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Cuentos > Dudosos relatos del golfo

Una pregunta difícil:¿Existen los reyes magos?

 

El próximo 6 de enero se podrá obtener, como ocurre todos los años para esta fecha, una muestra más para la comprobación de la veracidad o no acerca de la existencia de estas tres personas, que desde hace como 2000 años vienen trayendo regalos a cambio de un poco de agua y pasto para los camellos.

 

Como siempre ocurre ante este tipo de preguntas que rayan en lo existencial, se forman grupos a favor y en contra de tal afirmación, cada uno tratando de demostrar su verdad con hechos y pruebas, que en muchos casos resultan difíciles de contradecir y que son hasta evidentes.

 

Estas demostraciones provienen principalmente del grupo que niega la existencia de los tres monarcas generosos, quienes hasta con soberbia se mofan del otro grupo que, sin demostrar nada, creen honestamente que existen. Pero qué difícil es explicar una creencia; en realidad no tienen explicación, como no la tienen tantas de las cosas que hace la gente, como gritar un gol hasta quedarse afónico, enamorarse, sacar a pasear al perro o mirar el horizonte.

 

Dentro de los que creen son mayoría los niños, a los que no los convence ninguna explicación razonable. De mi parte, como observador imparcial de esta situación, me inclino más por el segundo grupo y adhiero a ellos, ya que, como dice un dicho popular, los chicos y algunas otras personas grandes, que son la minoría, nunca mienten.

 

No obstante, cada vez son más los que creen. Ahora que está tan de moda el no creer en nada, ni siquiera en los políticos, ¿por qué negarse a la presencia de seres cuya única finalidad en esta vida es traernos regalos?

 

Antes que nada, bien vale hacer una breve sinopsis de quiénes son los reyes magos y cuáles son sus costumbres, sus orígenes y sus curriculums. Para todo esto es bueno remitirse a La Biblia, que aunque se crea o no nunca está de más darle una repasada de vez en cuando. Aquí solamente daremos algunos pequeños detalles intrascendentes.

 

Los reyes magos cuidan a los camellos como si fueran hijos propios, los lavan y los lustran a cada rato; a veces los sacan a descarbonizar en la ruta y les hacen perfectas afinaciones ante el más mínimo ruidito de válvulas. Y todo esto a pesar de que, como dice una vieja leyenda, en ocasiones estos animales se empacan y no quieren seguir el camino, a menos que obtengan algún beneficio puntual de su propietario que no viene al caso comentar.

 

Los reyes usan turbante y cómodos trajes de seda hasta los pies, que le permiten libertad de movimiento dada la tremenda tarea que se autoimponen. A Madryn generalmente llegan por mar en bote (no se sabe cómo son trasladados los camellos, pero es de suponer que será en algún carguero que amarra en el Storni sin que nadie lo vea). Luego, una vez en tierra firme, salen a recorrer distintos puntos estratégicos de la ciudad, saludando a la multitud en la que se mezclan los que les creen y otros que no, pero que simulan creerles.

 

Llegada la noche del 5 de enero, comienza la labor en serio de estos nobles, recorriendo casa por casa hasta bien entrada la madrugada, dejando algunos presentes en especial para los más jóvenes y aprovechando el paso para hacer abrevar a los camellos en las aguas dejadas en jarras por los habitantes de cada hogar, que siempre están durmiendo cuando estos vienen. Generalmente los reyes entran por la puerta, no los camellos, que lo hacen por el ojo de la cerradura, aunque no sé si eso era parte de otra historia.

 

He intentado en varias oportunidades mantenerme despierto a fin de esperarlos a su llegada e intercambiar algunas palabras con estos respetables caballeros, no para comprobar la veracidad de su existencia, porque por mi parte no me queda ninguna duda, sino para charlar un rato nada más. Lamentablemente he fracasado en cada intento ya que son tan sigilosos, tanto ellos como los camellos, que nunca pude lograrlo. Recuerdo que una vez los escuché charlando y haciendo ruido de papel de envoltorio (era chico en esa época), me levanté de un salto de la cama y me asomé a mirar. Vi una sombra que se escurría por la puerta del comedor y sentí a los camellos que rebuznaban, mugían, maullaban y ladraban, lo que habla a las claras de la cultura de estos animales de carga y transporte, que conocen varios idiomas. Mi primer intención fue correr hacia ellos, pero luego, por suerte, me detuve. Me dije que era tanta su humildad, que no querían hacerse ver dando regalos ni ser presa de mi curiosidad, así que dejé que se fueran tranquilos. Ahí aprendí, aunque nunca lo puse en práctica, que si uno hace una obra de bien está bien, pero que si además no lo cuenta, está mucho mejor.

 

Ahora bien; en este momento me podría hacer el poeta inmaterial, romántico y melancólico y traer a este texto cosas tales como que el regalo más preciado es una sonrisa, un beso, una mirada furtiva, la alegría de despertarnos cada día y dar las gracias por el mar, la noche, el sol, etc. Pero no. Los reyes magos no andan en estas minucias y traen regalos mucho más interesantes, como unos buenos autos de juguete, muñecas, hasta bicicletas en algunos casos excepcionales.

 

Por eso es que este viernes voy a dejar las alpargatas en la puerta, agua y pasto, y al otro día espero encontrarme con algo como la gente, que se pueda ver, tocar, prender, apagar, o bien que sea mordible y mucho mejor si es bebible con un buen índice de gradación alcohólica; sino, que me devuelvan el pasto y el agua.

 


 

 

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