Regresar a la página inicial.Los cuentos de NacherLa Poesía de NacherLas NovelasDiscografía - MP3 - DownloadsLista de correo - SuscripcionesBiografía - CV - FotosPida desde aquí los productos de Nacher.Contacto - E-mail - Correo

 

Novelas > El caminante binario

Los olvidados de la lluvia  

 

"En algún lugar debe haber alguien, ahora, que está siendo atropellado por un auto." Farfisa pensó en eso en el mismo momento en que se disponía a cruzar la 25 de mayo en mitad de la cuadra. La lluvia no cesaba desde el mediodía. Sin embargo, el clima no era malo del todo. Rápidamente atravesó el asfalto y puso un pie sobre el cordón de la vereda, se apoyó en él y saltó un charco de agua marrón que inundaba un desnivel de las baldosas. Por todos lados había olor a maní azucarado: la humedad exacerbaba ese olor.

 

Un grupo de jóvenes grises se amontonaba en la puerta de un negocio de video juegos. Sin mirarlos casi, caminó sorteando a los que obstaculizaban el paso. Alguno dijo algo, supuestamente dirigido a él, pero no se detuvo, ni siquiera pudo identificar a las palabras, aunque sonaron algo desafiantes.

 

Sus brazos pendulaban a los costados, mientras la llovizna era cada vez más molesta. Llegó hasta el edificio y oprimió el botón del Quinto A. Nadie respondió. Una vez más tocó el timbre y acercó la oreja al portero eléctrico, para asegurarse escuchar. Pero no, nadie respondió. Entonces tocó el timbre del Tercero C.

 

- ¿Sí? ¿Quién es?

 

- Yo, Farfisa.

 

- Ah, bueno. Pase.

 

Sonó una chicharra en algún lado y Farfisa empujó la puerta de metal y vidrio, que emitió algo así como un quejido de chapa contra el piso. Subió al ascensor, llegó al tercer piso y buscó, en penumbras, a la letra C en alguna puerta.

 

Antes de golpear, la puerta se abrió.

 

Una mujer, apenas asomada por detrás de la puerta semiabierta, le dijo:

 

- Pase, por favor.

 

- Gracias, en el Quinto A no hay nadie, creo.

 

- Es probable, aunque a veces Doble T está pero no atiende al portero eléctrico. No sé, es un poco rara.

 

- Vengo a traerle esto. Lo manda Triflex.

 

Farfisa sacó un paquete abollado de papel del bolsillo interno de la campera.

 

- Pero.. yo no le pedí que me mande nada... No lo quiero.

 

- Usted sí lo tiene que querer, es de regalo, creo. Al menos, no tengo que cobrarle nada, nada más me dijo que se lo diera, y que no me fuera sin que usted lo agarrara.

 

- Ya le dije, no quiero nada de Triflex y no lo voy a recibir. Váyase.

 

- En ese caso, deberé quedarme. No puedo irme sin haber entregado el paquete. Las órdenes fueron claras y esta es mi forma de subsistencia. Sepa disculpar, pero necesito trabajar, y usted está entorpeciendo mi labor.

 

- ¿Usted sabe lo que contiene ese paquete?

 

- No - Farfisa se estaba impacientando.

 

- ¿Y si tiene droga?

 

- No, no me parece. Es más bien un regalo común y corriente. Pero, en última instancia, no me interesa.

 

FARFISA estiró el brazo como para dejarlo sobre la mesa, atestada de diarios.

 

- ¡No! ¡Ya le dije que no lo quiero!

 

- Mire señora, sea razonable. Yo le doy el paquete, usted lo agarra.

 

Después, si es su deseo, lo tira a la basura y listo. Pero yo tengo que darle el paquete ahora.

 

- Está bien, démelo. Estoy cansada.

 

Ni bien la mujer tomó al paquete en sus manos, Farfisa dio media vuelta y salió del departamento.

 

De inmediato se apagaron las luces del pasillo, al mismo tiempo que la mujer cerraba la puerta con un fuerte golpe, que retumbó a lo largo del pasillo oscuro. A tientas, Farfisa llegó a la escalera y subió al quinto piso. Estaba nervioso por algo, pero no podía determinar exactamente qué era. Quizá la discusión anterior, quizá fuera la oscuridad. Buscó el departamento A y golpeó la puerta. La luz del living estaba encendida, pero nadie atendió.

 

Era evidente que Doble T no estaba.

 

Sin esperar demasiado, se dirigió a la puerta del ascensor. Antes de que pudiera oprimir el botón, la iluminación del ascensor que subía lo detuvo.

 

Paró en el quinto piso, sin que él lo hubiera llamado.

 

Bajó y salió del edificio. La lluvia había cesado, pero la calle seguía húmeda. Sacó la billetera y contó la plata: tenía poco, pero pronto se encontraría con Triflex, y éste le debía dos servicios de entrega. Triflex siempre pagaba sin inconvenientes, pero Farfisa seguía con esa sensación nerviosa que lo venía punzando desde que saliera del Tercero C. Caminando por una calle colmada de automóviles y personas, su mente lo llevó nuevamente a la entrevista con la mujer del Tercero C. Apenas se preguntó por qué nadie quería recibir los paquetes que mandaba Triflex, aquélla mañana la del Quinto A no había opuesto mucha resistencia, pero tampoco le había agradado mucho quedarse con el paquete. Pero la discusión con la mujer del Tercero C fue aún más extensa, ésta no deseaba bajo ningún aspecto recibir algo de Triflex.

 

Pensó: "en alguna parte, ahora mismo, alguien debe estar agonizando".

 

De pronto se encontró frente a un negocio sin puertas, con estantes abiertos repletos de remeras y buzos. Dos vendedoras jóvenes abordaban a cualquiera que se detuviera o amagara detenerse cerca de los estantes. Farfisa se detuvo.

 

Dentro de la tienda, una mujer que conocía o creía conocer, revisaba una pila de remeras blancas y amarillas.

 

- ¿En qué lo puedo ayudar? - preguntó una de las vendedoras

 

- Eee... quisiera esa oferta de tres remeras por 10 pesos. ¿Puedo elegir?

 

- Sí cómo no, ¿quiere que lo ayude?

 

- No.

 

Eligió tres remeras, casi al azar, y se acercó a la caja, al mismo tiempo que se colocaba prácticamente a espaldas de la mujer.

 

- ¿Usted es la del Quinto A, no?

 

La mujer giró brevemente el cuello hacia el lado opuesto. Seguía revolviendo un montón desprolijo de remeras.

 

- Disculpe, ¿Usted es Doble T, la del Quinto A?

 

- No.

 

Farfisa pagó y salió del local. Ya en la vereda, volvió a mirar a la mujer: efectivamente, se había confundido.

 

El cielo seguía gris, continuaba oscuro, como toda la tarde. El agua se iba escurriendo por las alcantarillas y el olor de los árboles húmedos abarcaba mucho.

 

Farfisa siguió con la mirada a un ciclista, hasta que se perdió en la esquina siguiente. Caminó unas cuadras y luego tocó timbre en lo de Triflex. Una voz barrosa le respondió desde adentro: era él.

 

- ¿Quién es?

 

- Soy Farfisa. Vengo a cobrar

 

- Espere, tengo otra entrega.

 

- ¡No! Creo que no seguiré entregando sus paquetes. Pero págueme mis honorarios por las entregas anteriores.

 

Triflex pagó, sin decir una palabra más.

 

Farfisa Salió otra vez a la calle. No podía dejar de pensar en Doble T. ¿Dónde estaba?.

 

La llovizna, persistente, había comenzado nuevamente. Llegó a sus casa, la luz amarilla del contestador automático titilaba.

 

Oprimió el botón de retroceso de cinta...

 

- Hola, soy Doble T. Necesito verte, se trata del paquete que me entregaste hoy... no sé, esto está mal.

 

Farfisa marcó de inmediato el teléfono de Doble T.

 

- Hola.

 

- Hola. Habla Farfisa. Vos me llamaste.

 

- Sí, es que este asunto del paquete no está bien.

 

- Bueno, pero ya no trabajo más para Triflex.

 

- Pero vos me trajiste esto.

 

- Sí, pero era un trabajo, nada más. Olvidemos eso. Mejor hablemos de nosotros.

 

- Entre nosotros no existe el nosotros, nosotros somos vos y yo, o aquel y aquélla, pero no somos nosotros.

 

- Me duele lo que me decís. Cuanto ayer te llevé el paquete, al mirarte pensé que entre nosotros había algo.

 

- No. Te equivocás. Entre nosotros no hay ni puede haber nada. Yo soy novia de Triflex.

 

- Pero... ¿Cómo puede ser? ¿Porqué no me lo dijiste antes?. Pensé que la novia de Triflex era la del Tercero C...

 

- Ella también es novia de Triflex. Todas esas mujeres, a las que Triflex les hace regalos, son novias de él. La mayoría de las mujeres no quieren serlo más, quieren estar libres para conocer a otras personas, vivir otras experiencias y, por qué no, hasta enamorarse. Por eso no quieren recibir más los paquetes. Pero siempre aparece alguno como vos, que insiste en entregar, a veces por la fuerza, estos malditos regalos que nos atan a Triflex. Hay muchos como vos, que se ilusionan con una historia de amor que podría ser pero que, crédulos y obedientes, siguen todos los pasos para que esa historia no florezca y las cosas no cambien. Y por unos pocos pesos.

 

- Es que, no sabía nada de eso. Ya me parecía que algo raro había en estas entregas. Pero ahora que lo sé, podemos ir a lo de Triflex y tirarle el paquete por la cabeza, y entonces estarás libre para lo que quisieras hacer, es decir, conmigo.

 

- No. El paquete ahora es mío, me pertenece. Y a vos te pagaron por traérmelo. Sería un delito hacer lo que decís que hagamos. Además, vos no me gustás. En realidad a mi me gusta Triflex un poco. Pero no me gusta que tenga tantas mujeres. Quisiera ser la única. Quisiera que fuera solamente mío.

 

Pasaron unos segundos de silencio. Farfisa trató de escuchar algo más a través de la línea telefónica, pero Doble T no dijo nada más. Entonces Farfisa colgó.

 

Salió a caminar, como siempre. Debajo de un sobretodo oscuro, la lluvia parecía de otro lugar. El agua alimentaba a los charcos de la calle y acallaba las palabras dichas en las veredas, gritos imborrables que desaparecen de repente.

 

"Exactamente ahora alguien se muere". Este pensamiento lo aplacó un poco. Se sintió casi mejor, por saber que mientras muchos se mueren justo ahora, él caminaba tranquilo bajo la llovizna. Un inexplicable vendedor de diarios seguía parado en la esquina. No había nada, pero estaba todo allí. El reflejo de las luces contra el asfalto, los relámpagos en el horizonte.

 

Caminó hasta una calle lateral y sucia. Unas personas con harapos se agrupaban alrededor de un fogón hecho con madera y gas-oil. Eran los olvidados de la lluvia. Escupió un poco de saliva helada al piso. Tosió.

 

En el ambiente sonaba una especie de música electrónica, que se mezclaba con un partido de fútbol en una radio ordinaria. Le gustó el paisaje de la calle. Se sentó sobre un diario en el umbral de un portón de chapas que nadie iba a abrir por el momento. Así pasó un pequeño lapso de tiempo, ante la mirada de sus vecinos circunstanciales. Un perro pasó corriendo con una bolsa de residuos en la boca. Farfisa se puso de pie de un salto, salió de la calle mugrosa y se metió en un almacén. Compró un sobre de sopa de verduras y una botella de vino caro.

 

Ya en su departamento, puso a calentar una olla de agua a la que le vació el sobre de sopa.

 

Luego, se tiró boca arriba en la cama, mientras el caldo bullía. Esperó, con la mente en blanco, viendo girar lentamente al ventilador de techo. Unos minutos después, el ruido del temblor de la tapa de la olla anunciaba que el agua estaba hirviendo. Se levantó, apagó el fuego y llevó la olla humeante a la pieza. La colocó al lado de la cama, hacia el costado derecho. Volvió a acostarse y fijar la vista en el ventilador de techo. Con la palma de la mano verificó la temperatura de la olla: ya estaba bastante tibia. Se colocó de costado y con el cucharón bebió unos sorbos del caldo de verduras.

 

Tomó el teléfono y marcó el número de Doble T. No contestaba. Luego, marcó el de la del Tercero C (no tuvo tiempo de preguntarse para qué lo hacía).

 

-           Hola.

 

-           Sí, habla Farfisa, el que le dejó hace un rato un paquete de parte de Triflex.

 

-           ¿Y?

 

-           No, nada.

 

Farfisa colgó antes de que le contestaran nada. Marcó el número de Triflex.

 

-           Hola, Triflex. Mirá, tengo que hablar con vos de inmediato.

 

-           No, no habla Triflex. Triflex no está.

 

-           Pero, ¿Quién habla?

 

-           Habla Doble T. Farfisa, ¿sos vos?

 

-           Sí, pero... ¿qué hacés allí?

 

-           Ya te lo dije, soy la novia...

 

-           Cierto, lo había querido olvidar. No sé para qué me lo recordás.

 

-           Yo no te llamé, vos me llamaste.

 

-           Yo no te llamé, yo llamé a Triflex.

 

-           Ya te dije, Triflex no está. Adiós.

 

Farfisa se quedó unos segundos con el teléfono en la mano. A través del auricular se escuchaba un sonido agudo extendido que se cortaba cada tanto, exactamente en el mismo momento que una paleta algo torcida del ventilador pasaba por sobre la cabeza de Farfisa.

 

Agarró la botella de vino y salió de nuevo. Aquella calle sucia lo atraía.

 

Llegó y todo estaba casi igual que hacía un rato. Todo estaba húmedo. La bolsa de basura, desgarrada, había sido abandonada por el perro. El partido aún no había finalizado, y el tambor que hacía las veces de fogón aún emanaba fuego y un humo aceitoso. Tres hombres lo rodeaban refregándose las manos.

 

Farfisa se acercó a ellos y les extendió la botella de vino fino. Era uno más de los olvidados de la lluvia.

 


 

 

Subir


Copyright © 1998|2005 - Carlos Alberto Nacher
Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción total o parcial de este sitio
ni su tratamiento o transmisión por cualquier medio o método sin autorización escrita del autor.
Diseño: Dukal - Hosting: Madryn.Com


Home | Cuentos | Poemas | Novelas | Música | La Barda | El autor | Ventas | E-mail