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Dice el caminante binario:
La noche clavaba sus agujas de hielo en los
techos. Bien arropado salí a la calle, tenía que hacerlo aunque el calor
del interior de la habitación me tiraba para adentro. Me acomodé el
sobretodo en la puerta, con el cuello tapando hasta encima de la nuca y
acompañé mis pasos alejándome de los alrededores de la rambla fría y
ventosa. La caminata por las calles secas a las tres de la mañana en pleno
invierno iba a ser corta, el poco tiempo que se necesita para recorrer las
tres cuadras que separan a mi casa del quiosco más cercano abierto a esa
hora. Íntimamente, esperaba que la moneda me ayudara, y que no me hiciera
dar demasiadas vueltas para llegar. Iba a paso firme a pesar de que en esos
momentos en que la ventisca congelada me laceraba el rostro, me preguntaba
qué hacía dando vueltas de sonámbulo a esa hora y con ese frío; si era tan
necesario salir a la intemperie de esta ciudad vacía nada más que para
agregar un poco más de nicotina a los pulmones. Por lo menos podía aprovechar
la salida para mirar tranquilo la Avenida Roca, vacía y silenciosa, la
Gales con su hielo molido en los cordones y en las huellas de neumáticos de
los últimos taxis de esa noche.
La moneda me hizo doblar en la Gales. Tuve que
atravesar una vieja vereda con baldosas amarillas y rojas dispuestas
alternadamente. Miré a los costados para asegurarme que nadie me veía y me
puse a cruzar la vereda, tratando de pisar solamente las baldosas rojas,
saltando levemente como en una rayuela imaginaria. Todo estaba vacío y
quieto, ideal para esquivar baldosas, cuando siento que alguien me chista a
mis espaldas.
Me di vuelta sorprendido y de la misma irrupción
del chistido perdí el equilibrio, lo que lamentablemente me llevó a pisar
una baldosa amarilla. Miré atrás y no había nadie; supuse que era nada más
que el silbido del viento en las copas de los árboles y retrocedí hasta el
principio de la vereda para retomar el cruce bajo las condiciones impuestas
por la obligación que tengo desde hace años de no caminar a la deriva aún
andando solo y sin nadie cerca.
Cuando al final pude atravesar la vereda, ya un
poco más tranquilo, seguí adelante con mi periplo, ahora enfrentando otra
vereda de cemento en la que debía evitar pisar las incontables grietas del
piso, ubicadas con estúpida imperfección.
Siempre caminando por la Gales, ya estaba bastante
alejado de la rambla y el viento había cesado. No llegaba a comprender por
qué me había desviado tanto de mi meta, me había pasado dos cuadras del
quiosco que atravesé sin siquiera verlo.
Volví sobre mis pasos con un giro instintivo, miré
sin mover el cuello pero recorriendo con las pupilas todo el círculo de
cada ojo, miré a todos lados, a las copas de los árboles, a las casas
oscuras de enfrente. No había ni un alma cerca, ni una señal de vida tras
las ventanas en su mayoría cerradas.
Caminé rápido hacia el quiosco, me iba acercando
al mar cuando otra vez el chistido a mis espaldas me detuvo en seco por un
instante ínfimo, ya que me lancé de inmediato a la carrera hacia delante.
Al cruzar la primer bocacalle debí detenerme, porque me esperaba una vereda
más, ésta estaba formada por baldosones grises rectangulares y no podía
darme el lujo de pisar dos contiguos salvo que fuera en diagonal, puse los
pies en formación, ambos paralelos debajo del cordón de la vereda, calculé
el salto al baldosón más cercano y fui salteando uno a uno los bloques
hasta atravesar la acera en diagonal y llegar a tocar las paredes de las
casas.
El viento soplaba con un aullido finito y
quejumbroso. El miedo ancestral y la sensación de que el chistador me
perseguía a escondidas me hacían apurar el paso.
Como un caballo desbocado, iba a paso firme e
irracional atravesando a saltos las baldosas, cada vez más rápido y con un
escalofrío en la espalda. Un auto importado que cruzaba a toda velocidad la
esquina de Gales y Roca me devolvió a la realidad. De nuevo había
atravesado, sin verlo, al kiosco de la Gales. Me había ido tan lejos que
estaba otra vez a pocos metros de la rambla y del mar negro y eterno.
Agotado física y mentalmente luego del esfuerzo de
mis piernas y con la idea de que el perseguidor se acercaba con cautela,
sensación que se acentuaba más cada vez que se alejaba el automóvil por la
Roca, decidí llegar a la playa, lugar más seguro donde lo que fuera que me
seguía no tendría lugar para esconderse y estaría obligado a irse o dar la
cara.
Crucé la calle y pasé por al lado de una
enigmática y macabra hélice oxidada hecha monumento.
La marea estaba baja y la explanada de arena
debería medir cientos de metros en su anchura, el primer tramo de la playa
estaba recubierto por una masa uniforme, blanda y húmeda de algas en
descomposición, que emanaban un olor putrefacto que inundaba todo.
Atravesé las algas hundiendo mis piernas y mojando
zapatos y pantalón hasta las rodillas, hasta que al fin pude ganar la arena
más húmeda y compacta, limpia de algas. A lo lejos se veían los edificios
nuevos y las luces de la rambla cerca. Un bar misteriosamente cerrado y
oscuro, el edificio del hotel y atrás tres edificios de departamentos.
Las luces de mercurio iluminaban suavemente la
playa. De la montaña de algas brotaba una sombra larga que se mezclaba con
la penumbra del mar, casi exactamente en donde estaba parado yo mismo. Mi
propio cuerpo emanaba también una sombra más extensa aún que se perdía en
las primeras olas de la orilla.
En un momento en que cesó el murmullo de mar, mi
corazón comenzó a latir más fuerte. Y escuché de nuevo, esta vez paralizado
de terror, al silbido que me venía siguiendo desde que salí de mi casa.
Las luces titilaron de repente, desde el manto de
algas se sintió un grito atronador y algo comenzó a erigirse de la nada.
Algo entre las algas que había cobrado vida. El espanto me mantenía clavado
en la arena, inmóvil. El frío se había ido, la montaña viva de algas
extendió los brazos y comenzó a moverse hacia mí como una babosa gigante.
Un grupo de gaviotas cercano se mantenía indiferente a este horror y seguía
picoteando en las pequeñas lagunas dejadas por el agua en su descenso.
El monstruo de algas se acercaba. Ya estaba encima
de mí y podía sentir su tufo putrefacto, el olor fétido de la muerte. Sus
brazos podridos intentaban atraparme cuando la luz de un barco en el mar me
sacó del ensueño dramático en que me encontraba y retrocedí unos pasos
trastabillando. Me di vuelta y corrí uno metros en medio de la gran
planicie de la playa.
A duras penas llegué a un lugar donde el paisaje
cambiaba levemente, en la oscuridad vi un montículo de escombros de alguna
reparación reciente de un desagüe pluvial. Me acerqué y aferré con mis
manos un duro pedazo de madera, una tabla fuerte y pesada.
La monstruosa aparición no dejaba de seguirme
arrastrando a su paso las algas muertas, gritando y agitando al cielo sus
extremidades, de donde brotaba un extraño brillo cristalino. Saqué fuerzas
del pánico, la esperé junto a los escombros y cuando la tuve cerca,
prácticamente a un paso de distancia, con toda la fuerza de mis brazos le
apliqué un certero golpe con la tabla en lo que sería la mitad de su cuerpo
amorfo. La masa de algas se encorvó un poco y gritó, lo que aproveché para
darle otro palazo en la espalda. Los gritos se transformaron entonces en
gemidos y, embravecido y con el frenesí del instinto, quebré la madera en
su cabeza. La montaña cayó en la arena retorciéndose, de las piedras tomé
un trozo de ladrillo, me arrodillé frente a ella y asiendo el cascote con
ambas manos golpeé una y otra vez su cabeza, hasta que un ruido a vidrios
rotos me detuvo, jadeando y bañado en sudor. Me puse de pie, me alejé unos
pasos y el monstruo de algas se desvaneció en medio de sus hermanas
marinas, pasando a formar parte una vez más de aquel cementerio vegetal.
No escuché más sus gemidos y, ya seguro de estar a
salvo, volví corriendo a la civilización. Las luces de mercurio me
recibieron de nuevo cerca de la rambla, me sequé las gotas de sudor
mezcladas con arena de la cara y como a escondidas fui sorteando la vereda,
siempre saltando los bloques de granito en diagonal como imaginando ser un
alfil en un tablero gigante y salado de ajedrez.
Luego caminé despacio una cuadra hacia la Roca y
doblé a la izquierda (la moneda cayó de cara). Saqué el manojo de llaves
del sobretodo, temblando acerté la llave en el primer intento, aunque era
un edificio desconocido. Me metí en el estrecho ascensor con su irritante
luz de tubo fluorescente, llegué a un departamento vacío y me tiré en la
cama todavía con temblores en todo el cuerpo.
El día siguiente, que duró toda una eternidad, lo
pasé por completo acostado sobre el colchón ahora húmedo y arenoso. Miré
alrededor y pude reconocer mis pertenencias: era mi habitación.
A media tarde me metí en el baño a ducharme y
sacarme el espantoso olor a algas que no me abandonaba. Tiré la ropa de la
noche anterior en la basura y el miedo aún latía en mi cabeza, a pesar de
estar aparentemente seguro en la soledad de este departamento. Por la
ventana veía el mar y como para confirmar mi terror la playa se seguía
poblando de más y más algas densas y agonizantes.
Cerré los vidrios, bajé la persiana y me acosté de
nuevo hasta el día siguiente.
No podía permanecer más en ese cuarto, necesitaba
con urgencia caminar hacia alguna parte. Además debía ir de nuevo a la
Gales a pisar un par de las baldosas diagonales. Estaba seguro que las
había omitido por error durante el apuro de aquella fatídica noche.
Me levanté y me vestí en un instante. Salí a la
calle decidido ahora sí a detenerme en el quiosco de la Gales. Volví a
repetir los mismos esquemas geométricos a medida que iba sorteando veredas
hasta llegar al diariero de la esquina. Me detuve en una de las baldosas
diagonales con el mismo color imaginario del alfil que soy y lo llamé. Me
entregó apurado el diario y enseguida observé la tapa.
En ella, en primer plano, un árbol tupido
sombreaba la carrocería destruida de lo que fuera un automóvil.
"Los diarios siempre informan estas noticias
trágicas y violentas" - pensé - "No podrían siquiera imaginar la
aventura heroica que viví yo mismo esa noche".
Llegué luego al quiosco, compré los cigarrillos y
volví a mi morada. En el trayecto levanté del suelo un trozo de gran
diámetro de un caño de metal oxidado que habían dejado tirado en un chalet
en construcción.
Ya había decidido mi destino, no podía esperar que
nadie me felicitara ni que apareciera yo mismo en los diarios, pero
alguien, desconocido y misterioso, me había encomendado esta tarea, había
comprendido muy bien su chistido de alerta avisándome de la presencia de
enemigos. Esta noche debía salir nuevamente a la playa, ahora más
preparado. Y bien armado con este caño duro y potente, a salvar en silencio
a la ciudad de los monstruos de las algas.
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