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Cuentos > Dudosos relatos del golfo

Incendio y tormenta

 

Dice Pipagua:

 

En lo alto de una gran piedra por primera vez lloró el Indio. Sus lágrimas lloviznaron sobre la tierra ardiente, sobre el gran vacío humeante de la meseta.

 

Ayer la tierra con su manto de guanacos atropelló a las matas. El fuego con su aliento letal arrasó animales.

 

Aquí no hay piedad para nadie, todo se iguala ante el fuego.

 

Y todo fue cenizas, sequía, desolación. Luego, el Indio lloró.

 

Las lágrimas se abrieron paso hacia el mar. Hicieron surcos en la tierra tibia, se juntaron en lagunas, se mezclaron con raíces secas.

 

Las cenizas, ahora húmedas, se confundieron con la tierra, con sus pedacitos rasgados, con sus restos de plantas muertas.

 

De lo negro nació un atisbo verde, luego amarillo, luego más verde. Un chulengo pasó corriendo y un pájaro atravesó el cielo limpio.

 

Y el Indio comprendió que de la tragedia apareció la vida una vez más.

 

Que de la oscuridad viene la luz. Que de llorar se aprende a reír. Que de la miseria nace Dios.

 

Y que en el peor desierto el que sabe buscar... siempre va a encontrar un oasis.

 

 

 

Dice el cuis:

 

Con su aliento negro que gana el horizonte se prepara la tormenta.

 

Relámpagos que claudican en el mar y truenos agónicos la acompañan, como séquito real que antecede la llegada de la reina, aterrorizando a perros que se ahogan debajo de la mesa.

 

Los cuadros de la casa vibran con cada tronada, la luz titila en las calles y los árboles dibujan espectros sobre el pavimento.

 

A la carrera, aunque el agua no cae aún, vienen pasando unos pocos caminantes, intentando llegar al refugio conocido de una casa. Las últimas hojas secas de un diario atraviesan la bocacalle. Unos barcos poteros se mecen temblorosos sobre olas casi turbulentas.

 

Se hace de noche cuando aún es muy temprano, los pescadores apuran el paso a la salida del muelle, bamboleando balde y caña, dejando un rastro de carnadas en los tablones viejos del muelle Piedrabuena. Los ojos abiertos de los peces en el nylon brillan en las sombras de la playa y un mal movimiento del pescador les salva la vida, por sorpresa, a estos condenados, dejándolos caer de nuevo al padre mar.

 

Llega el agua del cielo; el agua esculpe cañadas en el campo y deshace calles en la ciudad. El bar de la esquina se transforma en un refugio inesperadamente acogedor. La mesa, plagada de cenicero, vaso de ginebra y taza de café humeante, contrasta con la humedad de los vidrios. Un poeta allí sentado se siente en la casa propia, en su estado natural, como pez en el agua, como gaviota en el aire; saca una libreta de notas ajada y húmeda del bolsillo del sobretodo y apenas quitando un poco la vista de la ventana escribe:

 

 

 

La tormenta se prepara

 

con su aliento negro

 

que gana el horizonte.

 

El rayo y el trueno, sus vasallos

 

anuncian a la reina.

 

Los peces moribundos en el náilon

 

esperan el empujón

 

con el que su majestad

 

les perdonará la vida.

 

Corran, perros

 

tiemblen, árboles

 

ya llega la razón de sus miedos

 

sembrando cañadones.

 

Y yo acá, chupando ginebra

 

como si nada.

 

...

 


 

 

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