo a la civilización. Las luces de mercurio me recibieron de nuevo cerca de la rambla, me sequé las gotas de sudor mezcladas con arena de la cara y como a escondidas fui sorteando la vereda, siempre saltando los bloques de granito en diagonal como imaginando ser un alfil en un tablero gigante y salado de ajedrez.

 

Luego caminé despacio una cuadra hacia la Roca y doblé a la izquierda (la moneda cayó de cara). Saqué el manojo de llaves del sobretodo, temblando acerté la llave en el primer intento, aunque era un edificio desconocido. Me metí en el estrecho ascensor con su irritante luz de tubo fluorescente, llegué a un departamento vacío y me tiré en la cama todavía con temblores en todo el cuerpo.

 

El día siguiente, que duró toda una eternidad, lo pasé por completo acostado sobre el colchón ahora húmedo y arenoso. Miré alrededor y pude reconocer mis pertenencias: era mi habitación.

 

A media tarde me metí en el baño a ducharme y sacarme el espantoso olor a algas que no me abandonaba. Tiré la ropa de la noche anterior en la basura y el miedo aún latía en mi cabeza, a pesar de estar aparentemente seguro en la soledad de este departamento. Por la ventana veía el mar y como para confirmar mi terror la playa se seguía poblando de más y más algas densas y agonizantes.

 

Cerré los vidrios, bajé la persiana y me acosté de nuevo hasta el día siguiente.

 

No podía permanecer más en ese cuarto, necesitaba con urgencia caminar hacia alguna parte. Además debía ir de nuevo a la Gales a pisar un par de las baldosas diagonales. Estaba seguro que las había omitido por error durante el apuro de aquella fatídica noche.

 

Me levanté y me vestí en un instante. Salí a la calle decidido ahora sí a detenerme en el quiosco de la Gales. Volví a repetir los mismos esquemas geométricos a medida que iba sorteando veredas hasta llegar al diariero de la esquina. Me detuve en una de las baldosas diagonales con el mismo color imaginario del alfil que soy y lo llamé. Me entregó apurado el diario y enseguida observé la tapa.

 

En ella, en primer plano, un árbol tupido sombreaba la carrocería destruida de lo que fuera un automóvil.

 

"Los diarios siempre informan estas noticias trágicas y violentas" - pensé - "No podrían siquiera imaginar la aventura heroica que viví yo mismo esa noche".

 

Llegué luego al quiosco, compré los cigarrillos y volví a mi morada. En el trayecto levanté del suelo un trozo de gran diámetro de un caño de metal oxidado que habían dejado tirado en un chalet en construcción.

 

Ya había decidido mi destino, no podía esperar que nadie me felicitara ni que apareciera yo mismo en los diarios, pero alguien, desconocido y misterioso, me había encomendado esta tarea, había comprendido muy bien su chistido de alerta avisándome de la presencia de enemigos. Esta noche debía salir nuevamente a la playa, ahora más preparado. Y bien armado con este caño duro y potente, a salvar en silencio a la ciudad de los monstruos de las algas.

 


 

 

Subir


Copyright © 1998|2005 - Carlos Alberto Nacher
Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción total o parcial de este sitio
ni su tratamiento o transmisión por cualquier medio o método sin autorización escrita del autor.
Diseño: Dukal - Hosting: Madryn.Com


Home | Cuentos | Poemas | Novelas | Música | La Barda | El autor | Ventas | E-mail