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No soy yo quien debiera estar contando esto en
primera persona, porque esto no me pasó a mí. Sin embargo, para darle un
poco más de dramatismo a la cosa, usar el yo sirve. No es lo mismo decir
"yo me morí" que "él se murió". El primero es mucho más
irreal, pero al mismo tiempo mucho más enigmático.
Por eso, me voy a inclinar por la primer opción, y
voy a escribir como si fuera yo, pero la verdad es que las palabras están
guiadas por otra tercera persona, que en algunos pasajes se transforma en
cuarta.
Esta es la historia de un tal Farfisa Asecas, que
no soy yo, que no me llamo así desde ya, y no me llamaré así nunca más a
partir de ahora, porque así no me pusieron.
La historia que me dictan dice así:
Mi nombre es Farfisa Asecas.
Iba un día deambulando por una de las arterias
principales (¿o era una vena?) de esta populosa ciudad, cuando hizo su
aparición un incendio de magnitudes colosales. Era un siniestro y yo me
encontraba en el lugar del hecho. La gente corría a diestra y siniestra.
Yo estaba parado a la diestra del siniestro, por
lo que no pude correr hacia mi siniestra, sino todo lo contrario.
Unos bomberos, diestros para los siniestros,
combatíanlo.
El cielo nocturno flameaba tras el aire caliente
que emanaba del lugar del hecho, que iba claudicando bajo las llamas,
compuestas por un fuego altamente inflamable.
Entonces descubrí este don. Era Don Ramón, un
jubilado entrañable que se sentaba todas las tardes en la vereda, con el
respaldo de la silla hacia adelante. En aquellos entonceses yo era mucho
más niño que ahora, pero casi igual a los de ahora. Era otrora, no ahora,
pero el tiempo me había atrapado de nuevo en uno de sus pliegues
saltarines. Don Ramón estaba allí, entre el piso y mis ojos; revoloteaba su
figura contra el brillo del fuego del siniestro en las baldosas.
Miré hacia el piso. Había una moneda de un peso,
dorada adentro y plateada alrededor, como un huevo frito en el aceite
hirviendo.
Cuando lo veía a Don Ramón, yo era un niño. Todas
las tardes iba a jugar a la pelota a una plaza que había cerca. Cuando
llovía, Don Ramón me enseñaba a tocar la guitarra en el patio del fondo de
la casa.
¿Para qué habría venido ahora, si ya aprendí a tocar
(más o menos)?
Las bombas bombeaban agua a las llamas, sedientas
de tanto calor.
Don Ramón me dijo: "Agarrá la moneda pibe.
Dale."
No podía, estaba caliente. Pero no iba a
desobedecerle a ese espectro querido. Me dije: voy a contar de 20 a -20
para hacerlo desaparecer sin que se ofenda. Me puse a contar.
Cuando terminé, Don Ramón había desaparecido. El
incendio también había desaparecido: la casa incendiada estaba intacta, y
yo tenía la moneda, casi tibia, en la mano. Brillaba en la noche. Como un
huevo, fosforescente y frito.
Pensé: la voy a tirar al aire, si sale cara, me la
guardo. Salió cara. La tiré de nuevo: otra vez cara. La tiré 5 veces más,
para asegurarme: 5 veces cara. Entonces me la guardé 7 veces en el bolsillo
de la campera, para cumplir con la promesa, porque no se deben romper las
promesas hechas a las monedas, menos si son regalo de uno de esos espectros
conocidos que salen del fuego, por la noche.
Comencé a caminar pero al llegar a la esquina, la
moneda comenzó a moverse dentro del bolsillo de la campera.
Unos ángeles ruidosos tiraban aceite en el
asfalto. Pasaban como ráfagas, sin mirar pero tocando bocina. En los
árboles el viento cantaba una difusa y sobrecogedora melodía de Cocteau
Twins (¿o era Café del Mar?, no sé, quedémonos con la segunda, más fácil de
pronunciar, como sabiamente me acotó alguien no hace mucho; lo importante
es que suene raro, para llamar la atención). La voz inexplicable de
Elizabeth Frazer hamacaba a los pajaritos escondidos en la enramada sonora.
Esta ciudad era lo más parecido a Puerto Madryn
que había visto en muchísimo tiempo. Hasta en la ruta, unos pocos
kilómetros antes de llegar, tenía un cartel que decía "Bienvenido a
Puerto Madryn". Era una imitación perfecta, como en los sueños, cuando
sueño que soy una persona lo más parecida a mí mismo, y tanto me parezco,
que me parece que no estoy soñando y que estoy en la vida real, hasta que
me despierto, me baño, me visto, salgo a la calle y entonces me doy cuenta
que aquello era el sueño y que esto no, ya que esto es, evidentemente, otro
sueño. Me doy cuenta por detalles pequeñísimos pero que finalmente delatan
al sueño. Por ejemplo, que cuando piso la vereda, la vereda no se mueve,
como si yo me fuera a creer que en la vida real las veredas se quedan quietas.
Eso ocurre solamente en los sueños y nada más.
Saqué la moneda del bolsillo, la miré y pensé
(siempre estoy pensando algo, no puedo detenerlo): "si sale para este
lado, doblo a la izquierda, sino, a la derecha. Esta moneda algo me quiere
decir, tengo que descubrir qué." Así fue que doblé para un lado, no
recuerdo bien si era diestro o siniestro, pero no quería recordarlo porque
la palabra “siniestro” me llevaba inmediatamente al momento aquel del
incendio y la única forma de apagarlo era contando mentalmente de 20 a -20.
Y no tenía ganas de contar.
Además, tenía muchas otras cosas que contar
mientras caminaba, a saber: llevaba el conteo de los pasos que iba dando,
de los árboles que pasaba y de los autos que me pasaban. Todo esto era
alienante, era hermoso.
Ese día, tal como había imaginado luego del asunto
de la moneda, iban a pasar muchas cosas por este camino elegido.
Continuamente pasaron muchas mujeres, todas Marías. No hacía calor y las
mujeres que pasaban formaban un regimiento de piernas. Lamento haber
perdido la cuenta de las mismas, pero nunca, ni por un momento, perdí el
conteo de los árboles.
De pronto, comenzó a llover. Llovían piernas de
mujer. A pesar de andar casi siempre por la calle, no recordaba haber visto
una lluvia como ésta. Una de las piernas, enfundada en unas medias
semitransparentes, me salpicó con esmalte rojo para uñas en la campera.
No había previsto semejante tormenta, pero estaba
contento de caminar bajo este vendaval de piernas. Los vecinos se asomaban
a mirar la maravilla en las ventanas, sin percatarse que, mientras tanto,
unos ladrones le diezmaban los cajones de la cómoda: eran los ladrones de
lágrimas, unos cacos silenciosos que, de vez en cuando, casi siempre cuando
llueven piernas de mujeres llamadas Marías, entran en las casas en secreto
y se llevan todos los pañuelos que encuentran, se los atan al cuello y
salen corriendo. Luego, nadie en toda la cuadra puede llorar y cuando la
tormenta de piernas termina, mientras se amontonan piernas en los desagües
y en las bocas de tormenta, la gente quiere seguir con su rutina diaria de
llorar. Pero se encuentran con que les faltan lágrimas, porque se las
llevaron los ladrones.
Uno de ellos, mientras salía a la carrera de una
casa, manoteó al vuelo dos gallinas del gallinero del fondo, quizá para el
estofado de esa noche.
No es cuestión solamente de llorar, también hay
que alimentarse.
Ante este espectáculo deplorable, mientras los
ladrones se alejaban de mi presencia furtiva, con las gallinas agarradas de
las patas, aleteando y cacareando de desesperación, y con el cuello
rebalsando de pañuelos, seguí caminando. Hasta la esquina siguiente, donde
la moneda me llevó a la izquierda. Allí dejaron de caer piernas de mujer,
pero yo ya había juntado tres que pensaba llevarme a mi casa; pero para
qué, pensé, en la oscuridad se van a marchitar, mejor las dejo en este
jardín que se ve bastante abandonado. De paso, me robo unas margaritas para
el florero de la cocina, total quién se va a dar cuenta.
Después de la lluvia de piernas, salieron los
sapos, con hipo, hipando y comiendo bichos.
Miré el cartel de la calle. "Esta no es
Derbes" decía, o mejor dicho, era lo que quería decir veladamente, lo
que estaba escrito era "Ochoa 0 - 100", pero en el fondo quería
decir "Esta no es Derbes". El cartel, en consecuencia, decía
muchísimas cosas, por ejemplo, "Esta no es Derbes", "Tampoco
es Nueva León", "Y menos Domeq García", "Namuncurá no
es" y muchísimas otras. También quería decir "Las otras calles no
son Ochoa" o "Las otras podrán ser Ochoas pero no son 0 -
100". Me maravillé de comprender cuántos mensajes, infinitos mensajes,
se escondían (a la vista de todos) en este a priori intrascendente cartel.
Pero así de cambiante es esta ciudad, que cada vez
se parece más a Puerto Madryn.
Iba a seguir pensando cuando alguien me
interrumpió en la vereda de enfrente. Era mitad hombre y mitad mujer, con
cabeza de bucéfalo (?) y tenía un canasto lleno de piernas de mujer recién
juntadas de la calle. A su lado paseaba un afilador en bicicleta, haciendo
sonar una siringa en Fa (1).
"Venga señor", me dijo el cabeza de
bucéfalo, "tengo algo para mostrarle que lo maravillará. A partir de
ahora su vida va a cambiar para siempre. No se pierda esta única
oportunidad, aún más increíble que los premios del supermercado y las
rebajas por liquidación total que le hacen por ahí, aún más increíble que
salir sorteado en el concurso de Granby en el programa de Susana Giménez.
Venga, no lo piense más. Esta es su oportunidad, y es la única. Nunca más
podrá ser feliz si no cruza la calle y viene ahora mismo. ¡Ya!".
El canasto rebalsaba de piernas de mujer y la
cabeza de bucéfalo irradiaba rayos ultravioletas. El afilador tocó una
melodía que parecía una señal de alerta.
Detrás, una multitud gritaba de júbilo a cada
frase del hablante.
Disculpe - le dije - ¿Usted no será el diablo, no?
Para nada, en absoluto. - contestó - Yo no le
ofrezco ni poder, ni mujeres, ni dinero. Tampoco le ofrezco amor, ni
amistad, ni perdón. Es decir, no soy ni el diablo ni Dios. Tampoco soy una
vendedora de tiempo compartido. Le ofrezco algo mucho mejor que todo eso.
Solamente tiene que cruzar la calle.
Ni bien terminó, la muchedumbre comenzó a corear
mi nombre, en diversas tonalidades que por momentos se asemejaban a aquella
vieja canción, creo que de Luis Aguilé, que decía "Yo también, no tu
no, ma perqué, perque no".
Muy excitado, saqué la moneda y la tiré sin
pensar. Salió seca. De inmediato, les di la espalda y crucé a la vereda
contraria. Seguí caminando, alejándome mientras el bucéfalo bisexual me
gritaba cosas ininteligibles que se esfumaban detrás de la tremenda silbatina
de la multitud difusa, como una sombra de muchos, que silbaba y me
abucheaba como cuando sale a la cancha el equipo visitante.
La duda se disipó cuando llegué a Salta y Domeq
García. En la canchita de enfrente, se estaba preparando el primer equipo
del club Patio Grande categoría 91 para salir al juego, con sus camisetas a
rayas blancas y negras verticales. El otro equipo vestía gallardamente una
casaca verde con dos cortes rojos a los costados.
A pesar de la lluvia de piernas, el partido no se había
suspendido. Tiré la moneda y salió cara. Me quedé a verlos. Como siempre,
alcanza con ver a muchos pibes y una sola pelota rebotando para olvidar las
penas y disipar las dudas. Entonces comprobé que la moneda era sabia.
Al rato, aferrado al destino errático de los seres
humanos, descendí el desnivel de la avenida. Un hombre con apariencia
normal pintaba palabras con un aerosol blanco contra un paredón solitario.
Quería decir algo importante para él. Andaba solo con un sobretodo oscuro
que brillaba en la atmósfera.
La moneda me llevó de nuevo a mi casa, sin embargo
tuve tiempo para reconocer algunas particularidades de este otro sueño: una
señora barriendo hojas, unos autos abandonados, un farol apagado.
Recién al llegar a mi casa, la vida real hizo su
aparición: las veredas comenzaron a moverse. En la terraza de enfrente, un
barco contenía a un mar gigantesco y dentro de él había otro mar más
pequeño pero también infinito. Entré, prendí la hornalla y me hice dos
huevos fritos. Poco a poco, a medida que el aceite los envolvía y los
quemaba, lo incoloro se hizo blanco, lo líquido se solidificó blandamente.
Cuando los dos huevos estaban bien fritos, fosforescentes y tibios como una
moneda de un peso en una noche de verano, apagué el fuego, los saqué de la
sartén y me los comí.
Por suerte, la moneda me había devuelto a la
realidad.
(1) El autor desea dejar claro que no se hace
responsable de las falsedades emitidas por el personaje Farfisa. Es una
flagrante mentira que los afiladores tengan la siringa en Fa. Todas las
siringas de afiladores están en Do. Por otra parte, sí reconoce que puede
haber algo de verdad en la visualización de una persona con cabeza de
bucéfalo, en estos barrios suelen encontrarse unos cuantos individuos con
las características descriptas.
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