Regresar a la página inicial.Los cuentos de NacherLa Poesía de NacherLas NovelasDiscografía - MP3 - DownloadsLista de correo - SuscripcionesBiografía - CV - FotosPida desde aquí los productos de Nacher.Contacto - E-mail - Correo

 

Cuentos > Dudosos relatos del golfo

Final

 

(Puerto Madryn, 31 - 12  de algún último año)

 

 

 

El vaso de agua sobre la mesa dejó de moverse. Por la ventana entran tenues rayos de luz que profanan el silencio de la habitación. El sol secó uno de los tantos círculos dibujados por el vaso y ahora intenta herirle los ojos al peón de campo sentado.

 

El cuarto, envilecido por una cama sin hacer y una silla de caña resignada, está más sordo aún en la revista con el cuadro de Van Gogh.

 

 

 

El viento horada cada tramo de la tierra y el calor tumba a las ovejas, secas y sin lana, que buscan a ciegas el bebedero. En estas miserables cuatro paredes, el polvo le ganó al descanso, y la cercanía de un mate amargo es lo más dulce que le queda. Eso y unas pocas latas de lentejas desparramadas en la alacena. Y el caballo, cansado y poco sociable, tirado bajo el alero del galpón que amenaza con soltar las chapas. El fin de año es como el otro cuadro de Van Gogh, el de los cuervos, pero sin pasto ni árboles. Sin pensar demasiado, como la mayoría de las cosas que se hacen, se levanta haciendo crujir la mesa con los brazos, descuelga el sombrero y sale. El caballo resopla fastidiado al verlo, no quiere abandonar el letargo doloroso y lento de la tarde.

 

 

 

Monta y al paso comienza a recorrer el campo, hasta llegar a un declive conocido, señalado por un cacto verrugoso y viejo. A medida que va bajando, la planicie se transforma en dos paredes hondas y arcillosas. A lo lejos, ocho guanacos corren en formación hacia el este, pero se detienen de golpe y viran 90 grados. El aire está tibio, aunque se pone más fresco a medida que se acerca a la costa del mar. El acantilado se va mostrando cada vez más y los gritos de las gaviotas avisan que el mar está próximo. La brisa, suave y refrescante, se transforma en viento cuando baja del caballo y se acerca a la orilla, como para corroborar que los mejillones siguen intactos en los pedrales.

 

Luego, sentado en el borde de una piedra de arcilla que cayó a la playa vencida por el tiempo, mueve las manos en el aire tratando de abrazar a una mujer de arena y olas. El caballo espera a un costado sin mirarlo. Unas ramitas secas de unos arbustos arrancados de la barda le sirven para iniciar una fogata en la playa.

 

Casi imperceptible, un lobo marino pasa nadando cerca y se asoma al ver al hombre y al humo.

 

Luego, la interminable masa de agua salada y fría y a lo lejos un barco, que podría ser de papel, quiebra la línea recta del horizonte y otro hombre acodado contra la baranda, con las manos rasgadas de levantar redes, con los ojos semicerrados y enceguecidos por el brillo de las olas, también abraza al vacío, encerrado en medio del desierto azul, siempre en silencio. Entre el monótono paisaje arcilloso de la costa, detiene la mirada en el humo gris y espeso que mana de un punto difuso, puede distinguir la silueta de un caballo y de alguien que sigue juntando ramas a un costado.

 

...

 

Espera, marinero, detén tu viaje

 

y siéntate al pie de esta fogata plena

 

dejemos que la leña se consuma poco a poco

 

y tal vez así también se quemen nuestras penas

 

 

 

Vamos a hablar de cosas repetidas

 

hasta que las palabras se trastoquen con las ramas

 

y bailen rojas sobre la luz del fuego

 

revelando sus secretos a las llamas

 

 

 

Es esta vida un juego cotidiano

 

a veces de verdad, a veces de mentira

 

a veces de mar, otras de tierra

 

y siempre igual es el final de la partida

 

 

 

Debemos aprender, antes que nada

 

que lo que queda por vivir o lo que se ha vivido

 

se va apagando lo mismo que este fuego

 

que sin remedio camina hacia el olvido

 

 

 

Mas ningún esfuerzo será en vano

 

aunque luego sólo queden las cenizas

 

el calor que alguna vez supimos dar

 

ya es una parte irrepetible de la brisa

 

 

 

Y esa brisa irá a atizar el fuego

 

de algún otro caminante sin camino

 

pues un ciclo repetido una y mil veces

 

es lo que Dios nos ha dado por destino

 

 

 

Entonces ven, amigo mío, no estés triste

 

y ponte a mi lado que las bardas nos amparan

 

bebamos y riamos con los duendes de la noche

 

que la magia de un nuevo amanecer ya se prepara

 


 

 

Subir


Copyright © 1998|2005 - Carlos Alberto Nacher
Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción total o parcial de este sitio
ni su tratamiento o transmisión por cualquier medio o método sin autorización escrita del autor.
Diseño: Dukal - Hosting: Madryn.Com


Home | Cuentos | Poemas | Novelas | Música | La Barda | El autor | Ventas | E-mail