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De noche me gusta salir a caminar por las veredas.
Pero no llevando adelante una caminata
indeterminada y sin planificar, sino siguiendo un plan preciso que consiste
en lo siguiente:
Comienzo el recorrido en una esquina céntrica
cualquiera, digamos en Zar y 28 de Julio, en la plaza, en el extremo
opuesto a la municipalidad, mirando para la vereda de enfrente. Desde allí,
puede ser que vaya para la izquierda, cruzando la Zar y yendo por 28 de
Julio hasta San Martín, donde está Shangai, un restaurante chino más que
recomendable, o bien que vaya a la derecha y así llegue por la plaza a la
parada de taxis del centro. Tomar uno u otro recorrido depende pura y
exclusivamente del azar, ya que al arrancar arrojo una moneda al aire. Si
cuando cae sale "cara", voy a la izquierda; si sale
"seca", a la derecha. Luego, parado en la esquina siguiente,
nuevamente tiro la moneda, respetando el giro a izquierda o derecha, según
sea cara o seca. Este método presenta algunas restricciones: nunca voy a
poder hacer dos cuadras seguidas por la misma calle, a pesar de que lo que
vea unos metros adelante me resulte interesante, y nunca voy a poder
retroceder en mis pasos recientes. Por ejemplo, el camino más corto para
llegar a un punto que está, digamos a cuatro cuadras en línea recta del
origen, será de 8 cuadras; eso si salen cara, seca, seca, cara, cara, seca,
seca, cara, o todo lo contrario. También la posibilidad de retornar al punto de partida es del 12.5
por ciento al comenzar y luego se va haciendo cada vez menor, a medida que
me voy alejando del origen. Tomando en cuenta esto último, es una linda
forma de andar por cuadras nuevas siempre, ya que la probabilidad de
retorno, cuando más se extiende el recorrido, es aún más remota. No hay
vuelta atrás en esta caminata binaria, y si uno determina una esquina de
llegada, es preciso tener mucha suerte para lograr el objetivo. Por
ejemplo, pensar "me voy a tomar un café a Barbarians" estando a
dos cuadras, en la esquina de 28 de Julio y Sarmiento, en estas condiciones
puede demandar varias horas, días y quizá uno nunca llegue en toda la vida,
a menos que de entrada salga, por ejemplo, cara, seca, seca, cara o lo
contrario. Si no se da esta sucesión en el comienzo, mejor llevar el termo
y algunas provisiones porque el camino puede ser largo.
A pesar de que solamente hay dos caminos a seguir
en cada punto de detención, la variación del recorrido aumenta en potencia
de dos en cada esquina, vale decir que se pueden experimentar distintas
rutas, infinitas rutas y así transformar una ciudad de 50.000 habitantes en
un mundo gigante de infinitas posibilidades. Gracias a este método simple
de caminar, he podido conocer y observar lugares de la ciudad que se me
podrían haber pasado tranquilamente si adoptara la insensata manera de
caminar derecho. En los últimos meses la Providencia me llevó a pasar por
la puerta del cine en varias oportunidades, lo cual me permitió observar
las carteleras de películas nuevas que estuvieron dando, y en épocas de
verano varios espectáculos de muy buen nivel traídos de Buenos Aires. Éste
es uno de los puntos de inflexión que establezco en las mitades de cuadra;
son sólo unos pocos para no complicar la booleana metodología de andar así,
pero en este caso, parado en la puerta del cine, vuelvo a arrojar la
moneda: si sale cara entro, sino no. Ésta es otra forma muy buena de ir al
cine sin preocuparse por si la película es buena o mala, ya que esto no es
lo que determina el ingreso, aunque durante un tiempo anduve con bastante
mala suerte y tuve que entrar a ver "Las aventuras de Pantriste"
cuatro veces (cada vez que daban Pantriste salía cara) y me perdí
"Gladiador", que me dijeron que estaba muy buen. Pero no podía
eludir mis principios de caminante binario. Sin embargo, esto también tiene
su lado bueno. Sin ir más lejos la otra noche me tomé seis cervezas en la
Oveja Negra (otro punto de inflexión de mitad de cuadra). En la primera
tirada salió cara y entré, en la segunda también, las tercera, cuarta,
quinta y sexta no recuerdo bien qué salió, ni tampoco veía bien a la
moneda, pero cada vez que caía yo estaba seguro de que era cara. Luego,
tuve que dar por terminada la caminata del día, ya que, saliera lo que
saliera, la pata izquierda se me iba para un lado, la derecha para el otro
y el resto de mis partes corpóreas andaban flotando por otros lugares.
A veces nos juntamos dos o más amigos, cada uno en
una esquina, a una distancia de una cuadra, y salimos todos al mismo
tiempo. Es interesante, luego de un tiempo, ver las reacciones de dos
personas conocidas que se encuentran en la calle sólo por azar. Es la misma
sensación de sorpresa y emoción que causa encontrarse en otro país con un
vecino de la ciudad de uno al que nunca lo hubiéramos saludado, si no es
que lo encontramos de casualidad a 7.000 Km de distancia.
Pero a estas caminatas individuales grupales que mencionaba, no
las hicimos más porque así fue como estuvimos varios meses sin vernos con
uno al que le debía 20 mangos: apenas si se pudo poner alguna que otra vez
a una cuadra de distancia de mí y daba la casualidad que, en esos casos,
siempre me tocaba doblar para el lado contrario a él.
Salvo en casos de tener tiempo, es bueno darle un
final a estos paseos, teniendo en cuenta un período determinado, digamos
dos o tres horas para no andar exagerando. Se han visto a varios fanáticos
durmiendo en oscuras esquinas, atrapados por el sueño en medio de una
caminata binaria inconclusa.
Siendo más de uno los participantes, la caminata
se transforma en un juego y la ciudad en un tablero gigante de damas. Por
supuesto que las reglas deberán diferir levemente del original juego de
damas (chinas) ya que sería muy feo decir "me como a fulano".
Pero sí se han dado casos de soplar la dama, como le ocurrió a un tal
Farfisa Asecas, que acostumbraba jugar a la caminata binaria con la novia y
unos amigos. Sucedió que uno de ellos se encontró de casualidad (no vale
hacer trampa) con la novia de éste en una ignota esquina alejada del centro
y ahí nomás, ateniéndose a las reglas del juego de mesa, le sopló la dama y
se fue con ella. Nunca más Farfisa volvió a ver a la novia, a pesar de que
durante largas noches de invierno se lo veía desesperado, arrojando la
moneda al aire en cada esquina, con el afán de encontrarla alguna vez pero
no, las cartas estaban echadas y esa esquina misteriosa, donde según le
habían contado la china ingrata había desaparecido, nunca le tocó en
suerte.
Un día, luego de dos meses, lo paramos, temblando
de frío y con los ojos desorbitados y lo llevamos a un bar a beber algo
caliente (por suerte en la puerta salió "cara"). Estaba triste,
lamentando su amor no correspondido, cuando de pronto, por entre el humo y
las botellas, vio la figura apastelada de una turista brasileña más que
apetecible que lo miraba y le sonreía. Tiró la moneda y salió cara,
"Voy a chamullarla" dijo Farfisa, con tanta suerte que la
turista, luego de escuchar la propuesta sexual en apariencia indecente que
le hacía, pero que en realidad era bastante decente y muy loable, teniendo
en cuenta la realidad mundial, llena de miserias, guerras e injusticias,
decía que la morocha sacó una moneda de la cartera, la tiró al aire, salió
cara y le dijo "sí, vamos meu garoto".
Como verán, esto de tirar la moneda y hacer lo que
diga la suerte tiene sus satisfacciones. Acá no existe el "no me
animo", ni el "no sé", ni el "esto no se hace". Si
sale cara me animo, si sale cara digo que sí y si sale cara lo hago. Así,
hasta los más tímidos superan sus propias limitaciones y se largan a las
aventuras más locas, nada más porque salió cara en la tirada decisiva.
También se pierden oportunidades irrepetibles, pero así es la vida.
Sin embargo, hay mucha gente que no comparte esta
metodología; gente aburrida que gusta de andar siempre por lo seguro,
conservadores que miran al futuro como algo que hay que planear a tal punto
de olvidarse del presente. Ellos, cuando eran chicos se ponían el pulóver
cuando estaba fresco, y entonces le hacían perder la maravillosa
oportunidad a la abuela de preocuparse por el nieto y de poder decirle
"si vas a salir abrigate, nene"; además de perderse ellos mismos
la oportunidad de desobedecer. Estas personas creen que el camino más corto
entre dos puntos es la línea recta. Pero no: la línea recta podrá ser el
camino "más fácil", pero nunca va a ser el mejor, porque mejor
que llegar rápido es ir recorriendo tranquilo el camino, aunque nunca se
llegue. Además, nada mejor que poder cambiar el objetivo en cada esquina,
así uno no se preocupa por el éxito o el fracaso sino que disfruta de lo
que viene pasando.
Bien, creo que esta puede ser una introducción a
la historia de Farfisa Asecas, una persona como tantas, aunque no sé si
contarla o no...
Antes voy a tirar la moneda.
Si sale cara la cuento.
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