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Novelas > Corazones de piedra

Capítulo 8: Don José y El Zorzal 

 

- Hola General, ¿Cómo le va tanto tiempo?

- Bien, gracias. ¿Y usted, querido aborigen?

- Todo bien, todo bien. Digamé, cómo la está pasando en la plaza, ¿Se aburre mucho?

- No creas, no creas. Todas las tardes vienen los artesanos, y ponen unos rocanroles a todo volumen que me hacen temblar el busto. Pero es mejor que hace cincuenta años, cuando se llenaba la plaza de caballos y dejaban un olor a bosta que parecía el olor que viene ahora del basural cuando hay viento norte. Después se llena de chicos, que juegan, se me suben al pedestal, me pegan papeles de caramelos. Yo los dejo, son el futuro de la Nación.

- Usted siempre pensando en la Nación...

- Y, yo soy así. Además, acá atrás tengo a la Municipalidad. Siempre veo pasar a los concejales, al intendente. ¿Necesitarán que los asesore un poco? No sé, nunca me preguntaron nada.

- Yo necesito que me asesore. Lo quiero reventar al Quijote.

- Cuidado, muchacho, que yo conozco muy bien a esos guerreros españoles. Ya los corrí en San Lorenzo, en Chacabuco, en Maipú... Pero son perseverantes, son pulenta. No debes utilizar la violencia con ellos. Debes persuadirlos. Ahí pasa el churrero, tiene unas bolas de fraile riquísimas.

- Es que el Quijote me quiere soplar a la Galesa.

- Tú deberías hablarle a la Galesa, decirle tus sentimientos. Así te liberarías. Así serías libre por fin de los barrotes que tú mismo te has puesto.

- Gracias. Usted es un auténtico Libertador. ¡Mire! Ahí viene el Zorzal.

- Así es. Siempre charlamos con Carlitos. Yo le cuento de mis tiempos, de mis andanzas por Chile y Perú, y el me cuenta de los suyos. Hablamos de Francia, de París, yo le hablo de Boulogne Sur Mer, él me cuenta de Montmartre, de tiempos idos. Y siempre se canta algún tango. Y lo envidio vea. A él siempre lo esculpen riéndose, y a mi, siempre serio. ¿No me vio en Gales y Roca?.

- ¿También está allí?

- Sí, pero es una réplica, el auténtico soy yo. Bueno, ahí me hicieron serio también.

- Salú la barra. Hola muchachos, cómo dicen que les va. Los saluda el Zorzal, el bronce que sonríe.

- Hola maestro, no sabe cómo lo andaba buscando.

- Estoy siempre frente a la Politécnica, normalmente de ahí no me muevo.

- Sí, ya sé, pero no me animaba a cruzar la calle. Esa rotonda es muy peligrosa, y no le pusieron semáforo...

- Pero no sea abombau, en las rotondas no se ponen semáforos...

- Pero si pusieron semáforos por todos lados, ya no saben adónde seguir poniéndolos. En cualquier momento ponen semáforos en las Quintas del Mirador. ¿Tanto hacen falta?

- No sé, no sé, es la ley de la urbanización. Es un círculo vicioso. Más autos se fabrican, más semáforos se instalan. Más semáforos se instalan, más choques se producen. Más choques se producen, más autos se rompen. Más autos se rompen, más autos se fabrican, y así sucesivamente.

- Lo mejor para evitar los semáforos es andar en bicicleta. ¿No vio que ninguna bicicleta le da pelota a los semáforos?

- Mirá pibe, yo no soy agente de tránsito, y no me meto en los trabajos ajenos. Yo soy el Zorzal Criollo, la voz del tango. Yo triunfé en Europa y en Estados Unidos. Y si me permiten, este que, voy a interpretar la Marcha de San Lorenzo, dedicada a Don José, que dice más o menos así... "Febo asoma, ya sus rayos, iluminan el histórico converrrto..."

Las dos estatuas se quedan duras escuchando cantar al Bronce. El Libertador no puede contener su emoción y llora lágrimas negras.

- Bueno señores, ya está amaneciendo, me vuelvo a Punta Cuevas que tengo que poner el visor. Chau, pórtense bien.

- Adiós Indio. Qué buen muchacho éste, si lo hubiera conocido antes le presentaba a Merceditas.

- Y sí, es una persona íntegra, de una sola pieza. Bueno, yo también me voy, Libertador. Mañana tengo que levantarme temprano, Don Salvador Fernández me invitó a su programa de tango, en la radio.

La mañana se muestra diáfana. Puerto Madryn despierta. Unos micros de larga distancia, con turistas, paran en doble fila sobre la Roca, justo a las siete y media, hora en que muchos salen a trabajar. Pero nadie les dice nada. Están exentos de todo. Hermosa la mañana del golfo. En el centro, por alguna razón inexplicable, todavía hay lugar para estacionar a esta hora. Pero entre todo el bullicio de la ciudad, a nadie le interesa el padecimiento del Indio, que mira de lejos a la Galesa, y se le pianta un lagrimón.

 

 

¿Qué hará ahora el Indio? ¿Porqué el Quijote está tan callado? ¿Será una trampa? ¿El Zorzal cantará mañana mejor que hoy? ¿Dónde instalarán el próximo semáforo?

No se pierda el próximo capítulo de "Corazones de piedra", el próximo martes, por este mismo diario, en esta misma hoja.

 


 

 

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