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Estoy desesperado. Tengo que hablarle, tengo que
decirle algo. Pero ella es tan callada, tan indiferente. Le diga lo que le
diga, nunca se le mueve un pelo.
Ma si, yo voy ahora mismo, total va a llover y no
anda nadie por la calle.
- Buenas noches, padre Francisco. Parece que se
viene el agua.
- Buona cera, figlio mío. ¿Quo vadis? ¿Di nuovo
vai a salire? Mirá como piove.
- No, es un chaparrón nada más. Aparte, acá en
Madryn, por más que llueva, los desagües andan perfectamente. Jamás se
inunda. Salvo aquella vez, aquel diluvio de hace unos años ¿Se acuerda?
¡Qué manera de llover! Caían cucuruchos de punta. Se quebró el asfalto de
la rambla y casi se derrumba el Rancho Cucamonga.
- ¿El Cuocamongue? Si ricordi. Meno male que no
pasó niente.
- Sí, por suerte. Bueno padre, hasta luego.
- Arrivederci, ragazzi. Ve con Dío e portate bene.
Andá per la sombra que háceno calore. ¡Qué calore cacáseno!
Qué lindo el mar cuando llueve. El agua de la
orilla cambia de color, agua dulce y agua salada se confunden en un abrazo
fraternal... Tengo que ir practicando poesía. A la Galesa le gusta mucho la
literatura, la poesía, es muy culta. Y yo no quiero pasar por bruto. Le voy
a pedir a Sergio Pravaz, el ganador del Eistedvod de este año, que me pase
alguna poesía como la gente, porque a mi no se me ocurre nada. ¡Uy! ¡No te
digo! Pisé un sorulo de perro. Pero esto más que de un perro es de un
hipopótamo. Me voy a limpiar contra el paredón de la rambla, total no me ve
nadie.
Ahí está la Galesa. ¿Qué hago? ¿Le digo o no le
digo? No me animo, no me animo, no me animo...
Qué nervioso estoy, pensar que yo soy un bravo, un
valiente de mil guerras, pero esto me tiene nervioso... Mejor, para
tranquilizarme, primero me voy a saludar a los muchachos de la barra, allá
al lado del muelle.
- Buenas noches, muchachos, hola capitán Bouchard,
cómo le va, teniente coronel Piedra Buena.
- A usted lo estábamos buscando, tagarna. ¿Así que
causando disturbios en la vía pública, peleándose con el Quijote? No m'ijo,
usted es un dezacatau, esto es una falta de disciplina. A ver, ¡Cuerpo a
tierra! ¡Carrera marrrr! ¡Un, dos, un, dos! ¡Salto rana, busque petróleo,
busque petróleo! ¡Firrrrrmes!
- Espere coronel Espora, espere, que me voy a
desmayar de tanto baile.
- ¡Dígame señor, pedazo de nabo!
- ¡Señor pero si yo no hice nada señor! ¡Señor yo
no fui señor! ¡Señor me la pusieron, me la pusieron señor!
- Escúcheme bien, recluta. Usted es un tarambana,
un mequetrefe, un botarate. ¡Usted es un trompeta!
- Señor pero... eso le decía el Coronel Cañones a
Isidoro señor... Señor no se copie señor.
- El Coronel Cañones... El Capitán Metralla...
Grandes colegas, compañeros de tantas campañas... Dónde estarán ahora. La
verdad, me hizo poner sentimental.
- Perdonemé, Don Rosales, si usted es un busto
bueno. Dele, ya que estamos todos, hagamos un truquito.
- Bueno, lo perdono, pero que sea la última vez.
¿Quiere jugar al truco? Está bien, pero mire que a nosotros nos cuesta
mucho hacer las señas. Reparta usted las cartas, que yo ya no siento las
manos.
- Envido
- Negativo
- ¿Cómo negativo? ¿Quiere o no quiere?
- Negativo le dije. ¿No entiende el lenguaje
coloquial militar? Mire, mejor dejamos esto por hoy. Estoy un poco
cansado...
- Escúchenme muchachos, me tienen que ayudar con
la Galesa. Estoy enamorado.
- ¿Quiere que la detenga? Eso es imposible, que yo
sepa no hizo nada malo, ni siquiera el más mínimo movimiento sospechoso. Y
ahora, si me disculpa, tengo que hablar con mis colegas, estamos
planificando una nueva estrategia de combate, y se trata de un secreto
militar. Y ya es tarde, son las ocho mil quinientas. Hasta luego. Vaya
corriendo, carrera mar hasta Punta Cuevas. Vaya por el Boulevard Brown, y
de paso recuerde a Brown, uno de nuestros próceres más grandes.
- Hasta luego, coronel, fue un placer.
- Disculpe que no le haga la veña, recluta, pero
qué le voy a hacer, si soy un busto.
Mientras, frente al shopping, la Galesa, ajena a
todo lo que está ocurriendo, medita...
Hace tiempo que no veo a esa gaviota escatológica
del Capítulo 1. La verdad, me tiene un poco preocupada. Porque una, al
final se encariña con esos bichos. Qué se yo, siempre parada acá, sola, al
fin y al cabo la única que me presta atención es esa gaviotita. Y entonces
una llega a quererla, aunque de vez en cuando se haga encima y me ensucie.
Es como un bebé la muy mimosa. Mimosa, mimosa, eso me recuerda a algo...
¿Qué habrá pasado la otra noche que había tanto
barullo allá por la playa? Qué raro... porque de noche, en la playa, todo
está siempre silencioso.
Bueno, no importa. ¿Y dónde andará mi gaviotita?
De nombre le puse Gavi, por gaviota, ¿Se entiende?. No me importa que se
haga caca... ¡Quiero que vuelva!
La verdad que desde tan lejos no veo, pero me
pareció que anoche se estaban peleando el Indio con Don Quijote, allá por
la Gales. ¡Gente grande! ¡Parecen chicos! A cada rato se trenzan. Claro,
los indios con los españoles nunca fueron demasiado amigos, creo. No como
con nosotros, que nos llevábamos bárbaro con los nativos...
No puedo dormir, pienso en Gavi... ¿Le habrá
pasado algo?...
¡Allá viene! ¡Hola Gavi! Me tenías preocupada...
Menos mal que viniste. Vení, parate en mi hombro... Vení, vení... Eso...
Muy bien... No, no, portate bien, no hagas fuerza...
¡Plashhhh!
No hay caso. El Indio no se anima a encarar a la
muchacha. Está dejando pasar el tiempo, le está dando la oportunidad al
Quijote que, agazapado tras sus rejas, espera el momento de asestar el
golpe. Mientras el Indio retorna a Punta Cuevas, la lluvia continúa en
Madryn. Algunas calles de tierra, lejanas al centro, se van tornando intransitables.
¿Y ahora? ¿Qué sigue? ¿Sabrá el autor lo que
sigue? ¿O continuará sanateando? ¿Harán desagües nuevos?
No se pierda el próximo capítulo de
"Corazones de piedra", el próximo martes, por este mismo diario,
en esta misma hoja.
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