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Cuentos > Dudosos relatos del golfo

Una rara historia de amor en el golfo

 

Puerto Madryn, en un verano oblicuo.

 

El pocillo de café yacía de pie sobre la mesa del bar. Un rechinar de cucharitas acompañaba la acelerada profunda de un camión de basura, que se alejaba del bar unos metros y se detenía luego, devorando más bolsas plásticas en cada puerta. Las luces de los faroles, a pleno en esta noche incipiente, enfriaban el paisaje y a la vez lo protagonizaban. Cada auto era la sombra fugaz de alguien desconocido, raleando como almas que se van volando.

 

Farfisa estaba ahí en ese entonces, calculando con la vista cuántas baldosas tendría la vereda de enfrente, observándolas en un ángulo de 30 grados. Todo estaba igual que siempre, salvo por el cartel luminoso del cajero automático de la esquina.

 

Una mujer se acercó a paso de desfile.

 

  ¿Me hace un lugar en la mesa?

 

La voz femenina sonó opaca pero tibia a la vez, entre el ruido de los vasos que se reciclaban en el lavadero.

 

“Qué raro”, pensó Farfisa, “A estas horas y en este bar es difícil que no queden mesas libres”. De inmediato, caballeroso como era, apartó el pocillo de café, el vaso de agua y el cenicero. Con el pañuelo le dio una breve repasada a la mesa, lacerada de tantos codazos y propinas tiradas desde lejos.

 

  Sí, cómo no. Siéntese, por favor.

 

La voz femenina, que venía formando parte de una silueta móvil, se acercó un poco a la mesa y con delicadeza  apoyó el flanco nalgal izquierdo sobre el borde, tapando con el mismo la arista, una pata y una buena fracción de la madera de apoyar, de la que Farfisa se encontraba a menos de medio metro. Una minifalda sobreminidimensionada permitió, en una fracción de tiempo mucho menor a los trescientosmilavos de segundo dividido mil, que los rayos lumínicos provenientes de los ojos de Farfisa descubrieran una pierna izquierda bastante bien formada, al menos hasta la altura de la base del aductor.

 

Afuera comenzó a sonar "Lo mejor del amor" de Rodrigo, en una ráfaga de origen incierto y de target también indefinido. No llovía. Lástima, porque hubiera sido una buena oportunidad de caminar bajo las gotas de agua dulce con esta bella dama, divagando locamente de amor entre las vidrieras empañadas.

 

Pero no, y no parecía que fuera a llover, al menos en las próximas semanas. Los romanticismos de los charcos de la calle se habían olvidado, dejando en su lugar una sequedad apenas superada por el susurro del mar siempre cercano.

 

Farfisa se había enamorado, como habitualmente le ocurría cada vez que alguien de pollera pasaba cerca. Pero esto era diferente. Había un no se qué, una erupción de sentimientos aletargados en este encuentro, sentimientos apasionadamente eruptivos. A Farfisa le pasaban cosas.

 

La mujer se mantuvo en silencio por unos instantes, observando la reacción del sentado, sondeando qué primera impresión había causado en él su presencia. Pero no descubrió nada que le acercara algún indicio de sus emociones, a menos que considerara el temblor nervioso de un pie de Farfisa, que subía y bajaba formando un pequeño círculo en el aire que recorría a una velocidad de 180 RPM y que, sin que su propietario se diera cuenta, golpeaba sobre un vaso roto de plástico, lo cual producía una cadencia similar a la de tres kilos de pochoclo en el momento de reventar.

 

Puerto Madryn, mientras, aguardaba tranquilo esta nueva historia de amor.

 

Era tarde para todo, pero... “Nunca es demasiado tarde para llegar tarde, ni demasiado temprano para irse antes..."

 

...

 

Un movimiento deliberadamente inesperado de la mujer dejó ver un poco más de aquel aductor, insinuando, además, otros músculos bien formados. Farfisa hubiera querido ver más, o no, quizá con sólo ver la cobertura de piel del cuerpo de la dama le hubiera alcanzado, sin necesidad de verle los tejidos internos, el sistema nervioso y menos aún los huesos.

 

Finalmente, para comenzar la charla, la mujer habló. No podía esperar que hablara Farfisa, que estaba muy ocupado en controlar el temblor del pie, que ahora se había extendido hasta la región torácica.

 

  Mire señor, estoy sola, me siento sola y cuando lo vi me dije, ése muchacho es ideal para salir a caminar del brazo bajo la lluvia. ¿Se siente bien?

 

  Perfectamente, pero desde ya que no podré aceptar su invitación, habida cuenta que no llueve. No obstante, la invito a realizar una caminata sobre la lluvia, es decir, sobre los invisibles vestigios que lluvias anteriores dejaron durante milenios en el suelo terráqueo, lo cual, bien mirado, suena mucho más romántico.

 

  Me parece bien, si a usted le parece de manera similar.

 

  Vea, la verdad es que a mí me gusta realizar caminatas binarias, a pesar de que así fue como perdí a mi novia, que se fue con otro que tuvo mejor suerte en las esquinas. Nunca más la vi. Pero para homenajearla a usted, en este caso haré una excepción y la invitaré a una caminata más estándar, con menos dobleces espaciales.

 

La mujer lo miró. Esa mirada era para él. Sus cabellos lacios ondulaban, apagando y encendiendo las luces de la calle detrás de ella.

 

  Hagamos una caminata ternaria, lo cual es mucho más entendible para nosotros, seres tridimensionales por naturaleza. A propósito, ¿cuál es su nombre?

 

  Farfisa Asecas. ¿Y tú?

 

Farfisa, cada vez que quería seducir a una dama, sacaba a relucir tuteos de novela venezolana.

 

  Me llamo... pero eso no tiene demasiada importancia por el momento. Soy una mujer de palabra y le dije que íbamos a salir juntos de aquí. ¿Vamos?

 

  Pero si todavía me queda un poco de café.

 

  A veces hay que sacrificar algunas cosas a cambio de otras. Cafés puede haber otros en su vida, todavía mucho más amargo que éste, pero mujeres como yo, puede que ninguna. Vamos. A propósito, ¿puedo decirle solamente Farfisa, a secas?

 

  Sí. Es más, no me gusta que me llamen por mi apellido, que como le dije es Asecas, por favor llámeme solamente Farfisa, a secas.

 

  Si acaso le llamaran solamente Farfisa, ¿no le gustaría escuchar su apellido de vez en cuando?

 

(Afuera sonaba otra música, no si era el eco de una vieja canción)

 

  No, me gusta Farfisa, a secas, recuerdo en la escuela, cuando tomaban lista y el preceptor decía "¡Asecas, Farfisa!" y yo, luego de decir "¡Presente!", le solicitaba "Por favor dígame Farfisa, a secas".

 

En cambio a usted, creo que si supiera su nombre no la llamaría con su nombre a secas, porque su presencia poco tiene que ver con la sequedad. Más bien me la imagino como un húmedo jardín otoñal, poblado de pajarillos piantes.

 

  La verdad que me enternece con esos piropos pavos; pero vea, yo soy como usted quiera imaginarme, pero soy de verdad.

 

La mujer lo tomó del brazo y salieron juntos a paso lento. La noche se abría a la pareja. Del piso asfaltado de la calle se levantaba una tenue neblina húmeda. Un perro sacudía con los dientes una bolsa de residuos encontrando, entre tanto plástico y cartón, los restos suculentos de unas pizzas mordidas por alguien. Los autos, cada vez menos, se esfumaban en el fondo de la Roca. Caminaron. Farfisa parecía flotar, sensación acentuada por unas zapatillas Nike con colchón de aire, que había comprado esa mañana a más del 30% de lo que valen en Buenos Aires."

 

Farfisa se preguntaba una y otra vez, sin poder creer en su suerte, de dónde había salido esta hermosa mujer, esta misteriosa dama que no parecía caminar sino deslizarse por sobre la vereda salpicada de baldosas muertas. Pero no quiso analizar mucho; siguió caminando del brazo de la mujer hasta llegar a la arboleda que se alza en la rambla del centro, entre la Roca y el mar. Allí, unos oscuros asientos de plaza y la ínfima presencia de caminantes daban lugar al romance, por lo que la sangre hervía.

 

  ¿Qué le parece si nos sentamos en este banco a contemplar la noche marina?

 

La mujer miraba con complacencia a Farfisa cada vez que éste emanaba palabras cursis.

 

  Sí. Pero por favor, si es tan amable, ¿podría ser un poco más directo? en lugar de la noche marina podría haber dicho "el mar" o, si quiere decirlo poéticamente, "la mar", lo cual es mucho más coherente, ya que la noche no se contempla ni se mira.

 

  ¿Cómo que no? Yo tengo un amigo que a veces se queda largas horas por la noche mirando, justamente, a la noche caer sobre el muelle viejo.

 

  Sí, es probable, pero el pobre está equivocado, seguramente imagina cosas, delira por los rincones o compone música. Y bueno, en estos años he conocido a muchos así y los dejé mal. Así soy yo, inolvidable e invencible. Pero volviendo al tema, no se puede contemplar a la noche, no podemos hacerlo porque estamos adentro de ella. Usted y yo somos una parte de esta oscuridad. Estamos sumergidos en un cosmos muy negro, donde muy de vez en cuando brilla alguna estrella. Esto es la noche, una prolongación de nuestras almas oscuras. La noche es negra porque nosotros queremos que sea negra. No es ella sino nosotros los que la creamos y ella se aprovecha de nuestra mente para cubrirnos por completo. Mañana, cuando salga el sol y todo esto se haya ido, este banco no será el mismo de ahora; será otro banco, será el entorno de inocentes juegos infantiles. Aquí mismo, donde ahora es el preámbulo de otro juego, adulto, entre nosotros, que seguro va a terminar cuando la noche termine. Después nada será lo mismo para usted, porque yo soy alguien a quien no podrá olvidar nunca. Por el contrario, cada día que pase a partir de hoy, cada día que viva sin verme, mi imagen irá creciendo hasta llegar a su punto culminante, en la que me transformaré en un sueño suyo que ni siquiera sabrá si fue cierto alguna vez. Pero no tenga miedo, conocí a muchos hombres en mi vida y ninguno pudo olvidarme. Sin embargo, pudieron seguir adelante con sus vidas. Pero cada vez que la soledad los atrapa en la mesa de un bar, miran por la ventana hacia afuera para verme aparecer. Pero no, yo no vuelvo. Solamente un rostro parecido al mío se les dibuja a veces en los charcos de agua de la calle o entre las arboledas oscuras. Aproveche ahora, ésta es su noche. Si elige dejarla pasar e irse, entonces no podrá olvidarme jamás, pero además será un infeliz que va a vivir siempre con la incertidumbre de lo que podría haber pasado. Si elige quedarse, entonces jamás podrá olvidarme y me buscará en silencio, en secreto por el resto de sus días; pero esa búsqueda lo hará mejor persona. Es decir, usted ya está condenado, como muchos otros antes de usted. Así que no se asuste, que tampoco soy la muerte; mejor todavía, le aconsejo que se quede conmigo. Hasta le puede hacer bien un poco de mí en lo que queda de su vida.

 

 

  ¿Pero, por qué me eligió a mí? Ahora no sé qué hacer, usted es muy bella.

 

La mujer era realmente hermosa. Casi brillaba delante de las olas cercanas. Como la Mona Lisa, sonreía y no sonreía al mismo tiempo, miraba con ternura de madre y con lujuria a la vez, era autoritaria con pasajes de sumisión. Y tenía un perfume que olía a rosas viejas, a pasto mojado.

 

Farfisa estaba como imantado a su silueta.

 

  Está bien, me quedo, pero al menos, ¿me dirá como se llama?

 

  Como le dije, a mí me pueden llamar de muchas formas, me pueden imaginar de muchas formas. Pero por ser usted, antes de besarlo en la boca le voy a decir mi nombre verdadero: llámeme Nostalgia. Ahora venga, abráceme.

 

 

 

Desde ese día, Farfisa aprovecha los ratos libres para dilapidar papel y tinta esbozando alguna que otra poesía.

 


 

 

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