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"Esto es algo cotidiano" se dijo Farfisa
cuando en el reloj sonaron las 12 del mediodía. Descolgó el reloj de la
pared y retrocedió las agujas hasta que el reloj marcara las 11. La noche
estaba cerrada, muy oscura. Faltaba una hora para la medianoche. Había un
silencio inaudito en el barrio. Hacía 11 horas que Farfisa venía
retrocediendo las manecillas del reloj una hora cada vez que daban las 12.
Intentaba comprobar qué ocurriría si retrasaba el tiempo doce horas, ver la
reacción de la gente ante un mediodía oscuro y una medianoche con sol
radiante.
Esperó parado un rato en la puerta de la casa,
apoyado contra un pequeño paredón que servía de apoyo a Farfisa y para
contener también el medidor de gas. Aprovechó la espera para regar el pasto
del breve jardín de adelante, no era cuestión de dilapidar tiempo porque
sí. Durante un largo período no pasó nadie ni nadie más salió a la puerta,
parecía que la mayoría dormía, sin percatarse que Farfisa había corrido la
medianoche para 12 horas después, cuando fuera pleno día. Esperaba ver
pasar al camión basurero, ver salir a los chicos del jardín de infantes,
escuchar el ruido del taller mecánico de a la vuelta.
Pero no, nadie comprendió ni tenía porqué hacerlo.
Farfisa entró desilusionado a la casa, miró al reloj de plástico de la
cocina, lo descolgó y le dio 12 vueltas de 360 grados al minutero en el
sentido inverso a las agujas del reloj. Quería dejar todo como estaba.
"Veamos", pensó una vez más, "si el
hecho de que yo cambie a gusto el huso horario de mi casa no afecta en
absoluto al resto de la gente, ni a mí siquiera, ya que debo reconocer que
es de noche y tengo sueño, entonces, ¿para qué debo preocuparme por la hora
marcada por este reloj?. Es una tarea más para mí estar mirando lo que me
dice este aparato acerca del tiempo, verificar si coincide con el horario
real, etc. Evidentemente, esto no tiene ningún sentido. Sin embargo, sí es
necesario para una vida mejor, sacarle la pila y que la hora se quede
detenida en la hora que uno quiera. A mí me gustan las veinte y treinta,
así que le saco, la pila, y lo pongo para siempre en ese horario. Por
respeto y buena educación, cuando vengan amigos o invitados a mi casa, les
propondré que elijan ellos la hora que les guste, así pasamos todo el
tiempo que estén aquí siempre en la misma hora, al menos hasta que se
vayan. Así, si la visita es aburrida me parecerá que por suerte duró
poquísimo, nada digamos, y si es amena diré '¿Ya se van? Pero si parece que
recién llegaron'. Bueno, todo sea por los buenos usos y costumbres."
Luego de esto, Farfisa volvió a salir a la puerta.
No para ver nada en particular, sino porque el claro sonido de un arroyo
cordillerano en primavera, con piedras limpias y agua transparente, lo
llamaba melodiosamente desde afuera. Cerró la canilla, enroscó la manguera
y volvió a entrar.
Pasaron varios días con el reloj en las 20.30.
Farfisa Asecas, concentrado en esos momentos en un recuento de pasto del
fondo, se aburrió de las 20.30 hs. Sintió que debía modificar una vez más
el tiempo. Fue hasta la cocina y puso al reloj en las 19.30 hs. Lo colgó
del clavo de la pared y lo volvió a descolgar. Con un destornillador le
sacó las manecillas y las guardó en un cajón.
"Mejor, que sea la hora que Dios quiera. Qué
problema hay".
Interludio
(Voy a dejar que el personaje piense por mí.)
Y para qué juntaría huesos Rebeca. Quién sabe,
pero la gente está muy rara últimamente. Aunque creo que me lo dijo, ahora
no entiendo muy bien la razón. Se ve que ella debe tener algún motivo. Los
huesos, en última instancia, deben servir.
También yo podría coleccionar algo, debe ser un
buen pasatiempo. Insectos, estampillas, libros, botellas de vino. Qué podrá
ser. Ya sé: voy a coleccionar recuerdos. Cada cosa que pase la voy a
memorizar continuamente, así puedo llevar un inventario en tiempo real de
toda mi colección, que se iría incrementando segundo a segundo. Podría
tener la mayor colección de recuerdos del mundo si me lo propusiera. Espero
no olvidarme que tengo que coleccionar recuerdos. Aunque, para no hacer tan
complicada la cosa y no correr el riesgo de perder toda la colección si
alguna vez pierdo la memoria, mejor voy a coleccionar olvidos. Eso es mucho
más sencillo y no debo ser yo quien lleve el conteo de todos los elementos
del conjunto. Además, si me olvido de coleccionarlos, mejor todavía, ese
olvido sería un miembro más de mi colección, que de por sí sería pequeña.
Aunque, pensándolo bien, podría olvidarme de todo, no solamente de lo que
tengo que hacer, sino también de lo que fui, de los recuerdos, de las
personas, de las calles, de los objetos, de todo el universo. Entonces mi
colección sería enorme, inabarcable. Todo lo que existe formaría parte de
mi colección. Y cuando me muera, en ese preciso instante, habría completado
absolutamente mi colección, no me faltaría nada, porque me habría olvidado
hasta de mí mismo. Quizá fuera la única colección finalizada en toda la
historia de la humanidad. Habría batido todos los records conocidos. Sería
el mayor coleccionista de todos los tiempos. Pero para eso tendría que
haberme muerto. ¿Será posible que tantas cosas que uno quiere lograr, para
lograrlas tienen que finalizar sus días? ¿No será mejor dejar que la vida
pase nomás, sin esperar nada? No, mejor comienzo la colección, no importa
que no la pueda terminar vivo. De ahora en adelante voy a olvidarme de la
hora.
(No voy a dejar más que el personaje piense)
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