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Novelas > El caminante binario

Una mañana rara  

 

En la esquina de Derbes y D.García hay un vendedor de facturas. A veces, cuando pasan los autos, regala medialunas en el semáforo.

 

Hoy hace frío, y las ventanillas están cerradas. Están empañadas.

 

- Empanadas no vendo - me dice el vendedor de facturas

 

- De todas maneras - contesto - es un poco tarde para comer empanadas, ya son como las 7 de la mañana. ¿De qué son las facturas?

 

- Las medialunas son de carne, los vigilantes de jamón y queso, las tortas negras de humita y las bolas de fraile de pollo al escabeche con salsa tártara.

 

-Deme 3 croissants con dulce de leche, y unos escones de camarón bombay.

 

Llueve.

 

El semáforo reverdece, los autos que van para allá, es decir, en sentido transversal a la señal tricolor que acaba de presentar su brote primaveral en pleno invierno, arrancan. Los que no, paran.

 

Pasa un taxi. Grito ¡Taxi! ¡Taxi! ¡Taxi!

 

Pero en lugar de parar 3, para solamente 1, el que pasaba cerca. Subo con las tres medialunas de carne y dulce de leche. Me meto a las 3 en la boca, debido a la prohibición de portar comestibles perecederos sueltos en los transportes públicos, no así en el caso de sustancias alimenticias duraderas, tal como las latas de conserva o la leche larga vida. A los escones de camarón bombay los escondo en un bolsillo oculto de mi campera.

 

- Fuenos Fías. Foy hasfa Fenfifocho fe Fulio nnnn Farfolomé Fitre

 

- ¿En la esquina de la plaza?

 

- Fi.

 

El taxi arranca. Mientras, sentado en el asiento trasero, apoyo la nariz contra el vidrio empañado para ver mejor. Los vapores bucales emanados por mí, con un tenue aroma a facturas recién horneadas, entibian el ventanuco del vehículo.

 

De a poco, aclara. El pesado manto del fin de la noche cae en toda la ciudad. Estoy cansado, como un perro.

 

Otro perro húmedo revuelve el hocico en unas bolsas plásticas y blancas de basura. Mueve la cola cada vez que encuentra una basura buena. El asfalto mojado, con su brillo opaco, devuelve imágenes no verdaderas. El asfalto es frío, frío.

 

Bajo del taxi y me subo al asfalto.

 

En la plaza hay un predicador. Salta de prédica en prédica, da consejos para alcanzar la paz y otros beneficios.

 

Pocos lo escuchan, solamente los que están en un radio no mayor a los 50 metros de distancia del predicador. Algunos, si bien lo escuchan, no le prestan atención. Para ellos el predicador es tan o menos importante que el resto de los peatones.

 

La lluvia amaina cuando la mañana arrecia.

 

Una bella dama, emblondecida por la naturaleza, camina cerca, apurada. Prácticamente no le presto atención. Usa un bonito conjunto azul marino de sarga, con volados y pespuntes blancos en el cuello, el vestido cae vertical haciendo unos breves dobleces en la espalda. La pollera muestra un pequeño corte a los costados y lleva medias pantys blancas semitransparentes. Los zapatos son de cuero satinado al azul, con tacos bajos. Mide un metro setenta y cinco, calza 38, sus medidas son 91-61-92, es de escorpio, estudia diseño de modas y humanística, colecciona frasquitos de colonias asiáticas y le encanta hacer trekking montañés, viajar por el mundo, ir de compras y jugar badmington con amigas. Odia a la mentira y la falsedad, y le gustaría ser una benefactora de la humanidad, ayudar a la gente carenciada. Mira con una mirada gris e indiferente, como miran las novias de otras personas distintas de uno.

 

 

 

Mientras saco el primer escón de la mañana, me mira fijo y se dirige a mí (el predicador, la rubia no: ella continúa en su camino, segregando las endorfinas que la ayuden a estimular sus órganos internos y a fortalecer su sistema inmunológico.).

 

Saco dos escones más, me pongo a los tres en la boca y me dispongo a masticarlos, 25 veces a cada uno.

 

En eso el predicador me dice:

 

- ¡Usted, pecador!

 

- ¿Fo?, ¿Fo qué cofa hife?

 

- A usted le hablo, alma perdida. Escúcheme.

 

- Fo fa me iba.

 

- ¡No! ¡Espere! ¡Escúcheme! Le voy a dar la fórmula para transformar la derrota en victoria.

 

- Fero estoy un foco afurado...

 

- ¡Alto ahí!

 

Llega un policía, también con un bonito conjunto azul marino.

 

- ¿Porqué está tan apurado... señor? Su actitud resulta bastante sospechosa. ¿Cómo se llama?

 

- fffffmmmmmnnn.

 

- ¡Ah! Así que se niega a declarar. ¿O es extranjero?. Me va a tener que acompañar.

 

- Espere agente. No cometa un error. El señor no parece ningún delincuente normal. Es más, yo no le veo nada de normal. Simplemente se disponía a escucharme, le iba a contar la fórmula para convertir una pérdida en una ganancia. Usted, oficial, si lo desea, también puede quedarse y escucharme.

 

Cuando por fin pude digerir el último camarón bombay, el predicador ya había iniciado su locución. Con tono declamante decía:

 

"Para que una derrota sea victoria, primero hay que perder. Saber perder no es fácil, pero con práctica se consiguen buenos resultados. Hay gente que ha perdido tanto en la vida, que ya llevan la derrota en la sangre. Pero eso no es todo: algunos elegidos, han llevado a tal extremo su culto por la derrota que se comportan como perdedores hasta cuando esporádicamente ganan. Para ser un buen perdedor hay que seguir determinadas pautas, conductas de vida. Una vez que se ha perdido, se procede de la siguiente manera:

 

Llevar los pensamientos del hemisferio izquierdo del cerebro al derecho, luego invertir este proceso algunas veces más, hasta que no se pueda determinar de cuál lado están los pensamientos. Mientras se realiza este proceso, tratar de establecer cuál es el significado real del triunfo, qué obtuvo el que ganó y si ese éxito no le traerá en el futuro algún compromiso que antes no tenía. Hay muchos ejemplos de casos de triunfadores que sucumbieron presas de su propio triunfo. En definitiva, preguntarse ´si en realidad es más feliz el que gana o esto responde simplemente a pautas sociales inventadas pero no genuinas. Podemos decir que perdiendo, estamos dándole felicidad a otros, estamos haciendo que gente interesada por escalar posiciones en el orden social obtenga sus objetivos que de por sí son egoístas, ya que de otra manera no se justifica bajo ningún punto de vista el ansia de ganar. Todo ganador debe ser al menos un poco egoísta, sino no tendría que querer ganar. El perdedor, en cambio, mira con tolerancia al que gana, se regocija de haber ayudado a su alegría, que por otra parte es pasajera. Y se tendría que alegrar por eso. No tiene ni que mencionar su alegría, tiene que mostrarse apesadumbrado pero no tanto, porque en el ganador puede aflorar su lado humano y hasta podría sufrir levemente por haber ganado. Mas bien, el perdedor debería protestar el fallo y no reconocer al que triunfa, debería ser mal perdedor para que su obra de bien sea completa. Sin embargo, como es evidente que solamente unos pocos iluminados pueden comportarse seriamente como malos perdedores, no aconsejamos esto último. Tampoco sirve dejarse ganar, porque sería una actitud hipócrita de todo aquel que se considere un verdadero perdedor. Hay que llevar el juego hasta las últimas instancias tratando de ganar. En este punto, caer derrotado haciendo todo lo posible por ganar es una buena actitud perdedora. Será feliz aquel que logre entender que sus actos más logrados son en pos de los otros y no de uno mismo. Habrá convertido la derrota en una victoria inexplicable pero mucho más real que las otras, que se miden estúpidamente en dinero, puntos, goles o amores."

 

 

 

El policía se quedó escuchando al predicador. Yo aproveché un momento de distracción de ambos para irme. La distracción de uno de ellos me ayudó a retroceder tres pasos; la distracción del otro me permitió girar y caminar en sentido contrario a la presencia de ellos.

 

Había un poco de niebla que lentamente se disipaba. Unos rayos de sol tenues rebotaban contra los enchapados de los autos.

 


 

 

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