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Novelas > Corazones de piedra

Capítulo 2: Presentando a Don Quijote  

 

Luego de la presentación de la bella Galesa, presentamos hoy a otro de los protagonistas de esta gran novela.

 

Ay Dulcinea, Dulcinea del Toboso... Cuánto tiempo face que no te veo. Snif... snif.

Mirad cómo vine a terminar, convertido en estatua.

¡Diantres! Y encima tengo que aguantar todo el día, a mi lado, al gordo éste de Sancho Panza que se la pasa eructando. Y ni hablar del fétido tufo que emana el burro... ¿Cómo era que se llamaba el burro? Bueno, lo he olvidado, hace tantos años que no cabalgamos que ya ni me acuerdo.

Por suerte estás tú conmigo todavía, Rocinante, viejo y querido amigo de tantas aventuras, como para aliviarme las penas de esta soledad. Porque con Sancho Panza no se puede ni hablar. Nunca me contesta, ni que estuviera ahí, dibujado. O, mejor dicho, esculpido. No sé si está ofendido conmigo o si disimula... La cosa es que al gordo ni un pelo se le mueve.

Pero mirad ¡mirad! adónde fui a parar... quién iba a decir que después de tantas aventuras entre molinos de viento, cabalgando heroicamente toda la planicie de la Mancha, de la Europa toda, este valiente caballero andante iba a terminar sus días acá, en la Patagonia, y encerrado entre rejas.

A veces me dan ganas de gritar ¡Suéltenme! ¡Guardias, dejadme salir, soy inocente! Pero no hay caso... Nadie me contesta.

De vez en cuando algún que otro hombre entrado en copas, de madrugada, se me acerca a hablarme, y de paso, se echa un pis, pero nada más. Qué se yo, a mi me gusta que me hablen, pero no que me orinen las rejas, porque al otro día hay un olor que parece la cota 130.

Bueno... al fin de cuentas no es tan mala la situación. Al menos me pusieron en un bello lugar, frente al mar, y allá lejos lo tengo al Indio, siempre vigilante, siempre alerta. Aunque no sé porqué mira tanto para allá, ¿qué habrá visto?. Porque lo lindo de mirar no está justamente en el horizonte, mas bien está aquí cerquita, en la costa. Qué cosa de locos en verano, cuando vienen todas esas chavalas en tanguita, algunas apenas con el hilo dental puesto. ¡Y otras hacen topless allí nomás, delante de todo el mundo! Y pensar que yo me recorrí toda la Mancha a caballo, aguantando al gordo pedorro éste, peleando a lanzazos contra los molinos de viento, todo para conquistar a mi amada Dulcinea, que jamás en la vida me mostró una mísera teta...

Cómo cambiaron los tiempos...

Pero qué lindo es mirar la playa en verano, ver los coches pasar llenos de turistas, ver cómo se pelean por un lugar para estacionar, ver cómo llevan los canes a la playa, ver a los canes hacer sus necesidades en medio de la gente; ver cómo pasan dos o tres majos a toda velocidad en cuatriciclo, entre medio de todos los veraneantes. Tienen puntería, aunque hay veces que no pisan a nadie. O ver cómo se arman los picados con pelota de cuero penalty número 5, a dos metros de la familia que está tomando mate junto a sus hijos de tres años, y cómo revientan de un pelotazo a alguno sin ninguna clase de culpa.

¡Pardiez! Esta loca imaginación me enfrasca en mil conjeturas! ¡Hostia!

En fin, está lindo para ver todo esto. Qué se yo, uno se divierte, y ya que no tengo mucho para hacer, más que estar acá, sentado arriba de mi fiel Rocinante, duro y con la lanza en la mano todo el día. Entonces, lo mejor es husmear un poco lo que pasa cerca.

¡Ay! Dulcinea, Dulcinea, ¿dónde andarás?

Ahora, digo yo, el que me esculpió, porqué no se le habrá ocurrido ponerme con Dulcinea, en lugar de eternizarme al lado de este gordo guarango con su burro de porquería. ¿Quién lo asesoró?

Por lo menos me pusieron en una zona privilegiada. ¡Cómo aumentaron los terrenos por acá! No quiero ni pensar lo que debe valer el mío, que está justo frente al mar. Debe valer una parva de doblones. A veces pienso en venderlo, y en dólares. Aquí, tranquilamente podrían hacer un edificio de 20 pisos, con la vista que tengo. Total, si hacen un edificio más frente al mar no se va a dar cuenta nadie. Eso sí, a Sancho Panza no le doy un mango, que se arregle como pueda. Que trabaje.

Bueno, después de todo, está lindo Puerto Madryn. Una ciudad pujante, que tiene magia, que tiene ese qué se yo, vistes, que hace que la gente no se estrese tanto. El que está bastante estresado soy yo. Lo que pasa es que la rutina me agobia. Yo tengo un espíritu libre, acostumbrado a la libertad, y ahora, y ahora.... ¡Dulcinea, dónde estáis que no te veo!

Bueno, basta de pensar en Dulcinea, ¡Basta! Me estoy convirtiendo en un sentimental, y yo soy un hombre fuerte, de corazón duro como una piedra.

Mejor sigo firme, con la lanza al viento. Y basta de quejarse, qué tanto, que este es el mejor lugar del mundo.

¿Y ese olor de dónde viene? ¿Será de las pesqueras o son las algas? Pero no, sois vos, Sancho Panza, ¡Id a bañaros de una vez por todas, por favor!

 

¿Habrá mas papeles protagónicos? ¿Habrá actores de reparto? ¿Se bañará Sancho? ¿Alguien recogerá las algas de la costa antes del verano?

No se pierda el próximo capítulo de “Corazones de piedra (La gran novela de amor madrynense)” el próximo martes, por este mismo diario, en esta misma hoja.

 


 

 

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