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Por la tarde, a la hora en que las manecillas de
los relojes se juntan en la zona más austral de ellos, Farfisa sale de su
casa.
Es una hora que se vuelve contra uno mismo. Es de
día aunque por poco tiempo, pero no es de noche. La calma rodea a las cosas.
Los objetos del interior de la casa de Farfisa son observados por él
momentos antes de salir. Contra la pared, el reloj de pie está casi
estático para la percepción del hombre, que en un período de dos segundos
no puede visualizar movimiento alguno en el minutero. Sin embargo, se
movió. Farfisa lo mira, mira también el cuadro del paisaje montañoso, abre
la puerta y sale. Antes de cerrar la puerta vuelve a entrar. Mira una vez
más al cuadro y al reloj: algo raro está pasando. Ambos objetos están
inmóviles, como si no estuvieran vivos o bien como si estuvieran vivos pero
no pueden animarse por sí mismos, sino que necesitan de la intervención de
otros para animarse (son casi como seres humanos, piensa Farfisa). Vuelve a
salir y entrar de inmediato. Nada. Todo quieto como en los momentos
recientes, previo a la salida. Farfisa tiene ganas de salir a caminar, pero
no puede dejar a la casa en estas condiciones: estaría intranquilo todo el
tiempo hasta volver.
Cierra los ojos y cuenta de 20 a -20. Ya en el -10
escucha ruidos a su alrededor. Al llegar a -20 abre los ojos y por fin
puede calmarse: el reloj está apoyado en la pared opuesta y el cuadro
montañoso ahora es un lago con una niña tripulando un bote.
Sale. Cierra la puerta con llave y se para de
frente a la calle, dándole la espalda a la puerta, al reloj de pie y al
cuadro quienes, ahora que Farfisa salió, aprovechan para quedarse quietos.
Tira la moneda, sale del lado que dice
"República Argentina, en unión y libertad, casa de la moneda,
etc.". Entonces camina hacia la derecha.
Enfrente, los mares infinitos colgados de la
terraza de una casa blanca siguen con su oleaje perpetuo. Pasan algunos
peatones. Un peatón deja de serlo al subirse a un auto estacionado. Luego
se baja y vuelve a serlo, aunque ya no es el mismo peatón de antes, ahora
es un peatón con auto propio, es peatón porque quiere, no por necesidad.
"Peatones eran los de antes" piensa Farfisa, "Hasta los
caballos eran peatones. Ahora ya no se ven caballos caminando, ni siquiera
andando en auto". Desde unas rejas negras con algo así como filetes
metálicos en las puntas, lo chista un perro. Pero Farfisa no habla con los
animales, no desea entrar en contiendas dialécticas de las que seguro va a
salir perdiendo. Prefiere hablar con mujeres o, de lo contrario, hablar con
cualquier otra persona preferentemente del sexo femenino. Ya está un poco
cansado de hablar con espectros, bucéfalos y toda esa humanidad hirviente
que inunda el territorio sólido del planeta, así como también el nublado
terreno onírico del universo.
En la esquina se encuentra con Rebeca.
Hay un 50 % de probabilidad de que charlen, todo
depende de si Farfisa, puesto en este caso como emisor, quiera enviarle un
mensaje hablado a Rebeca y que Rebeca, como receptor, quiera escuchar dicho
mensaje y retroalimentar con palabras al emisor. El otro 50 % está dado por
la situación inversa, piensa Farfisa. Tira la moneda: sale seca. Por lo
tanto no podrá comenzar la charla. No obstante, espera a que Rebeca sea la
iniciadora, pero ésta pasa caminando cerca de él sin hablar. Él la sigue a
cuatro pasos, durante un largo trecho ya que por suerte, pasan por un
extenso terreno sin construcciones y desnivelado, donde no hay esquinas en
donde Farfisa indefectiblemente tendría que doblar, perdiéndole así el
rastro a Rebeca.
Luego de unos 400 metros, Rebeca se detiene y
gira.
- Hola Farfisa, ¿cómo estás? -
Farfisa camina tres pasos más que Rebeca, y
también se detiene.
- Estoy frente a vos, tenía ganas de charlar un
rato, si es que tú así lo desearas -
- Sí, pero... me lo hubieras dicho antes, así no
teníamos que caminar tanto -
- No tiene importancia, es encantador caminar
contigo en esta tarde casi penumbrosa -
- Me alegro. Una pregunta, ¿tenés cambio de dos
pesos?. No, no, dejá. En el almacén seguro tienen. Voy a comprar cebollas.
¿Me acompañás? -
- ¿Harás una ensalada, Rebeca? -
- Sí, pero de lechuga y tomate, nada más. -
- ¿Y por qué lo de las cebollas, entonces? -
- No sé, es que tengo ganas de llorar. Hace mucho
que no lloro y hoy tengo ganas. Quiero llorar por todo lo que tengo por
todo lo que soy, por todos los que quiero y por los que no quiero, por los
que me conocen y por los que no, por vos, por mí, por la humanidad. Por eso
voy a comprar cebollas y las voy a cortar chiquitas.
Porque sino no puedo llorar... no sé, no me sale
ni una lágrima. -
- Es porque en el barrio se las robaron todas -
Siguieron caminando y llegaron al almacén.
Mientras, Farfisa se quedó pensando en el cambio de dos pesos. Hurgó en su
bolsillo derecho y notó que, aparte de la moneda que siempre llevaba, tenía
otra de un peso. Se preguntó qué pasaría si tiraba las dos monedas al aire
para determinar su destino. Esto le abría un abanico de posibilidades mucho
más vasto que la cotidiana vida binaria. No solamente podría virar a
derecha o izquierda, sino que podría volver hacia atrás y aún más: seguir
caminando en línea recta hacia adelante. Pasaría de las dos dimensiones a
las cuatro, o al menos algo así. Se dijo: cara cara: izquierda; seca seca:
derecha; cara seca: atrás; seca seca: adelante. Se emocionó con el
descubrimiento, como se emociona un niño que hace un descubrimiento.
El almacenero pesaba las cebollas. Rebeca miraba
el indicador digital de la balanza. Farfisa intentaba determinar el grado
de compromiso del almacenero con su trabajo, observando detenidamente la
distribución de toda la mercadería en el recinto. También tuvo tiempo de
observar la distribución muscular y ósea de la espalda de Rebeca, que le
resultaba particularmente interesante.
Cuando se completaron los 2.067 kg de cebollas,
para ser casi exactos, Rebeca pagó con los dos pesos.
- No tengo cambio - dijo el almacenero
- ¿Cómo que no?. ¿Pero qué clase de negocio es
éste? - Rebeca se había irritado un poco. Tenía la espalda con la piel
escamada, producto de una larga exposición al sol.
- Un negocio sin cambio -
- Usted se equivoca, disculpe - Farfisa se vio
obligado a interceder - pero lo cierto es que este negocio es bastante
cambiante. Si ir más lejos, ayer tenía las latas de arvejas junto a las de
porotos, y hoy no veo arvejas ni cerca de los porotos, sino que están bien
apiladas junto a los garbanzos. Además, aunque casi nunca lo notemos, todos
estamos cambiando continuamente, aunque no lo esperemos.
- Farfisa, ¿vos tenés cambio? -
- ¡No! - gritó Farfisa, aferrando con fuerza a las
dos monedas de un peso en un solo puño.
(20, 19, 18, 17 ...)
- Bueno, anótelas en mi cuenta, por favor. No nos
vamos a andar preocupando por unas pocas cebollas mal pesadas.
Salieron, mientras el almacenero de inmediato
volvió a acomodar a las arvejas junto a los porotos.
- ¿Adónde vas ahora Farfisa?
- Dame un segundo - (cara) - Para allá - el brazo
de Farfisa indicaba un punto imaginario a la izquierda relativa de su
cuerpo. Era la playa, que estaba bastante cercana.
- Te puedo acompañar, si querés.
- Dame otro segundo - (cara) - Bueno, vamos.
Rebeca era una mujer interesante. Tenía todas las
cualidades simétricas que Farfisa deseaba de una mujer. Dos brazos, uno a
cada lado del eje central del físico, dos ojos, dos piernas y varias otras
partes con igual distribución. Y de las partes que poseía solamente una,
éstas se encontraban exactamente centradas en el eje vertical de su
organismo. Estas partes unitarias y binarias venían a conformar un todo
indiviso.
Se sentaron junto al casco oxidado de un viejo
barco encallado. Rebeca sacó una a una a las cebollas. Cuando hubo
finalizado, se largó a llorar como loca. Desconsolada, sus lágrimas bajaban
en aluvión de sus mejillas. Mejillones vivos poblaban unas piedras de
arcilla que la marea baja había puesto al descubierto. Farfisa la dejó que
llore. De paso aprovechó para soltar alguna que otra lágrima también. El
mar absorbía las lágrimas de ambos. El mar, finalmente, es tan grande y
benigno que, cuando uno quiere llorar, lo mejor es a la orilla del mar,
porque éste asimila todas las lágrimas y después inspira cosas.
Farfisa recordó a los ladrones de llantos.
Entonces le propuso a Rebeca hacer un viaje por mar, para lo cual ya tenía
un velero preparado en las cercanías. "¿Y las cebollas?" Preguntó
la muchacha. "Las llevamos con nosotros, por supuesto. Cómo las vamos
a dejar acá, libradas a su propia suerte".
La velocidad del viento era lo suficientemente
buena como para emprender la travesía. Quizá era demasiado rápida. Farfisa
se mojó con una lágrima de ella el índice de la mano derecha y lo elevó por
encima de su cerebro. Determinó que el viento soplaba a una velocidad de 7
nudos en dirección nor-noroeste. Era mucho, el viaje sería un poco
vertiginoso, por lo que le desató al viento un par de nudos, que estaban
bastante apretados, atados con soga de amarre pero muy sueltos a la vez.
- Yo junto huesos - dijo Rebeca mientras lo
ayudaba a preparar el velero - En casa tengo un esqueleto completo de
alguien que no puedo reconocer, y eso que lo tengo todo entero. Lo encontré
una vez en un cañadón seco, por allá, pasando Playa Paraná.
- ¿Y cómo lo encontraste? -
- Es una corta historia, no creo que te interese
que te la cuente ahora, que tenemos tanto tiempo. Pero, si me permitís, te
la resumo:
"El verano llegaba a su fin. Los últimos días
de marzo mostraban a la playa todavía con algunas personas tomando sol,
resistiéndose al cambio de clima.
Los días eran benignos aún; una leve brisa se
levantaba todas las tardes, calmando el calor pesado de los rayos de sol
por un aire fresco que penetraba mansamente las remeras.
Miré a mi alrededor: me rodeaba un puesto de
panchos improvisado que había instalado en una zona alejada de las playas
céntricas pero bastante frecuentada por bañistas en busca de un lugar más
tranquilo. Las chapas rojas del puesto, salpicadas con carteles de
propaganda de gaseosas, reflejaban brillos hirientes del último sol de la
tarde. Hacía calor todavía, y la olla con agua hirviente sembraba en el
entorno del negocio un vapor húmedo y pegajoso.
Sobre uno de los estantes, entre sobrecitos de
mayonesa y bolsas de pan, descansaban desapercibidos dos libros, uno de
poesías de Dylan Thomas y otro de ... que yo cuidaba con la vista cada
tanto, reliquias de una juventud que casi se me había escapado sin notarlo,
pero que intentaba recuperar por un momento, al menos, cada vez que volteaba
la cabeza y miraba las tapas de esos dos ejemplares que me habían marcado
en mi adolescencia.
Llevaba unos pocos meses en estos parajes. Había
viajado, escapando quién sabe de qué destino incierto, de las grandes
ciudades sordas del norte. Con un par de bolsos y 5000 dólares que
atesoraba en un lugar secreto, emprendí un viaje que, por el momento, había
concluido en una ciudad que se resistía todavía a dejar su destino de
pueblo, aunque bastante moderna. Al llegar me deslumbró la gigantesca soledad
de las playas, explanadas que con la marea baja se transformaban en refugio
de gaviotas, playas sin límites a la vista, rodeadas a la vez de bardas de
arcilla que el agua moldeaba con los años y que servían de soporte a un
campo también inabarcable.
No recuerdo de qué manera conseguí la concesión
para poner un puesto de venta de salchichas, pero inmediatamente gasté un
poco de mis ahorros para instalar el negocio.
Compré también una carpa, que armé en un camping
cercano, donde por unos pocos pesos tenía agua potable y electricidad.
Unos pocos kilómetros al norte se levantaba la
ciudad, que asomaba al mar en una profunda entrada del agua en la tierra.
Desde mi llegada, cuatro meses atrás, había hecho
muy pocos amigos, casi ninguno al fin y al cabo, salvo unas pocas almas con
las que conversaba de vez en cuando: el encargado del camping, el proveedor
de salchichas y panes, el de gaseosas, el cobrador de la municipalidad y
unos muchachos que de vez en cuando jugaban unos partidos de fútbol cerca
de mi puesto.
Pero no había venido a buscar amigos, aunque
tampoco eso significaba que no los quisiera. No había venido a buscar ni a
encontrar nada; al contrario, había venido a perder cosas encontradas
antes.
Sin embargo, muchas veces que caminaba desde la
carpa al puesto, desviaba mis pasos hacia rumbos no muy lejanos para el
campo inmenso pero sí para mí.
Entonces recorría con la vista cada piedra que
sobresaliera de la tierra, contaba cada planta que sorteaba a mi paso,
haciendo mentalmente dos listas: una con las plantas de la izquierda y otra
con las de la derecha. Como si estuviera buscando algo. Lo que más me
gustaba era que la noche me pescara caminando por las bardas, y entonces
lentamente ponía rumbo hacia el camping, orientada por unas luces muy tenues
de lamparitas de 60 watts de las carpas vecinas. En esos momentos no miraba
hacia abajo, sino que, con la vista clavada en las luces, caminaba a
ciegas, dando pasos muy pequeños y calculados para no tropezar con los
arbustos.
Una tarde de fin de marzo, de regreso al camping,
decidí alterar un poco el rumbo y caminé campo adentro, hacia un cañadón
viejo y seco que había descubierto días atrás con la vista, desde lo alto
de un médano. Llegué y comencé a caminar por él. Las paredes del cañadón,
al principio tan bajas que no alcanzaban los treinta centímetros, poco a
poco fueron creciendo hasta transformarse en muros de casi cuatro metros de
altura. En ese punto, bien adentro del campo, una camioneta grande hubiera
podido atravesarlo sin inconvenientes; sin embargo, el ancho del cañadón no
era el suficiente como para quitarme una angustia que me iba creciendo
cuanto más caminaba: una sensación de encierro, de paredes que me abrazaban
como una cárcel. Allí no había horizonte, apenas un poco de cielo, y el
campo, en su grandeza y soledad infinita, era a la vez otra forma de
encierro.
Iba a emprender el retorno cuando vi una especie
de piedra esférica blanca que asomaba contra uno de los muros. Me acerqué y
con las manos escarbé la tierra blanda y arenosa hasta descubrir sobre un
flanco dos orificios grandes: había encontrado un cráneo humano.
Atraída por una curiosidad inexplicable, busqué
una rama o un palo firme para excavar más rápido. A medida que crecía el
pozo mis ojos veían que iban apareciendo las otras partes del esqueleto:
tórax, brazos hasta llegar a las piernas.
Cada vez que un hueso era liberado de la opresión
de la tierra, caía otra vez al piso desarticulado, como queriendo volver a
ella. Yo los iba juntando y los armaba acostados, cuidadosamente a un lado
del pozo.
Ya estaba oscureciendo y el cielo limpio se
comenzaba a manchar de nubes grises. Tenía que volver antes que la
oscuridad absoluta cayera sobre el campo. Pero antes, a toda velocidad,
cubrí al esqueleto con ramas arrancadas a los piquillines cercanos. Lo tapé
bien, por completo para que nadie, ni siquiera un animal, descubriera mi
hallazgo. Luego desandé el cañadón a paso vivo hasta llegar al olor
conocido de la brisa marina.
Esa noche no pude casi dormir pensando en aquel
montón de huesos.
¿Sería hombre o mujer? Se trataba de un adulto,
probablemente muerto hace muchas décadas. Hicieron falta muchas lluvias
para hacer aflorar ese nuevo misterio a la superficie.
Al día siguiente volví al cañadón. Esta vez traía
conmigo una bolsa de arpillera y un pincel. Al llegar al lugar, vi con
tranquilidad que estaba todo como lo había dejado el día anterior. Quité
las ramas y lentamente le fui sacando la tierra a cada hueso con el pincel,
antes de guardarlos en la bolsa. Con cuidado, modelando mentalmente la
estructura ósea completa, traté de que no le faltara ningún hueso, al menos
de los más importantes para luego armarlo en mi carpa, más tranquila.
Mientras permanecía concentrada en esta tarea, no
noté la presencia de una mujer joven, que me observaba desde arriba, al
borde de una arista del cañadón.
La mujer intentó asomarse un poco más para ver más
claramente lo que yo estaba haciendo allá abajo, acercó un poco más un pie
al borde, un pedazo de tierra se aflojó y se cayeron unos granitos terrosos
sobre mi espalda.
Asustada por el pequeño derrumbe, que delataba la
presencia de algún otro ser vivo en las inmediaciones, levanté la cabeza a
la vez que trataba de ocultar con mi cuerpo los huesos diseminados a su
alrededor. El sol de frente me impidió ver a la silueta en su totalidad,
solamente el revoloteo de una cabellera rubia me indicó que se trataba de
una persona.
- Qué estás haciendo acá - Pregunté con voz
temblorosa.
- Nada, pasaba por acá, sentí ruido allá abajo y
me asomé a mirarte. Pero, ¿qué estás haciendo vos? -
- Podría contestarte que no te importa, pero
mejor, antes de contestarte espero que vos me respondas a mí, que en última
instancia pregunté primero, y además no soy yo quien te está espiando a
vos, sino todo lo contrario.
- La verdad es que estoy de paso por aquí, vengo
de unas playas más al sur cargando mi mochila. Y me gusta este lugar, no
hay muchos paredones a la vista, no como en Playa Morientes, donde ya casi
cercaron la costa completa con el Paredón.
Yo también había visto que a unos 4 kilómetros de
mi puesto de panchos estaban levantando un paredón rodeando a la playa,
pero pensé que se trataba de un nuevo hotel o algo así.
- ¿Es muy pesada la mochila?
- No mucho. Bueno, sí, bastante para andar
caminando siempre con ella a cuestas. Pero aquí tengo las cosas que
necesito, ni más ni menos. Soy libre.
Algo en la voz de ella le decía que se me parecía.
Todos por acá, pensé, vienen de lejos, persiguiendo algo, o bien escapando
de algo. Yo era la excepción, deseaba perder cosas, pero no escapaba ni
perseguía. Simplemente estaba.
- A pesar de que nuestras propiedades pesan, creo
que es necesario llevarlas a cuestas por un tiempo.
- ¿Puedo bajar?
- Sí por supuesto. Me llamo Rebeca. ¿Y vos?
- Lolita. hola.
Enseguida le mostré mi hallazgo y lo que pensaba
hacer con él. Creía que una forma de retornar a la naturaleza era recrear
el cuerpo de lo que alguna vez fue un ser humano, al menos recrearlo con
sus huesos, como a un dinosaurio.
Entusiasmada, Lolita me ayudó a recolectar y
limpiar toda la osamenta.
Guardamos todo en la bolsa y emprendimos el camino
hacia mi carpa. Luego de un rato, el camping asomaba a lo lejos, a la
izquierda de un mar brillante e inmenso, como en las postales que vendían
en los kioscos a los turistas. Las líneas rectas de las carpas contrastaban
notablemente con las curvas delineadas por siglos de las bardas; no
obstante, me dije, todo es la naturaleza, hasta el paredón gris y lejano
que se erigía hacia el sur.
El semblante tranquilo y despreocupado de Lolita
se desdibujó al ver a la construcción allá a lo lejos. Una expresión de
pánico se apoderó de su rostro...
Así fue como conseguí el esqueleto."
Farfisa la dejó terminar de hablar sin
interrumpirla. Cuando Rebeca hizo un silencio que parecía anunciar el final
del relato, Farfisa tiró la moneda. Salió cara: la historia era verdad.
Soltaron las amarras y se hicieron a la mar,
dejando atrás al mundo entero, con la sola e imposible excepción del mar.
- ¿Y Lolita vió lo que había detrás del paredón?
- No sé, Lolita estaba muy triste. Se alejaba más
y más de la incertidumbre de ser feliz. Ella se sentaba a mirar el
horizonte, mochila en mano, como tratando de decidir para dónde ir -
- Claro, seguro que no tenía monedas, que si no la
decisión es muy fácil de tomar -
- No todos tienen esa virtud, Farfisa, a vos no te
cuesta nada decirlo, porque tus decisiones están determinadas por el
destino. Pero, ¿qué hay de aquellos cuyo futuro está determinado por la
decisión de otra moneda que no es la de uno mismo, o peor aún, por la
decisión de alguien que ni siquiera tira una moneda? -
- Es cierto, tenés razón. No puedo concebir la
vida de aquellos que no eligen. -
- Ahora decime: aquellos que, como vos, eligen,
¿eligen bien? -
- No sé. Pero no tiene importancia eso. Lo
importante es siempre tener al menos dos caminos para decidirse por uno.
Con frecuencia, esos caminos son "si" y "no". Ahora,
por ejemplo, elegimos navegar a no hacerlo. Mañana a la mañana, quizá,
elijamos volver a tierra. Y digo "elijamos" porque la moneda es
mía y la tiro siempre para mi, no quiero involucrarte en mi decisión, puede
que te afecte.
- Igual me puedo ver afectada aunque no me
involucres. No olvides que tus actos afectan, al menos mínimamente, a los
demás. Y en este momento estamos los dos arriba del velero, no sos el
único.
- Me refiero a que vos tenés el derecho de ser
todo lo incoherente que quieras, no tenés porqué seguir mis decisiones
razonables. Vos sos libre. Pero por favor, ahora que el viento está calmo y
hay poco oleaje, contame, ¿qué fue de Lolita?.
- Estuvo un tiempo más por aquí, pero luego no
pudo sobreponerse al hecho de quedarse mucho tiempo en un lugar. Así son
los vagabundos. No son como los huesos, que se quedan siempre donde uno los
ponga. Por eso a mí me gustan los huesos, tienen una historia, un pasado.
- Todos lo tenemos, Rebeca. El pasado es una parte
abstracta de nosotros que la reflejamos en cada palabra, en cada gesto.
Somos una parte del pasado. A cada instante que transcurre, ya somos
pasado. Ayer, por ejemplo, es ayer solamente hasta mañana, luego será
anteayer y rápidamente se convertirá en "una vez", si es que
recordamos ese día por algo en particular. Dentro de muy poco tiempo vas a
decir "una vez salí a navegar con Farfisa". Será un hecho
irreversible. No podrás evitar tener ese recuerdo al menos en lo más
profundo de tu memoria, y esto cambiará en algo tu existencia, que pronto
habrá pasado.
Las cebollas, vueltas a poner en la bolsa
transparente, estaban húmedas en el piso de la embarcación. Rebeca las
levantó y las puso sobre una mesita de fórmica dentro del habitáculo, una
especie de camarote con una cama individual, una mesa y algunos pocos
instrumentos de navegación. Habían dos salvavidas colgados a un costado,
Rebeca agarró uno y se lo puso. Le quedaba bien, le hacía más busto.
Se hizo de noche, y desde el velero se veía a la
ciudad iluminada, como un hormiguero de hormigas lumínicas, atravesados sus
pasillos por autos-hormiga de dos ojos.
Farfisa pensaba en Rebeca. Le resultaba una mujer
extraña, pero atractiva. Sentado en la popa, miraba a la ciudad mientras el
agua le susurraba algo al casco. Sacó la moneda y pensó, como si así se lo
creyera, "si sale cara me enamoro".
Pero salió seca.
La historia que sigue es un poco extensa para
detallarla. Aquí adjunto un pequeño resumen de lo ocurrido. Nada más que
una breve referencia a un relato que nunca se escribió:
Van hacia el sur. Pero no, no hay nada hacia el
sur. Deciden ir para el norte. Rebeca lleva al esqueleto en el bolso (aún
no se lo había dicho). Llegan a un lugar extraño, amurallado por
kilómetros. Aparece una edificación gigantesca (parece una fábrica).
Rebeca, como poseída, entra a la fábrica. Farfisa se queda esperando afuera.
Al rato, sale Rebeca vestida con un guardapolvos blanco, mira a Farfisa que
está esperando todavía. Lo ignora. Pasan unos días. Farfisa, desesperado,
ataca a palos a la puerta de la empresa. Va preso. 48 horas después sale.
Ve la ciudad, extraña por cierto, parece una ciudad demasiado estructurada:
llena de mujeres con guardapolvos blancos y de hombres con trajes negros.
Una gran barrera de bloques grises obstaculiza la salida al mar. Solamente
el edificio de donde salió Rebeca tiene acceso, para tirar deshechos. De
noche, Farfisa se hace pasar por operario y entra al edificio. Ve a Rebeca
por un instante. Ella cruza una mirada con él, pero de inmediato lo ignora
una vez más. Continúa operando una extraña máquina de envasar filetes.
Haciéndose pasar por un operario, Farfisa sale a
la explanada de la costa con una carretilla llena de deshechos. Se aleja un
poco, arroja los desperdicios al mar y corre. Desde la fábrica se asoman
unos guardias, le apuntan para dispararle. Pero no, total, no hay nada más
allá de las murallas. Farfisa emprende el viaje de retorno en su velero.
Arroja el esqueleto al agua. Se siente libre por un momento. Vuelve. Ya no
es lo mismo. Ahora el también se estará escapando de algo para siempre.
Pero es lo mejor para el futuro, aunque inevitablemente sea lo peor para el
pasado.
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